Capítulo 15Jake
Jake
El entreno de esa tarde fue un desastre incluso antes de que pisara el hielo.
Connor no me habló en el vestuario. No me insultó, no me provocó, no me tiró una toalla a la cabeza ni se quejó del modo en que enrollaba la cinta en el palo. Simplemente entró, se puso el equipo y actuó como si yo fuera un desconocido ocupando espacio en el banco de al lado.
Aquello fue peor que la rabia.
La rabia la entendía. La rabia tenía movimiento, calor, respuesta. El silencio de Connor era frío. Quirúrgico. Un muro construido con años de amistad y una noche de traición.
Los demás chicos se dieron cuenta, claro.
Los jugadores de hockey podían no ser maestros de la sensibilidad emocional, pero eran excelentes detectando tensión en el vestuario.
Las conversaciones bajaron de volumen. Las bromas murieron antes de llegar al final.
Nadie preguntó por el corte en mi labio ni por los nudillos magullados de Connor.
Al menos tenían algo de instinto de supervivencia.
Sobre el hielo, fue peor.
Connor no me pasaba el disco.
Al principio, intenté fingir que era coincidencia. Una jugada, dos, tres. Después se hizo evidente. Elegía opciones peores, forzaba pases más arriesgados, cualquier cosa con tal de no depender de mí. El entrenador se dio cuenta enseguida.
—¡Bennett! ¡Miller! —gritó—. ¿Estáis entrenando conmigo o protagonizando una telenovela adolescente?
Nadie se rio.
Connor volvió patinando a la formación sin mirarme. Yo apreté el palo con fuerza.
Era patético. Los dos éramos mejores que eso. Sabíamos jugar heridos, cansados, furiosos. Ya habíamos ganado partidos después de peleas feas, notas malas, resacas peores. Pero aquello era distinto porque la herida no estaba fuera del hielo.
Estaba entre nosotros.
En el siguiente ejercicio, Connor volvió a ignorar mi posición, intentó una jugada individual y perdió el disco. El equipo rival del entreno avanzó, marcó fácil, y el entrenador estuvo a punto de tragarse el silbato de la rabia.
—¡Basta! —gritó—. Vosotros dos, fuera.
Connor se detuvo.
—Entrenador…
—He dicho fuera, Bennett.
Patinamos hasta el lateral en silencio. Me quité el casco y lo tiré al banco con más fuerza de la necesaria. Connor hizo lo mismo. El entrenador vino hacia nosotros, rojo de irritación.
—No sé qué mierda ha pasado entre vosotros, y sinceramente me da igual. ¿Queréis odiaros? Genial. Hacedlo lejos de mi hielo. Aquí dentro, o jugáis como equipo o no jugáis.
Connor miró al frente, la mandíbula tensa. Me limpié el sudor de la frente con la manga.
—Entendido —dije.
—No quiero un «entendido», Miller. Quiero actitud.
Se marchó, gritándole a otro jugador, y nos dejó lado a lado en el banco. El silencio entre nosotros era tan denso que casi podía oírlo por encima del sonido de los patines sobre el hielo.
—¿Vas a joder al equipo por mi culpa? —pregunté.
Connor soltó una risa baja, sin mirarme.
—¿Por tu culpa? Vaya. Hasta estás aprendiendo.
Me mordí la parte interna de la mejilla. Me lo merecía. Eso no lo hacía más fácil de oír.
—Si quieres odiarme, ódiame después del entreno.
—No me digas cuándo odiarte.
—Connor.
Se giró hacia mí de golpe, los ojos duros.
—No me hables como si estuviéramos bien.
La frase me calló. Porque no estábamos bien. Y tal vez no lo estaríamos durante mucho tiempo.
Después del entreno, me duché rápido y salí antes de que el vestuario se convirtiera en escenario de otra escena. No quería pelearme con Connor delante de todo el equipo. Ya había expuesto a Willow bastante. Ya la había convertido en motivo de cotilleos suficiente.
