Capítulo 11Willow
Willow
Terminar con Jake Miller fue una experiencia extraña, sobre todo porque, técnicamente, nunca habíamos empezado.
No había una fecha de inicio, una petición oficial, una foto tonta en el móvil, una lista de reproducción compartida ni ninguna prueba concreta de que existiera algo entre nosotros más allá de un secreto muy mal gestionado.
No éramos novios ni un rollo asumido, ni siquiera una historia que pudiera contar sin tener que explicar antes la parte vergonzosa en la que llamé a su puerta y le pedí clases de sexo como quien pide clases particulares de cálculo.
Aun así, cuando le dije que las clases se habían acabado y entré en la biblioteca sin mirar atrás, sentí como si hubiera dejado un trozo de mí plantado en aquella acera.
El problema de terminar algo que nunca tuvo nombre es que nadie sabe que tienes derecho a sufrir por ello.
Así que hice lo que cualquier chica adulta, madura y emocionalmente equilibrada haría: me senté en una mesa al fondo de la biblioteca, abrí el portátil, me quedé mirando la pantalla durante veinte minutos y no escribí absolutamente nada.
Mia llegó poco después con dos cafés, una tableta de chocolate y la expresión de quien ha decidido no hacer preguntas hasta que yo me venga abajo por mí misma. Lo puso todo delante de mí, arrastró la silla y se sentó en silencio. Durante unos cinco minutos, fingimos que estábamos estudiando.
Casi fue convincente.
—¿Has cortado con él? —preguntó, por fin.
Seguí mirando la pantalla en blanco.
—No se puede cortar con alguien con quien nunca has salido.
—Claro que se puede. De hecho, esas son las rupturas más humillantes, porque acabas destrozada y encima tienes que fingir naturalidad.
Me tembló el labio, y odié eso. Cogí el café para disimular, pero la mano me temblaba lo suficiente como para delatar que no estaba tan bien como me habría gustado.
—Le dije que las clases se habían acabado.
Mia se quedó callada un momento, asimilando la frase. Después empujó la tableta de chocolate más cerca de mí, como si fuera un vendaje de emergencia.
—¿Y él?
—Se quedó ahí quieto. Con esa cara de quien quiere decir algo pero prefiere tragarse la lengua antes que ser emocionalmente útil.
—Los deportistas deberían venir con manual de instrucciones y aviso de riesgo.
Me reí flojito, pero la risa murió rápido.
La verdad era que una parte de mí quería que Jake hubiera venido corriendo detrás de mí.
No para detenerme, no para tocarme, no para convencerme con esa sonrisa devastadora que solía trastocar todas mis decisiones.
Quería que hubiera dicho la verdad. Una sola frase.
Una frase honesta habría bastado para hacerme parar.
Pero no la dijo.
Y tal vez esa fuera la respuesta.
Pasé el resto del día en una especie de niebla.
Fui a clase, respondí cuando dijeron mi nombre, apunté cosas que probablemente no tendrían sentido después y evité todos los caminos del campus donde pudiera cruzarme con Jake.
Era ridículo, porque la universidad era grande, pero no lo bastante grande cuando la persona que intentabas olvidar era un jugador de hockey popular con la molesta costumbre de estar en todas partes.
En el comedor, vi a Connor antes de ver a Jake.
Mi hermano estaba con el equipo en una mesa larga, riéndose de algo que decía uno de los chicos.
Jake estaba a su lado, pero no reía. Llevaba una gorra puesta hacia atrás, una sudadera oscura y unas ojeras discretas que probablemente nadie notaría si no estuviera, como yo, entrenada para fijarse en cada detalle suyo en contra de su propia voluntad.
Cuando nuestras miradas se encontraron, mi cuerpo tuvo una reacción patética. El corazón se me aceleró, el estómago se me hundió, y la parte orgullosa de mi cerebro me ordenó apartar la vista.
Obedecí.
Mia, a mi lado, suspiró.
—Esto ha sido doloroso de presenciar.
—Pues deja de presenciarlo.
—Imposible. Es como un accidente de tráfico emocional con hombros anchos.
—Mia.
—Perdón. Estoy de tu lado. Solo reconociendo la estética de la tragedia.
Cogí una bandeja y elegí algo que parecía comestible. No tenía hambre, pero tampoco quería que Connor notara que estaba sobreviviendo a base de café, orgullo herido y chocolate.
Por desgracia, Connor tenía el radar de siempre.
Apareció en nuestra mesa menos de dos minutos después.
—Estás rara.
Levanté la vista despacio.
—Hola a ti también.
—Hola. Estás rara.
—Qué conversación tan fascinante. ¿Has pensado en presentar un pódcast?
Mia casi se atraganta con el refresco.
Connor no se dejó distraer. Arrastró una silla y se sentó a mi lado, inclinándose para examinarme mejor, como si yo fuera un equipo defectuoso antes de un partido.
—Estás pálida. ¿Has dormido bien?
—He dormido.
Mentira.
—¿Has comido?
—Estoy comiendo.
—Eso es lechuga y una patata solitaria.
Miré el plato.
—Tiene sentimientos. No hables así de ella.
Él intentó sonreír, pero la preocupación seguía ahí. Connor era insoportable cuando quería proteger, pero había algo en su rostro que siempre me quebraba un poco. Me quería de un modo grande, exagerado, a veces asfixiante, pero real.
