CAPÍTULO 6 LA VERDAD BAJO LA MANSIÓN #2
No entendió las palabras, a duras penas conseguía escuchar bien la voz, mas había algo familiar que la hizo avanzar hacia allí. Caminó despacio, procurando no hacer ruido, y entonces los vio.
Maren estaba allí. Y estaba en perfecto estado de salud. De hecho, permanecía recostado contra el enorme vientre del dragón, con las piernas estiradas delante de él y cruzadas a la altura de los tobillos. Volvía a estar sin camiseta. Su torso ahora estaba cubierto por una serie de símbolos y marcas que no había visto nunca antes. Sus ojos carmesíes refulgían y movía los labios, hablando en un idioma extraño, gutural, con una cadencia antigua y bastante musical.
Willa se quedó inmóvil, sus ojos pasaron del maestro demonio a la enorme criatura enroscada en torno a él. Su tamaño era colosal, hacía que su acompañante se viese diminuto en comparación. Tenía un cuello largo, terminado en una cabeza serpentina con cuernos o espinas que se extendían a lo largo del primero. Descansaba sobre cuatro patas, con unas gigantescas alas membranosas plegadas y una cola igual de espinosa que su cabeza desplegada por el suelo.
Conocía esa cola, era la misma que había creído vislumbrar cerrando la puerta.
Sin embargo, fueron los ojos ambarinos, con una pupila sesgada, los que la dejaron sin respiración cuando se abrieron y posaron sobre ella.
Un sonido similar a un gorjeo reverberó en aquella especie de cueva, seguido por el resoplido de Maren, el cual volvió también la cabeza en su dirección, sin sorprenderle lo más mínimo su presencia allí.
—Ya te dije que hace lo que le da la gana.
El dragón volvió a hacer ese particular sonido mientras levantaba la cabeza que tenía apoyada en el suelo, como si quisiera mirarla mejor.
—¿Se ha muerto alguien arriba?
La pregunta de Maren tardó en penetrar en su mente. En aquellos momentos, Willa solo era consciente de una cosa: estaba ante un dragón de verdad y este la estaba mirando.
—Es…
—Un dragón, sí.
—Es…
—Enorme.
—Es…
—Eusi…
—Precioso.
La magnífica criatura volvió a emitir ese extraño gorjeo, su cabeza se elevó aún más y, antes de darse cuenta, la tenía tan cerca que pudo notar con mayor claridad el fuerte aroma a azufre.
—Tu percepción de la belleza deja mucho que desear —resopló Maren, pero había cierta risa en su voz—. Ves un dragón por primera vez en tu vida y no dices que es impresionante. No. Tú dices que es precioso.
—Porque lo es —afirmó, observando ahora su cabeza escamosa y cómo la tenue luz de un orbe flotante iluminaba el tono iridiscente de sus escamas. Era una mezcla entre negro y morado, con un remate dorado, casi como oro envejecido—. Enorme, magnífico y precioso.
El dragón sopló por la nariz, envolviéndola en esa humareda morada y haciéndola toser.
—Vale… eso sobraba —mencionó, agitando el aire delante de ella, para ventilarlo.
Un nuevo ruidito emergió de la garganta de la criatura antes de retirarse a su postura original y volver a cerrar los ojos.
—Venga. Ya que has roto mi única norma, no te quedes ahí —la llamó Maren con un gesto. Él no se había movido un centímetro de su cómoda posición—. Ausie te permite entrar en su nido. Puedes considerarte muy afortunada.
El dragón gorjeó de nuevo, mas no abrió los ojos.
—Ya lo sé —murmuró Maren con un resoplido—. Es mi calvario personal.
—Espero que no estés hablando de mí.
—Sí. Lo hacía —respondió él, con su habitual franqueza—. ¿Qué ha pasado? ¿Coma sigue vivo? ¿Boris ha entrado de nuevo en fase lunar? ¿Nix ha perdido algún tentáculo? ¿Lucrecia ha intentado acogotar de nuevo a Ezrael? ¿Oliver ha vuelto a invocar algo? ¿Vera? ¿Mati? ¿Vyktor?
Willa se detuvo ante él y se tomó unos segundos para verlo ahora bajo la luz del orbe que flotaba sobre ellos. Maren solo llevaba los pantalones y unas botas hasta la pantorrilla. No era el atuendo que solía usar arriba, pero tampoco lo eran las marcas que le cubrían el cuerpo y parte de los brazos.
—Si te lo estás preguntando, sí, siguen por debajo de la cintura del pantalón —ronroneó él, con su habitual descaro.
Puso los ojos en blanco y, sin pensárselo dos veces, se sentó en el suelo a su lado, aunque con cuidado de no tocar al dragón. Una cosa era que ese demonio lo usase de almohada y otra que ella lo tocase. Quería conservar sus miembros o todo su cuerpo fuera de las fauces de esa criatura.
—Recuérdame que en el próximo pedido del refugio te pida unas cuantas camisetas —le soltó—. Se ve que te has quedado sin ellas.
Los labios masculinos tiraron hacia arriba en una divertida sonrisa.
—Aquí hace calor —le dijo y notó un tironcito en la solapa de la chaqueta—. Puedes quitártela también, evitará que sudes como un pollo.
—Así estoy bien.
—Aquí no necesitas cubrir las marcas de la maldición, Willa —aseguró con naturalidad—. A Eusi no le importan lo más mínimo y yo… Ya las conozco.
Ladeó la cabeza, lo justo para mirarle de soslayo. Él no la miraba, tenía la vista fija en algún punto al frente, casi parecía cansado.
