Capítulo 12Willow
Willow
Durante unos segundos, Jake Miller no dijo nada.
Se quedó ahí plantado, delante de mí, en medio del bar abarrotado, con la expresión de quien ha recibido un golpe que no esperaba.
La mala música seguía saliendo de los altavoces, la gente seguía riendo alto, Mia seguía de pie a unos pasos de distancia, fingiendo no prestar atención mientras prestaba atención a cada una de nuestras respiraciones.
Sabía que debería marcharme. Lo sabía de verdad.
Pero había una parte idiota y cansada dentro de mí que todavía quería escucharlo.
Tal vez porque Jake había aparecido en el momento en que lo necesité, aunque no tuviera ese derecho.
Tal vez porque odiaba lo segura que me había sentido cuando se puso entre Travis y yo, y porque, a pesar de todo, mi cuerpo seguía reconociendo a Jake como el lugar al que quería correr cuando el mundo se volvía demasiado incómodo.
Y eso me irritaba.
Me irritaba más que Travis, más que el secreto, más incluso que la mentira que Jake le había contado a Connor.
Porque yo había intentado recuperar el control.
Había dado por terminadas las clases, había mantenido las distancias, había fingido que todo iba bien.
Y entonces él aparecía con esa mirada preocupada y destrozaba en segundos la frágil muralla que yo llevaba días construyendo.
—Lo sé —dijo Jake por fin.
Crucé los brazos, intentando ignorar el temblor discreto de mis manos.
—¿Sabes qué?
—Que no tengo ese derecho.
Esperaba una disculpa. Tal vez una explicación sobre Connor, sobre el pacto, sobre lo complicado que era todo. Estaba lista para replicar, para cortar la conversación, para irme de ahí antes de que él volviera a convertir su miedo en una justificación aceptable.
Pero Jake no hizo eso.
Solo se pasó la mano por el pelo, miró hacia un lado un segundo y volvió a encararme con una honestidad que me incomodó.
—Sé que no puedo desaparecer, fingir que estoy haciendo lo correcto, y luego aparecer como si todavía pudiera cuidarte. Sé que eso es injusto. Sé que he sido injusto.
Se me encogió el pecho, y lo odié. Odiaba cada reacción mía hacia él, cada parte de mí que quería ablandarse cuando decía lo correcto. Porque decir lo correcto después de hacerlo todo mal no debería bastar.
—Entonces ¿por qué has aparecido? —pregunté.
Jake miró hacia donde se había ido Travis, y algo duro le cruzó el rostro. No era celos esta vez, o tal vez no eran solo celos. Había rabia, sí, pero también una especie de culpa protectora que parecía quemarlo por dentro.
—Porque vi que estabas incómoda.
—Yo lo habría manejado.
—Willow, sé que puedes defenderte. Nunca lo he dudado.
Reí sin humor.
—Qué gracioso. Casi todos a mi alrededor dicen eso justo antes de actuar como si fuera incapaz.
Él absorbió el golpe en silencio. A mi lado, Mia se acercó un poco, tocándome el brazo.
—¿Quieres irte? —preguntó, mirándome a mí, pero manteniendo a Jake dentro de su campo de visión, como si estuviera lista para morderlo, tal como había prometido.
Quería decir que sí. Habría sido lo más sensato.
Salir de ahí con Mia, volver a la residencia, cerrar la puerta con llave y llorar en la ducha como una persona adulta y funcional.
Pero Jake me estaba mirando de ese modo, sin ninguna de las máscaras que yo conocía, y sentí que, si me iba ahora, me quedaría atrapada para siempre en lo que él no había dicho.
Respiré hondo.
—¿Me das cinco minutos?
Mia me apretó la mano.
—Cinco. Seis como mucho. Después de eso, me invento una emergencia.
Mia le señaló a Jake con dos dedos, y luego se señaló los propios ojos, y volvió junto a la barra, manteniendo la distancia suficiente para darnos privacidad y la cercanía suficiente para recordarme que no estaba sola.
Jake esperó a que ella se alejara para hablar.
—¿Podemos salir de aquí?
Mi cuerpo se puso en tensión.
Él lo notó al instante.
—No para quedarme a solas contigo. Solo… hay mucho ruido. Podemos quedarnos delante del bar, donde pasa gente. O puedes decir que no, y hablo aquí mismo.
Aquella consideración me desarmó.
Asentí.
—Delante del bar.
Salimos juntos, pero sin tocarnos. La noche estaba fría, y el aire de fuera hizo que mis pulmones despertaran de golpe. Había algunos estudiantes fumando cerca de la entrada, una pareja discutiendo bajito junto al bordillo y un grupo riendo alto alrededor de un coche aparcado.
Jake se detuvo junto a la pared de ladrillo, manteniendo una distancia cuidadosa entre nosotros. Yo me apoyé en el lado contrario, cruzando los brazos para protegerme del frío y de él.
—Lo he estropeado todo —dijo.
—Eso ya lo has dicho con otras palabras.
—Lo sé. Pero necesito decirlo bien. Sin usar a Connor como escudo.
El corazón me dio un traspié, pero intenté no demostrarlo.
Jake se miró las manos un segundo, como si buscara valor en ellas.
