CAPÍTULO 7 LA FANTASMA QUE NECESITABA UN EXORCITA… PARA OTROS
Willa alternó la mirada entre la tarjeta de visita que tenía en las manos y el hombre de pie al otro lado del mostrador.
Julius Bernard Petrus Clytora.
Sacerdote ordenado exorcista por la Orden Arcángel
Exorcizamos a domicilio.
Un exorcista en San Bartolomé. Si eso no era el preludio de una catástrofe, no sabía qué podía serlo.
El tipo había entrado por la puerta vestido como una especie de… Ni siquiera sabía cómo interpretar aquello. Parecía Neo, de Matrix, solo que con el pelo blanco de punta, gafas redonditas y unas cuantas cruces blancas adornando su ropa de… cuero.
Incluso sus botas de motorista tenían más tachuelas que un sofá.
—La señora Hécate fue muy específica en su petición —insistía el hombre con esa voz ronca y profunda que hacía que su aspecto resultase todavía más intimidante. Tenía el rostro fuerte, una mandíbula cuadrada y sus ojos de un azul muy claro le daban escalofríos. Era atractivo, de una manera bastante sobrenatural.
Y estaba aquí para devolver a las almas perdidas a su descanso eterno porque la señora M. Hécate Alisius lo había convocado para que liberara al San Bartolomé de los espíritus que estaban apegados a sus piedras y que no tenían la condición de huéspedes.
Matilda. La fantasma que vivía en el piso de arriba llevaba las dos últimas semanas quejándose de que no la dejaban descansar. Estaba empeñada en que la habitación contigua a la suya, la que estaba vacía, era un portal de tránsito continuo y estaba hasta los mismísimos de escuchar cómo otros fantasmas entraban y salían sin invitación.
Maren había comprobado esa habitación él mismo después de recibir queja tras queja del espectro de la mansión y no había encontrado nada. En palabras del maestro demonio: «No hay ningún jodido portal abierto en esa habitación. Que deje de tocar las narices o seré yo quien la mande al otro lado de una patada».
Desde la conversación que mantuvieron en la cueva de Eusi hace ya dos semanas, Maren pasaba algo más de tiempo en las plantas superiores. La mansión parecía haberse confabulado para que tuviese que arreglar goteras, tuberías que reventaban debido a su antigüedad e incluso puertas que decidían chirriar como si estuviesen despellejando a un gato.
Y no era la única, porque los huéspedes parecían haber desarrollado de la noche a la mañana una intensa necesidad del demonio.
«¿Dónde está Maren? Busca a Maren. Necesito ver a Maren. Maren tiene que venir ya».
Su empleador estaba a un exorcismo de acabar él mismo con todos los huéspedes y mandarlos al otro barrio. Y Willa intuía que, por una vez, no le importaría quedarse completamente solo en la mansión.
Quinientos años. No podía quitarse esa cantidad de tiempo de la cabeza y lo que realmente significaba para el demonio. Había estado atrapado en este lugar todo ese tiempo. El refugio había nacido de su desesperación, pero también de la necesidad de dar cobijo a aquellos que, como él, lo habían perdido todo por un golpe del destino.
Eusi había sido su primer huésped. El dragón llevaba ocupando este lugar más tiempo incluso que él. El viejo ermitaño era el último de su clase y se habían hecho compañía desde el inicio de su encierro. Dos individuos solitarios que encontraban solaz en la presencia del otro.
No sabía toda la historia, pues Maren le había dicho que no era suya para contársela, mas por lo que extrajo de aquí y de allá, intuía que la bestia también había sido víctima de alguna especie de encadenamiento o venganza que lo había anclado a esta dimensión.
Como fuese, ahora también le permitía a ella entrar en su cueva, dándole la bienvenida con ese característico trino. Empezaba a pensar que le resultaba divertido el hecho de verlos a ambos pelearse por cualquier nimiedad.
Y es que su relación con Maren había pasado de «jefe-empleada» a «demonio irritante - bruja maldita» Si bien los primeros días después de aquella impactante revelación lo había evitado, pues necesitaba procesar todo lo que le había contado, luego bajó a buscarlo y, sin mediar palabra, lo arrastró al piso superior para que hiciese «su trabajo».
—No puedes dejarme a mí sola al frente de San Bartolomé». —Le había increpado, clavándole incluso el dedo en el pecho—. No me pagas lo suficiente para esto.
—No te pago, brujita.
—¡Pues con más razón aún! —Se había llevado las manos a las caderas y lo había fulminado con la mirada—. Mueve el culo y sube arriba. Si Nix pierde otro tentáculo, Vyktor nos matará a todos.
Se habían mirado unos instantes y, tras resoplar y quejarse de que necesitaba unas vacaciones de verdad, acabó volviendo arriba y haciéndose cargo de todo como hasta entonces.
Un mes. Ya solo le quedaba un mes para cumplir el trato que habían hecho. Treinta días para librarse por fin de su maldición y liberar a Maren de la suya propia.
Y no se trataba solo de que al fin fuese libre de este lugar, sino que pensaba limpiar su nombre.
El maestro demonio podía ser irritante al extremo y sacarla de quicio, pero en estos dos últimos meses había llegado a verlo como era en realidad. La imagen que se había formado de él no era real. Y no era solo porque ahora conociese la otra parte de la historia, una verdad que había permanecido oculta durante quinientos años, sino porque había llegado a conocerlo, a ver quién era en realidad.
