Capítulo 16Jake
Jake
Descubrí que respetar el espacio de alguien era una forma lenta y sofisticada de tortura.
No mandarle un mensaje a Willow era fácil los primeros cinco minutos.
Después de eso, cada segundo se convertía en un ejercicio de autocontrol que no sabía que poseía.
Cogía el móvil, abría la conversación, me quedaba mirando su nombre y la cerraba de nuevo antes de que la culpa escribiera alguna idiotez por mí.
Quería escribirle.
Quería decirle que había hablado con Connor. Que él no me había perdonado, pero que tampoco había intentado volver a golpearme. Que, por primera vez, había dicho en voz alta que amaba a Willow Bennett y el mundo no se había acabado, aunque había estado peligrosamente cerca.
Pero Willow había pedido tiempo. Espacio. Y yo ya había pasado demasiado tiempo convirtiendo sus necesidades en un detalle molesto entre lo que quería y lo que temía.
Así que hice lo único que un hombre decente debería hacer.
Sufrir en silencio.
No con dignidad, claro. No era tan evolucionado.
—Tío, estás mirando ese móvil como si te hubiera atropellado al perro —dijo Parker, tirado en el sofá con un bol de cereales demasiado grande para cualquier adulto funcional.
Bloqueé la pantalla.
—Ocúpate de tu vida.
—Lo haría, pero la tuya está pasando en mi salón con banda sonora de suspiros dramáticos.
Al otro lado del sofá, Mason levantó la vista del videojuego.
—¿Es la chica?
—¿Qué chica? —pregunté.
Los dos me miraron fijamente.
Parker dejó el bol en la mesa con una solemnidad ridícula.
—Miller, apareces con la boca cortada, llevas dos días con cara de funeral, no sales, no bebes, no te ríes de mis bromas y te quedas mirando el móvil como si esperaras un mensaje del Tribunal Supremo. Es una chica.
Mason asintió.
—O una enfermedad terminal. Pero mi apuesta también es chica.
Debería haberles mandado a la mierda a los dos. En vez de eso, me hundí en el sillón y me pasé las manos por la cara. El problema de vivir con jugadores de hockey era que eran idiotas el noventa por ciento del tiempo, pero el otro diez por ciento acertaban de lleno con una precisión irritante.
—Lo he estropeado todo —murmuré.
El silencio que vino después fue inesperado. Parker no hizo ninguna broma. Mason pausó el juego.
—¿Con la hermana de Bennett? —preguntó Parker.
Levanté la cabeza.
—¿Qué?
Hizo una mueca.
—Por favor. ¿Crees que todo el mundo está ciego? Nadie sabe los detalles, pero medio equipo se ha dado cuenta de que Connor y tú os estáis comportando como dos lobos territoriales en pleno divorcio. Y casi rompes el vaso de plástico cuando alguien dijo el nombre de Willow ayer.
Mierda.
—Nadie sabe nada —dije, más duro de lo que pretendía.
Parker levantó las manos.
—Tranquilo. No he dicho que lo supiera. Solo he dicho que no soy clínicamente tonto.
Mason frunció el ceño.
—¿Yo lo soy?
—Tú eres otra categoría —respondió Parker.
—Gracias.
—No era un cumplido.
Me levanté antes de que me arrastraran a una conversación para la que no estaba preparado, con un bol de cereales como testigo. Fui a mi cuarto, cerré la puerta y apoyé la frente en la madera unos segundos.
La verdad era que no se equivocaban. Estaba hecho polvo.
Y lo peor era que, por primera vez, no podía arreglarlo con una jugada, una broma o un beso robado en el pasillo. Willow merecía más. Más que mi arrepentimiento, más que mi culpa, más que un mensaje enviado a las dos de la madrugada porque no soportaba quedarme a solas con mis errores.
Una elección limpia. Sin que yo la tocara antes de decir la verdad, sin Connor gritando de fondo. Sin secretos.
El entreno de esa tarde fue un poco menos horrible que el anterior, lo cual no quería decir mucho.
Connor todavía no me hablaba más de lo necesario, pero al menos me pasó el disco dos veces.
La primera, casi lo fallé de la sorpresa.
La segunda, conseguí marcar, y el entrenador gritó «¡por fin!
» con tanta fuerza que dos novatos casi se caen al hielo.
Connor no lo celebró conmigo. Pero tampoco me ignoró del todo. Para nosotros, en ese momento, era prácticamente un abrazo.
Después del entreno, me quedé más rato en el vestuario, deshaciendo la cinta del palo sin prisa. Los chicos fueron saliendo poco a poco, el ruido bajando hasta que solo quedó el sonido de las duchas al fondo y la cremallera de una mochila cerrándose.
Connor estaba sentado en el banco opuesto, ya vestido, atándose los cordones de las zapatillas con una fuerza innecesaria.
Yo no dije nada. Él tampoco.
Ese era nuestro nuevo idioma: silencio y movimientos bruscos, con una cantidad absurda de cosas sin decir por debajo.
Cuando me levanté para irme, Connor habló:
—Ha ido a clase hoy.
Me detuve.
Mi pecho reaccionó antes que mi cabeza.
—¿Willow?
Me lanzó una mirada como si fuera idiota.
—No, Jake. Mi otra hermana secreta.
Casi sonreí. Casi.
—¿Está bien?
Connor cerró la mochila y se quedó un momento mirándola antes de responder.
—Está... Willow.
