Capítulo 14Willow
Willow
Mia no dijo nada en todo el camino de vuelta a la residencia.
Eso, por sí solo, ya era prueba de que la noche había superado todos los límites aceptables del desastre.
Mia siempre tenía algo que decir. Un comentario afilado, una broma inoportuna, una amenaza pintoresca contra hombres emocionalmente incompetentes.
Pero esa noche se limitó a caminar a mi lado, sujetándome del brazo como si pudiera desplomarme en mitad de la acera.
Y tal vez pudiera.
Todavía sentía el sonido del puñetazo resonando dentro de mí. No el ruido real, seco y horrible, de la mano de Connor golpeando la cara de Jake. Era otro sonido. Más profundo. Como si algo se hubiera resquebrajado entre los tres a la vez, y yo no supiera qué trozo intentar sujetar primero.
Connor me había mirado como si fuera una desconocida. Jake se había ido con sangre en la boca. Y yo me había quedado plantada en medio de la calle, incapaz de decir la única cosa que tal vez podría haberlo cambiado todo.
Quédate.
La palabra seguía atascada en mí cuando Mia abrió la puerta de la habitación y me empujó dentro con delicadeza.
El ambiente estaba igual que siempre: mi pila de libros en el escritorio, la manta amarilla sobre la cama, los post-its pegados en la pared con las fechas de entrega de los trabajos, la taza olvidada junto al portátil.
Era injusto que la habitación pareciera tan normal cuando yo me sentía completamente distinta.
—Siéntate —ordenó Mia, cerrando la puerta.
Obedecí porque mis piernas realmente no parecían dispuestas a seguir sosteniéndome.
Me senté en el borde de la cama, todavía con la blusa de la noche puesta, el pelo revuelto por el viento y las manos heladas en el regazo.
Mia se quitó los zapatos, cogió una botella de agua, me la puso en la mano y después se arrodilló delante de mí.
—Bebe.
—Me estás tratando como si hubiera sufrido un accidente.
—Amiga, has sufrido un choque en cadena emocional con un jugador de hockey, un hermano posesivo y un secreto pésimo. Así que bebe el agua.
La risa que se me escapó fue débil y quebrada, pero salió. Di un trago. Después otro. La garganta me dolía, como si hubiera estado gritando toda la noche, aunque apenas había dicho la mitad de lo que quería.
Mia me observó con cuidado.
—¿Quieres hablar o quieres que insulte a los dos unos minutos para caldear el ambiente?
Miré la botella entre mis dedos.
—No sé qué quiero.
—Eso también vale.
Nos quedamos calladas. Fuera, alguien se reía en el pasillo, probablemente volviendo de una fiesta o de una noche mucho mejor que la mía. El sonido me pareció lejano, casi ofensivo. No quería que otras personas estuvieran viviendo con normalidad mientras Connor y Jake se destrozaban por mi culpa.
No. Por mi culpa no.
La corrección llegó despacio, pero llegó.
Ellos no se habían destrozado por mi culpa.
Se habían destrozado porque mintieron, porque controlaron, porque hicieron promesas sobre mí sin contar conmigo, porque cada uno decidió que sabía qué era lo mejor y dejó mi voz para el final.
Y, cuando por fin me tocó a mí hablar, los dos ya estaban demasiado heridos para escuchar bien.
—Me siento culpable —murmuré.
Mia no pareció sorprendida.
—Lo sé.
—Pero también estoy furiosa.
—Eso también lo sé.
—Y eso me hace sentir más culpable todavía.
—Willow, acabas de descubrir el triángulo infernal de la vida adulta: culpa, rabia y ganas de llorar en la ducha.
Apreté la botella con más fuerza.
—Connor estaba muy dolido.
—Sí.
—Y Jake…
La voz se me quebró antes de terminar.
Jake yéndose, limpiándose la sangre de la boca, mirándome antes de alejarse como si me estuviera entregando el espacio que yo había pedido y, al mismo tiempo, dejándome con la peor sensación del mundo.
—Él también lo estaba —completó Mia, con menos veneno del que esperaba.
La miré.
—¿Estás defendiendo a Jake?
—No exageres. Todavía estoy considerando tirarlo por una escalera pequeña. Pero parecía destrozado.
Esa imagen no ayudó. Me llevé una mano a la cara y me presioné los ojos con los dedos, intentando impedir que llegaran las lágrimas.
Era ridículo, porque llevaba días diciéndome a mí misma que necesitaba ser fuerte.
Que necesitaba dejar de esperar a que Jake eligiera.
Que necesitaba no convertirme en la chica que llora por un chico popular que no sabe lo que quiere.
Solo que Jake sí lo sabía. Ese era el problema.
En esa acera, lo supo. Dijo que yo no había sido un error. Se marchó no porque Connor se lo ordenara, sino porque yo no fui capaz de pedirle que se quedara. Y ahora no sabía si eso era respeto o una despedida.
—No quería que se fuera —confesé.
Mia respiró hondo y se sentó a mi lado.
—Entonces ¿por qué no lo dijiste?
La respuesta parecía sencilla hasta que intenté encontrarla.
—Porque tenía miedo. Porque Connor estaba ahí. Porque todavía estaba dolida. Porque, si le hubiera pedido a Jake que se quedara en ese momento, habría parecido que estaba eligiendo un bando.
