CAPÍTULO 5 ENTRE FLORES Y VERDADES #2
Willa hizo un verdadero esfuerzo por no atragantarse con la saliva mientras rezongaba:
—¡Qué más quisieras! —resopló, recomponiéndose con rapidez—. Te estaba buscando.
—Pues ya me has encontrado —aseguró, dándole la espalda para volver a su tarea inicial. Una vez más estaba arreglando la caldera—. ¿Qué puedo hacer por ti?
Miró a su alrededor y se sorprendió al ver la puerta del fondo de aquella parte del sótano abierta. Siempre estaba cerrada. Siempre. Así que encontrarla ahora abierta, era tan extraño como contemplar la oscuridad total de su interior.
—¿De verdad hay un dragón ahí dentro?
Los ojos del demonio se posaron durante un breve instante en ella.
—¿Para eso me buscabas?
Ella respingó, no por su comentario, sino por la manera en la que le habló.
—No. Nix quiere que te recuerde que necesita que arregles la charca y Boris que instales cámaras de vigilancia en el jardín. Alguien le ha estado robando plantas y está decidido a descubrir quién ha sido —resumió.
—El día en que dejen de pedir cosas, me preocuparé —aseguró, volviendo una vez más a su tarea—. En cuanto a tu pregunta, sí. Lo hay. Y hoy está especialmente irritado, así que no te acerques a esa puerta, ¿vale?
Miró una vez más hacia el mentado lugar y, acto seguido, se volvió hacia él.
—Maren…
—¿Sí?
—¿Por qué se ha estancado la maldición? —La pregunta salió de su boca con la fuerza de un proyectil. Firme, directa, sin vacilaciones.
El silencio se instaló entre ellos durante un breve instante, más denso que incómodo, como si el tiempo se hubiese parado en ese preciso instante.
—No me servirías de nada moribunda y postrada en una cama, agonizando de dolor. —Su réplica fue igual de directa—. Has puesto tus tres últimos meses de vida a mi servicio, ¿qué clase de empleador sería si no velo por la salud de mis empleados?
—Si de verdad quieres velar por mi salud, libérame de esta ponzoña.
—Dijimos noventa días, brujita, solo llevas treinta —le dijo, dedicándole un guiño por encima del hombro—. Mientras permanezcas en el refugio, tu enfermedad estará suspendida, así que no tienes que preocuparte por empezar a vomitar ponzoña o algo peor.
Willa se lo quedó mirando unos instantes, aunque ya no se estaba fijando en su cuerpo, ni en lo sexy que le parecía ese demonio. No, tan solo intentaba entender cómo el tipo que tenía delante, el que se preocupaba por arreglar una caldera, por un dragón ermitaño y cada uno de los miembros de este lugar, podía ser el mismo ser que hubiese condenado a tantas brujas inocentes a lo largo de los siglos.
—¿Por qué maldijiste a la primera bruja de mi aquelarre?
—Porque ella me maldijo a mí primero.
De todas las respuestas que podía haber esperado escuchar de su boca, en la vida se habría imaginado una como aquella.
—¿Qué?
—Que tu antepasada me maldijo primero, Willa —respondió con total naturalidad—. Ella me ató a este lugar. Hasta que la última de las piedras de la mansión se venga abajo.
—¿Por qué?
—Porque no le di lo que quería —resopló. Se volvió hacia la caja de herramientas y hurgó en su interior hasta que encontró lo que buscaba.
Lo dijo con tanta naturalidad como si le hubiese preguntado por el tiempo, lo cual no hizo sino descolocarla aún más.
¿Le estaba tomando el pelo? ¿Cómo que su tatarabuela lo había maldecido primero y lo había atado a aquel lugar?
No supo cómo reaccionar. Se suponía que él era el villano, el malnacido que había jodido a toda su línea de sangre, el único culpable de todas sus desgracias… ¿Y ahora decía que su tatarabuela lo había maldecido primero?
—Eso es imposible.
—Oh, créeme. No lo es —bufó él, moviendo la llave inglesa con un gesto de desprecio, para luego concentrarse en lo que quiera que estuviera arreglando—. Algunas personas no se toman bien que se les diga que no. Te montan una pataleta en cuestión de segundos, ¿no te suena de algo?
Se le encendió la cara al pensar en la invocación fallida y en cómo se había enfurruñado cuando las cosas no salieron como debían. El rubor fue dando paso a una creciente palidez al pensar en el trato que había hecho con él.
—Dime que no me has mentido y que puedes retirar la maldición. —Quería sonar exigente, pero su voz empezó a perder fuelle, matizada por el miedo.
Lo escuchó resoplar. Se apartó de la caldera y lanzó la llave de vuelta a la caja.
—No soy de los que pierde el tiempo mintiendo, Wilhelmina —declaró, volviéndose hacia ella. Escucharle pronunciar su nombre completo le provocó un pequeño escalofrío—. Cumpliré con mi parte del trato, siempre y cuando tú cumplas con el tuyo. Noventa días, brujita. Ni un día más ni un día menos. Y, si ya has terminado de dar por culo, tengo que arreglar la caldera… Otra vez.
