CAPÍTULO 4 DONDE TAMBIÉN CAEN LOS ÁNGELES #2
—Como si el resto de tus inadaptados no los diesen —chasqueó. Estaba claro que conocía muy bien el refugio y a sus habitantes—. Cursa los malditos formularios y deja de joderme. Pon una queja a los de arriba si quieres, pero mi trabajo era traerlo, entregarlo y eso he hecho.
—No te atrevas…
—Ezrael, buena suerte. —El tipo le dio la espalda a Maren, se despidió del ángel con esas palabras y se marchó por donde había venido. De hecho, más bien habría que decir que se «esfumó» en el mismo instante en que cruzó de nuevo la puerta.
—Demonios burocráticos… —siseó su jefe, le echó un nuevo vistazo al ángel y se volvió hacia ella con esa expresión que ponía los pelos de punta—. Ocúpate tú de él.
Giró sobre sus pies y salió en tromba. Lo próximo que escuchó fue la puerta de la oficina de Lucrecia cerrándose de golpe.
—Y el Apocalipsis ha llegado a San Bartolomé —musitó, pues era la primera vez que veía a Maren comportarse de esa manera.
—En realidad, el Apocalipsis empieza con la apertura del Primer Sello.
La inesperada respuesta hizo que se volviese hacia él.
—Era una forma de hablar…
Se encogió de hombros, un gesto que le quedó incluso elegante.
—Las formas de hablar a menudo suelen ser imprecisas.
—A ti te echaron del… Piso de arriba, ¿no?
—Digamos que… tuvimos algunas discrepancias —admitió el ángel reuniéndose con ella del otro lado del mostrador—. Soy Ezrael, por cierto. Y tú… ¿por qué no estás muerta todavía? No te ofendas, es que antes trabajaba para Azrael y he visto unas cuantas almas moribundas…
—Ya.
—Mierda. Te has ofendido —dejó escapar un resoplido y sacudió la cabeza—. Parece que se me va a dar de puta madre ser un ángel caído.
—¿Cuánto tiempo llevas, ya sabes, siendo caído?
Se apartó la manga de la chaqueta y el Rolex casi la deja ciega.
—Diría que poco más de doce horas —calculó—. La verdad es que me han parecido muchas menos.
—No puedo imaginarme por qué —mencionó y, acto seguido, dejó escapar un largo suspiro—. Bueno, Ezrael, vas a tener que rellenar un formulario de ingreso mientras busco una habitación libre en la que puedas instalarte.
—¿Podría ser una habitación con vistas? —preguntó, apoyándose en el mostrador—. Es que me adapto mejor a los sitios si puedo ver lo que hay fuera.
—No me digas…
—Todavía no me has dicho cómo te llamas —añadió él, ladeando un poco la cabeza—. Y, por cierto, muy chunga la maldición que tienes encima. El que te la haya echado es un cabrón de primer orden. Uno muy poderoso.
—Mira por dónde vamos a estar de acuerdo en algo —le dijo, poniéndole el formulario correspondiente y un bolígrafo delante—. Y soy Willa, tu comité de bienvenida, al parecer.
Él le sonrió, tendiéndole a continuación la mano.
—Es un placer conocerte, Willa. Gracias por darme la bienvenida y hacerte cargo de mi acomodación.
Miró su mano y acabó por estrecharle la suya.
—Lo mismo digo, Ezrael.
—Llámame Ezra —pidió él y, durante los próximos minutos, se entretuvo rellenando el formulario y haciéndole sugerencias de cómo podía mejorarse.
Nunca pensó que una asignación de dormitorio sería tan complicada. No se trataba tanto de la disponibilidad de habitaciones libres como de la ubicación de estas. En la actualidad solo contaban con tres en la segunda planta y la del ático, pero esta última ni siquiera podía contabilizarse, ya que necesitaba una reforma.
Al final no le quedó más remedio que asignarle el dormitorio frente al suyo. La alternativa era darle el colindante al de Nix o el que estaba en frente de Maren y, algo le decía que ese irritante demonio quemaría el maldito edificio si hacía tal cosa.
Su jefe había dejado claro que no quería saber nada del ángel caído y no podía evitar preguntarse si se trataba de la enemistad eterna entre «ángeles y demonios» o algo más personal. Como fuese, le había endosado el nuevo a ella y estaba haciendo exactamente lo que le habían explicado que hiciese.
Lucrecia apenas había apartado la mirada del ordenador cuando le entregó toda la documentación. Le llevó tan solo un segundo mirarla por encima de sus diminutas gafas y descartarla como si fuese una pelusa.
Esa mona nunca le perdonaría que la hubiese atrapado en un círculo de invocación.
Al final, su mañana se había reducido a mostrarle a Ezrael su dormitorio y hacerle un tour por la mansión, explicándole dónde estaba cada cosa y el funcionamiento al que ella misma empezaba a acostumbrarse. Y debía admitir que no le supuso una carga, más bien todo lo contrario.
El ángel caído era un hombre educado, agradable y bastante ingenioso. Y también observador. Muy observador, de hecho. Era capaz de fijarse en cosas a las que ella ni siquiera había prestado atención y sus observaciones a menudo eran acertadas, aunque no siempre bienvenidas.
—Por favor, nunca vuelvas a llevarle la contraria a Boris con respecto a sus plantas si no quieres terminar como abono para alguna de ellas.
