CAPÍTULO 4 DONDE TAMBIÉN CAEN LOS ÁNGELES #3
—No podría aunque quisiera —farfulló, viendo cómo salía por la puerta principal—. Maldito demonio.
***
A la mañana siguiente, Willa tardó exactamente siete segundos en comprender que Maren tenía razón. No sabía si lo que alertó fue el que el mostrador de recepción estuviese tan pulido que casi pudiese reflejarse en él, o hubiese un jarrón con… margaritas.
—Ay, Dios.
Nada más colarse detrás de su puesto, se encontró con que su escritorio había sufrido una transformación. Los bolígrafos estaban alineados por colores, los archivadores tenían unas etiquetas escritas a mano con una caligrafía de lo más pulcra, incluso los post-its estaban agrupados por categorías y formas. Y allí, encima del teclado, había una lista:
—Tips para mejorar el funcionamiento de la recepción. —Parpadeó varias veces, releyendo una y otra vez la línea antes de pasar a la siguiente—. Mejorar el sistema de clasificación, reducir el tiempo de respuesta, optimizar el espacio de trabajo… —Debajo de cada punto había una serie de consejos. Y la hoja remataba con una línea subrayada en amarillo en la que ponía—. Corrige las faltas de ortografía de los formularios 307 y 669.
Sacudió la cabeza, miró a su alrededor e incluso salió del cubículo para asegurarse de que no había alguien escondido en algún rincón, como si aquello fuese una cámara oculta.
—¿Pero qué coño…? —Se pasó una mano por el pelo y volvió a mirar la recepción. Las flores en el jarrón eran el equivalente a una enorme luz roja, a una sirena de emergencia sonando a todo trapo—. Alguien va a morir hoy.
Y, por Dios, que no pensaba ser ella.
Miró el jarrón, las flores y una vez más el jarrón.
—Vale. Tranquila. Tú no has hecho esto, aunque eso a Boris le va a dar exactamente igual —gimió para sus adentros. Volvió a mirar a su alrededor y, buscando en lo más profundo de sí misma algo de calma, posó las manos en torno al jarrón y empezó a murmurar un encantamiento básico. No era nada del otro mundo, algo muy sencillo que cualquier bruja podría hacer. Se lo enseñaban a los niños del aquelarre, aunque a ella nunca se le había dado demasiado bien—. Cambia ahora.
Las margaritas mutaron, literalmente. Empezaron a retorcerse y a crecer hasta el punto de que terminó con alguna especie botánica de dudosa procedencia, que a duras penas cogía en el jarrón. De hecho, este último también mutó y, unos segundos después, se encontró con una maceta en la que había una especie de planta con tres flores con una sonrisa siniestra.
—Bueno, no es lo ideal, pero… evitará que me usen de abono para las plantas.
«Abono para plaaaaantaaaaassss».
—¡No me jodas! —Se llevó las manos a la cabeza al ver que esas sonrisas se abrían y se convertían en bocas cantarinas.
—No me jooooooodasssssss.
—La madre que me… —Cerró la boca de inmediato. Estiró la mano, con intención de coger esa cosa y sacarla de allí, ¡y las putas flores intentaron morderla!—. ¡Oye!
Las tres cabezas florales empezaron a ladrar como chihuahuas. Escandaloso, demencial, una auténtica locura.
—¡Willaaaaa! ¡Willaaaaa!
Se volvió justo a tiempo de ver a una cabra con el pelo rosa trotando hacia ella.
—Mis menuuuuussssss —baló la recién llegada—. Han modificado mis menuuuuuusssss.
—¿Qué?
«Menuuuuuuuussssss». Canturrearon las flores, uniéndose en un coro espectacular.
La cambiaformas se sobresaltó al escuchar el cántico. Donde había una cabra, apareció un pequeño zorro, también con el pelo rosa.
—¿Qué es eso? ¿Boris ha pedido otra planta rara? —La voz de la chica sonaba ahora demasiado gruesa, canina, en realidad.
—Me temo que esto ha sido cosa mía, no de Boris…
—¡Maren! —El vozarrón llegó acompañado de fuertes pisadas. No pasó mucho tiempo hasta que vieron aparecer al mentado licántropo y, a juzgar por su expresión, estaba dispuesto a asesinar a alguien—. ¿Dónde está Maren?
—Yo no lo he visto esta mañana… —murmuró la zorrita, escondiéndose detrás de sus piernas.
—No te lo pregunto a ti, se lo pregunto a esta. —Y su dedo índice acabó señalándola a ella—. ¿Dónde está Maren?
«Mareeeeeennn». Canturrearon las malditas flores.
—¿Quién coño ha tocado mis plantas? ¡La galería está patas arriba!
«Mis plantasssssss».
«Patas arribaaaaaaaa».
Los ojos amarillos del licántropo salieron disparados hacia el mostrador. Su expresión de «voy a hacerte pedazos» se quedó congelada durante unos instantes, parpadeó un par de veces de manera muy rápida y en dos zancadas se encontraba delante de la maceta, acercando los dedos.
—Yo no haría eso —señaló ella—. Muerden.
Pero las flores, cabronas como ellas solas, no solo dejaron que las tocase, sino que se rozaron contra sus dedos como gatitas ronroneantes.
—Hay que joderse…
—¿De dónde has sacado esta maravilla?
—Eh… digamos que… ¿La cree?
La zorrita emitió un pequeño chillido y volvió a cambiar, adoptando ahora forma humana, mientras Boris la miraba de arriba abajo, como si quisiera asegurarse de que seguía siendo ella.
