Refugio San Bartolomé para inadaptados sobrenaturales CAPÍTULO 7 LA FANTASMA QUE NECESITABA UN EXORCITA… PARA OTROS #2
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CAPÍTULO 7 LA FANTASMA QUE NECESITABA UN EXORCITA… PARA OTROS #2

—Solo anuncio desgracias, Padre —lloraba Agnes—. Toda la vida anunciando desgracias… Desgracia va… desgracia viene… ¡Ay, qué desgraciadita soy!

—Venga, venga…

—Tú estás viendo lo mismo que yo, ¿no? —murmuró Willa, volviéndose hacia Maren.

—Desgraciadamente —respondió, dedicándole un guiño.

Tardó todo un segundo en entender la referencia.

—Ja-ja. —Hizo una mueca y sacudió la cabeza—. Muy gracioso, jefe.

—Tengo mis momentos —aseguró, dejándola atrás para unirse a la escena.

—Eres una banshee, idiota —escuchó que rezongaba Matilda, quien ya estaba ante la puerta de la habitación vacía, con las manos en las caderas—. Lo tuyo es anunciar desgracias…

—¡Pero no me gustan! ¡Estoy sumida en una depresión perpetua! ¡Preferiría anunciar la Lotería!

—Entonces sí que ibas a deprimir a más de uno —bufó la fantasma con esa voz espectral.

Todavía estaba asimilando que Matilda hubiese sido en el pasado la fundadora de la orden de exorcistas a la que pertenecía el Padre Julius. ¿Cómo había acabado en San Bartolomé? ¿Y por qué seguía en este plano como espíritu?

Como si supiese que estaba pensando en ella, los ojos de ultratumba de la fantasma se posaron sobre ella y no pudo evitar que la recorriese un escalofrío de la cabeza a los pies.

—Tú, bruja, ¿dónde están las llaves de la habitación?

—No necesitas una llave para entrar, Mati —le recordó Maren incluso antes de que ella pudiese hacer algo.

—Yo no, pero vosotros sí, mendrugo —soltó la mujer—. Ahí dentro hay un portal.

—Ahí dentro no hay nada.

—¿Qué te apuestas a que sí lo hay?

—Mati, he abierto esa puerta mil veces, Willa ha limpiado la habitación en los últimos meses y nada ha intentado comérsela o poseerla —señaló Maren, haciéndola enarcar una ceja ante semejante respuesta.

—¿Perdona? Más les vale no intentarlo siquiera. Soy una bruja. Intentar poseerme a mí es una malísima idea…

—A mí me lo vas a decir —masculló por lo bajo.

—¿Aún no habéis follado? —La fantasma se llevó una mano al pecho como si le hubiese dado un ataque al corazón—. Almas de cántaro. ¿A qué esperáis? ¿A la boda?

—¿Va a haber una boda? —Agnes sorbió por la nariz y los miró a los dos como si acabasen de anunciarle una nueva tragedia—. ¿Por qué nadie me lo dijo? No queréis que vaya, es eso. Lo sé. Ay, qué penita tengo.

—¿Te vas a casar con ese demonio, hija? —se interesó el exorcista, quien seguía intentando despegar a la banshee de su cintura.

—Ni muerta… —respondió con menos convicción de la que debería haber expresado.

—Qué más quisiera ella —añadió al mismo tiempo Maren, con esa habitual ironía suya.

Habían contestado al mismo tiempo, por lo que acabaron por mirarse.

El silencio se instaló en el pasillo durante unos preciosos segundos.

—Sí, ya me parecía a mí —chasqueó Matilde, rompiendo el momento—. Estos dos están coladitos el uno por el otro, pero aún no se han dado ni cuenta.

—Los años no te han hecho más sabia, vieja, te han hecho más irritante —resopló Maren, avanzando a zancadas hacia la fantasma.

