Reglas rotas Capítulo 12Willow #2
57%

Capítulo 12Willow #2

Me quedé sin respuesta durante unos segundos.

La calle parecía más silenciosa, a pesar de la gente pasando, de los coches, de las risas que llegaban de dentro del bar.

Quería ser fuerte. Quería cruzar los brazos, levantar la barbilla y decirle que había perdido su oportunidad.

Pero otra parte de mí, la misma que se había dormido escuchando su corazón, estaba cansada de fingir que no quería escuchar esas palabras.

—Lo hiciste —susurré.

Jake se quedó inmóvil.

Cerré los ojos, arrepentida de aquella vulnerabilidad en el mismo instante en que salió. Cuando volví a mirarlo, su expresión estaba deshecha, como si le hubiera entregado algo precioso y no supiera dónde ponerlo.

—Willow…

—No. No hagas que esto sea sencillo. Tú fuiste elegido por mí, Jake. Y por eso mismo dolió cuando actuaste como si yo fuera solo una complicación.

Él se acercó un poco más. Todavía había espacio entre nosotros, pero el aire ya parecía distinto. Más cálido. Más peligroso.

—No sé cómo arreglar esto.

—Tal vez no se pueda arreglar con una conversación.

—Lo sé.

—Y tal vez no consiga creerte solo porque ahora estás diciendo las cosas correctas.

—Eso también lo sé.

El problema era que, que Jake lo supiera, no hacía las cosas más fáciles. En realidad, las empeoraba, porque el Jake que tenía delante no era el que huía detrás de excusas. Era el que intentaba quedarse, incluso sin garantías. Y yo no sabía qué hacer con él.

El viento sopló más frío, y me estremecí. Jake lo notó al instante. Su gesto fue automático: la mano se movió como si fuera a quitarse la chaqueta para dármela. Entonces se detuvo a medio movimiento, tal vez recordando que hasta el cuidado necesitaba permiso ahora.

Aquello casi me rompió.

—Estoy bien —dije.

—Estás temblando.

—Es el frío, no fragilidad.

Su boca se curvó un poco.

—Iba a decir que las dos cosas pueden existir al mismo tiempo, pero siento que me darías un puñetazo.

—Un puñetazo verbal, tal vez.

—Los tuyos son peores.

Esta vez, sonreí. No mucho, pero lo suficiente para que Jake lo notara. Su mirada bajó hasta mi boca y volvió a subir demasiado rápido, como si se hubiera reprendido a sí mismo por ello.

El silencio cambió de nuevo.

De repente, era demasiado consciente de la distancia entre nosotros, del muro frío en mi espalda, de sus ojos sobre mí, del recuerdo de su cuerpo sobre el mío.

Odiaba que el deseo no hubiera desaparecido junto con el dolor.

El deseo era inoportuno, insistente, completamente irrespetuoso con mi necesidad de claridad emocional.

—No me mires así —murmuré.

Jake se puso serio.

—¿Así cómo?

—Como si quisieras besarme.

Su respuesta llegó baja.

—Quiero.

El corazón me falló.

—Jake.

—No lo voy a hacer. Pero quiero.

Aquello era peor. Mucho peor.

Porque una cosa era resistirse a un hombre que avanzaba. Otra era resistirse a un hombre que se contenía porque tú merecías elegir. Jake plantado delante de mí, deseando y esperando, era mucho más peligroso que Jake tirando de mí por celos en una fiesta.

—Me lo estás poniendo difícil —dije.

—Lo sé.

—Deja de decir que lo sabes.

—Vale.

Por un segundo, casi nos reímos. Casi.

Entonces la puerta del bar se abrió, y Mia asomó la cabeza.

—¿Todo bien por aquí?

Me aparté de la pared como si me hubieran pillado haciendo algo malo, aunque no hubiera pasado nada. Jake se metió las manos en los bolsillos de la chaqueta y dio un paso atrás.

—Todo bien —respondí.

Mia me miró con atención, y después a Jake.

—Mis seis minutos se han convertido en casi quince. Debería estar molesta.

—Perdón.

—No me pidas perdón a mí. Yo tengo patatas fritas ahí dentro. Mi noche está resuelta. —Me señaló—. La tuya, no tanto.

Suspiré.

—Ya voy.

Jake pareció querer decir algo, pero se contuvo. Di un paso hacia la puerta, y luego me detuve. No sé por qué lo hice. Tal vez porque, a pesar de todo, no quería que esa conversación terminara con otra huida.

Me giré hacia él.

—Necesito tiempo.

Jake asintió.

—Te lo daré.

—Y espacio.

—También.

—Y nada de aparecer para intimidar a chicos que hablan conmigo.

Su mandíbula se tensó por instinto, pero volvió a asentir.

—Lo intentaré.

Levanté una ceja.

—Jake.

—Vale. Lo haré. Pero si alguien te hace sentir incómoda…

—Yo lo manejo.

—¿Y si me necesitas?

La pregunta se quedó entre nosotros con una suavidad inesperada.

Podría haber dicho que no lo necesitaría. Podría haber usado el orgullo como escudo. Pero la verdad era que no quería construir una vida en la que necesitar ayuda fuera lo mismo que perder autonomía.

—Entonces lo pido —respondí.

Su rostro se suavizó.

—Vale.

Mia abrió más la puerta del bar.

—Este momento de madurez emocional está precioso, pero de verdad creo que tus patatas se van a enfriar.

Volví adentro con ella, sintiendo la mirada de Jake en mi espalda hasta que la puerta se cerró.

El calor del bar me envolvió de nuevo, junto con el ruido, la música y el olor a fritura.

Todo parecía igual, pero yo no estaba igual.

Había algo dentro de mí que no estaba resuelto ni curado, solo removido.

Mia me pasó una patata.

—¿Y bien?

—¿Y bien qué?

—¿Suplicó? ¿Lloró? ¿Citó poesía? ¿Prometió dejar el hockey y vivir de amor en una cabaña?

—No.

—Decepcionante.

—Admitió que fue un cobarde.

Mia se detuvo con la patata a medio camino de la boca.

—Ah.

—Dijo que nunca fue solo una clase.

—Ah.

—Y que quería que lo eligiera.

Soltó la patata en el plato.

—Ah, este desgraciado es bueno.

—Mia.

—¿Qué? Estoy enfadada con él por principio, pero esa ha sido fuerte.

Apoyé los codos en la mesa y me tapé la cara con las manos un segundo.

—No sé qué hacer.

—No necesitas saberlo ahora.

—Ojalá lo hubiera dicho antes.

—Claro que sí. Te habría ahorrado semanas de sufrimiento.

Solté una risa débil. Mia sonrió, pero su mirada se volvió más tierna.

—Willow, puedes seguir queriéndolo y seguir dolida. Una cosa no anula la otra.