CAPÍTULO 8 CUANDO SE TERMINAN LOS TRATOS #2
Un ligero cosquilleo la invadió ante esa sonrisa. Últimamente le gustaba demasiado verla, no solo eso, acababa sonriendo también. Aquel maldito beso tenía mucho que ver, al igual que la particular tregua que parecía haberse instalado entre ellos.
Oh, todavía se lanzaban pullas y alguna que otra amenaza, pero tenía que admitir que ese último mes había disfrutado de la compañía de Maren. Habían hablado. Mucho. Lo cual era en sí mismo una novedad.
—Lucrecia quiere tu cabeza —le informó. Tenía que espabilarse. El quedársele mirando como si fuese un delicioso helado no le servía para nada.
—Te lo dije —resopló Boris, apuntando al demonio con el dedo—. El ángel estaba demasiado ocupado ayudando a Oliver con esas nuevas almas. A quien se le cuente. Un recolector despedido del infierno reconvertido en psicólogo de almas.
Sonrió para sí. Lo cierto es que Oliver parecía mucho más feliz y contento al tener la oportunidad de hacer lo que nacía de él; ayudar a las almas, en vez de mandarlas al infierno. Cuando le habló sobre su proyecto un mes atrás, estaba tan ilusionado que se alegró infinitamente por él. Además, aquello era la excusa perfecta para mantener también a Ezrael entretenido. El caído tenía muy buen fondo, intentaba ayudar en todo lo que podía, pero su necesidad de llevar todo a la perfección había puesto en peligro sus alas más de una vez. No había un solo habitante del refugio que no hubiese amenazado con desplumarlo.
Al menos había aprendido la lección con Lucrecia, ya que no se había asomado a su despacho ni para saludar.
Maren dejó escapar un largo resoplido y se reunió con ella junto al macizo de margaritas que, gracias a Dios, volvía a crecer sano y fuerte. Tendría que mantener a Coma lejos de ellas o se desataría una nueva guerra entre el viejo licántropo y el comacodrejo.
—¿Por qué ha sido esta vez? —preguntó, hundiendo las manos en los bolsillos de sus vaqueros. Últimamente había dejado de lado el cuero, aunque no su aspecto gótico. Eso sí, al menos llevaba camiseta.
—La factura trimestral de la comida destinada a Eusi —le dijo y lo vio hacer una mueca.
—Mierda. Se me olvidó abonar mi parte.
—¿Tu parte?
—Los gastos de Eusebio salen de mi bolsillo. —Se encogió de hombros como si aquello fuese lo más natural del mundo—. No te haces una idea de lo caro que sale alimentar a un dragón.
—Me lo puedo imaginar dado su tamaño —replicó, no sin cierta ironía—. Como sea. Lucrecia está muy cabreada. Habló, Maren. Me habló.
Él enarcó una ceja.
—¿Y? Yo tengo que oír sus discursos y broncas cada dos por tres —aseguró.
—Es que conmigo no habla. Nunca. Ni con la mayoría, según entiendo, porque cada vez que lo hace… todos desaparecen.
—En eso tiene razón la bruja —escuchó que confirmaba Boris, al otro lado del jardín—. Nadie quiere estar delante de Lucrecia cuando empieza a hablar. Da miedo.
—Si no levanta dos palmos del suelo…
—¡Maren!
Los tres saltaron como si les hubiesen soltado un petardazo justo al lado al escuchar aquella aguda y chillona voz.
Fue como una película de terror. La monita apareció entre la niebla morada, como una figura que va emergiendo y, finalmente, allí estaba. Llevaba una especie de bloc entre las manitas y, caminando sobre sus dos patas traseras, avanzó hasta detenerse delante del demonio.
Todo el mundo contuvo la respiración. O al menos Boris y ella lo hicieron, de eso no le cabía la menor duda.
La capuchina extendió el objeto hacia el demonio y, solo entonces se dio cuenta de que se trataba de un talonario.
—Firma. Ya.
—No me dejas pasar ni una, ¿eh? —resopló el demonio. Cogió el talonario, lo abrió e hizo una mueca—. Esto es mucho más de lo que debo.
—Intereses —dijo seca y precisa.
Los dos se miraron unos segundos, casi como si midiesen fuerzas.
—No hay quien te aguante —refunfuñó, a lo que la mona respondió con un pequeño sonidito ininteligible, pero fue suficiente para que el demonio manifestase una pluma y firmase el cheque antes de devolvérselo a la administradora del refugio.
Lucrecia confirmó que todo estuviese correcto antes de girarse ahora hacia ella y mirarla de la cabeza a los pies. Sus ojillos dorados se encontraron con los de ella durante unos segundos y resopló. No dijo nada, no le dedicó ningún gesto, se dio media vuelta y se fue como si no hubiese pasado absolutamente nada, contoneándose con rapidez.
—Um, ¿por qué tengo la sensación de que acaba de pasar algo? —murmuró, mirando al demonio.