—Mira quién fue a hablar —chasqueó la espectral mujer y, acto seguido, hizo un gesto a la puerta—. Abre. Verás qué fiesta tiene montada ahí dentro.

—Yo no escucho nada —mencionó Willa, llevándose la mano al bolsillo del pantalón donde solía llevar siempre una llave maestra. No era la primera vez que alguien se quedaba encerrado en su habitación y tenía que abrirles.

—Pues deberías. Ya tienes un pie en la tumba, así que tus sentidos tendrían que ser mucho más afinados cuando se trata del otro lado —le soltó la mujer. Entonces llamó al Padre—. Julius. Tienes que expulsar a todos. No te dejes ni uno. ¡Con tanto ruido no hay quien duerma por las noches!

—Oh, entonces, ¿las voces venían de esa habitación? —Agnes recuperó la dignidad y abandonó la cintura del padre para ponerse de pie. Hoy estaba especialmente guapa, con ese atuendo—. ¿Y los lloros también? Pensé que Nix había vuelto a meter uno de sus tentáculos por el desagüe.

—¿Lloros? —preguntó Maren, mirando a la banshee.

—¡Aja! ¡Lo ves! ¡Ella también los oyó! —Se jactó el espectro y, sin perder un segundo, hizo una seña al exorcista—. Venga. A trabajar. Asegúrate de hacer el recuento antes para que no se quede ninguno.

—Pensé que el llanto era el de Nix, aunque… —Agnes se encogió un poco—. A veces parecía que lloraba una mujer y… ¡Te juro que no era yo, Maren! ¡Yo conozco mi propio llanto!

Él se detuvo un segundo ante ella y le acarició el pelo. Fue solo un segundo, pero la expresión de la chica se suavizó.

—Willa, si ya has terminado de admirarme, ¿podrías abrir la puerta?

—Yo no te estaba… —Empezó a protestar solo para cerrar la boca al ver cómo sus labios intentaban mantenerse serios. La sonrisa estaba allí, una picaresca que hacía tiempo no veía en él. Sacudió la cabeza y se reunió con él junto a la puerta—. Tú y yo vamos a tener una charlita sobre quién admira realmente a quién, capullo.

Se limitó a hacerle un gesto a la puerta para que la abriese.

—Idiota… —farfulló ella para sus adentros, abrió la puerta y se quedó mirando una habitación completamente vacía—. Bueno, creo que queda claro que aquí no hay…

—Mierda.

—Te lo dije.

—Pues va a ser que sí hay un portal.

—¿Qué? —Se volvió hacia cada uno de ellos.

—Uy, sí. Es un portal —confirmó Agnes, asomándose desde el umbral—. ¿Quién lo ha convocado?

—Sé que yo no…

—Yo tampoco… —resopló Maren, llevándose las manos a las caderas.

—Tenéis un problema de tráfico bastante importante aquí, hijo.

—Lucrecia me va a crujir.

Willa no hacía más que mirar de uno a otro sin entender absolutamente nada, porque por más que miraba, no veía ni percibía absolutamente nada.

—Perdonad, ¿os estáis quedando conmigo? —inquirió un poco mosqueada.

Todos se volvieron hacia ella, Maren incluso entrecerró los ojos.

—¿No puedes verlo, brujita?

—¿Ver el qué? —Miró en torno a toda la habitación—. Aquí no hay nada.

—¿Estás seguro de que es una bruja? —El Padre Julius se fijó en ella con mayor atención.

—Segurísimo —confirmó Maren. Se reunió con ella y se inclinó hasta que sus ojos estuvieron a la misma altura. Se la quedó mirando, escrutándola, como si buscase algo—. No es de las más competentes, pero tiene sangre de bruja corriendo por sus venas… entre otras cosas.

—Te estás pasando… —siseó.

Él parpadeó, sus ojos carmesíes parecieron refulgir. Un segundo después, sus labios volvían a curvarse.