Era extraño verlo así. Jake siempre parecía tan seguro, tan dueño de sí mismo, tan acostumbrado a ser deseado, admirado, seguido.
En ese momento, parecía solo un chico de veintidós años dándose cuenta demasiado tarde de que el encanto no resolvía los sentimientos.
—Cuando dijiste que las clases se habían acabado, intenté respetarlo —empezó—.
No porque no quisiera ir a buscarte. Quería.
Dios, Willow, quería tanto que resultaba ridículo.
Cada vez que te veía en el campus, tenía que convencerme de no cruzar el camino, de no llamarte, de no pedirte que me escucharas.
Pero pensé que, si iba detrás de ti, estaría haciendo otra vez lo mismo: poner lo que yo quería por encima de lo que tú habías pedido.
Aparté la mirada hacia la calle, porque mirarlo mientras hablaba así era demasiado peligroso.
—¿Y hoy?
—Hoy he fallado.
—¿Porque has visto a otro tío cerca de mí?
—Porque te he visto incómoda. Y porque sí, una parte de mí ha odiado ver a otro tío cerca de ti. No voy a mentir. Pero los celos no son excusa. Lo sé.
Me quedé en silencio, intentando ordenar lo que sentía. Todavía había rabia. Mucha. Pero también había alivio porque él no intentaba fingir que era noble, puro, perfecto.
—Me hiciste daño —dije.
La frase salió simple, sin la fuerza que pretendía. Tal vez porque lo más agotador de estar herida era precisamente no tener energía para dramatizar.
Jake bajó la cabeza.
—Lo sé.
—No, Jake. Necesito que lo entiendas. No fue solo la mentira a Connor. Fue el modo en que me hiciste sentir después. Como si yo fuera demasiado ingenua para entender lo que me estaba pasando. Como si mi primera vez me hubiera vuelto incapaz de reconocer mis propios sentimientos.
Él dio un paso mínimo hacia mí, pero se detuvo antes de invadir el espacio entre nosotros.
—Nunca debí decir aquello.
—Pero lo dijiste.
—Porque tenía miedo.
—Yo también lo tenía.
Él me miró fijamente.
—¿De qué?
Solté una risa débil, mirando la acera.
—De todo. De que Connor lo descubriera. De que tú te arrepintieras.
De aferrarme demasiado. De que todo el mundo me mirara y pensara que fui una idiota por confiar en el chico popular del equipo.
De que te despertaras al día siguiente y te dieras cuenta de que solo fui una experiencia distinta para ti.
La expresión de Jake cambió, y había tanto dolor ahí que tuve que apartar la mirada de nuevo.
—Nunca fuiste una experiencia para mí.
—Pero era eso lo que yo era oficialmente, ¿no? Una clase. Un favor. Algo que nadie podía saber.
—No.
—Entonces ¿qué era?
La pregunta salió antes de que pudiera contenerla. La misma de antes, la que él nunca respondía. El aire entre nosotros se quedó inmóvil, y sentí que mi corazón se preparaba para otra decepción.
Jake se pasó la lengua por los labios, nervioso. Conocía esa expresión. Era la misma que ponía antes de saltar al hielo en los segundos finales de un partido apretado. Concentración y miedo mezclados, con la determinación ganándoles a ambos.
—Eras tú —dijo.
El pecho me dolió.
—Jake…
—Sé que siempre digo eso y lo odias porque parece que no explica nada.
Pero para mí lo explica todo. Eras tú llamando a mi puerta, y yo ya estaba perdido antes de abrirla.
Eras tú mirándome como si fuera alguien en quien podías confiar.
Eras tú poniéndote roja cuando me acercaba, y aun así sin retroceder.
Eras tú intentando ligar conmigo diciendo que mis ojos eran simétricos.
Se me escapó una risa, pequeña e inoportuna.
—Aquello fue un momento bajo.
—Fue el mejor cumplido raro que me han hecho nunca.
Quise sonreír. Casi sonreí. Pero el peso volvió deprisa, porque los buenos recuerdos eran peligrosos cuando el dolor todavía estaba tan cerca.
Jake respiró hondo.
—Nunca fue solo una clase. Intenté llamarlo así porque parecía más seguro. Más controlable. Pero nunca lo fue. No para mí.
El corazón me dio un latigazo, demasiado fuerte.
Lo miré, buscando alguna grieta o alguna vía de escape. No la encontré. Jake parecía serio de un modo que me daban ganas de creerle, y esa era la parte más aterradora.
—Entonces ¿por qué no lo dijiste cuando importaba? —pregunté.
Él tragó saliva.
—Porque fui un cobarde.
La respuesta llegó sin defensa.
No había nada que pudiera atacar ahí. Y por eso mismo, dolió más.
—Tenía miedo de perder a Connor —continuó Jake—.
Miedo de destruir una amistad que me importa muchísimo.
Miedo de que te dieras cuenta de que yo no era el tío indicado para darte ninguna lección sobre nada, porque estaba rompiendo todas las reglas por motivos que no tenían nada que ver con ayudarte.
—¿Qué motivos?
Él me miró.
Esta vez, no apartó la vista.
—Quería que me eligieras.
La frase me golpeó en el lugar más frágil del pecho.