Capítulo 13Jake
Jake
La pregunta de Connor quedó suspendida en medio de la acera como una cuchilla.
¿Qué demonios está pasando entre vosotros dos?
Nadie respondió.
Yo sabía jugar bajo presión. Sabía escuchar a la afición gritando mi nombre, sabía sentir a un rival venirse encima y decidir en menos de un segundo si esquivar, devolver el golpe o arriesgar una jugada absurda que podía costarle el partido entero al equipo.
Pero nada sobre el hielo me había preparado para la mirada de mi mejor amigo en ese momento.
Connor estaba a pocos pasos de mí, con los hombros tensos, la mandíbula rígida y los ojos alternando entre Willow y yo, como si intentara montar un rompecabezas que, en el fondo, ya sabía que no quería ver completo.
Willow estaba pálida, los brazos cruzados contra el cuerpo, Mia a su lado como una muralla pequeña y feroz.
La calle seguía normal a nuestro alrededor: coches pasando, gente riendo a la salida del bar, estudiantes tropezando en la acera después de una noche demasiado larga.
Era ridículo que el mundo no se hubiera detenido.
El mío sí lo había hecho.
—Connor —empezó Willow, la voz demasiado firme para alguien que parecía a punto de derrumbarse por dentro—. No hagas esto aquí.
Su rostro se contrajo.
—¿Hacer el qué?
—Convertir esto en un interrogatorio en medio de la calle.
—Entonces hay un «esto».
Willow apretó los labios.
Di un paso al frente antes de que ella tuviera que responder, pero la mirada que me lanzó fue clara: no hables por mí.
Me detuve.
Y ahí fue cuando entendí la magnitud de la cagada que llevaba cometiendo desde el principio.
Me había estado diciendo a mí mismo que estaba protegiendo a Willow, pero, de un modo u otro, siempre intentaba tomar el control de la situación antes de que ella pudiera decidir lo que quería decir.
Connor lo hacía como hermano. Yo lo hacía como cobarde disfrazado de héroe.
Ninguno de los dos dejaba respirar a Willow.
Connor me miró.
—¡Miller! —Me había llamado así toda la vida. Era la primera vez que sonaba como una amenaza—. ¿Qué está pasando?
Podía mentir.
La oportunidad estaba ahí. Pequeña, fea, pero posible.
Podía decir que Willow estaba molesta con un tío del bar y que yo solo había intentado ayudar, que Connor estaba viendo algo donde no había nada.
Podía sonreír, hacer una broma, comprar un día más de secreto y tal vez perder a Willow para siempre.
La miré.
Willow también me miraba a mí, y había miedo en sus ojos. No era solo miedo de Connor, ni de la pelea que se avecinaba. Era miedo de lo que yo haría con la verdad, ahora que por fin había llegado hasta mi garganta.
Estaba cansado de ser el tío que la decepcionaba.
Respiré hondo.
—Willow y yo nos estábamos viendo.
El silencio que vino después fue brutal.
Mia soltó un taco por lo bajo. Willow cerró los ojos, como si el impacto de las palabras le hubiera atravesado el cuerpo. Connor no se movió. No parpadeó. No hizo nada durante tres segundos enteros.
Después, se rio. Fue una risa corta, vacía, peor que un grito.
—No. —Negó con la cabeza, mirándome como si hubiera dicho algo imposible—. No. Estás de broma.
—No lo estoy.
Su expresión cambió rápido. La incredulidad se convirtió en rabia. No aquella rabia ruidosa que Connor solía mostrar cuando algún rival hacía una jugada sucia. Era más profunda. Más personal. Una rabia que venía de un lugar herido.
—¿Me estás diciendo que has estado con mi hermana?
Willow dio un paso al frente.
—Connor, yo también estaba ahí.
Él ni siquiera la miró.
—Le estoy hablando a él.
Su tono encendió algo en mí.
—Entonces tal vez deberías hablar con ella también.
Connor se giró hacia mí, los ojos entornados.
—No me digas cómo hablar con mi hermana.
—Pues deja de hablar como si ella no estuviera aquí.
El aire entre nosotros se volvió más pesado.
Vi el momento exacto en que Connor perdió otro pedazo de control. Su rostro se puso rojo, los puños se cerraron a los lados del cuerpo, y por una fracción de segundo pensé que iba a golpearme ahí mismo, delante del bar, de Willow, de todo el mundo.
Casi preferí que lo hiciera. Habría sido más fácil que soportar esa mirada.
—¿Desde cuándo? —preguntó.
La pregunta iba dirigida a mí, pero mis ojos fueron hacia Willow. No porque quisiera pedir permiso para hablar por ella, sino porque aquello también le pertenecía a ella. El secreto había sido de los dos, y los errores también.
Ella respiró hondo.
—Unas semanas.
Connor por fin la miró a ella.
—¡¿Unas semanas?!
—Sí —dijo ella, mirando fijamente a su hermano.
—Willow, estás hablando de mi mejor amigo.
—Y yo estoy hablando de mi vida.
—¿Sabes quién es?
La pregunta me golpeó a mí, pero golpeó mucho más a Willow.
Ella se enderezó.
—Lo sé.
—¿De verdad lo sabes? Porque yo sí lo sé. Conozco a Jake. Conozco el tipo de chica que pasa por su vida, conozco las fiestas, las historias, la fama. ¿Crees que tú eres diferente?
Aquello dolió.
No porque no mereciera parte de esa acusación.
Tenía una fama. Tenía un pasado. Había tomado decisiones suficientes como para que Connor las usara en mi contra.
Pero oír todo eso delante de Willow, como si ella fuera demasiado ingenua para saber a quién había elegido, hizo que algo feo se me subiera al pecho.
