Refugio San Bartolomé para inadaptados sobrenaturales CAPÍTULO 6 LA VERDAD BAJO LA MANSIÓN #4
81%

CAPÍTULO 6 LA VERDAD BAJO LA MANSIÓN #4

—Su sangre está ya bastante diluida en tu línea de sangre —continuó Maren como si no acabase de pasarle por encima con una apisonadora—. No era un maestro, sino uno de los soldados del piso de abajo. Ya no está con vida, por cierto, lo cual es parte del motivo de que tú estés hoy aquí.

Le llevó un par de segundos más encontrar el habla, hasta que por fin barbotó:

—¿Me tomas el pelo?

—No, Willa. Me limito a responder a tus preguntas, ya que no has dejado de dar por culo buscando respuestas —respondió con su habitual sarcasmo. Era capaz de pasar de la seriedad a la burla en un parpadeo—. ¿No era eso lo que querías cuando entraste aquí?

Se lo quedó mirando y acabó asintiendo con sequedad.

—Sí. Lo era.

Maren entrecerró los ojos, chasqueó la lengua y resopló.

—No necesitas conocer todos los detalles. —Sentenció. Era obvio que no quería que profundizase en todo aquello. A pesar de ello, él siguió hablando—. La maldición la originó ella, su antepasada, al vincularse con un demonio a través de un círculo de invocación. Lyria forzó algo que debería haber sido entregado libremente, corrompió el vínculo. Ella sabía que no funcionaba así, lo supo en el mismo instante en que me convocó a mí por primera vez. Fui yo quien se lo dijo. —Lo vio apretar los puños, sus ojos refulgieron y tensó la mandíbula, aunque no dejó de hablar—. Y, a pesar de ello, me culpó a mí de su condición. Me responsabilizó a mí de su maldición, por haberme negado a su deseo. Y solo después me suplicó de rodillas que no dejase morir a su hija, que hiciese algo para mantener con vida su legado.

—Y lo hiciste —afirmó sin duda alguna. Ella era la prueba de que había sido así. Lo que quiera que hubiese hecho Maren, había permitido que su descendencia continuase existiendo.

Asintió con la cabeza y abarcó el espacio con un gesto de la mano.

—La traje aquí. A este mismo lugar… —Y eso fue una nueva sorpresa de lo más impactante—. Entonces no contaba con el poder para erradicar el veneno, pero sí podía detener durante algún tiempo su progresión.

Ella se tocó el brazo de forma automática, notando la rugosidad de la piel muerta bajo sus dedos, entendiendo al fin por qué no había enfermado aún más.

—Tuvo a su criatura aquí —admitió bajando ahora la mirada hacia sus propias manos—. Una niña. La primera bruja de tu línea de sangre y la primera en ser víctima de la semejante condena.

El dragón, que había estado en silencio hasta el momento, gorjeó bajito. Había abierto uno de sus ojos y miraba ahora a Maren, como si supiese algo que ella no. Vio al demonio llevar la mano sobre las escamas del cuerpo de la enorme criatura y susurrar algo en el mismo idioma que ya había escuchado antes. La bestia parpadeó y volvió a dejar caer el pesado párpado.

—Tu tatarabuela cumplió los veintisiete a los pocos días de traer al mundo a su hija —continuó él con voz más suave ahora. No dejaba de acariciar al animal, como si necesitase de su contacto para poder seguir hablando—. Sabía que la muerte estaba esperando para llevársela, podía sentir su presencia. Y, cuando llegó el momento, con su última respiración me ató con sus palabras a este lugar y a tu línea de sangre. Una jugada maestra que no vi venir. Incluso al borde de la muerte seguía culpándome por haberle negado mi sangre.

Cuando al fin volvió a mirarla, sus ojos carmesíes refulgían.

—Y aquí estoy ahora, quinientos años después, con una de sus descendientes también a las puertas de la muerte —le soltó con su habitual sarcasmo—. No supe que ese legado maldito se iniciaba en el último año de vuestras vidas hasta que sentí temblar las piedras por primera vez. Justo después de su vigesimosexto cumpleaños. Era como una cuenta regresiva, un año en el que la ponzoña se va extendiendo y culmina con la muerte de la bruja descendiente de su línea de sangre. La hija de Lyria fue la primera, pero no acabó con ella, siguió adelante, generación tras generación, con cada una de sus descendientes… Hasta que tú me convocaste.

No apartó la mirada a pesar de que había algo en ella que le ponía los pelos de punta.

—Los astros decidieron alinearse para que la muerte de ese demonio y tu providencial y bastante burda convocatoria coincidiesen en el tiempo —confesó, inclinándose hacia delante, como si quisiera asegurarse de que ella estaba todavía allí, que le prestaba atención—. Y aquí estamos ahora, en una nueva cuenta atrás, solo que esta vez el final no será el mismo. La maldición terminará contigo y la última de las piedras habrá caído por fin.

El silencio cayó de nuevo sobre el lugar, envolviéndolos a ellos durante un largo instante.

—Ya tienes las respuestas que estabas buscando, brujita —concluyó él, señalando con un gesto el otro lado de la enorme estancia—. Puedes volver arriba y seguir con tus tareas. Y, por favor, a menos que veas que la mansión empieza a desmoronarse piedra a piedra, no me busques. Hoy es mi día libre y quiero descansar.

Con esa última anotación, se giró y retomó ese particular dialecto con el que hablaba al dragón.

Este levantó la cabeza, sobresaltándola, sus ojos ambarinos se abrieron del todo, dejando atrás la somnolencia, y un pequeño resoplido de humo morado salió de los ollares de su nariz. No pasó ni medio segundo antes de oír de nuevo ese particular gorjeo, ahora con una intensidad mayor.

Willa se levantó con rapidez, miró al dragón y luego al demonio que había decidido ignorarla completamente. La revelación de Maren todavía resonaba en su cabeza, sus palabras le llenaban los oídos con el eco de algo que desconocía y que cambiaba el relato que ella conocía.

No podía responder, no sabía cómo hacerlo, así que hizo lo único que podía hacer en esos momentos. Dio media vuelta y abandonó aquel particular lugar.

La puerta se cerró a su espalda. Miró la gruesa madera y luego a su alrededor, reconociendo, ahora sí, el sótano, esa área que sí formaba parte natural de la mansión.

—Estas piedras no son su refugio… —musitó para sí, sintiendo cómo las lágrimas le vidriaban la mirada—. Siempre han sido su prisión.

Notó el picor y la humedad en los ojos antes de que las lágrimas se deslizasen por sus mejillas. Se las limpió con el dorso de la mano, se tomó unos segundos para recomponerse y regresó arriba.