—Le sorprende que hayas sobrevivido los tres meses de nuestro acuerdo —aseguró, sus ojos carmesíes recorrieron sus alrededores con lentitud—. Este es el nonagésimo día. En cuanto se ponga el sol… serás libre, Wilhelmina.
Era extraño escuchar su nombre completo en boca de ese hombre, pues cuando lo utilizaba, parecía hacerlo con solemnidad. Como si la respetase.
—Estarás deseando volver a casa, ¿no? —Su mirada cayó ahora sobre ella, con esa conocida intensidad.
¿Lo estaba? Hacía tan solo unos meses hubiese dado lo que fuera por escapar de aquí, por liberarse de su maldición y olvidarse para siempre del demonio que la había causado. Ahora, sin embargo, después de todo lo ocurrido, todo lo que quería era decirles a los suyos que seguía viva, que el horror había terminado… Y que no había sido un maestro demonio el que la había lanzado, sino su propia tatarabuela.
Sí. Sería interesante ver la cara que se le quedaba no solo a su padre y a sus hermanos cuando la viesen cruzar la puerta después de su veintisiete cumpleaños. Y hacerlo por su propio pie, respirando todavía… A su madrastra sin duda le daría un infarto.
La idea la hizo sonreír.
—No sé qué te diga. La última vez que estuve en ella había dejado un círculo de invocación en el suelo del salón —le recordó.
Maren se echó a reír.
—Cómo olvidar semejante obra de arte —replicó burlón.
Correspondió a su risa con una sonrisa propia.
—Tengo que volver. —Y ahí radicaba todo. No era un deseo, sino una obligación, la necesidad de cerrar un círculo—. Solo creerán que la maldición al fin ha desaparecido cuando me vean cruzar el umbral el día de mi veintisiete cumpleaños. Además, alguien tiene que bajar a mi tatarabuela de una patada de su pedestal. Te lo debo.
Negó con la cabeza.
—No me debes nada, Willa. No fuiste tú quien me encerró.
Pero iba a ser la que lo liberase. Cuando el sol al fin se pusiese, la última piedra del maleficio caería y entonces… ambos serían realmente libres.
—No, no lo hice. Sin embargo, mi familia, toda ella, te debe una enorme disculpa, Maren —aseguró, acortando la distancia entre ellos—. Te deben reparación. Y, dado que soy la única que queda con algo de sentido común en mi linaje, permíteme que sea yo la que te pida perdón en nombre de todos ellos. Puede que ahora mismo solo tenga esa palabra para darte, pero te prometo que pronto tendré algo más.
—No tengo nada que perdonarte, brujita, aunque sí mucho que agradecer —la sorprendió con esa admisión—. Gracias por cuidar el refugio y a sus habitantes como lo has hecho estos tres meses.
Se encogió de hombros.
—Alguien tenía que hacerlo, dado que te pasabas la mayor parte del tiempo en el sótano.
Dejó escapar un nuevo bufido de risa y asintió.
—Te lo concedo.
—Oh, Dios. El todopoderoso conserje del refugio San Bartolomé concediéndome algo —se llevó la mano al pecho con fingido asombro y, acto seguido, le guiñó el ojo—. Creo que yo también querré que me firmes eso, solo para que luego no puedas desdecirte.
—Eres una bruja —chasqueó él, parecía genuinamente divertido.
—Lo soy —asintió manteniendo la sonrisa—. Soy tu bruja. La única que no ha caído rendida a tus pies.
—No sé, Willa, todavía quedan unas horas hasta la puesta de sol —aseguró dando un paso hacia ella, acortando la distancia—. Y no te haces una idea de la clase de cosas que puedo hacer en ese lapso de tiempo.
—¿Arreglar tuberías?
—No estaba pensando en eso. —Le pellizcó la barbilla con los dedos y le levantó el rostro hacia él—. De hecho…
—¡Maren! ¡Maren, ven! ¡Nix ha vuelto a meter los tentáculos en el conducto del aire!
Los ojos del demonio refulgieron, sus dedos se apretaron sobre su piel antes de dejarla ir.
—Voy a derribar yo mismo esta jodida casa, te lo juro.
Willa rompió a reír, a reír de verdad. Por primera vez en los últimos tres meses sentía que la vida no se terminaría mañana, que podía disfrutar de cada uno de sus días haciendo algo más que maldecir su destino.
—¡Maren! ¡Date prisa!
—Pase lo que pase, espero que esto nunca cambie —se rio ella—. Ojalá hubiese más gente en el mundo como tú, Marenkinis.
—¿Atrapada entre los muros de una mansión?
—No, Maren —chasqueó ella y señaló dicha casa—. Alguien que, a pesar de sus propios problemas, siempre está dispuesto a arreglar los de los demás.
La brisa eligió ese momento para agitar las flores y acariciarles el pelo, haciendo que ese breve instante de silencio pareciese convertirse en un momento suspendido en el tiempo.
—Nunca pensé que diría esto, pero… voy a extrañarte, brujita —murmuró, la contempló unos segundos más y, sin otra palabra, dio media vuelta y se dirigió hacia la casa.
—Yo también, demonio —susurró para sí, mientras lo veía alejarse—. Yo también.