Reglas rotas Capítulo 17Willow
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Capítulo 17Willow

Willow

Me desperté el día de la semifinal con la sensación de que mi corazón había pasado toda la noche entrenando para una maratón.

El techo de la habitación estaba exactamente igual que siempre, blanco, sin gracia y con una pequeña grieta cerca de la lámpara que solía mirar fijamente cuando no podía dormir.

Pero esa mañana todo parecía distinto. El aire parecía distinto.

Mi cuerpo parecía distinto. Hasta el silencio parecía estar esperando algo.

Y tal vez lo estuviera.

Porque, después de semanas intentando fingir que tenía el control de la situación, todo se decidiría ese día.

No el partido. Bueno, el partido también era importante, claro.

Connor probablemente tendría una crisis si me oyera dejar una semifinal en segundo plano.

Pero, para mí, el verdadero acontecimiento no era el marcador.

Era Jake. Era lo que había prometido decir después del partido, y si esas palabras seguirían teniendo valor cuando salieran de la biblioteca y entraran en el mundo real.

Me giré hacia un lado y encontré a Mia sentada en su propia cama, observándome por encima de una taza de café.

—Esto da miedo —murmuré, con la voz ronca de sueño.

—Buenos días a ti también.

—¿Cuánto tiempo llevas mirándome?

—El suficiente para darme cuenta de que pones cara dramática incluso antes de abrir los ojos.

Me subí el edredón hasta la barbilla.

—Estoy pensando en fingir una enfermedad y no ir.

—Puedes intentarlo. Pero te voy a arrastrar igualmente. Tengo poca fuerza física, pero mucha determinación moral.

Suspiré y volví a mirar el techo.

—¿Y si cambia de opinión?

Mia no respondió de inmediato. Eso me hizo mirarla. Mi amiga llevaba el pelo recogido en un moño torcido, una sudadera enorme y una expresión menos burlona de lo habitual. Cuando Mia no usaba el sarcasmo como primera línea de defensa, era porque el asunto era serio.

—¿De verdad crees que va a cambiar? —preguntó.

Pensé en Jake fuera de la biblioteca. En el modo en que se quedó quieto, las manos en los bolsillos, sin intentar tocarme antes de pedir permiso. Pensé en su voz diciendo que me amaba. Pensé en el cuidado con que aceptó mi «necesito pensarlo», aunque tuviera la ansiedad grabada en la cara.

—No lo sé —admití—. Creo que tengo miedo de creerle.

—Eso es distinto.

Lo era. Y tal vez fuera la parte más difícil. No era que no creyera en Jake. Era que creerle significaba abrir la puerta a la posibilidad de volver a hacerme daño. Significaba aceptar que el amor no venía con garantías, recibo ni política de devolución, tal como yo misma le había dicho a Connor.

Y, aun así, quería ir. Quería verlo. Quería que me lo dijera otra vez.

Me levanté de la cama antes de que la cobardía echara raíces.

Pasé la mañana en un extraño estado de eficiencia nerviosa.

Me duché, me lavé el pelo, intenté estudiar y abandoné el intento después de darme cuenta de que había leído la misma nota al pie cuatro veces sin entender una palabra.

Comí medio sándwich bajo la mirada amenazante de Mia, que parecía dispuesta a convertir la nutrición en una misión militar.

A media tarde, Connor mandó un mensaje.

Connor: ¿Vas a venir al partido?

Me quedé mirando la pantalla unos segundos.

Yo: Voy.

Su respuesta tardó un poco.

Connor: ¿Por mí?

Me mordí la comisura del labio, pensando.

La respuesta antigua, la respuesta cómoda, habría sido que sí.

Ir por Connor era seguro. Ir por mi hermano no creaba conflicto, no complicaba nada, no exigía valor nuevo.

Pero me había prometido a mí misma que no facilitaría más verdades solo para ahorrarles cosas a los demás.

Yo: Por mí.

Lo envié.

Al cabo de unos segundos, apareció otro mensaje.

Connor: Vale.

Y después:

Connor: Pero puedes animarme a mí también. Sería educado.

Sonreí antes de poder evitarlo.

Yo: Lo consideraré, si juegas bien.

Connor: Qué cruel. Eras más adorable de pequeña.

Yo: Tú eras menos mandón cuando yo no entendía palabras.

Me mandó un emoji ofensivo. Me reí sola, y la risa me dio un alivio inesperado. Connor todavía no estaba bien. Yo tampoco. Pero había algo ahí que parecía un principio. Un intento torpe, muy de Bennett, de atravesar el destrozo sin fingir que no existía.

Cuando llegó la hora de vestirme, abrí el armario y me quedé mirando la sudadera de Jake.

Estaba doblada al fondo, exactamente donde la había puesto después de casi devolverla unas seis veces. Su número parecía mirarme con una arrogancia textil absurda.

Mia apareció detrás de mí en el reflejo del espejo.

—¿Te la vas a poner?

—No lo sé.

—¿Quieres ponértela?

Pasé los dedos por la tela.

—Quiero.

—Pues póntela.

—¿Y si parece una declaración?

Mia ladeó la cabeza.

—Willow, vas a ir a una semifinal a ver al jugador que dijo que te ama, después de pedirle que lo confesara públicamente si todavía tenía valor para hacerlo. La discreción salió de escena hace tiempo.

