CAPÍTULO 4 DONDE TAMBIÉN CAEN LOS ÁNGELES #4
Willa no terminó la frase, pues un agudo grito sacudió la planta baja y dejó a todo el mundo congelado en el lugar.
—Oh, no.
—Mierda.
—Alguien va a morir.
—Será mejor que vayas a buscar a Maren ya.
De repente, la mansión entera pareció dejar de respirar. Se escuchó el sonido de una puerta abriéndose y cada uno de los presentes se encogió, como si esperasen la llegada del Apocalipsis.
No entendía nada, pero el ambiente tampoco daba lugar a preguntas.
Se escucharon unos diminutos pasitos y, un segundo después, apareció Lucrecia con sus gafitas sobre la nariz, una expresión peluda que prometía una muerte lenta y dolorosísima. La monita parecía diminuta en medio del pasillo, pero había algo en ella, un aura que no había notado antes y que se asemejaba mucho a la de Maren.
La capuchina miró a cada uno de los presentes, echó un vistazo al mostrador reluciente, a la planta que tenía Boris en brazos y abrió su boquita, mostrando esos puntiagudos colmillitos.
—¿Dónde está?
Una voz fina, algo aguda y profundamente heladora resonó en el hall.
Nadie se movió durante un largo segundo, hasta que Vera, a su espalda, cambió de nuevo, rompiendo ese momento de puro suspense.
Un pequeño hámster que se subió como un rayo por su cuerpo y se escondió en su pelo, los hombres se quedaron aún más inmóviles y, juraría que incluso escuchó algo similar a un gemido procedente de alguno de ellos. Hasta las plantas se quedaron en silencio, como si presintiesen que algo muy malo acababa de suceder.
—No me jodas… —jadeó ella, incapaz de desprenderse de la sorpresa de lo que acaba de oír—. ¿Lucrecia puede hablar?
La aludida giró su cabecita y clavó sus ojos en ella, haciéndola respingar.
—Estamos muertos… —musitó alguien a sus espaldas.
—Esto es malo, muy malo.
—No la mires. No le hables. No respires. —Escuchó la vocecilla de Vera en aquella forma que había adoptado—. Cuando Lucrecia habla, es porque alguien está a punto de morir.
La aludida volvió a abrir la boca y pronunció una vez más. Habló despacio, muy despacio, con una tranquilidad que resultaba aterradora.
—¿Dónde está el ángel?
Y con esas cuatro palabras, las sospechas de Willa quedaron completamente probadas.
—Oh, mierda.
***
—¿No piensas hacer nada?
—Deja que lo estrangule un poco más.
Jamás podría sacarse de la cabeza la imagen de la mona lanzándose como un misil sobre el ángel, derribándolo en el suelo y agarrándose a su cuello con sus pequeñas manitas.
Y, lo más absurdo de todo, es que él se estaba poniendo azul, pues era incapaz de quitarse a la criatura que lo estaba estrangulando de encima.
—Maren, que lo va a asfixiar.
—Solo hasta que se ponga morado.
—¡Maren!
El demonio dejó escapar un resoplido. La miró de soslayo con visible irritación y chasqueó.
—Déjalo, Lucrecia.
—Tocó mis archivos… —chilló la mona—. ¡Mis archivos!
—¡Solo intentaba ayudar!
—¡Nadie toca mis archivos! —siseó el animalito—. ¡Nadie!
—¡Pero mi sistema es mucho más eficiente!
Esta vez Lucrecia no habló, se limitó a rodearle también el cuello con la cola.
—Joder, que lo mata.
—Qué pena…
—¡Maren!
—Le quitas la diversión a todo, brujita —rezongó y, con un solo gesto de la mano, su familiar abandonó a su atacante y acabó a sus pies. Aunque no por ello parecía menos cabreada—. Te dije que nos traería problemas.
—Por el último sello, sí que tiene fuerza —tosió Ezrael, sentado en el suelo, intentando recuperar el aliento.
Lucrecia se recolocó las gafas, incluso se alisó el pelo, como quien se alisa un traje y, dos segundos después, le hacía esa particular señal suya llevando dos deditos a los ojos y conectándolos al momento con los del caído.
—Le estaré vigilando. —Con ese último aviso, la monita giró sobre sus patas y se marchó con la dignidad intacta.
—Diría que has tenido suerte, plumillas —declaró Maren, llevándose las manos a las caderas—. Podría haber dejado que te matase.
—Habrías violado un tratado, quebrantado varios acuerdos y obtenido al menos un expediente disciplinario por ello —replicó este, poniéndose en pie—. Y eso ni siquiera serviría para que pudieses deshacerte de mí.
Ezrael seguía vistiendo de blanco y con el mismo traje de tres piezas de ayer, solo que hoy no llevaba la chaqueta y las mangas remangadas de la camisa mostraban un par de tatuajes en cada antebrazo.
—Aunque eso ya lo sabías, ¿no?
—Yo no te invité, así que, no me corresponde a mí darte la patada —respondió el maestro demonio encogiéndose ligeramente de hombros—. Pero si decides irte tú, no me verás llorar por ello.
Él se limitó a sonreír de soslayo, asintió con la cabeza y extendió los brazos. Un par de alas enormes se desplegaron entonces desde su espalda, con un plumaje totalmente blanco.
—Si te da lo mismo, me quedaré un tiempo —mencionó, plegando las alas con naturalidad—. Te vendrá bien contar con mi experiencia. Puedo ayudarte a ejecutar un planning más efectivo para el mantenimiento del refugio. Y no os vendría mal que alguien actualizase el sistema informático. Se ha quedado obsoleto.