—O puedes seguir asándote como un pollo mientras disfrutas de nuestra magnífica compañía.
Puso los ojos en blanco y, para su propia sorpresa, empezó a quitarse la chaqueta, doblándola con cuidado y manteniéndola sobre su regazo.
—¿Todo bien por arriba, entonces? —insistió Maren.
—Coma se ha vuelto a comer las margaritas y Boris ha amenazado con convertirlo en abono para sus plantas. —Cruzó las piernas, buscando una postura cómoda—. Ese conejo mutante tiene una particular fijación con las flores del jardín.
—Y también con mis dedos —admitió él, extendiendo la mano que, ahora que se daba cuenta, terminaba en unas uñas largas y negras—. Es un bicho divertido.
Solo a alguien como él podría parecerle divertido que un conejo con una boca de piraña quisiera arrancarle un dedo cada vez que lo acariciaba.
—Ese bicho debería estar en… No sé. Su propio hábitat, supongo.
—No sobreviviría —chasqueó la lengua—. Acabaría en una cazuela antes de que pudiese dar un salto. Su carne es muy apreciada en los Bajos Fondos.
Se le revolvió el estómago de solo pensar que alguien se pudiese comer a Coma.
—Ni hablar. Nos lo quedamos.
Maren se rio entre dientes.
—Ya te dije que te había adoptado, brujita. No hay vuelta atrás.
Dejó escapar un resoplido y miró más allá de ellos, a la enorme cabeza del dragón.
—¿Qué hace aquí abajo? —murmuró, no quería molestar el sueño de la criatura—. ¿También lo has… acogido?
Los ojos carmesíes que hasta el momento la habían estado esquivando, se posaron sobre ella.
—Necesitaba un lugar tranquilo en el que poder descansar y dormir a gusto —respondió volviéndose a mirar al dragón—. A veces uno no necesita nada más que eso.
—Y por eso tú pasas tanto tiempo en este lugar —mencionó ella, comprendiéndolo al momento—. Aquí nadie te viene con quejas, con problemas o exigencias… y puedes estar solo.
—Nadie venía, en pasado —replicó, mirándola de nuevo—. Tú acabas de cargarte mi descanso.
—No lo habría hecho si hubieses contestado, en primer lugar —le recordó—. De hecho, ni siquiera habría entrado aquí.
—No te equivoques, entraste porque él te dejó —declaró, resbalando esa mano de uñas negras sobre el cuerpo del dragón—. Estás aquí sentada, porque él te lo permite y porque… es realmente difícil librarse de ti cuando se te ha metido algo entre ceja y ceja.
Se giró por completo hacia él, encarándolo.
—No puedes soltarme semejante bomba y luego hacer como si no hubiese pasado nada, Maren —le recordó—. No puedes decirme que mi tatarabuela te maldijo primero y luego escurrir el bulto. Las cosas no funcionan así.
—Lo que ocurrió entre tu tatarabuela y yo no tiene nada que ver contigo.
—¡Y una mierda que no! —Alzó la voz, dolida ante esas palabras. Extendió el brazo hacia él y señaló sus marcas—. ¡Esto tiene todo que ver! ¡Esta es la maldición que lanzaste sobre ella y sobre toda su sangre! ¡Es el motivo por el que me estoy muriendo!
Los ojos carmesíes cayeron sobre las manchas de sus brazos, sobre ese pedazo de piel muerta e insensibilizada.
—Yo no fui el que la lanzó, Willa, fui quien intentó detenerla.
Sus palabras quedaron suspendidas en el aire. El silencio cayó entre ellos mientras el significado de estas se filtraba poco a poco en su mente.
—¿Qué? —Se le rompió la voz, se ahogó con su propio aliento.
Los dedos masculinos acabaron sobre su piel ennegrecida y su rostro adquirió una expresión de pesar.
—Las palabras tienen poder —añadió él con voz firme, dura y algo triste—. Las palabras dichas en un arranque de furia, en un momento de celos o de desesperación, pueden marcarte la vida de una manera que ninguna otra cosa puede hacerlo.
Cuando por fin levantó la cabeza y la miró, había verdadero arrepentimiento en sus ojos.
—Y también marcar tu muerte.
Se lo quedó mirando, pues lo que acababa de salir de su boca era una bomba mucho más grande que cualquiera que hubiese podido arrojar sobre ella.
Tardó en apartar la mirada, no por necesidad, sino porque estaba tan aturdida que no sabía cómo actuar. Se levantó, sus primeros pasos fueron tambaleantes. No quería huir, ni siquiera se le había pasado por la cabeza, era solo… necesitaba ganar distancia con él, con todo aquello.
Ese ligero raspado de algo arrastrándose contra el suelo dirigió su atención hacia la cabeza del dragón, había abierto uno de sus ojos y la siguió un instante antes de volver a cerrarlo.
Maren seguía en silencio. No la miraba. Él mismo parecía haberse sumido también en sus propios pensamientos, como si se arrepintiese de lo que acababa de salir de su propia boca.
«No soy de los que pierde el tiempo mintiendo, Wilhelmina».
Sus palabras de aquel día volvieron con más fuerza, si cabía, como un recordatorio de quién era realmente ese demonio. Porque después de mes y medio conviviendo bajo el mismo techo, sabía que sus ideas sobre él estaban equivocadas, que en realidad no le conocía, solo sabía lo que otros le habían contado.
«Toda historia tiene dos caras. Pueden comenzar de la misma manera, pero dependiendo de quién la cuente, el final será distinto».