Refugio San Bartolomé para inadaptados sobrenaturales CAPÍTULO 5 ENTRE FLORES Y VERDADES
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CAPÍTULO 5 ENTRE FLORES Y VERDADES

Las manchas no habían crecido. En un mes, la marca física de su enfermedad no había devorado un solo centímetro de su piel. Willa se bajó la manga de la chaqueta y se miró una vez más al espejo.

El uniforme se había reducido a esa camiseta con el nombre del refugio y la chaqueta. Maren no había vuelto a insistir en que se pusiese la falda, ni había vuelto a dejarle unas medias después de que hubiese intentado ahorcarle con las primeras.

Su jefe se había dado por vencido, si es que eso era posible, y le permitía vestir sus leggins, vaqueros o cualquier cosa que ella desease ponerse.

No sabía qué pensar. Ya no, de hecho. Treinta días habían sido suficientes para darse cuenta de que el demonio al que había estado buscando la mitad de su vida, no era el ser maquiavélico y perverso que creó en su mente. El tipo con el que llevaba conviviendo esas últimas cuatro semanas era alguien muy distinto, alguien que no encajaba con la maldición de la que era víctima. Y, sin embargo, lo era. Nunca había negado ser el autor.

—¿Qué no me estás contando, Maren? —Era obvio que había algo allí, algo que ella desconocía y que otros parecían conocer bastante bien—. ¿Quién eres en realidad?

Le costaba aceptar que alguien que cuidaba con tanto esmero de la gente del refugio, al que parecía importarle cada centímetro de este lugar y los inadaptados que lo habitaban, fuese cruel.

Pero, ¿acaso no era ella una prueba de que sí podía serlo? ¿O de qué lo había sido en el pasado?

—Treinta días menos… —le dijo a su reflejo—. Ya solo quedan sesenta.

Tiró de las solapas de la chaqueta, alisándolas, y le dio la espalda al espejo. Quizá fuese el momento de intentar obtener algunas respuestas.

Recogió su carpeta y abandonó el dormitorio para empezar su jornada laboral.

—¿Qué le pasa hoy a Boris? —escuchó el lloriqueo de Nix—. Me ha echado una bronca monumental y todo lo que he hecho ha sido darle los buenos días.

—Alguien ha estado toqueteando sus plantas.

—¿Otra vez? —bufó el chico—. Si ese ángel ha vuelto a mover las macetas, aunque solo sea un milímetro, va a sufrir una muerte lenta.

—No lo creo. Ezra lleva unos días ayudando a Oliver con las almas, lo que lo ha mantenido entretenido y lejos de los problemas.

No pudo evitar sonreír ante la respuesta de Vera. El ángel caído había causado un gran revuelo tras su llegada y su disposición a ayudar acababa causando más problemas que beneficios. Pese a ello, parecía llevarse especialmente bien con Oliver, quizá porque también entendía las almas de una manera bastante particular. Así que, mientras el Ezrael estuviese con el recolector, San Bartolomé estaría a salvo.

Al menos había aprendido la lección y no se había vuelto a acercar a la oficina de Lucrecia.

—Buenos días —saludó al encontrarse con los dos inquilinos de la pensión en medio del pasillo.

—Buenos días, Willa. —Vera le dedicó una amplia sonrisa.

—Oye, Willa, ¿sabes si Maren ha podido arreglar la fuga de la charca? —le preguntó Nix con esos enormes ojos verdes puestos sobre ella—. Me prometió que le echaría un vistazo. Y eso fue la semana pasada.

—Sé que estuvo por la zona porque oí a Boris hablando de sus nenúfares…

—No. Los nenúfares están en el estanque, yo hablo de la charca.

—¿Tenemos una charca? —Enarcó una ceja.

—Es su patio de recreo —mencionó Vera.

—No es un patio de recreo, es un spa —corrigió el chico—. El lodo de las orillas es perfecto para la piel… y para los tentáculos.

—Cuando pienso que conozco todo lo que hay en San Bartolomé y sus alrededores, aparece algo nuevo de lo que no tengo constancia —dejó escapar un suspiro y sacudió la cabeza—. ¿Sabéis dónde está Maren? Necesito dar con él, pero… Nunca sé dónde encontrarlo.

—Hace un rato lo vi en la conserjería, estaba cogiendo la caja de herramientas para bajar de nuevo al sótano —mencionó Vera e hizo una mueca—. Problemas con Eusi otra vez.

Eusi o Eusevio, como había descubierto que se llamaba el dragón que, al parecer, vivía ahí abajo.

Porque sí, el refugio San Bartolomé también contaba con un dragón entre sus filas. Uno que solo aceptaba las visitas de Maren y calcinaba a cualquier otro que se le acercase.

La criatura era solitaria, no le gustaba la gente, simplemente quería vivir su existencia en paz… o eso era lo que había escuchado de los demás residentes.

—Bien. Iré a ver si le encuentro —suspiró, despidiéndose al mismo tiempo de ellos.

—Recuérdale que mis tentáculos necesitan expandirse y que las tuberías de la casa no son un buen lugar para ello —le pidió Nix—. Es indispensable que tenga mi charca.

—Se lo recordaré —prometió al chico, dándole una palmadita en el brazo para seguir su camino—. Que tengáis un buen día.

—Tú también —le deseó Vera, despidiéndose con la mano. Nix no tardó en imitarla, solo que con uno de sus tentáculos.

