CAPÍTULO 4 #2
—Será mejor que vaya a decirle a tu tío Mark que tu papá no podrá ir a ayudar.
—No estará contento. El tío Mark dijo que tenían que terminar esta semana.
Elaine bajó las escaleras.
—Benny sigue durmiendo. Muchas gracias por ayudar —le dijo a Sheryl—. No sé qué habríamos hecho Elise y yo sin ti.
—Se las habrían arreglado, supongo —Sheryl se encogió de hombros, acarició la mejilla de Marla una vez más y se fue.
—Conrad, pásame esa lata de lubricante —Mark forcejeaba con una tuerca debajo del tractor. La llave se resbaló y se raspó los nudillos contra una barra de metal. Soltó un respingo y la pesada herramienta se le cayó de las manos sobre la frente. Punzadas de dolor le atravesaron el cráneo.
Conrad se agachó a su lado con la lata de aerosol en la mano.
—Es el embrague de la toma de fuerza, tío. Por eso la empacadora no funciona.
Mark cerró los ojos y se frotó la cabeza dolorida mientras reprimía las ganas de gritar.
¿Podía empeorar el día? A él y a Nate les había llevado casi una hora hacer funcionar la empacadora que habían alquilado a los Jackson.
Rob se había tomado su tiempo para venir esa mañana, y ahora este tractor se había averiado después de hacer una sola paca.
Agarró el neumático del tractor con una mano, recogió la llave con la otra y se arrastró hacia afuera; el rastrojo le arañaba la espalda a medida que se le subía la camisa.
—Al menos todavía podemos conducir este trasto hasta el borde del campo. Tendremos que sacar el embrague y llevarlo a reparar, si Nate no llega pronto con el otro tractor.
—¿Qué te parece, Mark? —Conrad estaba a su lado con gesto expectante—. ¿Quieres que Rob y yo vayamos al pueblo?
—No te hagas ilusiones, amigo. Vosotros podéis empezar con mi tractor. Yo esperaré a que llegue Nate.
Conrad suspiró y volvió al tractor de Mark. Lo arrancó, metió la marcha y salió rugiendo hacia la otra empacadora.
Mark se agachó, recogió el sombrero del suelo y se lo encasquetó. Se calzó los guantes y resopló. Una empacadora que no funcionaba bien, un tractor averiado y lluvia en el pronóstico. ¿Y dónde demonios estaba Nate? ¿Cuánto se tarda en ir a casa a buscar un tractor?
Se encaramó de un salto al tractor averiado, metió la marcha y lo desplazó lentamente hacia la sombra de los abetos en el linde del campo.
Mark se volvió al oír un tractor que entraba rugiendo en el campo. Vaya, ya era hora, pensó, impaciente por empezar.
El tractor se acercó y Mark se inclinó hacia delante para ver mejor. ¿Desde cuándo Nate llevaba una camiseta rosa y tenía el pelo largo y rubio?
Era Sheryl.
Pasó ruidosamente junto a Mark y se detuvo al lado de la empacadora. Puso el cambio en punto muerto y bajó las revoluciones. Esperó un momento para asegurarse de que el tractor se había parado del todo y se apeó.
—He traído el tractor —dijo Sheryl alzando la voz por encima del rugido del motor, mirándolo mientras él se acercaba.
Llevaba la misma camiseta rosa descolorida y los vaqueros azules del día que habían venido en coche.
El pelo le caía en una trenza sobre un hombro, pero algunos mechones se le habían soltado y le revoloteaban alrededor de la cara.
Las mejillas le brillaban sonrosadas, los labios curvados en una sonrisa suave.
Mark se quedó como hipnotizado; luego sacudió la cabeza y se quitó el sombrero con retraso.
—Me alegro de verte, a ti y al tractor, pero ¿qué le ha pasado a Nate? —preguntó.
La sonrisa se le borró del rostro.
—Se ha roto la pierna.
Mark la miró fijamente y, cuando asimiló lo que había dicho, cerró los ojos preguntándose qué habría hecho en los últimos días para merecerse aquello.
—Elise lo está llevando al pueblo y Elaine se ha quedado con Benjamin y Marla —continuó—. No sé cuándo volverán, pero me imagino que no estará en condiciones de conducir un tractor en una buena temporada.
—Eso está claro —dijo Mark, sin poder disimular la frustración en la voz—. Gracias por traerlo entero.
Aunque de poco le servía ahora. Para hacer pacas cuadradas se necesitaban dos personas por tractor: una que condujera y otra que apilara las pacas.
No tenían apiladora automática, al menos no ese año.
Si conseguían sacar suficiente dinero con las pacas, podrían plantearse un sistema más eficiente para el año siguiente.
Pero si no terminaban de empacar esos campos antes de que acabara la semana, podrían perder el contrato. ¡Vaya momento para que Nate se rompiera la pierna!
Sheryl señaló con la barbilla hacia una vieja camioneta oxidada aparcada a la sombra, junto al tractor averiado.
—¿Te importa si me la llevo?
—Adelante —respondió Mark, distraído—. Rob puede traerse el tractor esta noche.
Ella asintió y se dio la vuelta para marcharse. Mark la vio alejarse y de pronto tuvo una idea.
—¡Eh, Sheryl! —la llamó, echando a correr para alcanzarla.
Ella se detuvo y lo miró, enarcando una ceja.
