Reglas rotas Capítulo 13Jake #2
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Capítulo 13Jake #2

—No. Un hermano no hace esto.

Willow se llevó una mano a la boca, como si el dolor de él también le doliera a ella.

Y supe que esa era la parte que ella temía.

No que Connor gritara. No que Connor me golpeara.

La parte realmente mala era ver dos vínculos importantes rompiéndose al mismo tiempo y saber que ella estaba en el centro, aunque no tuviera ninguna culpa por existir.

—La culpa es mía —dije.

Willow se volvió hacia mí.

—Jake, no.

Sostuve la mirada de Connor.

—Acepté ocultarlo. Acepté mentir. Acepté seguir adelante aun sabiendo que iba a hacer daño a todos si la verdad salía a la luz. Así que, si quieres odiar a alguien, ódiame a mí.

Connor soltó una risa amarga.

—Qué generoso.

—No es generosidad.

—Entonces ¿qué es?

Miré a Willow.

Por un segundo, olvidé a Connor, la calle, el frío. Ella estaba ahí, intentando ser fuerte, pero sus ojos me lo entregaban todo. Había miedo y había rabia, y debajo de los dos algo que todavía se parecía peligrosamente al amor.

Había estropeado muchas cosas. Pero no iba a mentir más sobre ella.

—Es porque ella no fue un error para mí —dije.

Willow contuvo la respiración.

Connor se quedó quieto, mirándome como si acabara de clavarle el cuchillo más hondo.

—No —dijo, bajo.

Sabía que debería parar. Sabía que aquella confesión, en ese momento, delante de él, tal vez sonara como una provocación. Pero ya era tarde para ser cobarde.

—Me equivoqué contigo. Me equivoqué con ella. Me equivoqué al ocultarlo. Pero no voy a fingir que Willow fue una tontería de fiesta, Connor. No lo fue.

Su rostro se cerró del todo.

—Cállate.

Willow dio un paso al frente.

—Connor, escucha…

—No. —Me señaló a mí, pero miraba a ella—. ¿No lo ves? Es lo que hace. Habla bonito, parece sincero, y dentro de dos semanas estará con otra chica puesta con su sudadera.

La frase fue tan injusta, tan rastrera, que Willow pareció quedarse sin aire.

Y yo perdí el control.

Agarré a Connor por delante de la chaqueta y lo empujé contra la pared de la hamburguesería antes de pensarlo mejor. No llegó a ser un puñetazo, pero fue fuerza suficiente para que Mia gritara mi nombre y Willow avanzara.

—No hables de ella como si fuera desechable —gruñí.

Connor me sujetó las muñecas, los ojos ardiendo.

—Quítame las manos de encima.

—Entonces deja de hacerle daño solo porque estás furioso conmigo.

Me empujó hacia atrás.

Retrocedí un paso. Fue todo lo que necesitó.

El puñetazo llegó rápido, golpeándome la mandíbula con fuerza suficiente para girarme la cara.

El dolor estalló caliente, metálico, familiar.

Ya había recibido golpes antes. Muchos. Sobre el hielo, en peleas, en partidos que se salían de control.

Pero ese puñetazo llevaba dentro años de amistad rota.

Mia volvió a gritar. Willow se puso entre nosotros antes de que pudiera decidir si le devolvía el golpe.

—¡Parad! —gritó.

Su voz cortó la calle.

Connor respiraba con fuerza, el puño todavía cerrado. Me llevé la mano a la comisura de la boca y sentí sangre en el pulgar. El sabor a hierro se me extendió por la lengua.

No le devolví el golpe.

No porque no quisiera. Una parte primitiva de mí quería hacerlo. Pero había otra parte, más grande, que miraba a Willow entre nosotros dos y entendía que cualquier golpe mío la alcanzaría a ella de algún modo.

—¿Estás bien? —preguntó ella, girándose hacia mí.

La pregunta le salió por reflejo. Vi el instante exacto en que se dio cuenta e intentó retroceder emocionalmente, como si cuidar de mí traicionara la rabia que todavía sentía.

Connor también lo vio.

Su mirada se rompió antes de endurecerse.

—¿Estás preocupada por él?

Willow se giró hacia su hermano.

—¡Estoy preocupada por los dos, actuando como idiotas en medio de la calle!

—Se lo merecía.

—Tal vez. Pero no tenías derecho a golpearlo por mí.

—¿Por ti? —Connor rio, incrédulo—. ¿Crees que esto ha sido solo por ti?

La frase se quedó suspendida en el aire.

Y lo entendí. No me había golpeado solo por Willow.

Me había golpeado también por él. Por la confianza rota.

Por las conversaciones en el vestuario. Por los años en que me dejó entrar en la casa de su familia, cenar en su mesa, meterme con Willow en la cocina, dormir en el sofá después de las fiestas, ser tratado como alguien de fiar.

Y yo había cogido todo eso y había mentido.

—Connor —dije, la voz más baja—. Lo siento mucho.

Me miró como si mis palabras fueran basura.

—No me hables.

Willow se pasó las manos por la cara. Parecía agotada, y algo dentro de mí dolió más que la mandíbula. Quería tocarla, preguntarle si estaba bien, sacar a todo el mundo de ahí, pero ya no tenía derecho a nada de eso.

—Yo me voy —dijo Mia, sujetando el brazo de Willow—. Y tú te vienes conmigo.

Willow no se movió.

Connor dio un paso hacia ella.