—Cuidado —dije.
Connor me encaró.
—Cuidado ¿con qué?
—Con cómo hablas de ella.
Dio un paso hacia mí.
—Tú no tienes derecho a decir ni una palabra sobre mi hermana.
—Tal vez no. Pero no me voy a quedar aquí escuchando cómo tratas a Willow como si fuera incapaz de decidir por sí misma.
—¿Decidir? —Connor escupió la palabra como si tuviera mal sabor—. ¿Ella lo pidió? ¿Fue eso? ¿La hiciste creer que tenía el control mientras te aprovechabas?
Willow pareció recibir una bofetada.
Mia reaccionó primero.
—Eh, cuidado cómo le hablas.
Pero Connor no me quitaba los ojos de encima.
Podría haberme quedado callado. Tal vez debería haberlo hecho. Tal vez lo correcto era tragarme la rabia y dejar que me odiara, porque buena parte de aquello era culpa mía. Pero había una línea que no dejaría que Connor cruzara, ni siquiera herido.
—Nunca me aproveché de ella.
—Entonces explícame cómo empezó esto.
La sangre desapareció de mi rostro.
Y Connor lo vio. Claro que lo vio.
Su mirada fue hacia Willow. Después volvió a mí con una comprensión lenta y horrible formándose.
—¿Cómo empezó, Jake?
Willow respiró hondo.
—Yo fui a buscarlo.
—¿Qué?
—Busqué a Jake.
Connor la miró como si no entendiera las palabras.
—¿Por qué?
Willow vaciló. Y en ese segundo, en ese único segundo en el que la vi atrapada entre la verdad y la vergüenza, supe que no podía dejar que cargara sola con el peso de la parte más vulnerable de aquella historia.
—Porque ella confiaba en mí —dije.
La voz de Connor salió baja.
—¿Para qué?
Toda la calle pareció encogerse.
Willow me miró, los ojos brillando de rabia y miedo. Tal vez pensara que iba a exponerlo todo, a arrojar su intimidad en medio de la acera para defenderme. Yo nunca haría eso. Ni aunque Connor me rompiera los huesos.
—Eso es entre nosotros dos —respondí—. Y ahí se va a quedar.
Connor se quedó inmóvil.
—¿Te acostaste con ella?
La pregunta llegó directa, cruel en el modo en que cortó el aire.
Willow palideció. Mia avanzó medio paso. Sentí que mi visión se estrechaba.
—No preguntes eso así —dije.
Connor me apuntó con un dedo al pecho.
—Te he preguntado si te acostaste con mi hermana.
—¡Connor! —estalló Willow—. ¡Para!
Esta vez, la miró a ella.
—Respóndeme.
—No voy a responder a una pregunta hecha así, como si tuvieras algún derecho sobre mi cuerpo.
La frase nos golpeó a todos.
Connor retrocedió un poco, pero no por mucho tiempo. Su rabia era demasiado grande como para dejar espacio a la reflexión. Estaba herido, traicionado, cegado por una imagen de Willow que tal vez nunca hubiera sido real: la hermanita intocable que necesitaba proteger de todos los hombres del mundo.
Incluido yo. Sobre todo yo.
—No lo entiendes —le dijo a ella, la voz más ronca—. No entiendes lo que hace este tío.
Willow rio, pero no había humor ahí.
—¿Ves? Es siempre lo mismo. Yo no entiendo. Yo no sé. Yo no me doy cuenta. Soy adulta hasta que decides que soy demasiado ingenua para tomar una decisión que no te gusta.
Connor se pasó las manos por el pelo.
—¡Porque es Jake!
—¡Sé quién es!
—¿Lo sabes? Porque hasta hace poco apenas podías mirarlo sin ponerte roja.
Se me encogió el pecho al ver cómo se cerraba el rostro de Willow. Ese era exactamente el tipo de detalle que Connor no debería usar como arma. Algo demasiado íntimo, demasiado pequeño, demasiado suyo.
—Basta —dije.
Connor se giró hacia mí de nuevo.
—No, Jake. Tú no dices «basta». Tú no mandas nada aquí.
—Ya lo sé.
—¿Lo sabes? Porque parece que se te olvidó cuando decidiste poner las manos sobre mi hermana.
La primera punzada de rabia realmente peligrosa me atravesó el cuerpo.
—No hables de ella así.
Connor se acercó más.
—¿Por qué? ¿Vas a defender su honor ahora? ¿Después de habérmelo ocultado todo?
—Lo oculté porque fui un cobarde, no porque me avergonzara de ella.
—Ah, qué bonito. ¿Quieres una medalla por admitir que eres un cobarde?
—Connor —intentó Willow.
Él la ignoró.
—Me miraste a la cara, tío. A la cara. Te pregunté si había algo pasando y me mentiste.
—Mentí.
—Dejaste que dijera que confiaba en ti.
Esa dolió de verdad.
La rabia dentro de mí vaciló, dejando espacio a la culpa, porque ahí estaba el centro de todo. No era solo Willow, ni solo el pacto absurdo. Era la confianza de años, la confianza de hermano, rota por mí de un modo que no tenía arreglo sencillo.
—Lo sé —respondí.
—No, no lo sabes. —Su voz tembló un poco, y eso fue peor que el grito—. Eras mi hermano, Jake.
Por un segundo, no pude respirar.
Connor nunca decía ese tipo de cosas. Bromeábamos, discutíamos, nos insultábamos, nos apoyábamos. Pero no hablábamos así, directo al hueso. Y oír aquello en medio de una pelea, como una acusación y un duelo al mismo tiempo, me destrozó más de lo que cualquier puñetazo habría conseguido.
—Eres mi hermano —dije, bajo.
Él negó con la cabeza, los ojos duros.