Refugio San Bartolomé para inadaptados sobrenaturales CAPÍTULO 6 LA VERDAD BAJO LA MANSIÓN
70%

CAPÍTULO 6 LA VERDAD BAJO LA MANSIÓN

—¡Willa!

Dio un respingo al escuchar su nombre reverberando a través de las puertas abiertas de la entrada principal. Últimamente había visto su nombre asociado a ese grito demasiadas veces y nunca por una buena cosa.

—¡Voy a convertir a ese puto bicho en abono para plantas!

Miró bajo el mostrador de la recepción e hizo una mueca.

No estaba.

—Mierda.

Escuchó un agudo chillido y, un instante después, una bola de pelo blanca entró corriendo como un cohete y saltó por encima del mostrador con una agilidad pasmosa, para acabar directo en sus brazos. El impacto la empujó contra la pared.

—Por Dios… —jadeó.

«Chiiiiiii».

La criatura peluda emitió ese bajo chillido de felicidad, mientras la miraba con ojos de adoración, todo ello mientras terminaba de devorar lo que parecían unas margaritas.

—No te salvará que me pongas esa carita de inocente, Coma —resopló.

Los fuertes pasos anunciaron la llegada del licántropo jardinero, quien esta vez traía unas tijeras de podar en las manos.

—¡Mantén a esa jodida alimaña lejos de mis margaritas! —clamó Boris, señalándolos a ambos con las tijeras—. ¡Ha vuelto a comerse el macizo entero!

—Pediré ahora mismo que traigan más plantas para reponerlas.

—¡No quiero nuevas plantas! —Joder, eso sí que era raro—. ¡Quiero que mantengas a esa cosa lejos de mi jardín! —El viejo licántropo estaba que echaba humo—. Te lo advierto, bruja. Si esa piraña con pelo vuelve a comerse una sola de mis plantas o devora una puta maceta más, se acabó. ¿He sido claro?

Se limitó a asentir, pues no creía que decir algo fuese especialmente bueno en esos momentos.

Dos semanas. Habían pasado dos puñeteras semanas desde que este bichejo apareció en San Bartolomé. El animalito había decidido adoptarla, no podía explicarlo de otra manera. Se daba la vuelta y allí estaba, mirándola como si ella fuese el sol o algo equivalente para esa criatura. Había intentado echarlo, se lo había llevado a Maren, mas el demonio se limitaba a reírse y decirle que el comacodrejo ya la había adoptado y ya no había vuelta atrás.

Empezó ignorándolo, esperando que así el bichejo se aburriese; no funcionó. De hecho, el cabrón encontró una forma de llamar su atención: se comía todo lo que tenía en el escritorio, incluidos los formularios de Lucrecia.

Llegados a este punto, empezó a echarlo, a ponerse dura con él, pero entonces esa cosa ponía una carita de animalillo abandonado, chillaba de manera lastimera y, blanda como era, acababa permitiéndole quedarse.

Al final acabó buscándole una cama y solía quedarse en ella bajo el escritorio… Mientras no le entrase el hambre, en cuyo caso se escabullía sin que ella se diese cuenta y se zampaba algunas flores o macetas de Boris. La bestezuela tenía predilección por lo que hubiera en el jardín, lo que lo convertía en el enemigo número uno de Boris.

—Maren y su maldito sistema de acogida… —masculló el jardinero, fulminando a la criatura y a ella con la mirada antes de dar media vuelta y salir por donde había entrado—. Esto se le ha empezado a ir de las manos.

La puerta se cerró por sí sola, como si la mansión quisiese mantener también a Boris fuera durante un ratito. Con todo, sus palabras permanecieron con ella como una especie de nubarrón.

No era la primera vez que escuchaba algo parecido. De hecho, cosas que hasta ahora había pasado por alto cobraban sentido. En especial la actitud de Maren y el hecho de que se pasase el día de un lado para otro, arreglando esto y aquello o solucionando los problemas de los habitantes del refugio.

El demonio no era solo el tipo al mando, era el que mantenía este lugar en pie y también estaba aquello que le había dicho:

«Tu antepasada me maldijo primero».

Había reproducido en su cabeza una y otra vez cada palabra de aquella conversación, intentando entenderlo, pues no era lo que ella había escuchado.

«Ella me ató a este lugar».

Parecía solo una frase, aunque sabía que encerraba mucho más. La dedicación de Maren hacia el refugio era demasiado personal, su implicación iba más allá de administrar un lugar como este, pero, ¿por qué habría hecho aquello su tatarabuela?

«No soy de los que pierde el tiempo mintiendo, Wilhelmina».

No. Y tampoco era de los que ofrecían respuestas gratuitamente, y no era porque no las hubiese buscado en él. Sin embargo, Maren era muy bueno evitando dárselas. Cuando no estaba «ocupado» con alguna cosa, estaba «desaparecido» detrás de aquella maldita puerta del sótano.

Había empezado su estancia en el refugio evitando a ese hombre, intentando verle lo menos posible, solo para que ahora fuera él quien escatimase sus encuentros.

—No puede esconderse todo el tiempo —rezongó volviendo al mostrador de la recepción—. No puede soltarme una bomba semejante y esperar que no haga preguntas.

«Chiiiiiii».

Bajó la mirada hacia su peluda carga. El bichejo no pesaba apenas, lo cual era sorprendente dado todo lo que se zampaba.