Volví a casa, pero no conseguí quedarme ahí. El piso parecía demasiado pequeño para todo lo que estaba intentando no sentir. Había un mensaje de mi madre preguntando por el partido del fin de semana, tres notificaciones de un grupo del equipo y ningún mensaje de Willow.
Le había dicho que le daría espacio.
Nunca imaginé que dar espacio pudiera doler tanto.
Cogí la camiseta que ella había usado y me quedé mirándola como un idiota. Era solo ropa. Lo sabía. Pero Willow tenía la molesta costumbre de convertir cosas normales en lugares de memoria. Mi cama se había convertido en uno de ellos, y la camiseta doblada sobre la silla también.
Dejé la prenda ahí antes de hacer algo patético, como mandarle un mensaje preguntándole si quería quedarse con la camiseta, solo para tener una excusa para hablar con ella.
Necesitaba hacer algo.
No con Willow. Todavía no. Ella había pedido tiempo y espacio, y se lo debía. Pero había otra verdad esperando, y estaba cansado de dejar que el miedo decidiera el orden de las cosas.
Connor necesitaba oírlo de mí.
No en la calle, no en el calor de la pelea, no en medio de Willow intentando mantener los pedazos en su sitio. De mí. Solo de mí. Y necesitaba decirlo sin intentar defenderme.
Fui a su piso antes de que pudiera cambiar de opinión.
Connor vivía con otros dos jugadores en un edificio antiguo cerca del campus.
Conocía demasiado bien aquel lugar. Ya había dormido en el sofá después de fiestas, comido pizza fría en la cocina, visto partidos hasta la madrugada, esperado a que Willow pasara por ahí a buscar algún libro o a dejarle algo a su hermano.
La entrada tenía una cerradura medio rota, el pasillo olía a detergente barato y a café quemado, y el felpudo delante de su puerta siempre estaba torcido.
Esa noche, cada detalle parecía un recordatorio de lo que podía perder.
Llamé a la puerta. Como nadie abrió, volví a llamar.
Cuando Connor abrió, llevaba una sudadera, el pelo húmedo y cara de pocos amigos. Su expresión murió al verme. Después se endureció.
—No.
Intentó cerrar la puerta. Puse la mano en la madera.
—Solo escúchame.
—Quita la mano de mi puerta.
—Dos minutos.
—No te mereces ni dos segundos.
La respuesta llegó afilada, pero no retrocedí.
—Probablemente no. Aun así, necesito hablar.
Connor abrió la puerta de golpe, no como invitación, sino como desafío. Detrás de él, el salón estaba vacío. Sus compañeros debían de haber salido, tal vez por suerte, tal vez porque Connor había espantado a todo el mundo.
—Habla —dijo—. Y luego desaparece.
Entré despacio. El lugar parecía igual y completamente distinto. Había latas de refresco en la mesa, un par de zapatillas tiradas cerca del sofá y una chaqueta del equipo sobre una silla. Cosas normales. Cosas de antes.
Connor cruzó los brazos.
—Estoy esperando.
Respiré hondo.
Había ensayado frases por el camino. Explicaciones, disculpas, formas menos destructivas de decir la verdad. Todas me parecieron inútiles frente a él. Connor no necesitaba un discurso bonito. Necesitaba que dejara de esconderme.
—Puedes odiarme todo lo que quieras —dije—. Probablemente me merezco buena parte de eso.
Él soltó un sonido seco.
—Qué generoso por tu parte.
—Pero no he venido a pedirte que me perdones.
Eso lo hizo callar.
Continué antes de que se me acabara el valor.
—He venido porque necesitas oírlo de mí, sin Willow en medio, sin pelea, sin que yo intente parecer menos culpable de lo que fui. Te mentí. Rompí tu confianza. Escondí algo que debería haberte contado antes. Y lo siento mucho.
Connor me miró sin pestañear.
—¿Has terminado?
—No.
Tenía las manos cerradas, pero forcé a los dedos a relajarse. No estaba sobre el hielo. No necesitaba prepararme para un golpe. Aunque llegara.
—Me equivoqué contigo. Pero no me equivoqué al amar a Willow.
La palabra se quedó en el aire. Por primera vez, dicha entera.
