CAPÍTULO 6 LA VERDAD BAJO LA MANSIÓN #3
Nunca una frase de su padre había tenido tanto sentido para ella como en este mismo instante. Y era curioso que le viniese justo ahora a la memoria.
O quizá no tanto. Desde aquella primera conversación con Maren, no había podido evitar pensar en su familia, en lo que sería volver a casa y mostrarles que no solo que seguía con vida, sino que la pesadilla se había acabado por fin.
Una que acababa de cobrar un significado muy distinto al que siempre le había dado.
—¿Qué quieres decir con que… fuiste quien intentó detener la maldición?
Maren levantó la cabeza despacio y sus ojos se encontraron de nuevo. Su expresión volvía a ser indescifrable, ya no quedaba ni rastro de la pena de antes, mas aun así percibía que ni siquiera él conseguía aislarse del peso de sus propias palabras.
Lo vio respirar hondo y soltar el aire antes de volver a hablar.
—Exactamente eso —respondió con tranquilidad—. Intenté que Lyria no muriese en el mismo instante en que aquellas palabras la marcaron y la condenaron a muerte.
No era común escuchar el nombre de su tatarabuela y menos en boca de alguien ajeno a su aquelarre. Él lo había pronunciado sin vacilar. Le sorprendió no detectar ni un solo toque de rencor o de satisfacción, era lo que había esperado del demonio que la maldijo… Solo que ese ser no era el hombre que tenía delante, no era la imagen que había llevado toda la vida en su mente, que había conjurado en base al rencor y al dolor de varias generaciones de brujas malditas, consumidas por esa ponzoña.
Willa se quedó en silencio. Podría haber dicho que no, que estaba equivocado, ¿pero lo estaba?
Él seguía mirándola a los ojos. Parecía esperar que lo acusara, que lo tachase de mentiroso, y una parte de ella quería hacerlo. La que había padecido ese castigo, la que se había ido apagando, consumiendo durante este último año, quería gritarle y cruzarle la cara de una bofetada, llamarle embustero... Sin embargo, no lo hizo. Se dejó caer al suelo, sin importarle el lugar o la suciedad. Se sentó allí mismo, frente a él, envuelta de alguna manera por la colosal figura del dragón, que parecía preferir seguir con su siesta a prestar atención al par de individuos que ocupaban su cueva.
—¿Quién lanzó la maldición que pesa sobre mi sangre? —Esa era la pregunta adecuada, la única que podía dar una respuesta directa, sin acertijos. Y esperarla, fue el mayor momento de tensión de toda su vida—. ¿Quién fue?
Una palabra, un nombre y todo cambiaría para siempre.
Hubiese sido él o ella, Willa sabía que llegados a este punto, su mundo se haría pedazos de igual modo. Ya no era la bruja que había dibujado aquel círculo en el salón de su casa, este último mes y medio en el refugio marcaba la diferencia.
—Nunca se trató de una maldición —respondió, recostándose de nuevo contra el dragón, como si necesitase de su contacto para enfrentarse a sus propios recuerdos—. No hubo un conjuro, ni un hechizo… Nunca fue una intención, sino la consecuencia de un momento de rabia, de una pataleta, en realidad… Lyria era propensa a ellas, sobre todo cuando no obtenía lo que deseaba. Y, sí. Si tengo culpa de algo, es de haberle negado lo que deseaba en esos momentos, algo que no le pertenecía…
—¿El qué?
Los labios masculinos se curvaron muy despacio, componiendo esa sonrisita que conocía bien, más esta vez no llegó siquiera a formarse del todo.
—Mi voluntad. —Hizo una mueca—. Ella me quería a mí, pero yo no tenía la menor intención de someterme a una bruja que cambiaba de opinión con la misma celeridad con la que cambia el viento. Era una mujer tan hermosa como poderosa, una de las brujas más extraordinarias y competentes con las que me he cruzado en mi extensa vida. Y también era orgullosa. Una mujer difícil en muchos sentidos e intransigente a veces. Estaba acostumbrada a conseguir lo que deseaba, ya fuese por su propio esfuerzo o por su fama. Y cuando no obtenía los resultados deseados, entonces se frustraba… Y la frustración jamás ha sido una buena guía, créeme, lo he aprendido en mis propias carnes.
Una descripción que no encajaba con la que ella tenía de la gran bruja de su aquelarre, de la todopoderosa y compasiva Lyria. Maren le estaba presentando a una mujer muy distinta a aquella de la que llevaba oyendo hablar toda su vida.
—No esperaba que la conocieses precisamente por sus defectos, sobre todo siendo la madre de tu línea de sangre. —No le sorprendió lo más mínimo la conclusión del demonio, estaba segura de que se reflejaba en su cara la incredulidad y las dudas ante lo que relataba—. Tenía muchas virtudes, muchas, pero también contaba con un carácter difícil y con una terquedad que he visto en alguna de sus descendientes… sobre todo en la última.
—La maldición —concretó. Ese era el núcleo al que quería llegar, era la explicación que necesitaba para entender quién era en realidad el responsable de que su cuerpo se estuviese consumiendo, de que su vida se agotase—. ¿Cómo ocurrió?
