Refugio San Bartolomé para inadaptados sobrenaturales CAPÍTULO 4 DONDE TAMBIÉN CAEN LOS ÁNGELES
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CAPÍTULO 4 DONDE TAMBIÉN CAEN LOS ÁNGELES

Seguía viva. Y, no solo eso, de algún modo la enfermedad parecía estarle dando una tregua. Aunque era probable que solo fuesen imaginaciones suyas, un momento de relajación antes de clavarle los dientes en lo más profundo. Fuese como fuese, lo cierto es que las manchas no habían crecido y tampoco le habían salido otras nuevas.

Por lo que recordaba haber escuchado sobre la progresión normal de la ponzoña atada a la maldición, la cosa empeoraba mucho en los últimos meses, pero incluso los dolores que normalmente la aquejaban se habían reducido a puntuales molestias.

Dos semanas. Llevaba en este lugar tan solo catorce días, aunque, dependiendo de la jornada, algunos podían contar el doble e incluso el triple.

Levantó la cabeza y observó la lámpara que colgaba de la recepción. Era ya casi media mañana y todavía no la había visto moverse una sola vez. Y eso era raro, jodidamente raro.

San Bartolomé era cualquier cosa menos un lugar tranquilo, así que el hecho de que llevase todo este tiempo detrás del mostrador de la recepción y no hubiese escuchado la sirena de incendios, a Nix gritando porque se había pillado un tentáculo en el desagüe o a Agnes anunciando alguna tragedia inminente, era sinónimo de que algo horrible estaba a punto de ocurrir.

—Son las doce —murmuró, echando un vistazo al reloj que figuraba en la esquina de la pantalla del ordenador—. Y todavía no ha habido ni una sola explosión.

Un ligero trote llamó su atención, levantó la cabeza justo a tiempo de ver a un poni de las Shetland con el pelaje rosa cruzando por delante de ella.

Había cosas demasiado bizarras para terminar acostumbrándose a ellas, aunque al menos ahora ya no pegaba respingos cuando se las encontraba. Vera era una de ellas. La cambiaformas tenía una particular habilidad para ser incapaz de conservar su forma humana. Cada vez que se ponía nerviosa, terminaba adoptando alguna forma animal.

—¿Todo bien, Vera? —preguntó.

El caballito giró la cabeza y unos enormes ojos castaños se posaron sobre ella.

—Sí, siiiiiii. —La voz de la chica saliendo de la garganta del pony era difícil de clasificar—. Lucrecia… Me acaba de enseñar la liiiiiista de la compra y me he acojonado.

—¿Por qué?

—¡Ha reducido la asignación para fertilizaaaaaante! —soltó un pequeño relincho—. Boris va a volverse loco cuando se enteeeeeere.

Willa se encogió automáticamente.

—Dime que no me toca a mí la tarea de comunicárselo —suplicó. La última vez que le había dicho a Boris que no podía encontrar lo que necesitaba alguna de sus plantas, había amenazado con usarla a ella como fertilizante.

Ese hombre era gruñón por naturaleza, pero cuando estaba en pleno ciclo de luna llena, ahí era mejor hacerse a un lado y no dirigirle la palabra a menos que él te hablase primero.

—He enviado a Aaaaaagnes —acabó pronunciando el nombre como un relincho—. Puestos a dar malas noticias, es la mejor.

Se mordió el labio para no reírse, porque si había alguien a quien se le daba fatal dar malas noticias, era a esa banshee. No porque no pudiese hacerlo, sino porque siempre se ponía en lo peor y acababa con unas crisis de ansiedad de órdago.

—Será mejor que el Dr. Graves tenga libre la consulta, porque la va a necesitar —vaticinó, sabiendo que era así como siempre acababan las cosas.

Desde luego, el médico nunca tenía tiempo para aburrirse. Era raro el día en que no tuviese algún paciente en su puerta.

—Voy a ayudar en la cocina, hoy me toca poner las mesas —le informó, con un meneo de la cola, antes de marcharse trotando.

La siguió con la mirada hasta verla desaparecer por el corredor. No tenía duda de que, antes de recuperar su forma humana, adoptaría al menos un par de cambios más.

—Un día cualquiera en…

No llegó a terminar la frase. La puerta principal se abrió dando paso a un hombre con una expresión de puro agotamiento existencial. Iba vestido de traje y corbata, lo cual sería elegante y le aportaría un toque de sobriedad de no ser porque parecía estar hastiado de la vida. A Willa le recordó a uno de esos agentes de bolsa cuando acababan la jornada, despeinados y pidiendo a gritos una ducha y una copa.

El recién llegado fue directo hacia ella, levantó el maletín que traía consigo y lo posó sobre el mostrador. Lo abrió y sacó un fajo de papeles unidos por un clip que no dudó en empujar hacia ella.

—Traigo un ingreso para el refugio San Bartolomé —le informó, al tiempo que levantaba el brazo y echaba el pulgar por encima del hombro—. Viene derivado del Piso de Arriba.

—¿El Piso de Arriba?

Preguntó, siguiendo el gesto del tipo para encontrarse ahora con un segundo individuo cruzando el umbral.

Durante un breve instante se olvidó absolutamente de todo. Estaba demasiado pasmada con el hombre que acababa de entrar en la recepción. Lo recorrió de la cabeza a los pies, desde su pelo, una gama completa de rubios, marrones y negros, que se ondulaba sobre unos ojos de un prístino azul cielo, pasando por unos hombros anchos, un pecho amplio y unas estrechas caderas que daban paso a unas largas piernas enfundadas en un pantalón de vestir. Iba de punta en blanco, literalmente, pues no había otro color en su atuendo. Hasta los zapatos que llevaba eran tan claros como su traje de tres piezas.