Se lo debía. Le debía que su nombre fuese limpiado, que se supiese quién había sido en realidad la responsable del mal que había acabado con tantas generaciones de brujas. Él no había sido el villano de la historia y ya era hora de que su aquelarre lo supiera.
En cuanto se cumpliese el plazo, volvería a casa y se encargaría de que todo el mundo supiese que aquella ponzoña ya no arrebataría más madres, ni más hijas. Que el futuro de su línea de sangre estaba libre por fin.
Y después… Bueno, pensaría en ello llegado el momento.
Se sacudió sus pensamientos y volvió a concentrarse en la tarjeta que tenía en las manos.
El exorcista seguía parloteando, aunque no había escuchado ni media palabra.
—Se nota el ambiente cargado en toda la casa. Las almas corrompidas han quedado ancladas a este lugar y se niegan a marcharse. Me ocuparé personalmente de limpiar el lugar hasta que se respire de nuevo aire puro.
Willa levantó la cabeza y se encontró con esos ojos azules.
—Verá… Padre Julius. —Ni siquiera estaba segura de cómo dirigirse a él—. Me temo que ha habido una equivocación. No hemos pedido los servicios de ningún exorcista… De hecho, lamento tener que decirle esto, pero… San Bartolomé tiene una política bastante clara con respecto a los de su… orden.
Intentó ser educada. A ella no se le daba tan bien como a Maren echar a la gente, carecía de su falta de escrúpulos y de su actitud amenazadora.
—No ha habido ninguna equivocación, hija, este lugar es un agujero negro… —declaró señalando todo el hall—. Hay almas aquí atrapadas, una intensa corrupción y…
—Y ya se está yendo por donde ha venido.
No pudo evitar soltar un suspiro de alivio al escuchar la voz de Maren.
—De eso nada —clamó al mismo tiempo una voz de ultratumba—. ¡Lo he llamado yo!
—¿Un exorcista, Mati? ¡En qué coño estabas pensando!
—Hay un portal en la habitación de al lado y no has hecho nada por remediarlo, así que, he contratado a alguien que lo haga —bufó la fantasma y volvió su espectral presencia hacia el Padre Julius, quien, había que darle crédito, no se había inmutado lo más mínimo al encontrarse cara a cara con la fantasma—. Y menos mal que ha llegado, Padre.
—Señora Matilda, es un honor volver a estar ante usted.
Y aquello era lo último que podía esperar que sucediera.
El hombre se llevó la mano al corazón e inclinó la cabeza con absoluto respeto.
—¿Qué me he perdido? —preguntó a Maren, quien se había acercado al mostrador.
—Matilda es la fundadora de la orden.
—¿Qué? —Abrió los ojos como platos.
—Era exorcista en su vida pasada.
—Y una de las mejores —declaró esta, mirándoles por encima del hombro—. Cierra la boca, niña. No parezcas más tonta de lo que ya eres.
—A la bruja solo la insulto yo —rezongó Maren—. Y vete olvidando de exorcismos y demás historias. No quiero a otro imbécil echando abajo la casa. ¿Se te ha olvidado ya lo que pasó la última vez? ¡Estuvieron a punto de destruir el refugio!
—¡Eso fue porque intentaron exorcizarte a ti, pedazo de alcornoque! —reclamó la fantasma, llevándose las manos a las caderas—. ¿A quién se le ocurre quedarse dentro de la mansión cuando la están exorcizando?
—Se te olvidó el pequeño detalle de que no puedo abandonarla —siseó él.
La fantasma abrió la boca y volvió a cerrarla. Aunque el silencio le duró un segundo.
—Bueno, esta vez solo tiene que exorcizar una habitación —declaró, como si aquello fuese el fin del asunto—. Venga por aquí, Padre. Le enseñaré dónde está el portal.
—¡No hay ningún jodido portal!
Sin embargo, ni la fantasma ni el exorcista lo escucharon, ya que se dirigieron a las escaleras que llevaban al piso de arriba.
—Um, no es por meter el dedo en la llaga, pero… —Señaló a la pareja que desaparecía escaleras arriba—. ¿Siempre os habéis llevado tan bien?
Los ojos carmesíes del demonio cayeron sobre ella, entrecerró los ojos y siseó por lo bajo.
—Sí. Siempre —gruñó—. Y ahora, sal de ahí y échame una mano, Willa, porque de lo contrario, ni tú ni yo llegaremos al nonagésimo día de nuestro acuerdo.
Y aquello fue todo lo que necesitó para abandonar el mostrador y correr detrás de la pareja.
—¡Matilda, Padre Julius, alto en nombre… de quien sea!
—La van a liar. Ya lo estoy viendo.
Escuchó a Maren rezongar, mas él también la acompañó.
Las palabras del demonio acabaron por convertirse en realidad nada más dejar atrás el último escalón. Un grito de lamento resonó en la planta superior, acompañado de angustiosos sollozos. Y allí estaba Agnes, abrazada a la cintura del exorcista como si le fuese la vida en ello, con esos ojos llorosos y vestida como no la había visto hasta ahora; una lolita gótica.
—…culpable, soy tremendamente culpable…
—Ya, ya, hija mía…