Reglas rotas Capítulo 10Jake
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Capítulo 10Jake

Jake

Le mentí a Connor con la misma facilidad con la que respiraba en el hielo.

Y fue exactamente eso lo que me destrozó.

No fue la pregunta de él, ni la mirada de Willow al otro lado de la acera, ni el frío mordiéndome la piel mientras yo fingía que mi mundo no se estaba desmoronando a cámara lenta. Fue darme cuenta de que la mentira había salido entera y perfecta, sin costarme nada.

Una maldita frase, y vi cómo algo se apagaba en el rostro de Willow.

Ella no lloró, no discutió ni montó una escena, porque Willow no era ese tipo de chica.

Simplemente se quedó en silencio, con los ojos clavados en los míos un segundo más de lo que debería, esperando a que yo lo arreglase.

Como si todavía hubiera una parte de ella deseando que yo fuera mejor que aquello.

No lo fui.

Connor miró hacia atrás, Mia llamó a Willow, uno de los chicos del equipo gritó alguna broma idiota sobre pedir otra ronda, y la noche continuó como si yo no acabara de clavar un cuchillo en medio de algo que ni siquiera sabía nombrar bien.

Willow fue la primera en darse la vuelta.

Se marchó con Mia, las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta, los hombros tensos, la sudadera con mi número escondida bajo la chaqueta. Sabía que estaba ahí porque había visto asomar el borde oscuro cuando ella se movió.

Aquello debería haberme hecho sentir algo bueno. Orgullo, tal vez. Alguna satisfacción estúpida de macho territorial.

En vez de eso, solo me hizo sentir peor.

—Miller, ¿vienes? —preguntó Connor, ya varios pasos por delante.

Miré a Willow hasta que dobló la esquina.

—Voy ahora mismo.

Connor entornó los ojos.

—¿Vas a hacer qué?

—Caminar. Despejar la cabeza.

Él se rio.

—Has ganado el partido, tío. ¿Qué cabeza necesitas despejar?

La mía, antes de que cometa la estupidez de correr detrás de tu hermana y besarla en mitad de la calle.

—Solo estoy cansado.

Connor aceptó la respuesta encogiéndose de hombros, pero no parecía del todo convencido. Nunca lo parecía. Ese era el problema de tener un mejor amigo que conocía mis versiones antes incluso de que yo las soltara al mundo. Connor sabía cuándo estaba mintiendo.

Solo que aún no sabía sobre qué.

Cuando todos se dispersaron, caminé sin rumbo por el campus.

El frío ayudó durante unos cinco minutos.

Después solo resultó irritante. Las luces de los edificios formaban charcos amarillos en el suelo mojado, y algunas personas cruzaban los caminos riendo, abrazadas o demasiado borrachas para recordar su propio nombre.

Saqué el móvil del bolsillo y abrí la conversación con ella. El último mensaje era de antes del partido: una foto que ella me había enviado del café que le dejé en la biblioteca, con el nombre mal escrito en el vaso.

Willow: ¿Me has traído café o estás patrocinando a otra chica?

Había sonreído como un imbécil cuando leí aquello.

Ahora, mirando fijamente la pantalla, empecé a escribir.

Lo siento mucho.

Lo borré.

No era así como quería decirlo.

Lo borré.

Willow, habla conmigo.

Borré eso también, porque ya sabía que ella no tenía por qué hablar conmigo de nada. Le había mentido mirándola a la cara. Había hecho exactamente lo que ella temía: nos había convertido a los dos en algo pequeño, escondido, vergonzoso.

Y lo peor era que, para mí, ella nunca había sido eso.

Willow era la parte más honesta de todo aquel desastre. El cobarde era yo.

Cuando llegué a casa, el piso estaba vacío. Los chicos probablemente se habían ido a alguna celebración que yo debería estar liderando, fanfarroneando, riendo a carcajadas y fingiendo que mi mayor problema era el moretón en el hombro después del golpe del segundo periodo.

Tiré la mochila al suelo y fui directo al baño. El agua caliente me golpeó la espalda, pero no se llevó nada. Cerré los ojos, apoyé las manos en los azulejos y volví a ver su expresión.

Willow en mi cama, con mi camiseta puesta, el pelo esparcido sobre la almohada. Riendo nerviosa cuando le dije que le quedaba bien mi ropa. Y después seria, vulnerable, confiando en mí de un modo que no estaba seguro de merecer.

Le había prometido cuidarla.

En voz alta no, tal vez. Pero lo había prometido con cada roce y cada pausa. Lo había prometido cuando me detuve para asegurarme de que estaba bien, y cuando la abracé después, cuando le besé el pelo y murmuré una verdad que quizá ella hubiera oído:

Siempre has sido mi problema, Willow Bennett.

Solo que el problema nunca había sido ella. Era mi miedo.

***

A la mañana siguiente, fui al entrenamiento con tres horas de sueño y un dolor de cabeza que no tenía nada que ver con el hockey.

—Tienes pinta de muerto —comentó Connor, lanzándome un rollo de cinta en el vestuario.

Lo atrapé en el aire.

—Deberías dedicarte a la motivación.

—Hablo en serio. ¿Bebiste después de salir?

—No.

—Entonces estás enamorado.

El corazón me dio un vuelco tan violento que casi se me cae la cinta. Connor se rio, porque para él solo era una broma.

—Relájate, Miller. No pongas esa cara. No voy a pedirte su nombre.

Me senté en el banco y empecé a enrollar la cinta en el palo, concentrándome demasiado en una tarea tan simple.