—Luego puedes reñirme, ahora… permíteme. —Un segundo después, su boca estaba sobre la de ella. La lengua masculina atravesó sus labios cuando jadeó por pura sorpresa y cuando rozó la suya, notó cómo una descarga eléctrica se extendía por todo su cuerpo. El beso fue breve e intenso, tanto que cuando la abandonó se encontró necesitando apoyarse en él porque le daba todo vueltas—. Creo que ya estaría.

—¿Qué estaría? —susurró, lamiéndose los labios.

—¡Oye, yo estaba primero…!

—¡Ponte a la cola como todos los demás!

—Ey, este no es el destino vacacional que nos prometieron.

Willa parpadeó ante el incesante parloteo. No reconoció ninguna de aquellas voces, ni tampoco el murmullo que ahora le zumbaba en los oídos. Asomó la cabeza por el costado del demonio y se encontró con lo que parecía una apertura dimensional y una fila de figuras fantasmales de todas las tonalidades de gris y algunas otras un poco más… raras.

—¿Qué coño…? —jadeó, abriendo mucho los ojos, pues estaba viendo lo impensable.

—Has aprovechado para metérsela hasta la campanilla, ¿eh? —se carcajeaba Matilde.

—No seas vulgar, maestra —chasqueó el Padre Julius.

—Oh, eso ha sido… Muy bonito. —Agnes volvió a echarse a llorar.

Y Willa. Ella fue consciente de que ese maldito demonio acababa de besarla por segunda vez y lo había hecho delante de todos. Se volvió como una flecha y lo apuntó con el dedo.

—Tú… Tú…

—Estaré encantado de repetir, pero fuera de horas de trabajo —le soltó él con su habitual desinterés—. Pues al final va a ser que sí había un portal…

—Te lo dije. —El espectro parecía más que satisfecha de tener la razón.

Volvió a mirar aquel corredor que parecía conectar esta habitación con otro lugar y se estremeció. Allí había cientos, si no miles, de espíritus.

—¿Quién…? —Se lamió los labios e hizo una pregunta más personal—. ¿Por qué demonios no podía percibir o ver nada de esto?

—Porque estás congelada. —La mano de Maren acabó sobre uno de sus hombros con suavidad—. Este lugar ha detenido tu vida a fin de poder preservarte y evitar que la maldición se te lleve antes de tiempo. Por eso hay cosas que… se te escapan.

—Oh.

Él asintió. Solo eso. Y fue suficiente. Ambos entendían lo que había detrás de esas palabras, todo lo que implicaba y no habían dicho, pues era algo que solo les competía a ellos.

—Maren, necesitaré tu permiso para poder llevar adelante las oraciones oportunas y dar así comienzo el exorcismo —anunció el padre Julius.

—Lo tienes —anunció y, sin otra palabra más, la empujó fuera de la habitación—. Ven. Mejor que estés fuera de la habitación mientras hacen la limpieza.

—Oh, hacía tiempo que quería hacer esto… —escuchó a Matilde a sus espaldas y echó un vistazo para verla remangarse sus fantasmales mangas con verdadero placer—. Bien, pupilo mío. Empecemos.

Su acompañante cerró la puerta antes de que pudiese ver lo que ocurría en su interior.

—Lo que van a hacer tocará a la puerta de la muerte —mencionó él ya en el pasillo—. No debes estar en el mismo lugar cuando esta abra. No es tu momento.

Se estremeció al pensar en ello.

—Sí. No tengo interés alguno en conocer a la Parca todavía.

—Me alegra oírlo —declaró él y, sin pensárselo dos veces, le envolvió los hombros con el brazo y la volvió, instándola a caminar de nuevo hacia las escaleras—. Por cierto, brujita. Sabes muy bien.

Willa ladeó la cabeza y lo miró.

—No empieces.

Maren se echó a reír, una risa sincera, que acabó contagiándola y poniendo en sus labios una amable sonrisa.