Amar.
Connor se quedó inmóvil.
Sentí que mi corazón daba un latido, pesado, como si también lo hubiera oído. Ahora ya no había vuelta atrás.
—Amo a tu hermana —dije, la voz más firme de lo que me sentía—.
Y sé que eso es lo último que querías oírme decir, pero es la verdad.
No empezó aquella noche, no empezó con las clases, no empezó cuando ella llamó a mi puerta.
Ya me gustaba antes, y fui demasiado cobarde para admitirlo. Ante ti. Ante ella. Ante mí mismo.
Connor no se movió, pero su rostro cambió. Rabia, sí. Dolor también. Y algo parecido al shock, como si la palabra amor no encajara en la imagen que tenía de mí.
—No digas eso —dijo, bajo.
—Necesito decirlo.
—No. No lo necesitas. Quieres usarlo para parecer menos sucio.
La acusación dolió, pero no aparté la mirada.
—No hay nada limpio en el modo en que lo escondí. Lo sé. Pero lo que siento por ella no es sucio.
Connor dio un paso adelante.
—Te acostaste con ella.
El golpe llegó sin puño esta vez.
Sostuve su mirada.
—Eso es de ella. No mío para contártelo.
Su mandíbula se apretó.
—Qué conveniente.
—No. Conveniente sería que te diera detalles para que decidieras exactamente cuánto quieres odiarme. Pero Willow no es una prueba de un delito, Connor. Lo que pasó entre nosotros también le pertenece a ella. Y ya he expuesto demasiado.
Se quedó en silencio, respirando pesado.
—¿Te aprovechaste de ella?
La pregunta llegó más baja, y por eso cortó más hondo. Había rabia ahí, pero también miedo. El miedo de un hermano que imaginaba a su hermana herida y no sabía qué hacer con esa imagen.
—No —respondí—. Nunca.
—Ella era inexperta.
—Lo sé.
—Y tú no.
—Lo sé.
Connor rio, amargo.
—¿Te escuchas cómo suena eso?
—Me escucho. Y por eso intenté hacerlo todo con cuidado. No estoy diciendo que eso me absuelva. No estoy pidiendo un aplauso por haber hecho el mínimo decente. Pero nunca presioné a Willow. Nunca la traté como una conquista. Nunca la toqué sin que ella quisiera.
Su rostro se contorsionó.
—Para.
—Has preguntado tú.
—No quiero detalles.
—Y no te los voy a dar. Pero necesitas saber que, si estás buscando a alguien que hirió a Willow en esa parte, no fui yo.
Connor miró al suelo.
Cuando volvió a hablar, su voz salió más ronca.
—Entonces ¿dónde le hiciste daño?
Miré al suelo. La respuesta era sencilla. E imperdonable.
—Cuando hice que se sintiera escondida.
Connor levantó la vista, y continué antes de que se me acabara el valor.
—Hice que pensara que el problema era ella. Que lo que yo sentía tenía que quedar por detrás de su permiso, de nuestro pacto, de mi culpa. Hice que se sintiera como si fuera una complicación. Y eso... —Se me quebró la voz, pero forcé la frase hasta el final—. Eso no sé si me lo va a perdonar.
Por un momento, Connor no dijo nada.
Su rabia seguía ahí, pero había algo más mezclándose. Tal vez el recuerdo de la conversación que había tenido con Willow. Tal vez la incómoda comprensión de que no había sido el único en hacerla sentir así.
Se pasó la mano por la cara.
—¿Sabes lo que me dijo hoy?
Algo en mí ya sabía que iba a doler.
—No.
—Que necesitaba a su hermano, no a un carcelero.
La frase me golpeó con una fuerza inesperada.
Connor rio sin humor, mirando hacia otro lado.
—¿Y sabes lo peor? Tenía razón. Quería echarte la culpa solo a ti. Todavía quiero. Es mucho más fácil. Pero yo también la empujé a esconderme cosas de mí, ¿no?
No respondí. No era mi lugar absolver ni condenar esa parte.
Me miró.
—Pero eso no cambia lo que hiciste.