Aquello significaba mucho. Willow estaba de pie, fingiendo que podía estudiar, probablemente organizando sus propios sentimientos en listas mentales para poder llamar a eso control. Herida, pero no rota.
Cerré la mano en torno a la correa de mi mochila.
—¿Ha hablado de mí?
Connor rio sin humor.
—¿De verdad me lo estás preguntando a mí?
—No.
—¿Entonces por qué lo has preguntado?
Porque soy un idiota enamorado y aparentemente masoquista.
—Olvídalo.
Se quedó callado unos segundos. Pensé que la conversación había terminado, pero Connor seguía mirándome. Había rabia ahí, como siempre, pero también un cansancio que nos hacía parecer a los dos más mayores de lo que éramos.
—¿Vas a hablar con ella? —preguntó.
Aparté la mirada.
—Ella pidió espacio.
—No he preguntado eso.
Lo miré con atención.
Connor apartó el rostro, irritado consigo mismo por estar abriéndome cualquier puerta.
—No te estoy dando permiso.
—Lo sé.
—Y no te estoy ayudando.
—También lo sé.
—Y, si vuelves a hacerle daño, juro que voy a olvidar todas las reglas del deporte, de la universidad y posiblemente del código penal.
—Justo —concedí.
—Deja de decir «justo». Me dan ganas de pegarte.
—Ya lo has hecho.
—Puedo repetirlo.
Esta vez, casi se me escapó una sonrisa. No porque la situación fuera graciosa, sino porque había algo familiar en aquel tono. Amenazante, tonto, lleno de rabia, pero familiar.
Connor se dio cuenta y puso mala cara.
—No sonrías.
—No estoy sonriendo.
—Casi.
—Es culpa tuya.
Soltó el aire por la nariz, como si tolerarme más de treinta segundos exigiera preparación física. Después volvió a ponerse serio.
—Ella no necesita a un tío que aparece a hacer un discurso bonito y luego se esconde cuando las cosas se ponen difíciles.
No había forma de discrepar.
—Lo sé.
—No. Quiero decir que necesitas saberlo de verdad, Jake.
Porque Willow es... —Se detuvo, buscando palabras que probablemente le sonaban extrañas en la boca—.
Ella lo siente todo. Solo finge que no. Se va a reír, va a hacer una broma, te va a corregir por usar una palabra mal y después va a llorar en la ducha para que nadie la vea.
No conseguí responder de inmediato.
Connor bajó la vista.
—Y sé que fui parte del motivo por el que esconde las cosas. Lo sé ahora. Pero tú también lo fuiste.
—Lo sé.
—Así que, si vas a hablar con ella, hazlo bien. No para aliviar tu culpa. No para que te perdone más rápido. Hazlo porque ella merece oír la verdad sin tener que arrancártela.
Me quedé quieto, absorbiendo cada palabra.
Era lo más cercano a una bendición que Connor Bennett sería capaz de dar sin arder por dentro.
—¿Por qué me dices esto? —pregunté.
Cogió la mochila y se la colgó del hombro.
—Porque puedo estar cabreado contigo, pero no soy tonto. Le gustas.
Las palabras dolieron más que si me hubiera vuelto a golpear.
—No me lo merezco.
Connor pasó junto a mí en dirección a la puerta.
—Tal vez no.
Se detuvo con la mano en el pomo y miró por encima del hombro.
—Pero merecerlo no es la pregunta correcta. La pregunta es qué vas a hacer si te da otra oportunidad.
Después salió.
Me quedé solo en el vestuario, con el corazón pesado y la cabeza extrañamente clara.
Connor tenía razón. No necesitaba convencer a Willow de que me perdonara. No necesitaba demostrar que sufría. Sufrir era fácil. La culpa era fácil. Lo difícil era estar frente a ella sin intentar controlar el resultado. Decir la verdad y aceptar que tal vez la verdad no bastara.
Cogí el móvil.
Esta vez, no abrí la conversación para mirar su nombre y cerrarla enseguida. Escribí un mensaje y lo leí tres veces antes de enviarlo.
Yo: ¿Puedo hablar contigo mañana? Donde tú elijas. Si la respuesta es no, lo respeto.
Lo envié antes de que la cobardía tuviera tiempo de sabotearme.
La respuesta no llegó enseguida. Ni en cinco minutos. Ni en media hora.
Fui a casa, me duché, intenté comer, fallé, escuché a Parker hacer un comentario sobre mi «energía de viudo victoriano» y estuve a punto de tirarle un cojín a la cabeza. El móvil seguía en silencio.
A las once y cuarenta y siete, cuando ya había decidido que esa era la respuesta y que me merecía cada segundo de ella, la pantalla se encendió.
Willow: Mañana. Biblioteca. Después de mi clase, que acaba a las cuatro. Cinco minutos.
Cinco minutos.
Le sonreí a la pantalla como si me hubiera dado una vida entera.
Yo: Gracias.
Lo borré antes de enviarlo, porque parecía poco, formal y equivocado.
Lo reescribí.
Yo: Ahí estaré.
Esta vez, lo envié.
Al día siguiente, llegué a la biblioteca veinte minutos antes.
Treinta, en realidad, pero los primeros diez los pasé dando vueltas fuera como un lunático, así que decidí redondear a la baja en nombre de mi dignidad.
La tarde estaba fría, el cielo gris, y los escalones de la entrada estaban llenos de estudiantes con portátiles, vasos de café y la expresión colectiva de quien había vendido el alma por créditos académicos.