CAPÍTULO 5 ENTRE FLORES Y VERDADES #3
—¿Y qué coño hace aquí?
—No tengo la menor idea —respondió y, por primera vez, parecía genuinamente sorprendido por ello.
Un fuerte golpe interrumpió su intercambio.
—¡Hijo de puta! —siseó el hombre lobo cuando la pala se llevó por delante una maceta, pero no al conejo—. ¡Esas eran mis violetas!
Y entonces, el conejo mutante, porque tenía toda la pinta de eso, pareció olfatear el aire y, con un chillido de lo que solo podía ser felicidad, se lanzó a por la planta recién destruida.
—Mierda. Tenías razón —jadeó ella, viendo cómo trituraba en un abrir y cerrar de ojos no solo las flores, sino también unos pedazos de maceta.
—Te lo dije.
—¡Te mataré!
Un nuevo golpe, este contra el suelo. El animalito saltó por encima de la galería y se escabulló por el jardín, seguido de su incansable cazador.
—¡No toques las frambuesas! —escucharon el vozarrón inhumano de Boris—. ¡Hijo de puta! ¡Me haré un bolso con tu pellejo!
Algo se rompió, no sabría decir qué era, pero el sonido había sido bastante fuerte. El gritito del conejo volvió a resonar, aunque no sabía si esta vez estaba contento o chillaba por auxilio.
—¡No! ¡Las rosas no!
A juzgar por el alarido del lobo, sí fue a por las rosas.
Willa siguió a Maren a través del jardín, comprobando la voracidad de la criatura que se había zampado en un abrir y cerrar de ojos un pedazo de terreno aquí, esquilmado otro pedazo allá, dejado un rosal sin sus rosas.
—¡Te matareeeeeeee! ¡Mueeeereeeee!
Tuvo que frenar en seco para evitar tropezar con el conejo, el cual la esquivó con una gracilidad asombrosa, mientras saltaba hacia otra parte del jardín. Boris, ciego de rabia, corría ahora a cuatro patas, con los ojos encendidos, directamente hacia ella.
—Ay, Dios… —jadeó y gritó a pleno pulmón—. ¡Boris!
Unas manos la asieron de la cintura, tirando de ella con rapidez y haciendo que se estrellase contra un cuerpo duro.
—No te pongas jamás delante de un lobo que persigue su próxima comida, brujita. —La voz de Maren la envolvió por completo, al igual que su aroma. Apenas tuvo tiempo de levantar la cabeza para darse cuenta de que había sido él quien la había salvado en el último momento—. Tanto como me divierte ver a Boris fuera de sí, si no lo paro ahora, luego no habrá quien lo aguante. ¿Me sujetas al comacodrejo?
Antes de que pudiera responder, el demonio ya le había colocado el bicho entre los brazos.
Se quedó mirando al animalito que parecía el vivo retrato de la inocencia, y además era bastante mono, antes de levantar la cabeza y ver a Maren agarrando al hombre lobo por el cogote, manteniéndolo a un brazo de distancia.
¿Cómo se había movido tan rápido?
—De acuerdo, amigo, hora de relajarse —le decía, impertérrito ante la rabia y la sed de sangre que parecía haberse apoderado del licántropo—. Si sigues corriendo por ahí a lo loco, acabarás causando tú más daños al jardín que el bichejo ese.
—Quiero… comerme… al puto… bicho.
—Y yo quiero tener un día libre sin escuchar que alguien grita mi nombre —le soltó con goteante ironía—. Ahora, sosiégate. Retrae al lobo y encárgate del jardín.
—Esa cosa… Mantenla lejos de mi territorio… —siseó—. No lo quiero en mi jardín…
Y entonces llegó el sonido de huesos quebrándose y el cambio dio comienzo. Willa acabó apartando la mirada, encogiéndose ante cada chasquido hasta que finalmente dejó de oírlos.
—¿Mejor? —preguntó Maren.
—No. —Y aquella ya era la voz del Boris de siempre. Se aventuró a echar un vistazo y se encontró al hombre medio desnudo, con los pantalones colgando precariamente de sus caderas y un torso que nada tenía que envidiar al de hombres más jóvenes—. ¡Quiero esa cosa en la cazuela! ¡Me lo cenaré!
—Te daría una indigestión —le soltó el maestro demonio. Le dio una palmadita en la espalda y volvió sobre sus pasos, deteniéndose delante de ella. Aunque no la miraba a ella, sino a la criatura—. ¿De dónde has salido tú, pequeñajo?
El conejo mutante olisqueó y emitió uno de esos raros chillidos, pero no hizo el menor movimiento por bajarse de sus brazos. Parecía bastante cómodo.
—Um, parece que alguien te ha adoptado, Willa.
—¿Qué? ¡Ni hablar! —Negó frenética con la cabeza y no dudó un segundo en empujar al bicho hacia Maren—. Yo no sé nada de bichos raros de los Bajos Fondos.
Maren esbozó esa particular sonrisa suya.
—Brujita, llevas un mes encargándote de ellos —le soltó, miró de nuevo el bichejo y se lo metió debajo del brazo como si llevase un fardo—. Échale una mano a Boris con las plantas, ¿vale?
—¡No la necesito!
—O mejor aún… —Se inclinó sobre ella, hablándole al oído—. Ve a las cocinas y que le preparen una tisana. Dile a las cocineras que es para el síndrome lupino y ya sabrán de qué se trata.
—Maren…
—Me vuelvo con la caldera —le soltó—. Lo dejo todo en tus manos, Willa.
Levantó la mano a modo de despedida y se fue por donde había venido, dejándola en medio de un jardín destrozado, con un hombre lobo más malhumorado que nunca y con la sensación de que a partir de hoy su vida no volvería a ser la misma.
Y él era el único culpable de ello.