CAPÍTULO 8 CUANDO SE TERMINAN LOS TRATOS
Era una gran ironía que fuese a morir el mismo día en el que debería haber sido libre.
Tres meses. Noventa días. Hoy se terminaba el plazo del contrato con el Maestro Demonio al que había convocado, pero no estaba segura de si llegara a ver la luz de un nuevo día. Si la maldición no la había matado, era muy posible que fuese a hacerlo la mona capuchina que la miraba con cara de pocos amigos desde el mostrador de la recepción.
La cadena de acontecimientos había sido algo similar a la procesión de un funeral.
Primero un chillido procedente de la oficina de Lucrecia. Todo el mundo se quedó completamente inmóvil, antes de echar a correr como si le fuese la vida en ello. Jamás había visto a Boris desaparecer tan rápido. La bronca que le había estado echando, por enésima vez, porque Coma se había comido las macetas de sus geranios, quedó interrumpida por aquel grito.
Incluso su conejo mutante se había escondido como un rayo debajo de su mesa, haciéndose tan pequeño como le permitía su cuerpecito peludo.
Escuchó el sonido de la puerta abriéndose de golpe y a continuación los pasitos de la mona.
Si no fuese una psicópata de manual con tendencia a despellejar gente, le habría parecido mona la manera en la que venía caminando sobre sus patitas traseras, con esas diminutas gafas sobre el rostro y un papel entre las manos.
No le pareció mona, le pareció la mismísima llegada de uno de los jinetes del Apocalipsis.
Un salto. Fue todo lo que necesitó para tenerla cerca de su cara.
Lucrecia ni siquiera necesitaba hablar, su rostro peludo y esos ojos dorados eran lo bastante expresivos como para comprenderla sin necesidad de palabras.
—¿Qué he hecho? —La frase emergió de sus labios con cierto tono de fatalidad. No tenía la menor idea de qué flagrante delito podría haber cometido para que la administradora del refugio se presentase ante ella con semejante actitud.
La hoja que traía consigo acabó sobre el mostrador y señaló una línea con una de sus manitas.
Sus ojos se dirigieron de inmediato al documento, leyó la cabecera, identificándolo de inmediato como uno de los impresos que tanto le gustaban a la capuchina, y continuó bajando hasta donde tenía la mano.
—Um… Esa es la cantidad total de este último trimestre —murmuró, levantando la cabeza poco a poco para encontrarse con el ceño fruncido de la monita—. Alguien se vino un poquito arriba con… los pedidos de carne.
—¿Quién?
Escuchar su voz era casi más impactante que advertir su presencia.
Lucrecia no hablaba mucho, pero cuando lo hacía… ¡Sálvese quien pueda!
—Maren… —Willa fue bajando la voz casi sin darse cuenta—. Creo que… el pedido era para Eusi…
La mona se transformó en un milisegundo. Sus ojos adquirieron un brillo asesino, emitió un chillido animal y, girando sobre sus patitas, le dio la espalda antes de saltar al suelo.
—Voy. A matar. A ese. Demonio.
Un nuevo escalofrío le bajó por la columna al escuchar la aguda vocecilla, pero apenas tuvo tiempo de procesar sus palabras cuando la mona desapareció a la velocidad de la luz.
—No me pagan lo suficiente para llevarme estos sustos —murmuró para sí, llevándose la mano sobre el corazón. Le latía a toda velocidad, como si acabase de estar cara a cara con la mismísima muerte—. Por Dios. Maren está perdido.
«Chiiiiiiiiii».
El chirrido del comacodrejo desde debajo de la mesa hizo que lo mirase. El animalito estaba moviendo la naricilla, olisqueando el aire, como si quisiera asegurarse de que la amenaza ya no estaba.
—Ya se ha ido Coma.
Si no lo creyese imposible, diría que el bicho incluso suspiró de alivio antes de dar un salto con esas enormes patas suyas y pegarse a sus piernas.
—Tengo que encontrar a Maren antes de que lo haga su familiar —resopló, inclinándose para rascarle entre las orejas—. O esa mona loca es capaz de matarle antes de que pueda liberarme de la maldición.
Antes de que ambos pudiesen quedar libres de sus respectivas prisiones.
—¿Esa era Lucrecia?
Willa se incorporó. El doctor Graves estaba en medio del hall, con su bata blanca y el estetoscopio en torno al cuello.
—La misma —confirmó, saliendo de detrás del mostrador—. Maren está en serios problemas.
—¿Cuándo no lo está, querida? —chasqueó el médico—. Ese demonio vive en una perpetua cuerda floja… Aunque parece que pronto la abandonará.
Se miraron. No estaba segura de si lo decía por la cuenta regresiva que siempre había contado para los dos o porque, si la mona daba con él, lo mataría.
—Esperemos que no la abandone a causa del cabreo monumental de una mona asesina —musitó ella, haciendo una mueca—. Yo… voy a ver si lo encuentro antes.
—Estuvo en mi consulta hace un rato —le informó al tiempo que señalaba con un dedo hacia el techo—. Vera vino a buscarle. Nix ha vuelto a inundar el pasillo de la primera planta.
—Lo sorprendente sería que no lo hiciese una vez a la semana, Doc —aseguró, abandonando la recepción para dirigirse a las escaleras que llevaban al primer piso—. Coma está detrás del mostrador, ¿puedes echarle un vistazo para que no se zampe lo que no debe?
—Siempre he querido hacerle de niñera a una bestezuela sobrenatural… —respondió con goteante ironía, pero Willa lo tomó como un «sí».