—No.
—No cambia que mentiste.
—No.
—No cambia que confié en ti.
—Lo sé.
El silencio volvió, pesado, pero distinto. Ya no era la explosión de la noche anterior. Ahora era un campo destrozado después de la batalla, lleno de cosas demasiado rotas como para volver a colocarlas en su sitio en ese momento.
Connor caminó hasta la ventana y miró hacia fuera. Habló de espaldas a mí.
—No puedo mirarte ahora sin querer golpearte otra vez.
—Es justo.
—Y no puedo pensar en ti con ella sin... —Se detuvo, soltó el aire con fuerza—. Sin querer romper algo.
—También es justo.
—Deja de darme la razón. Me está irritando.
Casi sonreí. Casi.
Connor se dio la vuelta.
—¿De verdad la quieres?
La pregunta llegó sin grito. Sin amenaza. Solo dolor y duda.
Se me encogió el pecho.
—La quiero.
—Entonces ¿por qué no la elegiste antes?
La respuesta me dejó desnudo.
—Porque pensé que elegirla a ella significaba perderte a ti.
Connor se me quedó mirando.
—¿Y ahora?
Pensé en Willow en la acera. En su rostro cuando dijo que no podía quererla en secreto y protegerla en público. Pensé en ella pidiendo tiempo, espacio, respeto. Pensé en lo que quería decirle, pero no tenía derecho a exigir que ella lo escuchara todavía.
—Ahora sé que puedo perderos a los dos —respondí—. Pero, si tengo que perderos, al menos no será mintiendo.
Connor apartó la mirada.
Por un instante, pensé que me diría que me fuera. En vez de eso, dijo:
—No te perdono.
Asentí, sintiendo que la frase se asentaba en mí.
—Lo sé.
—Y no estoy diciendo que lo acepte.
—Eso también lo sé.
—Pero no voy a hablar por ella.
Esas cinco palabras fueron como aire después de mucho tiempo bajo el agua.
Connor parecía odiar haberlo dicho, pero lo dijo. Y tal vez, para él, aquello fuera el equivalente emocional de escalar una montaña.
—Gracias —murmuré.
Me lanzó una mirada cortante.
—No me des las gracias. No lo hago por ti.
—Lo sé.
—Lo hago porque ella me pidió que la dejara vivir.
Se me cerró la garganta.
Willow.
Aunque no estuviera ahí, era la fuerza que nos empujaba hacia algún tipo de verdad menos cobarde.
Connor caminó hasta la puerta y la abrió.
—Ahora vete antes de que cambie de idea y te vuelva a pegar.
Caminé hacia la salida, pero me detuve antes de pasar junto a él.
—Connor.
Su expresión se cerró.
—¿Qué?
—Siento mucho haber roto nuestra amistad de este modo.
Por un segundo, su rostro vaciló. Después el muro volvió.
—Yo también.
Cerró la puerta detrás de mí.
Me quedé en el pasillo unos segundos, mirando la madera desconchada, escuchando el silencio al otro lado.
No había arreglado nada. Pero había dejado de huir.
Cuando salí del edificio, el aire frío me golpeó la cara y me escoció en el corte del labio. Cogí el móvil del bolsillo por instinto y abrí la conversación con Willow. El último mensaje seguía siendo de días atrás.
Mis dedos se quedaron flotando sobre el teclado.
Quería escribirlo todo de golpe. Que la amaba y que había hablado con Connor, que ya no quería esconderla más y que solo necesitaba una oportunidad para demostrarlo.
Pero ella había pedido tiempo. Espacio. Y amar a Willow en voz alta también significaba respetar su silencio cuando hiciera falta.
Así que guardé el móvil.
Por primera vez, no hice lo más fácil para aliviar mi culpa. Hice lo que ella había pedido.
Y, mientras caminaba de vuelta por el campus, con el corazón pesado y una verdad por fin dicha, entendí que tal vez amar a Willow Bennett no significara correr detrás de ella.
Tal vez significara convertirme en el tipo de hombre al que ella nunca más tendría que suplicarle que la eligiera.