—Te das cuenta de que un mono ha estado a punto de estrangularte, ¿verdad? —le recordó Maren.
—Sí.
—¿Y eso no te preocupa? —intervino ella.
—No especialmente.
—¿Por qué no? —Estaba pasmada ante semejante respuesta.
—Se ha enfadado un poco, pero acabará viendo que tengo razón y el nuevo sistema de clasificación es mucho más efectivo.
Willa se quedó con la boca abierta.
—No pierdas el tiempo, brujita. Es un ángel, un funcionario del Piso de Arriba —le dijo Maren, divertido—. Tienen una visión bastante cuadriculada de las cosas… No es culpa suya, nació para ese trabajo y es lo único que sabe hacer.
Levantó la cabeza y se encontró con su mirada carmesí.
—Eso es un poquito insensible, ¿no te parece?
—Es la verdad —respondió Ezrael, a quien no parecía importarle lo más mínimo el comentario del demonio—. Al llegar a la edad de elección, nos asignan un departamento y nos dedicamos por completo a él. La meta es alcanzar la perfección en nuestro campo, aunque no siempre es fácil… De hecho, a veces resulta demasiado aburrido.
—Aburrido.
Él asintió.
—Por eso me gusta ayudar —concluyó satisfecho consigo mismo—. Si puedo hacer que las cosas funcionen mejor, que se obtenga un mayor rendimiento, ¿por qué no hacerlo? Después de todo, soy bueno en lo que hago, demasiado bueno…
—¿Lo has entendido ya o te lo explico con figuritas de plastilina? —canturreó Maren en su oído.
Willa lo fulminó con la mirada, cosa que hizo sonreír aún más al demonio.
Ezrael no era malo, tampoco era cruel, sí, era arrogante a morir, pero no de forma consciente. Ese ángel estaba convencido de que sabía cómo sacarle partido a las cosas, hacerlas más útiles para los demás, aun cuando nadie se lo pedía.
Y ahí radicaba el verdadero problema.
Él no preguntaba, se limitaba a actuar, lo cual sin duda podía acabar, como acababa de comprobar por sí misma, en una enorme montaña de problemas.
—Dime una cosa, ¿qué fue exactamente lo que hiciste para que te echasen del Piso de Arriba?
—Digamos que tuve ciertas discrepancias profesionales con otros departamentos.
—¿Qué tipo de discrepancias?
—Corregí varios estamentos divinos —admitió, haciendo un aspaviento con la mano—. No fue nada demasiado evidente, tengo que admitir que Raziel es bueno redactando las normas, aunque algunas cosas se habían quedado obsoletas.
—Como por ejemplo… —preguntó Maren, metiéndose en la conversación.
—Los pecados que debe cometer un ángel para marcarlo como caído y degradarlo —señaló y empezó a enumerar con los dedos—. La soberbia, la envidia, la lujuria o la desobediencia ya no pueden considerarse como tales. Nadie ahí arriba es puro y casto como una palomita. Algunos ángeles tienen más vida sexual que la mayoría de los demonios… En cuanto a la soberbia, no quiero hablar de más, pero… cuidadito con Samael. Menudos aires se da. ¿Y la envidia? Puf. Luego hablan de los humanos. ¿Sabes lo que es presentarte a trabajar con un traje de Gucci y ver cómo todos se mueren por tener uno? Por favor… En cuanto a la desobediencia… Ese apartado debería tener ciertos matices. Una cosa es desobedecer abiertamente a un superior, ignorar sus órdenes, sus mandatos e iniciar una revuelta… Sin embargo, ¿qué daño hay en proponer unos cambios menores si es para mejorar la calidad de vida de todos?
—No sé por qué me da en la nariz que tus cambios no fueron «menores».
—Sugerí un programa por faltas —admitió con un ligero encogimiento de hombros que le alzó al mismo tiempo las alas—. Es un sistema más justo y da opción a revisiones…
—Vamos, que estaban hasta el culo de ti y te echaron de una patada.
—Maren, por favor.
—¿Qué? Es básicamente lo que ha dicho.
Lo fulminó con la mirada, mas el demonio se limitó a sonreír un poco más.
—Procura no acercarte al despacho de Lucrecia a menos que ella misma te convoque —le dijo, mirando ahora al ángel—. En caso contrario, no te garantizo que vayas a ver un nuevo amanecer.
—Lo tendré en cuenta.
—Sí. Hazlo. —Solo entonces se volvió hacia ella—. Ya me enteré de lo de la nueva planta de Boris… Vamos mejorando, brujita, vamos mejorando.
—Eres insoportable.
Maren se echó a reír y, sin otra palabra más, se marchó, dejándola a cargo del nuevo problema con alas del refugio.
—Él es la causa de tu maldición de sangre, ¿no?
Willa lo miró y resopló.
—El mismo que viste y calza.
—Pues es un pecado que le pesa y mucho —respondió él. Antes de que pudiese preguntarle sobre sus palabras, el caído se extendió las alas, haciéndolas desaparecer para adquirir de nuevo esa apariencia humana—. Bien. A partir de ahora procuraré preguntar primero antes de actuar, así pues, ¿puedo ayudarte en algo?
Willa lo miró durante unos largos segundos y sacudió la cabeza.
—No, gracias. Creo que por hoy… ya has ayudado más que suficiente.