—Solo no dejes que se coma el papel, le sienta fatal —añadió antes de desaparecer escaleras arriba.
Subió con rapidez, aferrándose al pasamanos para no caerse. Al menos ahora ya conseguía llegar arriba en una breve carrera sin dejarse los pulmones. Parecía que el trabajo no solo la había mantenido entretenida, sino que también la había puesto en forma.
Las voces llegaron a sus oídos incluso antes de que llegase al descansillo. Giró a la derecha y encontró el armario de la limpieza abierto. No muy lejos de allí, se oían un inconfundible chapoteo y el tono rezongón de Nix.
—Es injusto. Todo el mundo me acusa, me señalan como si yo fuese la peor plaga que había podido pasarle a San Bartolomé. Estoy harto —resoplaba el chico—. Me voy a marchar. Ya lo verás. Y a ver a quién culpáis cuando ya no esté. Entonces veréis que yo tenía razón, que no era culpa mía…
—Nix, cielo. Había uno de tus tentáculos obstruyendo el desagüe. —La voz de Vera era suave, conciliadora.
—¡Fue un accidente! —se justificó el chico—. Os creéis que lo hago a propósito.
—No, no creemos que lo hagas a propósito —le aseguró la cambiante.
—Maren sí lo cree… ¡Lo dijo!
—Um… No dijo exactamente eso.
—Sí que lo hizo.
—No.
—¡Me odia!
—Que no te odia, Nix.
—Quiere más a Willa que a mí.
Y, con esa última frase, ella fue la que terminó frente a ellos, convirtiendo el momento de su aparición en algo tan fortuito como incómodo.
—¿Ves? Ya la he cagado otra vez —gimoteó el kraken adolescente, alzó las manos, dio media vuelta y se metió en su habitación. Lo próximo que oyó fue un chapoteo.
—Momento de drama. Lo pillo —aseguró, mirando a Vera, antes de que ella pudiese abrir la boca—. Vyktor me informó que Maren estaba por aquí, ¿dónde…?
La cambiante de pelo rosa negó con la cabeza.
—Se fue hace un momento. —Señaló hacia el final del corredor—. Matilda lo llamó por no sé qué cosa de la orden de exorcistas. Tiene que estar en su habitación.
Siguió su dirección con la mirada y dejó escapar un suspiro.
—¿Qué ha pasado? Escuchamos a Lucrecia gritar… —Se estremeció y, un segundo después, donde había una humana, había una pequeña pantera… de color rosa—. Me da mucho miedo…
—No te preocupes. Es a Maren a quien quiere hacer pedacitos.
—Ay, Dios.
—Sí, eso mismo —suspiró e hizo un gesto hacia el final del pasillo—. Voy a ver si lo encuentro antes de que nos deje sin conserje.
Recorrió todo el corredor, dirigiéndose al otro lado de la planta en el que se encontraba la habitación de la bruja espectral. Encontró la puerta abierta, pero ni rastro de ninguno de los dos.
—¿Hola? ¿Matilde? ¿Maren? —llamó desde el pasillo. Ni loca volvía a meterse ahí dentro, no después de lo del portal.
—¿Qué coño le habéis hecho a Lucrecia? Acabo de cruzármela y está que escupe fuego por la boca. —La voz de ultratumba del espectro siempre le ponía los pelos de punta. Se dio la vuelta y allí estaba, al otro lado del corredor, en compañía de Agnes—. El demonio imbécil no está aquí, como puedes ver. Hoy parece tener un cohete en el culo, porque va de aquí para allá como si quisiera asegurarse de que la mansión no se hace pedacitos.
—Yo lo vi bajar. Iba a hablar con Boris sobre las nuevas plantas carnívoras que acaba de traer —mencionó Agnes, totalmente compungida—. Intentaron arrancarle un dedo… ¡Un dedo! ¿Y qué va a hacer Maren sin un dedo? Es una desgracia, una enorme desgracia…
—Boris.
—Sí, ya sabes. El licántropo gruñón con alma de jardinero —chasqueó Matilda—. Cualquier día, las plantas lo entierran a él. Quédate con lo que te digo.
—Dadas las cosas que suelen darse en San Bartolomé, no me sorprendería lo más mínimo, en verdad —admitió y, una vez más, salió en busca del demonio—. Tengo que encontrarlo antes de que Lucrecia decida que es una buena idea cargárselo.
—¿A Boris? Déjala, por Dios —clamó Matilda con una carcajada—. Será un alivio para todos en esta casa.
—A Maren —la corrigió.
—¿Qué ha hecho esta vez ese demonio idiota?
—Al parecer, pasarse en el presupuesto de la carne para Eusi.
—Ay, qué desgracia, qué desgracia…
—Sí. Lo será si no llego a Maren antes que esa mona psicótica.
—Le encantará que su chica esté tan preocupada por sus huesos. —Se carcajeó la fantasma—. Vete. Lucrecia cabreada es algo que ni yo aguantaría.
Aquello empezaba ya a parecerse a una absurda yincana, pensó Willa mientras volvía al piso de abajo y salía al jardín. Las flores que había creado ladraron a su paso, incluso le lanzaron una dentellada. Desde luego, eran unas desagradecidas. Las esquivó con rapidez y continuó hasta la fuente, para encontrarse finalmente con el hombre que estaba buscando en compañía del jardinero.
—Menos mal que te encuentro…
—¿Qué pasa, brujita? ¿Me echabas de menos? —Maren sonrió de esa manera tan suya.