Capítulo 16Jake #3
Willow respiró hondo, y vi que se le escapaba una lágrima antes de poder contenerla. Se irritó al instante, como si llorar fuera una traición personal.
—Mierda —murmuró, soltando una de las manos de los libros para limpiarse la cara.
Mi cuerpo se movió por instinto, pero me detuve a medio camino.
—¿Puedo?
Ella me miró.
—¿Puedes qué?
—Acercarme.
La pregunta pareció golpearla más que el propio acercamiento habría hecho. Willow me miró un instante, los ojos húmedos, el rostro vulnerable y fuerte a la vez.
Entonces asintió.
Di un paso. Después otro. Me detuve lo bastante cerca como para sentir su perfume, pero todavía sin tocarla. Willow miró mi boca, el corte casi cicatrizado del labio, y algo doloroso le cruzó el rostro.
—¿Todavía duele? —preguntó.
—Un poco.
Levantó la mano despacio, como si también estuviera pidiendo permiso sin usar palabras. No me moví. Sus dedos me tocaron primero la barbilla, ligeros, vacilantes. Después rozaron cerca del corte, con tanto cuidado que me deshizo.
—Odié verlo pegarte —susurró.
—Me lo merecía, en parte.
—No digas eso.
—Es verdad.
—Tal vez. Pero aun así lo odié.
Me tragué lo que iba a responder primero.
Su tacto era pequeño. Casi nada. Y aun así parecía perdón antes de que existiera el perdón. Parecía una puerta entreabierta, no para que yo entrara, sino para recordarme que había algo al otro lado.
Cuando abrí los ojos, ella todavía me estaba mirando.
—Tengo miedo —dijo.
Su honestidad me atravesó.
—Yo también.
—Tú pareces tener menos.
—Es porque soy bueno fingiendo. Mal hábito. Estoy intentando dejarlo.
Willow soltó una risa débil, pero las lágrimas todavía le brillaban en los ojos.
—No sé si el amor debería empezar así.
—Probablemente no.
—Eso no ayuda.
—Podría mentir y decir que las grandes historias empiezan en el caos.
—Eso es muy frase de camiseta universitaria.
—Estaba intentando ser poético.
—No lo intentes.
—Anotado.
Bajó la mano, pero no se apartó. Sentí la pérdida del contacto como algo físico.
Willow miró hacia los escalones de la biblioteca, hacia Mia fingiendo leer al otro lado de la ventana, hacia el cielo gris, hacia cualquier sitio que no fuera mi cara. Cuando volvió a mirarme, había decisión en sus ojos, pero no era la decisión sencilla que una parte egoísta de mí quería.
—Quiero creerte.
El corazón me latió con fuerza.
—¿Pero?
—Pero necesito ver que esto no desaparece cuando se complica.
Asentí.
—Vale.
—Mañana hay partido, ¿no?
El cambio de tema me pilló desprevenido.
—Sí.
—¿Importante?
—Semifinal.
—Entonces es importante.
—Un poco.
Respiró hondo.
—Voy a ir.
No me atreví a moverme.
—¿Vas a ir?
—Voy. No por Connor. No por Mia. Por mí.
—Vale.
—Y por ti también —admitió, más bajo, como si la frase se le hubiera escapado sin autorización.
Me quedé inmóvil, con miedo de respirar mal y espantar aquel trocito de verdad de vuelta lejos.
Willow levantó la barbilla.
—Después del partido, si todavía quieres decirme todo esto, dímelo otra vez.
Fruncí el ceño.
—¿Después del partido?
—Sí.
—Willow, voy a querer decírtelo antes, durante y después. Probablemente en intervalos molestos el resto de mi vida, si me dejas.
Cerró los ojos un segundo, y la sonrisa que apareció después fue pequeña, temblorosa y devastadora.
—Entonces dímelo después del partido. Donde la gente pueda ver que me lo estás diciendo a mí.
Lo entendí.
No quería una escena. Quería saber si seguiría siendo valiente cuando hubiera ojos alrededor, si seguiría eligiéndola cuando la elección no pudiera esconderse detrás de la puerta de mi cuarto.
—Lo diré —respondí.
