Capítulo 17Willow #2
Me levanté del banco junto con todo el mundo, gritando sin darme cuenta. Mia saltaba a mi lado, derramando refresco sobre un desconocido que parecía demasiado feliz como para que le importara. Sobre el hielo, los jugadores rodearon a Jake. Connor llegó el último.
Por un segundo, se miraron los dos. Después Connor le dio un golpe en el casco con fuerza. Jake se rio.
Fue rápido y pequeño, pero fue real, y sentí que algo dentro de mí se soltaba.
El partido siguió empatado hasta los minutos finales. Ya había renunciado a mantener cualquier dignidad. Gritaba cuando alguien empujaba a Connor, maldecía jugadas que no entendía y casi le aplasto la mano a Mia cuando Jake recibió un golpe contra la banda.
—Te has vuelto completamente novia de deportista —dijo ella, intentando recuperar los dedos.
—No soy su novia.
Mia me miró, después miró la sudadera visible, después mi mano aferrada a su brazo.
—Claro. Y yo soy la reina de Inglaterra.
En el último minuto, todo se volvió caótico. El marcador seguía empatado, la afición de pie, el ruido ensordecedor. Connor recuperó el disco cerca de la banda. Un defensa se le echó encima. Jake se posicionó más adelante, libre durante medio segundo.
Vi a Connor mirar, vi la decisión formándose, y entonces pasó.
Jake avanzó. El portero se movió. El tiempo pareció ralentizarse, el mundo entero atrapado en aquel disco diminuto deslizándose sobre el hielo. Jake disparó.
Gol.
El pabellón explotó de un modo que hizo vibrar todo mi cuerpo.
Grité. Mia gritó. Personas que nunca había visto me abrazaron. Sobre el hielo, Jake fue engullido por el equipo. Connor llegó justo después y, esta vez, no se limitó a golpearle el casco. Tiró de Jake hacia un abrazo rápido, brusco y torpe.
No era una reconciliación completa. Pero era un puente. Y tal vez, en ese momento, los puentes fueran más importantes que los finales perfectos.
El pitido final llegó poco después. Victoria.
Toda la universidad parecía de fiesta. La gente saltaba, gritaba, cantaba, bajaba hacia las vallas. Me quedé quieta unos segundos, sin saber qué hacer con tanta emoción acumulada. Jake y Connor habían ganado jugando juntos, y ahora venía la parte que me aterraba más que cualquier marcador.
Después del partido.
Mia me cogió la mano.
—¿Quieres ir?
Asentí.
Mis piernas estaban inestables cuando bajamos la grada. El pasillo cerca del vestuario estaba lleno de estudiantes, amigos, familiares, reporteros del periódico universitario y gente intentando hacerse fotos con los jugadores. El ruido era enorme. Busqué a Connor primero, por instinto.
Salió del vestuario con el pelo mojado, la mochila al hombro y una sonrisa cansada que se desvaneció un poco al verme.
—Has venido —dijo.
—Dije que vendría.
—¿Y me animaste?
—En algunos momentos.
—Cruel incluso en la victoria.
Sonreí, pero había algo entre nosotros que necesitaba decirse antes de que apareciera Jake. Connor también lo sabía. Miró el cuello de la sudadera de Jake bajo mi chaqueta. Esta vez, su rostro se cerró un segundo, pero respiró hondo y no dijo nada.
Pequeño progreso.
—Has jugado bien —dije.
Levantó una ceja.
—¿Solo bien?
—Muy bien.
—Gracias.
El silencio que vino después era extraño, pero no imposible. Connor lanzó una mirada hacia el vestuario antes de volver a mirarme a mí.
—Él también ha jugado bien.
Viniendo de Connor, aquello era casi una bandera blanca.
—Sí.
Connor se metió las manos en los bolsillos de la chaqueta.
—Todavía estoy enfadado.
—Lo sé.
—Con él. Contigo un poco. Conmigo también, lo cual es irritante.
—Imagino que es una experiencia nueva.
Me lanzó una mirada.
—No te pases.
Las ganas de reír llegaron junto con las ganas de llorar. Mi hermano lo estaba intentando. A su modo torpe, orgulloso y dramáticamente Bennett, pero intentándolo.
—No necesito que lo apruebes todo hoy —dije—. Solo necesito que no decidas por mí.
Connor me miró durante un largo momento. Detrás de él, los jugadores pasaban riendo, alguien gritaba sobre una fiesta, un entrenador daba instrucciones que nadie parecía escuchar. En medio de todo aquel caos, mi hermano parecía más serio de lo que jamás lo había visto después de una victoria.
—No voy a decidir por ti —dijo por fin.
Sentí que los hombros se me relajaban por primera vez en todo el día.
—Gracias.