—Un hombre interesante, ese viejo licántropo —mencionó Ezra, caminando a su lado. Habían entrado por la galería con acceso al jardín antes de que se desatase la ira del jardinero—. Aunque sus petunias tienen exceso de abono.
—¿Te ocupabas de los jardines en el Piso de Arriba? —preguntó, mirándole de soslayo.
—No. De la jardinería y el paisajismo se ocupaba Raziel. Tenía una mano estupenda para las rosas, pero no tan buena para las orquídeas. No le duraban demasiado. Y menudos berrinches que se cogía cuando se le moría alguna. Su rostro se ponía casi tan azul como sus alas.
—¿Entonces cómo puedes saber si las petunias tenían exceso de abono?
—Por la acidez de la tierra —respondió, mirándola como si fuese algo de dominio público—. Se veía a simple vista.
—Sí, bueno. Un consejo —le dijo, deteniéndose ante las puertas abiertas del comedor—. Lo que diga Boris de sus plantas, va a misa.
—¿Y qué favor le haces dándole la razón cuando sacarle de su error es mucho más efectivo? No solo para sus plantas, para su cuidado, sino porque adquirirá un conocimiento del que carece.
—Tu lógica no tiene fallas —admitió ella.
—Lo sé. Gracias.
—Sin embargo, a veces es más sano guardarse los comentarios, sobre todo cuando nadie te los pide —concluyó, dándole un toquecito en el brazo y señalando la enorme estancia ante ellos—. Última parada del tour. Aquí está el comedor, por allí las cocinas y al final de aquel pasillo están las escaleras al sótano. La lavandería está abajo. La colada se hace los martes y los jueves. Si eres alérgico o intolerante a algún alimento, díselo a Vera y ella avisará en cocinas.
—Nunca he tenido que preocuparme por cosas como alergias o intolerancias alimenticias —admitió con gesto pensativo—. Arriba, la comida siempre sienta bien, independientemente de lo que lleve.
—¿Ah, sí?
Él asintió con la cabeza y entró en el comedor, observando todo con ojo crítico.
—La distribución de mesas podría ser un poco más eficiente, pero el menú parece ser de primera calidad —mencionó, dirigiéndose hacia la línea de bandejas del autoservicio—. Huele muy bien.
—¿Cuándo fue la última vez que comiste, Ezrael?
—Me comunicaron mi nuevo destino antes del desayuno.
—¿De ayer?
—Así es —respondió, enderezándose y alisándose al mismo tiempo la ropa, como si acabase de recordar dónde estaba—. Mi traslado ha llevado más tiempo del esperado. Burocracia, ya sabes.
Se lo quedó mirando unos segundos y negó con la cabeza.
—Sí. Estoy cada vez más puesta al día con los temas burocráticos, aunque incluso yo encuentro huecos para poder comer —resopló.
Willa no se pensó dos veces en arrastrar al ángel con ella a la mesa de Oliver. El demonio se había convertido en su primer amigo en el refugio, alguien con quien podía despotricar de Maren sin que le pusiesen pucheros o la mirasen como si les estuviese hablando de otra persona.
Aquello, sin duda, fue el comienzo de todo lo que vino después. El ángel acabó conquistando con su presencia y carisma a todo aquel que se cruzaba en su camino. El hecho de que pareciese saber qué decir en cada momento y que fuese tan honesto, parecía enamorar a unos y hacer desconfiar a otros, pero a grandes rasgos ya empezaban a considerarlo «un tipo agradable».
A Vera la conquistó alabando su trabajo en el comedor y mostrándose impresionado al verla cambiar de repente a una pequeña conejita; con toda probabilidad, la cosa más adorable que había visto en mucho tiempo.
Con Oliver resultó tener conocidos en común y el hecho de que estuviese a favor de escuchar a las almas, fue algo que sin duda conectó con el demonio recolector.
Incluso tuvo palabras amables para Nix y se mostró mucho más paciente que algunos de los que conocían al kraken adolescente desde hacía mucho más tiempo. El chico parecía haber encontrado a alguien que finalmente le entendía.
Solo Maren seguía desconfiando, más que eso, estaba convencido de que todavía no habían visto el verdadero desastre que estaba a punto de cernirse sobre todos ellos.
—¿Qué problema tienes tú con el ángel?
El demonio se había pasado por la recepción para recoger algunas cosas.
—Ninguno. —Ni siquiera la miró, estaba demasiado ocupado hurgando detrás del mostrador—. ¿No había un cúter por aquí?
Señaló el cajón superior con el dedo.
—No lo quieres aquí.
—Eso ya lo dejé claro cuando nos lo endosaron —replicó, encontrando al fin lo que estaba buscando.
—¿Por qué?
—Porque traerá problemas.
Bufó y puso los ojos en blanco.
—Pero si es la persona más educada y amable que he conocido en mucho tiempo…
La miró de soslayo y sonrió.
—Sí, claro.
—Lo es.
—No lo pongo en duda.
—Tú, en cambio, eres de lo más irritante —resopló ella, llevándose las manos a las caderas.
—Dale tiempo, brujita, solo dale tiempo —le dijo, abandonando la recepción—. Si mañana sigues pensando lo mismo, te subo el sueldo.
—¿Subirme el sueldo? ¡Si ni siquiera me pagas!
Maren se detuvo en medio del hall, se volvió hacia ella y la miró de arriba abajo.
—Es verdad. —Sonrió de una manera que le puso los pelos de punta—. Tu recompensa vendrá al final de los tres meses. No lo olvides.