—No como provocación a Connor.
—No.
—No para marcar territorio.
—Nunca.
—No porque creas que necesito que me hagan pública para tener valor.
—Tú ya tienes valor, Willow. Conmigo o sin mí.
Su expresión volvió a cambiar. Más suave. Más peligrosa para mi corazón.
—Entonces ¿por qué?
La respuesta llegó fácil. Por fin.
—Porque me cansé de amarte como si fueras algo que tuviera que esconder para sobrevivir.
Willow se quedó muy quieta.
Esta vez, cuando cayó una lágrima, no se la limpió de inmediato. Yo tampoco la toqué. Esperé.
—Todavía necesito pensarlo —dijo.
La frase dolió menos de lo que temía, tal vez porque no llegó como una puerta cerrándose. Llegó como alguien intentando no atropellarse a sí misma.
—Piénsalo.
—Y tú necesitas jugar mañana.
—Voy a jugar.
—Bien, más te vale.
—Mandona —la provoqué.
—Observadora.
—Médica de ojos, técnica de hockey, crítica literaria. Estás llena de talentos.
Casi sonrió.
—No estropees el momento.
—Estoy intentando no perder la cabeza.
—Se nota.
Nos quedamos ahí unos segundos más, demasiado cerca y demasiado lejos. Después Mia apareció en la puerta de la biblioteca, fingiendo toser de forma teatral.
—¿La señal era que yo tosiera o que ella te tirara un libro a la cabeza? Se me ha olvidado el plan.
Willow la miró.
—No había ningún plan.
—Error mío. Voy a preparar un protocolo para la próxima crisis.
Mia bajó dos escalones, evaluó el rostro de Willow, después el mío. No pareció del todo satisfecha, pero tampoco parecía dispuesta a empujarme a la calle. Decidí considerarlo una victoria.
Willow se recolocó el bolso en el hombro.
—Tengo que irme.
Asentí.
—Lo sé.
Dio dos pasos, se detuvo y miró atrás.
—¿Jake?
—¿Sí?
—Gracias por preguntar antes de acercarte.
Ninguna declaración grandiosa habría llegado tan hondo.
—Debería haberlo hecho más veces.
—Sí. —La respuesta llegó directa y justa, como solo Willow sabía ser.
—Lo haré de ahora en adelante —prometí.
Me observó un instante, como sopesando la promesa en las manos. Después asintió y entró en la biblioteca con Mia.
Me quedé fuera hasta que desapareció entre las estanterías. Solo entonces solté el aire.
No la había recuperado. Todavía no. Pero, por primera vez, no parecía que estuviera intentando arrastrarla de vuelta a un lugar pequeño. Le había mostrado la puerta, había puesto el corazón en el suelo y había dejado que ella decidiera si quería cruzarla.
El resto dependía de ella. Y de mí.
Porque mañana, después del partido, tendría que hacerlo otra vez. Sin biblioteca, sin cinco minutos pactados, sin la seguridad de una conversación escondida detrás de árboles y ventanas.
Cogí la mochila y empecé a cruzar el campus. El viento frío me golpeó la cara, pero casi no lo sentí. Por primera vez en días, el peso en el pecho se sentía distinto. Todavía estaba ahí, pero ahora tenía dirección.
A mitad de camino, me vibró el móvil.
Era Parker.
Parker: ¿Estás vivo o tengo que vender tus cosas?
Respondí sin pensarlo mucho.
Yo: Vivo. Por poco, pero vivo.
Mandó tres puntitos. Después:
Parker: ¿Ha hablado contigo?
Miré hacia la biblioteca detrás de mí, hacia las ventanas iluminadas, hacia el lugar donde Willow estaba en algún punto ahí dentro, probablemente fingiendo estudiar mientras Mia la interrogaba con patatas fritas o amenazas.
Sonreí.
Yo: Sí. Todavía estoy intentando creérmelo.
Parker: ¿Y?
Tardé unos segundos en responder.
Yo: Ahora necesito merecerme el resto.
Guardé el móvil y seguí caminando.
Mañana saldría al hielo para una semifinal. Pero el partido más importante de mi vida empezaría después del pitido final.