—No tiene nombre.

—Entonces hay una chica.

—He dicho que no tiene nombre.

—Eso no es lo mismo.

Lo miré, molesto. Connor sonreía, pero había atención detrás de la sonrisa. Hacía eso a veces: fingía bromear mientras analizaba cada reacción.

—¿Por qué te interesa tanto mi vida amorosa? —pregunté.

—Porque estás jugando raro. Y cuando juegas raro, el equipo sufre.

—Marqué ayer.

—Después de pasarte medio partido con cara de querer matar a alguien.

Pensé en Trevor, o Travis, o comoquiera que se llamase el idiota que había mirado a Willow como si le bastara con acercarse para tener lo que yo llevaba años sin atreverme a pedir. El recuerdo hizo que apretara demasiado la cinta con los dedos.

Me encogí de hombros.

—Siempre quiero matar a alguien durante el partido.

—No de esa manera.

Por suerte, el entrenador entró gritando antes de que Connor pudiera continuar con la investigación.

En el hielo, intenté usar el cansancio como excusa para desconectar la cabeza.

Normalmente funcionaba. El juego era sencillo comparado con el resto de la vida.

Disco, pase, defensa, ataque. Si alguien venía hacia ti, decidías en un segundo: esquivas o le devuelves el golpe.

Con Willow, no conseguía decidir nada.

La vi a última hora de la tarde, cerca de la biblioteca.

Estaba con Mia, sujetando dos libros contra el pecho y riéndose de algo que le decía su amiga.

Su risa me alcanzó antes de que su mirada llegara hasta mí.

Me detuve en mitad de la acera, como un idiota, y por un segundo casi olvidé que estaba intentando respetar el espacio que yo mismo había destruido.

Entonces Willow me vio.

La risa murió. No del todo —era demasiado educada para eso—. Pero el brillo de sus ojos se apagó, y apartó la cara como si yo fuera solo un alumno más cruzando el campus.

Aquello dolió más de lo que esperaba.

Mia me lanzó una mirada nada sutil. Una mirada que decía que, si tuviera un arma, un plan e inmunidad legal, tal vez yo no llegaría vivo a la cena.

Justo.

Debería haberme marchado. Debería haber dejado que Willow siguiera en paz. Pero mis pies se movieron antes de que el sentido común pudiera alcanzarlos.

—Willow.

Ella se detuvo. Mia también, con una expresión de quien está disfrutando y odiando la escena a partes iguales.

—Hola, Jake —respondió Willow.

La respuesta llegó educada y fría, lo cual era una pésima señal.

—¿Puedo hablar contigo?

Ella se recolocó los libros entre los brazos.

—Voy a estudiar.

—Solo dos minutos.

Mia miró a Willow.

—¿Quieres que me quede?

Willow tardó un segundo en responder, y ese segundo me mostró cuánto la había cagado.

—Puedes irte —dijo Willow al fin—. Te veo dentro.

Mia se alejó, pero no sin antes señalarse los ojos con dos dedos y luego apuntarme a mí. El gesto se parecía tanto al de Connor que, en otro momento, me habría reído.

Cuando nos quedamos solos, Willow me miró sin acercarse. Había una distancia de quizá un metro entre nosotros, pero parecía más grande que el estadio entero.

—Dos minutos —dijo ella.

Respiré hondo.

—Sobre lo de ayer…

Ella se rio bajito, sin humor.

—Me preguntaba cuánto tardarías en empezar con eso.

—Fui un idiota.

—Es un buen comienzo.

—No quería hacerte daño —insistí.

—Pero lo hiciste.

Fue directa, simple y sin dramatismo. Willow tenía ese talento cruel de decir la verdad sin levantar la voz, y eso dolía todavía más.

Asentí.

—Lo sé.

—¿De verdad lo sabes?

La pregunta no era irónica. Era honesta. Quería saber si de verdad lo entendía o si solo intentaba limpiar la culpa lo suficiente como para volver a la normalidad.

—Sé que le mentí a Connor mirándote a ti. Sé que hice que pareciera que no había nada entre nosotros cuando sí lo había. Sé que me oíste negarlo todo después de haber pasado días tocándote como si… —Me detuve, porque la frase se hizo demasiado grande en la garganta.

Sus ojos color miel se clavaron en los míos.

—¿Como si qué?

Como si fueras mía.

No. Esa palabra era peligrosa. No porque no lo sintiera, sino porque Willow no necesitaba a otro hombre poniéndole un sello encima. Connor ya lo hacía.

—Como si importaras —respondí.

Su rostro se suavizó durante medio segundo. Después se recompuso.

—¿Y lo hago?

La pregunta atravesó mi defensa.

Ahí era donde debería haber dicho que sí. No con una palabra lanzada al aire, sino de un modo que no dejara lugar a dudas. Sí, importas. Tú importas, y estoy aterrado, pero eso no reduce lo que siento.

En vez de eso, mi cabeza hizo lo que llevaba haciendo desde el principio: puso a Connor entre nosotros.

—Willow, sabes que no es sencillo.

Ella dejó caer la mirada al suelo.

Cuando volvió a alzarla, supe que había respondido mal.

—No he preguntado si era sencillo.

—Lo sé, pero…

—No. —Dio un paso atrás, pequeño pero definitivo—. Siempre haces lo mismo.

—¿El qué?

—Conviertes una pregunta sobre nosotros en una respuesta sobre Connor.

Me pasé la mano por la nuca.

—Porque Connor forma parte de esto.