—¿Te ha hecho alguien algo? —preguntó, más bajo.
La pregunta me pilló desprevenida.
Mi primer instinto fue reír, negar, hacer una broma.
Pero algo en su voz me lo impidió. Tal vez porque, a pesar de todos los errores, la respuesta era demasiado complicada.
¿Jake me había hecho daño? Sí. Pero no del modo que Connor se estaba imaginando.
No de una forma que pudiera arreglarse con puñetazos, amenazas o un hermano mayor en modo venganza.
Jake me había hecho daño porque hizo que me sintiera importante y después me trató como un problema.
Eso no era algo que Connor pudiera arreglar.
—No —respondí—. Nadie me ha hecho nada.
Connor me miró como si no me creyera.
—Willow.
—Solo estoy cansada.
—¿Cansada de qué?
De ser un secreto. De echar de menos a alguien que no tuvo el valor de elegirme, de querer un mensaje que no iba a contestar, de tener veinte años y aun así tener que convencer a todo el mundo de que soy dueña de mí misma.
En vez de eso, me encogí de hombros.
—De la universidad. De la vida. De que interrogues mi plato.
Mia se metió en la conversación con un timing perfecto, preguntando por el partido del fin de semana. Connor aceptó el cambio de tema, pero no sin antes lanzarme otra mirada de desconfianza. Fingí no darme cuenta. Era una habilidad que estaba perfeccionando en los últimos días.
No volví a mirar a Jake.
Bueno, lo miré una vez. Puede que dos. A la tercera, él ya me estaba mirando a mí.
El aire desapareció durante un segundo. Jake no sonrió, no se acercó, no hizo ninguna de esas provocaciones que antes me parecían irritantes y que ahora echaba muchísimo de menos.
Solo me observó con una especie de tristeza contenida que me dio rabia.
Porque él no tenía derecho a parecer destrozado cuando fue él quien eligió esconderse detrás del miedo.
Me levanté de la mesa antes de que mis ojos delataran más de lo que mi boca sería capaz de explicar.
Los días siguientes fueron peores porque Jake respetó mi decisión.
Lo sé. Parece absurdo odiar a alguien por hacer exactamente lo que le pediste, pero los sentimientos no se caracterizan por su lógica. No me mandó mensajes, no apareció en la biblioteca ni intentó acorralarme en los pasillos.
Cuando coincidíamos en el mismo sitio, mantenía las distancias. Su ausencia era educada, cuidadosa e insoportable.
Quería que me dejara en paz. También quería que luchara por mí. Esas dos verdades peleaban dentro de mí todo el tiempo, y ninguna ganaba.
El jueves fui a ver el entrenamiento porque Connor insistió en que le llevara un libro que se había dejado en mi residencia.
Pensaba entregárselo en la entrada del pabellón e irme, pero Mia, que me había acompañado, decidió que ver a hombres patinando era «una actividad cultural infravalorada».
Acabé sentada en las gradas casi vacías, abrazada al abrigo, intentando fingir que no estaba buscando a Jake en el hielo.
Jugaba mal.
Yo no entendía todo sobre hockey, pero entendía lo suficiente como para darme cuenta de cuándo alguien fallaba pases fáciles, perdía velocidad y se distraía en mitad de una jugada. Connor también se dio cuenta. El entrenador se dio cuenta antes que nadie.
—¡Miller! —gritó, con la voz resonando por todo el pabellón—. ¿Has venido a entrenar o a escribir poesía sobre el hielo?
Algunos jugadores se rieron. Jake no.
Golpeó el hielo con el palo, respiró hondo y volvió a su posición. Por un momento pensé que iba a recuperar la concentración. Entonces miró hacia las gradas.
Hacia mí.
El pase le llegó en ese mismo instante. Jake lo perdió. El entrenador estalló.
Mia hizo una mueca a mi lado.
—Ay.
—No digas nada.
—No iba a decir nada.
—Sí que ibas.
—Vale, sí. Pero lo habría dicho con delicadeza.
Connor patinó hasta Jake y le dijo algo que no logré oír. Jake respondió de forma cortante. Connor frunció el ceño. No estaban discutiendo, no exactamente, pero había una tensión ahí que me hizo sentir culpable aunque supiera que la culpa no era solo mía.
Después del entrenamiento, intenté entregarle el libro a Connor sin quedarme a hablar, pero él me agarró de la capucha del abrigo como si fuera una niña intentando cruzar la calle corriendo.
—Eh. Espera.
—Connor, tengo clase.
—¿Ahora huyes de mí?
—No. Huyo de una conversación innecesaria —respondí, soltándome la capucha.
—Eso es huir de mí con más palabras.
Crucé los brazos. Al otro lado del pasillo, los jugadores iban saliendo del vestuario poco a poco. Mantuve los ojos fijos en mi hermano por pura supervivencia.
—¿Qué pasa?
Connor miró hacia atrás, en dirección al vestuario, y después a mí.
—¿Sabes qué le pasa a Jake?
Mi corazón hizo algo completamente inútil.
—¿Por qué iba a saberlo yo?
—No sé. Porque tú andas rara, él anda raro y, cada vez que estáis en el mismo sitio, parece que alguien ha cortado el oxígeno.
Me reí. Demasiado alto.
—Vaya imaginación tan dramática.
—Willow.