La miré.

—Estás rara, hablando como si estuvieras narrando mi vida.

—Lo estoy procesando en estructura de novela. Déjame.

Al final me puse la sudadera. No sola. La llevé debajo de una chaqueta, porque todavía no era tan valiente como me gustaría, pero dejé el cuello a la vista. Sabía que él lo notaría. Tal vez nadie más se diera cuenta, pero Jake sí. Y, por algún motivo, eso bastaba.

El pabellón estaba abarrotado cuando llegamos.

El sonido de la afición vibraba en el suelo, en los bancos, en mi pecho.

Había banderas, carteles, estudiantes con la cara pintada y una energía eléctrica que hacía que hasta alguien como yo, que todavía confundía algunas reglas del hockey, sintiera ganas de gritar incluso antes de que empezara el partido.

Mia consiguió buenos asientos, cerca de la mitad de la grada. Me senté con las manos heladas en el regazo, intentando fingir que mi corazón no estaba a punto de salírseme por la boca.

—Respira —dijo ella.

—Estoy respirando.

—Estás haciendo una versión premium de hiperventilación.

—Muchas gracias.

—Siempre aquí para apoyarte con honestidad incómoda.

El equipo salió al hielo unos minutos después, y el pabellón estalló.

Vi a Connor primero, porque era imposible no ver a mi hermano cuando patinaba de ese modo agresivo, como si el hielo le debiera algo personal. Saludó a un grupo de compañeros, golpeó el palo contra el borde y giró los hombros como si se estuviera preparando para una guerra.

Entonces vi a Jake.

Todo mi cuerpo lo supo antes que mi cabeza.

Llevaba el casco en la mano, el uniforme oscuro ciñéndole los hombros anchos, el rostro serio, concentrado.

Había algo distinto en él esa noche. No era solo la tensión del partido.

Era una especie de concentración pesada, como si hubiera cargado cada conversación, cada error y cada promesa hasta el hielo junto con el equipo.

Levantó la vista hacia la grada. Buscó. Encontró.

El momento en que Jake me vio fue pequeño para cualquier otra persona y gigantesco para mí. Sus ojos se detuvieron en mí, bajaron un segundo hasta el cuello de la sudadera bajo mi chaqueta y volvieron a mi rostro.

Su expresión cambió, pero no llegó a convertirse en sonrisa: había demasiada emoción para eso.

Pero lo vi. Él lo vio. Mi corazón, por desgracia, también lo vio.

Mia me dio un codazo en el brazo.

—Se ha dado cuenta.

—Lo sé.

—Parecía a punto de caer de rodillas sobre el hielo.

—Mia.

—Lo cual sería peligroso para su carrera deportiva, pero genial para el drama.

Antes de que pudiera responder, Connor patinó hasta Jake.

Los dos intercambiaron unas palabras. Contuve la respiración por instinto, esperando tensión, pelea, un puñetazo tardío sobre patines.

Pero Connor solo señaló alguna posición en el hielo.

Jake asintió. Después, para mi sorpresa, Connor le dio un golpecito con el palo al de Jake.

No era perdón. Pero era un pase antes del pase.

Y casi me pongo a llorar ahí mismo, lo cual habría sido humillante antes del pitido inicial.

El partido empezó brutal.

No tenía suficiente vocabulario técnico para describirlo todo, pero sentía la intensidad.

Los jugadores chocaban contra las bandas con una fuerza que hacía reaccionar a todo el pabellón.

El disco parecía desaparecer y reaparecer en lugares imposibles.

Connor jugaba como si intentara demostrarle algo al mundo entero.

Jake jugaba como si intentara sobrevivir a su propio corazón.

En el primer periodo, casi no se buscaron.

No a propósito, creo. O tal vez sí. La tensión entre ellos todavía existía, visible para quien conociera sus movimientos.

Connor dudaba una fracción de segundo antes de pasar.

Jake se colocaba en la posición correcta, pero parecía preparado para no ser elegido.

Era doloroso de ver porque, aunque entendiera poco, sabía que eran mejores juntos.

El otro equipo marcó primero.

La afición se apagó unos segundos. Connor golpeó el hielo con el palo con rabia, y Jake patinó hacia él. No oí lo que dijo, pero vi a Connor responder de forma cortante. Jake no replicó. Solo asintió y volvió a su posición.

—Esto me está poniendo nerviosa —murmuré.

Mia, con un vaso de refresco en la mano, miraba el hielo como si estuviera viendo una telenovela con cascos.

—Necesitan resolver esa tensión masculina en forma de gol.

—Esa frase es extrañamente precisa.

En el segundo periodo, las cosas cambiaron.

Tal vez el entrenador gritó en el descanso.

Tal vez Connor se dio cuenta de que perder un partido importante por orgullo sería una tontería incluso para él, o tal vez Jake simplemente se negó a rendirse.

Fuera lo que fuera lo que pasó, hubo un momento claro en que Connor cogió el disco, avanzó por la banda y, en vez de intentar una jugada individual imposible, pasó.

A Jake.

El pase cruzó el hielo rápido y limpio. Jake lo recibió como si lo hubiera estado esperando durante días, no segundos. Esquivó a un defensa, engañó al portero y marcó.

El pabellón se vino abajo.