—Maren dijo que eras una nulidad como bruja —rezongó el hombre. Sus ojos se encontraron con los de ella y los entrecerró—. No es exactamente así, ¿verdad?
—Convocó a Lucrecia… —mencionó Vera. Al parecer aquello era ya de dominio público y lo que la había etiquetado como «bruja inepta» gracias a ese insufrible demonio.
Ni loca iba a decirles que lo de las flores había sido otro intento fallido. Decir que había intentado convertir unas margaritas, presumiblemente cortadas en el jardín de la mansión, en rosas, sería como declarar que había atentado contra la flora de Boris.
No. Podía ser una nulidad como bruja, pero no estaba loca.
—Algunas veces… acierto, supongo —resopló.
«Algunas veceeeeeessss». Repitieron las flores.
Las ignoró y señaló la maceta con un gesto de la mano.
—En realidad, creo que estarían mucho mejor en tus manos, Boris.
—De eso no te quepa la menor duda —replicó el hombre con su habitual sequedad, aunque no le pasó desapercibido el brillo de ilusión en sus ojos—. Me las llevaré, solo para asegurarme de que no acabas dejándolas morir.
Willa hizo una mueca y optó por no decir nada más al respecto.
En cambio, se volvió hacia Vera, intentando averiguar qué narices estaba pasando.
—¿Dijiste que alguien había cambiado tus menús?
Ella asintió con la cabeza.
—Y no solo los menús. —Se mordió el labio inferior—. Las mesas estaban colocadas de otra manera. Las bandejas de cubiertos, las servilletas. Todo está puesto de otra manera.
—¿Qué demonios está pasando aquí?
—Eso es algo que a mí también me gustaría saber.
El doctor Graves apareció por el pasillo, caminando con total tranquilidad mientras examinaba algo que traía en las manos.
—Acabo de encontrarme sobre la mesa de mi despacho un nuevo protocolo de admisión de pacientes —mencionó, mirándola a ella, como si hubiese sido la que hubiese entrado en la enfermería a dejarle aquello—. Y también me han dejado una lista con el título «Recomendaciones para reducir la mortalidad de criaturas sobrenaturales».
—Le juro que yo no he sido, doctor Graves.
—Vyktor, querida. Solo Vyktor —le recordó, como ya había hecho en otras ocasiones—. He de admitir que algunas anotaciones son de lo más interesantes. Aunque no sucede igual con la reorganización que ha sufrido mi botiquín.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Vera.
—Alguien los ha reorganizado poniéndolos por orden alfabético.
—¿Y?
—Que los tenía clasificados por compatibilidad química —suspiró el médico—. Ahora encontrar cualquier cosa me llevará diez minutos más. Diez preciosos minutos.
—Busca a Maren —gruñó Boris. Ahora llevaba la maceta bajo el brazo y las flores estaban encantadas, rozando sus pétalos contra él—. Muévete.
—Supongo que estará en el sótano… —Miró hacia el pasillo lateral—. Iré a ver y…
—¿Willa? —La voz de Oliver precedió la llegada del recolector, el cual venía ojeando un pedazo de papel—. ¿Me has de-dejado tú esto en mi puerta?
—Yo no he dejado nada en ningún sitio —aseguró antes de salir al paso de su amigo—. ¿Qué es? ¿Otro formulario? Puede que eso sea cosa de Lucrecia.
El demonio recolector negó con la cabeza y giró el papel de modo que pudiese leer el encabezado: Normativa eficiente para la gestión de almas.
—Y n-no fui el único en recibirlo —recordó, señalando con un gesto detrás de sí, justo a tiempo de ver aparecer a Nix arrastrando los pies y con la cara roja de indignación.
—¿Uso responsable de tentáculos en espacios compartidos? —Se quejó el chico, agitando el papel—. ¡Esto es discriminación!
—Vale, está claro que aquí ha pasado algo, pero no tengo la menor idea de qué narices es —admitió. Aunque, siendo sincera consigo misma, más que no saberlo, no quería pensar siquiera en la posibilidad de que la advertencia que le había hecho su jefe la noche anterior se estuviese haciendo realidad.
—¿Dónde está Maren? —preguntó Nix.
—En el sótano, seguramente —resopló Boris, quien le hacía cosquillas a las flores.
—¿Otra vez?
—Eusi se está haciendo de rogar.
—¿Quién es Eusi? —No había escuchado jamás ese nombre.
—Nadie.
—Es mejor que no lo sepas.
—Un incomprendido.
—Otro inútil como tú —rezongó el licántropo—. A Maren se le pegan.
—¿Por qué me da la sensación de que no te caigo demasiado bien, Boris?
Él la miró de la cabeza a los pies y se encogió de hombros.
—No me caías demasiado bien hasta… Hace cinco minutos. —Y podía entender que el cambio se debía a la planta que tenía en los brazos—. Al menos ahora sé que tu incompetencia puede que tenga algún beneficio.
No sabía si eso era bueno o malo.
—Boris, eso ha sido ru-rudo… —chasqueó Oliver—. Willa… hace lo que pu-puede…
—Gracias, Oli…
El demonio se sonrojó, pero asintió.
—La verdad es que Maren está de mejor humor desde que ella está aquí —añadió Vera, mirándola de arriba abajo—. ¿Ya os habéis acostado?
Puso los ojos en blanco.
—¿Qué manía os ha entrado a todos en preguntar semejante estupidez? —resopló—. Yo a ese demonio no lo tocaría ni con un palo… ¡Es el culpable de mi maldición!
—Y de que esta haya quedado en suspenso —señaló el médico—. Deberías darle las gracias.
Su comentario hizo que se volviese como un rayo hacia él.
—¿Qué quieres decir?