—Sí. Tú te vienes conmigo.

Aquello volvió a encender la chispa en sus ojos.

—No me voy contigo porque tú lo digas.

—Willow…

—No. —Su voz tembló, pero ella no retrocedió—. Acabas de descubrir algo que no querías saber, lo entiendo. Estás dolido, eso también lo entiendo. Pero deja de actuar como si pudieras cogerme del brazo y decidir adónde voy, con quién hablo y qué hago.

Connor abrió la boca, pero ella continuó.

—No soy tu hija. No soy tu responsabilidad. Soy tu hermana. Y me llevas asfixiando tanto tiempo que tuve que esconder mi vida porque sabía que harías exactamente esto.

Él palideció un poco.

—Solo quería protegerte —dijo.

Willow respiró hondo, y su rabia cedió por un instante, dejando ver la tristeza debajo.

—Lo sé. Pero no te das cuenta de que, a veces, protegerme se parece muchísimo a no confiar en mí.

Connor se quedó callado. Yo también.

Mia le apretó el hombro a Willow con cuidado, pero no tiró de ella. Dejó que se quedara. Dejó que decidiera. Tal vez Mia fuera la única persona en esa acera que de verdad entendía lo que Willow necesitaba.

Entonces Connor volvió a mirarme, y la dureza regresó.

—Te alejas de ella.

Todo mi cuerpo se puso en tensión.

—Connor —dijo Willow.

—No. Él se aleja de ti.

Debería haberlo ignorado. Debería haber dicho que no era decisión suya. Debería haber mirado a Willow, no a su hermano. Pero la voz de Connor todavía venía cargada de herida, y la culpa dentro de mí era tan grande que, por un segundo, dejé que me atrapara.

—Si es lo que Willow quiere —dije.

Sus ojos encontraron los míos.

Toda la calle pareció desaparecer de nuevo.

No se lo preguntaba a Connor. Ya no. Se lo preguntaba a ella. Y tal vez fuera injusto ponerle ese peso encima en medio del caos, después de una pelea, después de una exposición que ninguno de los dos había planeado. Pero necesitaba que supiera que, esta vez, no iba a decidir por ella.

Willow abrió la boca. No salió nada.

Vi la lucha en su rostro, el daño que le había causado, el cariño que no quería sentir y el cansancio debajo de todo. Sobre todo, vi que no lo sabía.

Y yo no podía usar su indecisión como permiso.

Asentí, sintiendo que el pecho se me hundía.

—Está bien.

—Jake... —dijo ella, y mi nombre en su voz casi me hizo quedarme.

Pero no podía. No mientras estuviera rodeada de un dolor que yo había ayudado a crear.

—Mereces espacio —dije, lo bastante bajo como para que solo ella lo oyera—. De mí también.

Su rostro cambió, como si aquello doliera. Tal vez doliera para los dos.

Connor soltó un sonido amargo.

—Qué noble.

No lo miré. Si lo hacía, tal vez la rabia volvería.

Me pasé el pulgar por la comisura de la boca, sentí más sangre y di un paso atrás. Mia todavía sujetaba a Willow por el brazo. Connor estaba rígido, roto y furioso. Willow parecía dividida entre correr y quedarse de pie solo por orgullo.

Tenía ganas de pedirles perdón a todos. Pero algunas disculpas, dichas demasiado pronto, solo parecían un intento de minimizar el daño para quien lo había causado.

Así que hice lo único que todavía podía hacer.

Me marché.

Cada paso alejándome de ella se sintió mal. El frío golpeó con más fuerza cuando doblé la esquina, y solo entonces me di cuenta de que me temblaban las manos. No por el golpe. No por la adrenalina. Por ella.

Por el modo en que Willow había dicho que no era propiedad de nadie, por su silencio cuando Connor me ordenó que me alejara, por mi nombre escapando de su boca cuando decidí darle espacio.

Me apoyé en la pared lateral de un edificio y cerré los ojos.

La mandíbula me palpitaba. La boca me sangraba. Mi mejor amigo me odiaba. La chica de la que estaba enamorado tal vez no supiera si quería volver a verme.

Y, aun así, lo peor era otra cosa.

Por primera vez, había dicho parte de la verdad. Demasiado tarde.

Cuando llegué al piso, los chicos estaban en el salón. Uno de ellos empezó a preguntar por la sangre, pero se calló en cuanto vio mi cara. Pasé de largo, cerré la puerta del cuarto y me quedé a oscuras, sentado en el borde de la cama.

El móvil me vibró varias veces.

No era Connor. Tampoco era Willow.

Menos mal. O tal vez no.

Tiré el teléfono sobre el colchón y apoyé los codos en las rodillas.

La cama parecía enorme y vacía, el cuarto demasiado silencioso.

En la silla, la camiseta que Willow había usado seguía ahí, doblada por la mitad, como un recuerdo cruel de una mañana en la que casi había creído que existía un camino sencillo para nosotros.

No existía. Pero tal vez los caminos sencillos nunca hubieran sido para gente como yo.

Cogí la camiseta, apreté la tela entre las manos y dejé caer la cabeza.

Había perdido a Connor esa noche. Tal vez había perdido a Willow también.

Y lo peor era saber que, si pudiera volver al principio, todavía abriría esa puerta para ella. Todavía diría que sí. Todavía elegiría a Willow Bennett.

La diferencia era que ahora sabía que amar a alguien en secreto no era protegerla.

Era solo otra forma de perderla.