CAPÍTULO 1 #4
Con un suspiro de frustración, acercó el teléfono y marcó.
—La encontré —dijo Mark cuando Nate contestó.
—¿Cómo estaba mi hermana? —en la voz de Nate había una ira que Mark sabía que tenía tanto que ver con la preocupación por su padre como con su larga historia con Sheryl.
—Sin blanca, sin trabajo, asustada.
—¿Sheryl, asustada? No me lo puedo creer. ¿Qué tal el marido?
Mark suspiró, se recostó y se pellizcó el puente de la nariz.
—Está muerto.
—¿Qué? —la voz de Nate estalló en su oído—. ¿Desde cuándo?
—No lo sé. La verdad es que no hubo mucha conversación cortés entre nosotros. Me sorprende que no lo supieras. ¿No tenía Jason familia en Sweet Creek?
—Solo tenía a su madre, y se mudó a Toronto justo después de que ellos se fueran —Nate parecía desconcertado—. ¿Por qué no nos lo dijo?
—Me da la impresión de que pensaba que a nadie le importaba.
Nate se quedó callado. Mark, que percibía su culpa, esperó.
—¿Cómo conseguiste convencerla de que viniera? —preguntó Nate tras una larga pausa.
—No tuvo muchas opciones. Por mi culpa perdió el trabajo.
—¿Cómo es eso?
—Me lié con su jefe.
Una pausa al otro lado de la línea le indicó a Mark que Nate estaba asimilando su segunda sorpresa de la noche.
—¿Qué pasó con eso de poner la otra mejilla, Mark?
—No era mi mejilla la que pensé que iba a golpear —respondió Mark con gesto sombrío—. En fin —continuó, deseoso de olvidar el desastre—, aceptó venir conmigo. Si salimos a tiempo por la mañana, iré directo al hospital —no mencionó el motivo de su prisa, pero quedó flotando entre ellos.
—Si todo va bien, a papá le darán el alta en un par de días —dijo Nate—. El médico dice que ya no puede vivir solo, así que vendrá a quedarse con nosotros.
—Eso os va a complicar la vida a ti y a Elise —Mark frunció el ceño. Elise ya tenía bastante con tres niños pequeños. Se preguntó si sería sensato llevar también a Ed allí.
—Hablando de trabajo —dijo Nate, ignorando el comentario—, hoy revisé el heno. Está listo para empacar.
—¿Conseguiste una cuadrilla para empacar?
—Sí, Rob y Conrad. Alquilé una empacadora extra. Solo queda rezar para que haga buen tiempo.
—Es lo único que podemos hacer, Nate.
Mark reprimió un bostezo.
—¿Se te ocurre de qué puedo hablar con Sheryl? Siete horas es mucho tiempo para estar encerrado en un coche con alguien a quien no conoces de nada.
—Pregúntale qué ha hecho estos últimos ocho años. Nosotros no tenemos ni idea.
La voz de Nate sonó brusca, y Mark dejó correr el tema.
—Vale. Entonces, hasta mañana.
Mark colgó y se quedó mirando el teléfono, con una inesperada punzada de compasión por Sheryl.
El rostro de ella acudió a su mente: rasgos delicados, suaves ojos verdes enmarcados por cejas ligeramente arqueadas, y una melena interminable que invitaba a enredar los dedos en ella. Había visto a muchas chicas guapas, pero ella ejercía sobre él una fascinación especial, y cuando sonreía...
Mark soltó una risa breve. Se estaba comportando como un crío y no como el hombre curtido de treinta y cuatro años que era.
Había tenido novias de sobra, pero nunca la indicada.
La vida que llevaba no facilitaba encontrar a una mujer dispuesta a compartir su existencia, su fe en Dios, el aislamiento del rancho y el trabajo duro que este conllevaba.
Vivir allí lo mantenía demasiado ocupado para salir a buscarla.
Y después de lo de Tanya, tampoco le apetecía.
Se levantó y la inquietud lo llevó hasta la ventana. Últimamente aquella vieja sensación lo asaltaba con más frecuencia.
Nate y Elise ya tenían tres hijos, y Elise, su hermana pequeña, era cinco años menor que él. Y él... nadie.
Se encogió de hombros y achacó su inquietud a haberse pasado casi todo el día recorriendo calles abarrotadas en busca del bar donde trabajaba Sheryl.
La ciudad siempre le producía claustrofobia, y cada vez que iba por negocios o de visita, deseaba volver cuanto antes a las colinas abiertas para cabalgar a lomos de su caballo contra el viento.
Mark apoyó el hombro en el cristal frío de la ventana de su habitación climatizada, con las manos en los bolsillos de los vaqueros. Frunció el ceño al ver los coches allá abajo y deseó estar de vuelta en el rancho.
Volvió a pensar en Sheryl e intentó imaginársela a caballo. Nate decía que antes montaba siempre que podía. No conseguía hacerse a la idea, no después de haberla visto esa noche sirviendo copas en un bar ruidoso y lleno de humo, con aquella falda corta y ceñida.
Se apartó de la ventana con un suspiro, se dejó caer en la cama y se quitó las botas camperas. Sacó la Biblia de la maleta, se recostó y empezó a hojear los Salmos en busca de inspiración, consuelo. Sabiduría.
Con una sonrisa irónica, pasó a Proverbios. Entre Nate, Sheryl y Ed, iba a necesitar la sabiduría de Salomón para entenderlos a ellos y todas las corrientes ocultas que fluían entre sus vidas.
Por ahora, él era solo el mensajero. En cuanto llevara a Sheryl a Sweet Creek, su trabajo habría terminado y podría dedicarse de nuevo a mantener a flote su querido rancho.