El recién llegado era todo un Adonis. Debía de medir en torno al metro ochenta o puede que un poco más, y parecía más interesado en la arquitectura del hall que en que estuviesen hablando de él.

—Una entrega especial. —La voz del agente la sacó de su ensimismamiento, obligándole a prestarle atención.

—¿Qué?

Volvió a señalar por encima del hombro y le dio unos toquecitos a los papeles con cierta impaciencia.

—Entrega especial —repitió con premeditada lentitud, como si pensase que era tonta—. Le han dado la patada y, de las opciones disponibles, esta era la menos mala.

Aquello la hizo parpadear un par de veces, aprovechando esos segundos para procesar lo que le estaba diciendo.

—¿Quiénes le han dado la patada?

Ahora fue el hombre el que la miró de arriba abajo, entrecerró los ojos y resopló.

—Es usted nueva, ¿no? —chasqueó el tipo—. Justo el día en que más trabajo tengo, tiene que tocarme la novata. —Recogió los papeles que había dejado sobre el mostrador y los pasó hasta llegar a una especie de ficha—. A ver, bonita. Yo aquí solo ejecuto las órdenes que me dan y, en este caso, es traer a este ángel caído al refugio San Bartolomé y dejarlo bajo su custodia.

Willa bajó la mirada a la documentación y vio de un solo vistazo que no había escuchado mal.

—Un ángel caído.

—Eso he dicho —afirmó. Volvió a hurgar en su maletín y sacó una pluma—. Ahora, si firmas aquí y aquí, daré la entrega por realizada y me marcharé a seguir con mi trabajo. Porque, al contrario que otras, yo sí hago algo.

Si algo había aprendido en las dos semanas que llevaba aquí era que el porcentaje de gilipollas por metro cuadrado en esta dimensión era muy superior al de toda la superficie de la Tierra. Pero este, había entrado a encabezar el nuevo top cinco, por encima incluso de su nuevo jefe.

—Tendrá que rellenar una serie de impresos para que podamos tramitar su ingreso —respondió ella con una beatífica sonrisa, mientras echaba la mano a la bandeja que tenía sobre el escritorio y le plantaba tres copias—. Es cómo funcionan las cosas aquí, aunque ya lo sabrá dado su alto nivel de experiencia.

—Um, formularios. —El presunto ángel caído se adelantó, cogió los papeles que había dejado sobre el mostrador y pareció examinarlos como si fuesen un duro contrato—. Aquí hay una falta de ortografía…

—Ezrael…

—Y este apartado debería tener más espacio para poder escribir. No cogerán todos los dígitos —añadió, ignorando la llamada de atención del hombre—. ¿Tienes un bolígrafo? Puedo hacer las correcciones oportunas y solo tendrás que volver a imprimirlo.

El tipo le arrancó los papeles de las manos, los puso de nuevo sobre el mostrador y fulminó al ángel con la mirada, quien se limitó a levantar las manos a modo de rendición.

—Ya traigo los formularios correspondientes rellenados, así que solo tendrá que sellarlos y darles trámite —resopló, sacando un nuevo fajo de papeles de su maletín.

—Lo haré, en cuanto rellene eso —insistió ella, señalando los papeles que le había entregado—. Las normas del refugio son muy claras…

Y las de Lucrecia también. Lo último que quería era llevarse una mirada fulminante de esa mona cuando le entregase la nueva documentación y viese que no constaba en ella sus preciosos formularios.

—Y yo le estoy diciendo que…

—Joder, Baster, ¿otra vez aquí? —El bufido de Maren se escuchó hasta en la China, estaba segura. La manera en que el demonio apareció y miró al hombre como si se hubiese encontrado con una plaga en su hall, fue bastante cómica—. ¿Qué es eso?

No quién, sino qué. Su jefe no se andaba precisamente con sutilezas, pero empezaba a entender el que usase esa fórmula, ya que ninguno de los seres que convivían bajo este techo podía ser considerado normal.

—Nos mandan del Piso de Arriba un ángel caído —se adelantó ella, tendiéndole los papeles.

—¿Del Piso de Arriba? —Bufó de risa. Cogió los documentos, los ojeó con rapidez y, sin perder dos segundos más de su tiempo, se los devolvió a su dueño—. No.

Bueno. Eso había sido rápido.

—No puedes rechazarlo, es una derivación —replicó de inmediato el tipo trajeado.

—Acabo de hacerlo —zanjó Maren—. Puedes llevártelo de vuelta.

—No voy a llevarlo de vuelta —bufó—. No lo quieren allí.

—Y yo no lo quiero aquí.

—No puedes rechazarlo. —El tipo se llevó las manos a las caderas—. El traslado está firmado.

—Me da igual.

—Es legalmente vuestro.

—Y una mierda.

—Maren… —El hombrecillo empezaba a ponerse de todos los colores, lo que era algo habitual cuando se batallaba con ese demonio. Sorprendentemente, tenía un dominio de las leyes que la había dejado pasmada.

—No voy a meter un puto ángel caído en mi refugio, Baster. Solo dan problemas —siseó, sus ojos carmesíes parecieron encenderse al posarse sobre el hombre en discusión. Este se limitó a enarcar una ceja y sonreír de una manera bastante irónica.