—¿Y crees que tienes que elegir?
—No lo sé. Parece que todo el mundo espera eso de mí.
Mia apoyó la cabeza en mi hombro un segundo, un gesto raro de cariño silencioso.
—Tal vez ese sea exactamente el problema.
Todo el mundo espera algo de ti. Connor espera que sigas siendo la hermana que él protege.
Jake espera que le des tiempo para arreglar el destrozo.
Tú esperas de ti misma que seas madura, firme, clara y emocionalmente estable a las dos de la madrugada después de presenciar una pelea en la calle.
Cerré los ojos.
—¿Y qué debería esperar?
—Que esos dos gestionen sus propias decisiones sin convertirte a ti en premio, culpa o campo de batalla.
La frase se fue asentando despacio. Premio, culpa, campo de batalla: era exactamente así como me había sentido en aquella acera.
Como si Connor y Jake estuvieran discutiendo sobre mí sin llegar a verme por completo.
Connor veía a la hermana que necesitaba proteger.
Jake veía a la chica a la que necesitaba ahorrarle dolor.
Y yo estaba cansada de que me definiera el miedo de los demás.
El móvil me vibró encima de la cama.
El nombre de Connor apareció en la pantalla. Después desapareció. Después volvió a aparecer con un mensaje.
Connor: ¿Has llegado?
Me quedé mirando la pantalla hasta que se apagó.
Mia no dijo nada. No intentó coger el móvil, no opinó, no me metió prisa. Solo se quedó ahí.
Después de casi un minuto, respondí.
Yo: He llegado.
Su respuesta llegó rápido.
Connor: Tenemos que hablar.
Se me encogió el estómago. No es que no quisiera hablar con mi hermano. Sí quería. Lo necesitaba. Pero no esa noche, no con el cuerpo todavía temblando y la imagen de su puño golpeando a Jake repitiéndose en mi cabeza.
Yo: Hoy no.
Aparecieron tres puntitos. Desaparecieron. Volvieron a aparecer.
Connor: Willow, por favor.
La palabra por favor casi me rompe. Connor no usaba «por favor» conmigo cuando estaba en modo protector.
Ordenaba, presionaba, insistía. Ese «por favor» venía de mi hermano de verdad, el chico que me enseñó a andar en bici y después lloró a escondidas cuando me caí y me rasguñé la rodilla.
Venía del Connor que hacía tortitas horribles cuando yo estaba triste y fingía que eran «estilo gourmet».
Aun así, necesitaba elegirme a mí primero.
Yo: Mañana. Hoy necesito respirar.
Esta vez, tardó más.
Connor: Vale. Avísame si necesitas algo.
Casi escribí: necesito que confíes en mí. Casi.
En vez de eso, bloqueé el móvil y lo dejé junto a la almohada. Mia me observaba con una expresión orgullosa y triste a la vez.
—Eso ha estado bien —dijo.
—Ha parecido horrible.
—Los límites suelen parecer horribles cuando la gente está acostumbrada a cruzarlos.
Esa era una de esas frases que odiaba precisamente porque era cierta.
Esa noche me duché con agua caliente hasta que la piel se me puso roja y me puse el pijama más ancho que encontré. Pensé que no conseguiría dormir, pero el cansancio llegó pesado. Aun así, antes de apagar la luz, desbloqueé el móvil una última vez.
Ningún mensaje de Jake.
No sé si me sentí aliviada o decepcionada. Tal vez las dos cosas.
A la mañana siguiente, me desperté con los ojos hinchados y la cabeza palpitando. Mia había dejado un paquete de galletas en mi mesa con una nota: desayuno de emergencia para mujeres en reconstrucción.
Sonreí a pesar de todo.
Las clases me parecían imposibles, así que le escribí un correo al profesor de la mañana diciendo que estaba indispuesta. No era mentira. Estaba indispuesta a existir en público.
Pasé horas en la habitación intentando estudiar, pero mis apuntes se convirtieron en garabatos sin sentido.
En algún momento, cogí la sudadera de Jake que todavía seguía escondida al fondo del armario.
Debería devolvérsela. Debería lavarla, doblarla, entregársela a través de Mia o dejarla en su puerta como una persona adulta y civilizada.
En vez de eso, me senté en la cama con la tela en el regazo.
Era solo una prenda de ropa. Algodón, olor a suavizante, un número en la espalda. Pero mi cuerpo recordaba la lluvia, su mano tocando mis dedos escondida por la manga, el modo en que dijo que no quería que me pusiera enferma.
Jake se había equivocado. Mucho. Yo también había salido herida por su culpa. Pero ningún error borraba el modo en que me miró cuando admitió que yo no había sido un error.
El toque en la puerta llegó a primera hora de la tarde.
Pensé que sería Mia, pero cuando abrí, Connor estaba al otro lado.
Tenía un aspecto pésimo. El pelo despeinado, los ojos cansados, y un pequeño corte en los nudillos de la mano derecha. Se me quedó la mirada clavada ahí. Connor lo notó y se metió la mano en el bolsillo de la chaqueta, como si pudiera esconder lo que los dos ya habíamos visto.
—Dijiste mañana —dijo.
—Técnicamente, dije mañana ayer. Así que sí.
El intento de humor no funcionó. Él no sonrió. Yo tampoco.