Aquello último lo dijo mirando hacia la puerta abierta, como si le estuviese echando la culpa al inquilino de aquel lugar.
La respuesta llegó en forma de una especie de gruñido extraño, seguido por una voluta de humo con olor a azufre y ese particular color malva que parecía envolverlo todo en aquella extraña dimensión.
—Sí, claro. Quéjate aún encima… —Oyó mascullar a Maren antes de volver a ponerse manos a la obra—. ¿Qué? ¿No hemos terminado aún o es que te apetece seguir mirándome un ratito más?
Oh, cuando ese hombre se ponía insoportable, era insoportable de verdad.
—Lo que me apetece es abrir la puerta de esa caldera y tirarte dentro para ver si te chamuscas un ratito —le soltó irritada y señaló lo evidente—. No puedes soltar algo como eso y quedarte tan ancho.
—Sí que puedo. Lo he hecho. Y no tengo la intención de decir nada más —aseguró con su habitual franqueza—. Así que ya puedes irte, Willa. Encárgate de la recepción o de lo que sea que te toque hoy.
—Si crees que puedes…
—¡Mareeeeeeeeen!
Su nombre resonó en el sótano como un grito espeluznante.
—¡Maren! ¡Ven! ¡Deprisa! —reconoció la voz de Vera—. ¡Boris se ha vuelto loco y está persiguiendo a alguien con una pala!
—¿Es que nadie puede comportarse de manera civilizada aunque solo sea durante cinco putos minutos? —rezongó el aludido.
—Lo dejé en el jardín cavando un hoyo justo antes de bajar aquí —mencionó ella, volviéndose hacia el demonio.
—Pues parece que alguien le ha tocado las narices justo después de que lo dejases —resopló este, recogiendo su camiseta de encima de un mueble—. Vamos. —La empujó suavemente, haciéndola pasar ante él—. Eusie, vuelvo en un rato.
Un gruñido más bajo que el anterior emergió de la habitación misteriosa justo antes de que la puerta se cerrase por sí sola de un portazo.
No, por sí sola no. Algo la había cerrado. Willa había visto algo moviéndose en aquella oscuridad, algo parecido a una… ¿cola?
No tuvo tiempo de pensar en ello, pues los gritos procedentes del piso superior, hicieron que Maren y ella apurasen el paso.
Willa no sabía en qué momento ni cómo se había desatado el caos, pero desde luego, lo que se encontró al volver a la planta principal fue una sucesión de chillidos, estruendos y algo que no había visto hasta ahora; un jodido hombre lobo corriendo sobre dos enormes patas, empuñando una pala.
—Joder. —Fue todo lo que se le ocurrió decir al ver la encarnación sobrenatural de Boris.
—¿Nunca habías visto un licántropo en su forma original, brujita? —El demonio a su lado parecía bastante divertido con su momentáneo asombro.
No podía evitarlo. La criatura que había en la galería que daba al jardín debía medir al menos dos metros, llevaba los restos de unos pantalones colgando de sus caderas y musculosas piernas llenas de pelo. Sus pantorrillas y esas enormes patas eran claramente animales, al igual que la ancha cabeza coronada por dos orejas levantadas y el afilado morro del cual escapaba un amenazador gruñido. Solo su torso, sus brazos y muslos recordaban esa parte humana de la que procedían, mas en conjunto… ¡Era un jodido hombre lobo!
No quedaba nada del hombre gruñón, del jardinero sarcástico y algo seco.
—Ninguno que empuñase una pala y tuviese toda la intención de devorar… —Entrecerró los ojos sobre la criatura que el licántropo había acorralado en una esquina—. ¿Qué demonios es eso?
Era algo más grande que un conejo, con dos ojos enormes y unas orejas demasiado largas. Se sostenía sobre cuatro patas peludas y bastante delgadas, sin embargo, lo realmente impresionante era la boca llena de aserrados dientes que parecían capaces de triturar una maceta de barro en veinte segundos o menos.
—Vaya, hombre… —chasqueó Maren—. Ha vuelto.
—¿Cómo que ha vuelto?
—Es un comacodrejo.
—¿Un qué? —Aquello tenía nombre de caricatura animada o algo peor.
—¡Dijiste que lo habías erradicado! —La voz de Boris sonó distorsionada en la garganta del hombre lobo—. ¡Dijiste que lo habías sacado de aquí, maldito demonio!
El aludido dejó escapar un largo suspiro.
—Lo hice. Ese no es el mismo bicho —confirmó con toda la parsimonia del mundo—. El otro era marrón, creo. Este es blanco.
—¡Me da igual de qué puto color sea! ¡Se ha comido mis flores! ¡Va a morir!
—¿Qué coño es un comacodrejo o lo que sea?
—Es una especie de roedor de los Bajos Fondos. —Se encogió de hombros—. Se alimentan de raíces, bulbos, flores, incluso de macetas… o lo que encuentren por delante si tienen hambre.
—De los Bajos Fondos.
Maren la miró y señaló con el dedo hacia el suelo.
—De mi tierra natal —le soltó.