Maren dejó escapar un profundo suspiro y echó la cabeza hacia atrás, mirando al techo.
—Me negué a hacer un pacto con ella. —Las palabras salieron con cierta dureza—. Tu antepasada tuvo más éxito que tú al convocarme la primera vez. Debo decir que fue impresionante. Me tuvo a su merced durante varios días. Me irritó lo suficiente como para despertar mi curiosidad y escucharla. Quizá te sorprenda saber que fuimos compañeros durante un tiempo…
Algo se le removió por dentro al escuchar tal confesión, en especial dado el vistazo soslayado que él le dedicó.
—Era una bruja admirable, su poder estaba a la altura del mío, lo que hacía que las cosas fuesen más interesantes —sonrió de medio lado ante sus propios recuerdos—. Mantuvimos una buena amistad durante algún tiempo, aunque frente a otros éramos, como no, enemigos declarados… Por aquel entonces no estaba demasiado bien visto que un demonio y una bruja anduviesen en relaciones, del tipo que fuesen.
—¿Me estás diciendo que mi tatarabuela y tú…? —Lo miró de la cabeza a los pies y se estremeció. De todas las cosas que podía haber imaginado, aquella estaba vetada del todo en su mente—. Olvídalo. No quiero saberlo.
La sonrisa de Maren se hizo más intensa, con una pizca de malevolencia.
—No te hagas ilusiones, no hay ninguna historia de amor de por medio —le informó él con ese tono burlón que conocía muy bien—. Los dos éramos demasiado egoístas para preocuparnos por otra persona de esa manera.
Y este era el Maren que ella conocía. El que se escudaba detrás de la ironía, el que cambiaba de tema cuando no quería hablar de algo en concreto.
—Has dicho que te negaste a hacer un pacto con ella… —Willa recondujo la conversación.
Él asintió.
—Le negué mi sangre. —Se encogió de hombros con absoluta despreocupación—. El linaje es algo serio para los demonios y el mío no estaba destinado a mezclarse con el suyo.
Parpadeó lentamente, dejando que la comprensión de lo que acababa de decirle se filtrase poco a poco en ella.
—Lyria ambicionaba formar su propio aquelarre, el más poderoso de todos —continuó con su relato con lentitud, como si estuviese haciendo un esfuerzo para traer los recuerdos de aquel día a su mente—. Quería proteger a las futuras brujas de su sangre, darles poder, hacerlas más fuertes frente a un mundo que era cruel e implacable con cualquier individuo que practicase algo parecido a la hechicería… Y, sin embargo, lo que hizo fue condenarlas a todas.
Se hizo el silencio. Durante unos instantes, todo lo que escuchó fue el propio latido de su corazón acelerado, lo único que sintió fue la pegajosa humedad sobre su piel, recordándole el lugar en el que estaba, el dragón que dormía mientras Maren desgranaba una historia del pasado que nada tenía que ver con la que ella conocía.
La Lyria de la que él hablaba no era la bruja sobre la que llevaba escuchando hablar toda su vida. Maren la estaba retratando como alguien caprichosa, voluble e incluso diría que ambiciosa. Y, aun así, él parecía defenderla también, justificar su manera de proceder.
Estaba confundida, muy confundida.
—No… no lo entiendo —admitió en voz alta—. ¿Por qué alguien iba a condenar a aquellas mujeres a las que quería proteger?
—No las condenó a ellas, brujita, se condenó a sí misma —declaró él, encontrándose ahora con su mirada—. Como no obtuvo lo que deseaba por medio de mi sangre, convocó a alguien más.
El corazón le dio un vuelco. Un agorero presentimiento se apoderó de ella y supo, incluso antes de que el demonio frente a ella lo relatase, cuál era el rumbo de aquella imprudente decisión.
—Lyria consiguió su pacto de sangre, pero el resultado de este fue… —Hizo una pausa, negó con la cabeza y remató con brusquedad—. No fue el esperado. —La mirada carmesí bajó sobre las manchas de sus brazos y Willa se quedó completamente quieta cuando vio cómo resbalaban los dedos sobre una de ellas—. Vino a mí furiosa y llena de rabia. Su cuerpo se estaba consumiendo, su piel ya había empezado a necrosarse y la criatura que tenía en su vientre, el legado de sangre que tanto había ansiado, se iba apagando con ella.
Volvió a quedarse en silencio durante algunos segundos, entonces dejó escapar un largo suspiro.
—Se había unido al demonio que había convocado en el círculo —continuó en un tono algo más bajo y duro, como si las palabras no quisieran abandonar su boca—. Karios. Ese es el nombre de tu tatarabuelo, por si quieres saberlo.
Aquello fue como una bofetada en toda la cara, un golpe de realidad que la dejó sin respiración y que, de no estar ya sentada, la habría enviado derechita al suelo.
—¿Un… un demonio?
Los labios masculinos se estiraron ligeramente, no llegó a ser una sonrisa, tan solo una mueca, pero era igual de irritante.
—Sí. Enhorabuena, tienes un demonio entre tus ancestros.
El mundo se paró en ese mismo instante. Todo se detuvo para Willa. Las palabras eran como un eco en su cabeza, repitiéndose una y otra vez, como si se tratase de una cacofonía que se va haciendo más y más potente.