Regreso a casa (Dulces corazones de Sweet Creek nº 1) CAPÍTULO 4 #4
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CAPÍTULO 4 #4

—Yo diría que tuvo más que ver con las hileras ligeras —dijo Sheryl con naturalidad.

—Y algo de habilidad —Mark pasó el brazo por delante de Marla y le limpió suavemente una gota de sudor de la sien—. ¿Cómo te encuentras ahora?

La mano de Sheryl se detuvo a medio camino, paralizada por aquel contacto. El corazón se le detuvo, dio un vuelco lento y se aceleró.

—Perdona, ¿qué has dicho?

—Antes de darte mi sombrero te vi muy acalorada. Pensé que te dolería la cabeza.

—No, estoy bien —Sheryl tragó saliva, todavía desconcertada por el roce casual de aquella yema callosa en su sien—. ¿Quieres que te devuelva el sombrero?

—No. Con lo clara que tienes la piel y el pelo, te vas a achicharrar sin ese sombrero.

—¿Sheryl va a ayudarte también esta tarde? —le preguntó Elaine a Mark mientras daba de comer a Benjamin.

Mark giró ligeramente la cabeza y clavó sus ojos grises en los de Sheryl.

—Eso depende enteramente de ella.

Lo había vuelto a hacer, pensó ella. O estaba empeñado en demostrar su caballerosidad con cada cosa que hacía y decía, o le salía de forma natural.

—Me quedaré. Me gusta terminar lo que empiezo.

Se suponía que iba a visitar a Ed esa tarde. Tendría que posponerlo hasta la noche. Prefería estar fuera, trabajando, por muy polvoriento, caluroso y agotador que fuera.

Mark sonrió, un movimiento perezoso de su boca bien formada, y el corazón de Sheryl dio otro vuelco.

—Entonces, Sheryl, ¿cuánto tiempo hace que no venías por el valle? —preguntó Elaine en tono de conversación.

—Me fui de aquí hace unos ocho años —respondió Sheryl, agradecida por el cambio de tema.

—¿Y trabajaste en Edmonton?

Sheryl le daba vueltas al sombrero de Mark entre las manos, con los codos apoyados en las rodillas.

—Sí —dijo finalmente—. Tuve varios trabajos diferentes, pero el último fue en un bar.

—¿En serio? —Rob levantó la cabeza desde su posición tumbada—. A Ed le habrá dado un ataque cuando se enteró. No me cabe en la cabeza que la hija de Ed Krickson trabaje en un bar.

—Hijastra —corrigió Sheryl, sin poder evitar el tono áspero de su voz.

—¿Cómo es eso?

—La madre de Sheryl estuvo casada antes —intervino Mark.

—Ah, es verdad. Recuerdo que mis padres hablaban de su hijastra. No sabía que eras tú, Sheryl —Rob parecía querer decir algo más.

—Será mejor que volvamos al trabajo —Mark se puso de pie, dando por terminada la conversación.

Elaine parecía decepcionada, y Sheryl se sintió ligeramente aliviada. Daba igual de qué hablaran, siempre acababan en temas de los que no quería hablar.

Todos se levantaron a la vez. Mark les explicó a Rob y Conrad lo que quería que hicieran, y Sheryl ayudó a Elaine a recoger.

Benjamin se apoyó en la nevera portátil y se puso a hurgar entre la comida. Sheryl metió los platos sucios dentro y, cediendo a un impulso, lo cogió en brazos. Era tan suave, redondeado y encantador. Inhaló el olor a sol tibio que emanaba de él y sintió que se le derretía algo por dentro.

—Eres tan mono, ¿sabes? —le murmuró al oído.

El niño se apartó y clavó en ella sus suaves ojos azules. Una manita regordeta se extendió, le agarró un puñado de pelo y gorjeó de placer.

Mark había terminado con los chicos y se acercó sin prisa, con la mano de Marla en la suya. Se detuvo junto a Sheryl y acarició la mejilla de Benjamin; su dedo oscuro contrastaba con la piel clara del bebé.

—Oye, amiguito, ¿cómo van esos dientes? —como toda respuesta, Ben le agarró el dedo con la mano libre e intentó metérselo en la boca—. Eso sí que no —le advirtió Mark, retirando la mano—. Este dedo está asqueroso, lleno de grasa y polvo.

No la estaba tocando. De hecho, se encontraba a casi un metro de distancia, pero Sheryl era plenamente consciente de su presencia, del calor que emanaba de su cuerpo, del leve olor a sudor mezclado con el aroma polvoriento del heno.

Sin darse cuenta, dio un paso atrás, pero Benjamin aún sostenía el dedo de Mark con una mano y el cabello de ella con la otra.

—Aquí —dijo Mark.

Apartó el dedo de la mano de Benjamin y, pasando el brazo por detrás de ella, le desenredó el cabello de la pegajosa mano del pequeño.

Los dedos de Mark le rozaron la mejilla y un escalofrío inesperado le recorrió la espalda. Intentó mantener la cabeza baja, pero era como si una fuerza invisible le levantara la barbilla y le atrajera la mirada hacia la de él.

Todo a su alrededor pareció desvanecerse mientras sentía que se derretía en aquellos suaves ojos grises enmarcados por espesas pestañas oscuras. Los párpados de él se entornaron y se acercó más, más.

—Vamos, tío Mark, tienes que volver al trabajo.

La voz chillona de Marla rompió el hechizo que la cercanía de Mark había tejido a su alrededor. Sheryl parpadeó y dio un paso atrás.

Benjamin se echó hacia atrás en sus brazos y extendió las manitas hacia Elaine. Sheryl le entregó el bebé mientras intentaba calmar los latidos de su corazón.

Se dio la vuelta y volvió hacia el tractor con pasos enérgicos y actitud decidida. No sabía qué le pasaba, pero de alguna manera Mark estaba derribando sus defensas.

Demasiado peligroso, se advirtió mientras subía los escalones.