—Nate me dijo que solías ayudar en la granja —titubeó ante aquella compostura fría e imperturbable que ella siempre mostraba.
—Claro. Todo el mundo echaba una mano cuando había que empacar el heno —sonrió para quitar hierro a sus palabras.
—¿Por qué lo preguntas?
A Mark le costaba pedirle ayuda, pero la amenaza de lluvia venció sus dudas.
—Supongo que no querrás echarme una mano, ¿no?
Sheryl ladeó la cabeza, como estudiándolo, y esbozó una sonrisa suave.
—Supongo que sí —dijo.
Mark se echó el sombrero hacia atrás, invadido por el alivio.
—Estupendo —dijo con una amplia sonrisa—. Eso es estupendo. Si enganchas el tractor de Nate a esta empacadora, podemos empezar.
El sol caía a plomo sobre ellos, implacable.
La camiseta se le pegaba a la espalda a Sheryl y le dolía la cabeza a pesar de llevar el sombrero de Mark.
Él se lo había dado al verla protegiéndose constantemente los ojos del resplandor.
Le quedaba grande, pero al menos le aliviaba los ojos cansados y la cabeza acalorada.
Todavía no sabía qué mosca le había picado para aceptar la oferta de Mark. En parte había sido por su forma vacilante de pedírselo. Parecía inseguro de cuál sería su respuesta, lo que le resultó sorprendentemente impropio de un hombre.
Además, conducir el tractor por la carretera esa mañana le había traído buenos recuerdos. De esos que atesoraba y a los que se aferraba para mantener a raya los malos.
Recorrió con la mirada el campo dorado que tenía delante. El polvo de la empacadora flotaba formando una neblina suave. A lo lejos, Rob conducía el tractor y Conrad apilaba, trazando sus propios círculos. Había perdido la cuenta de cuántas vueltas habían dado ella y Mark.
Siguieron la sombra fresca de los árboles que bordeaban el arroyo, giraron y enfilaron hacia el patio de la granja y los corrales.
El siguiente giro seguía la línea de la cerca, y Sheryl alcanzaba a ver de vez en cuando la vieja casa de los Simpson, ahora de Mark, que siempre había admirado de niña.
Después volvían hacia el arroyo, completando el círculo.
Y siempre presentes mientras trabajaban, siempre a la vista: las montañas.
Las tenía justo enfrente. Sheryl recorrió con la mirada los contornos del terreno, a lo largo del campo que tenía delante, subiendo por el verde oscuro del bosque que se abría aquí y allá, hasta llegar a la roca gris e implacable, barrida por la nieve blanca, nítida contra un cielo de un azul intenso que dolía de tan hermoso.
Lo absorbió todo mientras una sensación de pertenencia la invadía, al recordar aquellas escapadas a caballo hacia su belleza cautivadora.
De niña, a menudo aguantaba solo un día empacando heno antes de que las montañas la llamaran y se escapara a la mañana siguiente para dar un paseo rápido a caballo, prometiéndose que volvería antes de que Ed y Nate empezaran a trabajar.
Nunca lo conseguía.
Sheryl apartó la mirada y se frotó el cuello. Le dolía de tanto girarse de un lado a otro: primero para mirar la hilera, luego la empacadora y siempre, muy a su pesar, a Mark.
La empacadora escupió otra paca y Mark la agarró con las manos enguantadas.
Flexionó los hombros musculosos y lanzó la paca al apilador que tenía detrás.
Los movimientos le salían fáciles, fluidos, y por más que Sheryl apartara la mirada, los ojos se le iban hacia él una y otra vez.
La camiseta se le pegaba al pecho y a la espalda en triángulos húmedos.
Un pañuelo rojo manchado de sudor le sujetaba el pelo largo y oscuro.
Mark alzó la vista en ese momento y le dedicó una sonrisa, un destello blanco contra la piel morena, y a Sheryl le dio un vuelco el corazón.
Turbada, fijó la vista al frente. Él la perturbaba tanto como la atraía. Era desconcertante.
—¡Eh, Sheryl! ¡Para! —gritó Mark. Sheryl dio un respingo y pisó los frenos por instinto. Con una mano bajó el acelerador de golpe y con la otra desconectó la toma de fuerza, luego se volvió. Mark ya estaba en la parte delantera de la empacadora, quitando la cubierta.
—Se ha atascado. Tráeme la caja de herramientas, ¿quieres? —Mark ni siquiera la miró mientras sacaba heno de la empacadora—. Seguro que también se ha roto un pasador de cizalla —añadió con fastidio.
La empacadora debía de haber pillado un tramo demasiado denso en la hilera.
Furiosa consigo misma por su descuido, Sheryl agarró la caja de herramientas y bajó del tractor.
La dejó junto a Mark, molesta por el martilleo de su corazón, pero incapaz de sofocar el nudo de miedo que se le había formado al oír su voz airada.
—Pásame los alicates, ¿quieres? —dijo Mark mirándola. Se incorporó y dejó caer la mano extendida—. ¿Qué te pasa?
Él había visto su miedo. Sheryl creía que todos aquellos años viviendo con Jason la habían adiestrado para mantener sus emociones ocultas, disimuladas. La debilidad le daba poder al otro. Furiosa por su falta de autocontrol, se volvió hacia la caja de herramientas y buscó los alicates.
—No es para tanto, Sheryl —dijo Mark con voz tranquilizadora mientras cogía los alicates—. Las empacadoras se atascan constantemente.