—Pero voy a seguir amenazándolo.
—Connor.
—De forma moderada.
—Connor.
—Con límites saludables —añadió.
—Eso no existe.
Casi sonrió.
—Lo estoy intentando, Willow.
Me acerqué y lo abracé. Connor se puso rígido medio segundo, después me apretó con un solo brazo, como si todavía estuviera aprendiendo a sostenerme sin retenerme.
—Lo sé —murmuré—. Yo también.
Cuando me aparté, Jake estaba a unos metros.
El mundo pareció guardar silencio, aunque el pasillo seguía caótico.
Acababa de salir del vestuario, el pelo húmedo, la mochila al hombro, el corte del labio casi curado y una expresión que nunca le había visto.
No había arrogancia ahí, ni la sonrisa fácil del jugador popular.
Había un chico nervioso, asustado, mirándome como quien ama y sabe que tal vez haya llegado tarde.
Lo vi antes de que él lo dijera. Connor también lo vio.
Mi hermano soltó el aire por la nariz y murmuró:
—Genial. Allá vamos.
—Puedes irte si quieres.
—¿Y perder la oportunidad de fiscalizar la petición pública de redención de mi ex mejor amigo? Jamás.
—¿Ex?
Connor se quedó callado.
—Mejor amigo en libertad condicional.
Eso me hizo sonreír.
Jake se acercó despacio. No miró a Connor primero. Me miró a mí. Como si, por fin, entendiera el orden correcto de las cosas.
—Willow.
Mi nombre en su voz me apretó el corazón con fuerza.
—Jake.
Se detuvo delante de mí, manteniendo una distancia pequeña, respetuosa, pero sus ojos decían todo lo que su cuerpo no hacía.
Alrededor, algunos jugadores empezaron a fijarse.
Parker, a quien reconocí por las historias de Jake, apareció detrás de él y le dio un codazo a otro compañero.
Mia, a mi lado, cruzó los brazos con aire de guardaespaldas satisfecha.
Connor se quedó inmóvil a mi izquierda.
Nada de aquella escena era privado. Por primera vez, ese era el punto.
Jake respiró hondo.
—Todavía quiero decírtelo.
Se me cerró la garganta.
—Pues dilo.
Tragó saliva. Por un segundo, vi al chico detrás del atleta, detrás de la fama, detrás del encanto. El chico que se había equivocado, había huido, había mentido, pero que estaba ahí ahora, en medio del pasillo abarrotado, con el corazón en las manos y ninguna pared tras la que esconderse.
—Te amo, Willow Bennett.
Algo dentro de mí se rompió y se recompuso a la vez.
Jake continuó, la voz baja, pero lo bastante firme para que la gente cercana la oyera.
—Te amé en silencio demasiado tiempo. Después te amé mal, escondiéndolo, fingiendo que era solo un favor, una clase, cualquier cosa que pareciera menos aterradora que la verdad.
Te hice daño porque tuve miedo de perder otras cosas.
Pero ya no quiero amarte como si tuviera que pedir disculpas por ello.
Me ardieron los ojos.
Mia soltó un pequeño sonido a mi lado. Connor murmuró algo que sonó a «mierda», pero no interrumpió.
Jake dio medio paso más cerca, todavía sin tocarme.
—No lo digo para presionarte. Ni para que me perdones delante de todo el mundo.
Lo digo porque prometí que, si todavía lo sentía después del partido, lo diría donde la gente pudiera verlo.
Y lo siento. Más que ayer. Menos que mañana, probablemente, lo cual es pésimo para mi concentración académica y deportiva.
Se me escapó una risa entre las lágrimas.
—No tienes concentración académica.
—Es justo.
—Jake.
—Perdón. Nervioso.
Aquello me desarmó por completo. Porque era él. El Jake que bromeaba cuando estaba asustado. El Jake que me provocaba hasta que se me olvidaba avergonzarme. El Jake que aprendió, tarde, pero aprendió, que el valor no era no sentir miedo. Era hablar de todos modos.
Me limpié una lágrima con rabia.
—Odio llorar en público.
—Puedo fingir que no lo he visto.
—Hay unas veinte personas viéndolo.
Parker, detrás de él, levantó la mano.
—Veintitrés, creo.
Mia se giró hacia él.
—Cállate.
Se calló.
Jake no apartó los ojos de mí.
—Puedo esperar —dijo—. Lo que necesites. Solo quería que supieras que ya no es un secreto. No para mí. No para Connor. No para nadie.
Miré a Connor.
Mi hermano parecía incómodo, tenso y a punto de tragarse su propio orgullo. Pero, cuando nuestras miradas se cruzaron, hizo algo pequeño. Casi imperceptible.
Asintió.
No era un permiso, sino la primera confianza de verdad.