—Boris te va a convertir en una bolsa para semillas si sigues zampándote sus flores, ¿sabes?

«Chiiiiiii».

No hablaba, tampoco es que le hiciese falta. Sus chirridos tenían distintas frecuencias y, por algún motivo absurdo, empezaba a diferenciarlas y saber qué significaba cada una.

—Le pediremos al demonio del sótano que te compre algo que puedas comerte sin provocar un conflicto existencial, ¿vale?

«Chiiiiiii».

—Tomaré eso como un sí.

Y, además, era la excusa perfecta para visitar a ese insoportable individuo en el sótano.

Solo esperaba que esta vez no estuviese de nuevo detrás de esa jodida puerta, porque como fuese así… No respondería de sus actos.

Hoy era martes, día de colada. Se cruzó con Vera y Matilde, aunque solo Dios sabía para qué quería un fantasma hacer la colada. Una de las secadoras estaba en funcionamiento. El sonido era el de una vieja máquina agonizante, pero ya había aprendido que esa cosa había sobrevivido a bastantes batallas como para aguantar unas cuantas más.

Dejó el área de la lavandería y continuó por el extenso sótano hacia la zona en la que estaba la caldera. Esa parte de la casa siempre le había parecido demasiado grande comparada con el tamaño del edificio. Estaba claro que alguien había utilizado un hechizo dimensional para aprovechar el espacio y adaptarlo a sus necesidades; las cuales pasaban por alojar a un dragón presumiblemente grande.

Eusi. Solo conocía el nombre del presunto dragón, así como sus gruñidos y esa nube morada con olor a azufre que a veces emergía de aquella puerta. Por lo que ella sabía, podía ser tan solo una excusa de Maren para evitar que alguien metiese las narices allí abajo, pero algunos de los residentes hablaban de Eusevio como si fuese una criatura con la que era mejor no cruzarse ni tener contacto alguno.

Debía admitir que una parte de ella sentía verdadera curiosidad. Jamás había visto un dragón, de hecho, se consideraban extintos, así que el hecho de que en el sótano viviese uno no dejaba de acicatear su curiosidad.

El silencio fue lo primero que le llamó la atención al llegar a la zona de la caldera. Por lo general, siempre había ruidos, ya fuese de esta o del demonio que solía refunfuñar por la falta de materiales y la mala suerte en general. No se escuchaba nada, era tal la ausencia de sonido que a punto estuvo de dar media vuelta.

La puerta misteriosa, sin embargo, estaba abierta. Y esta vez no era oscuridad lo que había del otro lado del umbral, o no completa, al menos. Una débil luz alejaba las sombras, moviéndolas, como lo haría una vela o una linterna.

—¿Maren? —Lo llamó.

No obtuvo respuesta. Y no sabía si eso era bueno o malo, en realidad.

—Maren, ¿estás ahí dentro?

Nada. Ni un resoplido, que sería lo más habitual escuchar saliendo de la garganta de aquel hombre.

—Como te haya comido el dragón, la cagamos —murmuró para sí.

Sacudió la cabeza ante el absurdo pensamiento e hizo justo lo que le había advertido una y otra vez que no hiciese; se acercó a la puerta.

—¿Maren? —Llamó de nuevo desde el umbral, entrecerrando los ojos en un intento por distinguir mejor lo que había del otro lado.

Una mezcla de olor a tierra y humedad emergía del interior, así como ese conocido toque a azufre, pero lo sorprendente no era eso, sino que el suelo cambiaba por completo desde el mismo marco de la puerta. Mientras que el sótano estaba completamente baldosado, el área que empezaba desde la puerta era roca pura. Llegó a vislumbrar una pared pedregosa, sudada y oscurecida, como si la hubiesen quemado, así como esos girones de neblina morada que ya había visto en el exterior.

—¿Eusi? —pronunció el nombre del dragón, esperando casi que rugiese y la sacase de ahí cagando leches—. ¿Estás ahí dentro?

Nada. Ni un solo sonido.

—Venga ya. No se te ocurra zamparte al demonio, todavía tiene que responder a mis preguntas y levantar la maldición —rezongó, más para sí misma que para quien quiera que estuviese allí dentro—. Soy Wilhelmina, aunque todos me llaman Willa. ¿Te parece bien si entro? Estoy buscando a Maren y…

Algo se movió entre las sombras, agitando la neblina morada. Escuchó el roce de algo contra el suelo, un sonido muy suave, sutil, que dejaba claro que allí dentro había algo.

—De acuerdo. Si me come un dragón, le echaré la culpa a ese irritante demonio.

Cruzó la puerta con decisión y, en el instante en que lo hizo, notó cómo su piel era atravesada por millones de agujas. Fue molesto, aunque no doloroso, la presencia inequívoca de que había una barrera en aquella puerta destinada a disuadir a quienes quisieran entrar… o evitar que lo que estaba dentro pudiese salir.

El cambio de ambiente fue inmediato y asfixiante. Aquí el olor a azufre era más presente, la humedad se le pegaba a la piel y hacía bastante calor como para ponerse a sudar de inmediato.

—Genial, una sauna —musitó para sí, avanzando unos pasos hacia la zona de la que procedía la luz. Ahora veía que había una especie de recodo, un lugar parcialmente aislado del que salía un bajo murmullo.