Al menos ahora ya no se los quedaba mirando, ni se encogía por pura incomodidad. Tampoco se sobresaltaba cuando Vera cambiaba a llama, conejo o pony. Al final se había acostumbrado a cada uno de los habitantes del refugio.

No había hecho más que llegar a la primera planta cuando se encontró a Agnes medio escondida detrás del mostrador y a uno de los repartidores que solían venir al refugio aferrándose a una caja de plantas como si le fuese la vida en ello. La cara del tipo estaba pálida, tenía los ojos llorosos y balbuceaba:

—Yo… yo solo venía a entregar una bandeja de plantas —gimoteaba él.

Podía imaginarse qué había pasado exactamente. Agnes era una banshee y tenía un don natural para comunicar todo tipo de desgracias. El problema era que también sufría de ansiedad social, con lo que tener que hablarle a un desconocido siempre sacaba su lado más pesimista a la luz.

—Buenos días, yo las recojo —anunció, atrayendo la atención del pobre repartidor.

—Oh, Willa. Gracias a los dioses que estás aquí —musitó con esa voz aguda, casi chirriante que la caracterizaba—. No se me dan bien estas cosas. No se me dan nada bien.

—Tranquila. Vete ya si quieres. Me ocupo yo.

Ella asintió, se enjuagó las lágrimas con la manga de la túnica y se marchó como si fuese un espectro gótico.

No le llevó más de unos instantes hacerse cargo del pedido y archivar la factura. Solo le quedaba entregárselo a su dueño.

Con la caja en brazos, se dirigió entonces a la galería que tenía acceso al jardín. Por las mañanas, Boris solía estar por aquella zona, cuidando de los rosales u ocupándose de que el césped no creciese más de lo que él consideraba adecuado.

—Boris, acaba de llegar un pedido de plantas —anunció, esperando encontrar al licántropo con la segadora de mano o unas tijeras.

No había ni rastro de él, lo cual era bastante extraño.

—¿Boris? —lo llamó de nuevo, internándose en el jardín, procurando mantenerse dentro del sendero empedrado.

Lo encontró unos metros más allá, junto a uno de los macizos de margaritas.

«Guau, guau».

La planta que había creado, en un intento por hacer desaparecer las margaritas que había cortado Ezrael, ladró a su paso.

—No tenéis ningún respeto por vuestra creadora —chasqueó.

La respuesta de las flores fue gruñirle.

—Genial, ahora también gruñís —suspiró y siguió adelante, deteniéndose al llegar a la altura del licántropo—. Han llegado las plantas que encargaste.

Esos inquietantes ojos amarillos se posaron sobre ella un segundo antes de bajar sobre las plantas.

—Déjalas ahí. Con cuidado. Las macetas no son Maren.

Willa puso los ojos en blanco ante la mención del demonio.

—Si lo fuesen, no las habría traído hasta aquí en brazos, créeme.

Él desestimó su comentario con un gruñido y volvió a hundir la pala en el suelo, forzándola hacia abajo con el pie para luego retirar una palada de tierra.

—¿Puedo preguntar qué es eso? —señaló el rectángulo que estaba cavando.

—Es un agujero.

—¿Para qué?

Boris levantó la vista.

—Para el desgraciado que lleva tres noches entrando en mi jardín y esquilmando mis plantas.

Le sostuvo la mirada, pero fue incapaz de decir una sola palabra al respecto. Todavía estaba procesando lo que quería decir con aquello.

—¿Alguien ha estado esquilmando el jardín?

El brazo salió disparado, señalando una zona en concreto.

—Se han llevado tres violetas. —Cambió de dirección—, dos margaritas y han dañado el arbusto de las moras. ¡El de las moras! —Estalló con una fiereza que se reflejó en su voz, la cual adquirió un tono mucho más animal—. Cuando encuentre al responsable, va a abonar las margaritas, lo juro por los callos en mis manos.

—Um… vale. —De verdad que no sabía qué decir al respecto—. Esto… ¿Tienes alguna idea de quién ha podido robarlas? ¿Sospechas de alguien?

Entrecerró ligeramente los ojos.

—De momento, todos sois sospechosos… —declaró, mirándola ahora de arriba abajo—. Menos tú. Eres demasiado blanda e inútil para hacer un trabajo tan delicado.

Willa abrió la boca y volvió a cerrarla.

«Blanda e inuuuuutilllll».

La maldita planta que había creado y Boris había adoptado decidió ponerse a cantar en esos momentos.

El licántropo sonrió al escucharlas, bastante satisfecho con su cántico.

—Están creciendo de maravilla —mencionó orgulloso.

—Sí, ya lo he visto —masculló, fulminando con la mirada su involuntaria creación.

—Dile a Maren que necesito que venga a instalar unas cámaras en el jardín —añadió, volviendo a su tarea principal; cavar aquel agujero—. Voy a pillar al desgraciado que se ha colado en mi jardín y convertirlo en abono para plantas.

—Le daré el aviso… —confirmó, retirándose lentamente. Sería mejor que dejase al jardinero con sus cosas antes de que encontrase algún motivo absurdo para volver a meterla en la lista de sospechosos.

***

Había cosas que no deberían impactarla y ver a Maren sin camiseta debería ser una de ellas.

No lo era. Y eso le preocupaba. Ese demonio no debería parecerle atractivo, ni tampoco sexy y, por encima de todo, no debería provocarle una reacción física como la que estaba teniendo.

Los ojos carmesíes se posaron sobre ella y los labios masculinos empezaron a estirarse hasta formar esa perezosa e irritante sonrisa que la sacaba de quicio.

—¿Admirando el panorama, brujita?