CAPÍTULO 3 EL DEMONIO QUE FUE DESPEDIDO DEL INFIERNO #6
—Nos encargaremos de que el contenido de ese cuaderno sea publicado en su totalidad y reconocido en el mundo académico como obra de Cristoforo di Parigi —añadió Maren, dando un paso adelante—. Ve a casa, espíritu.
El fantasmal alquimista se llevó la mano al pecho, inclinó la cabeza ante él y entró en el espacio delimitado.
Un ensalmo después, su figura se consumió por completo, dejando tras de sí el recuerdo de una sonrisa fantasmal y un último «grazie».
—Y así, damas y caballeros, es como se realiza correctamente un paso al otro lado —declaró el demonio a cargo, rompiendo el silencio que siguió a la partida del fantasma—. Vyktor, encárgate de hacerle llegar ese cuaderno a alguien de confianza que pueda autentificarlo y filtrarlo en el mundo académico. Que hagan una transcripción fiel al original.
—Tengo algunos nombres en mente —confirmó el médico, dando media vuelta y marchándose con el objeto.
—Oliver. No más invocaciones. —Apuntó al demonio recolector con el dedo—. Si vuelve a estallar algo ahí arriba, te arranco la piel a tiras.
—Sí, Maren —respondió de inmediato.
—¿Puedo estar presente cuando le arranques la piel? —preguntó la bruja fantasma con esa voz de ultratumba—. No me importaría hacerme con algunos pedazos para futuros conjuros. Me estoy quedando sin suministros.
—No. —Fue tajante, lo que llevó al espectro a hacer una mueca.
—Aguafiestas —chasqueó la mujer y, acto seguido, se volvió hacia ella y la miró de arriba abajo—. Tú sí que estás jodida, ¿eh? Las maldiciones de sangre son una putada. Marenkini fue muy estúpido. Esa bruja era una egoísta hija de puta.
—Mati, cállate la boca.
—¿Qué? Lo era. Una auténtica perra —resopló el espectro y volvió a señalarla, ahora con un dedo ligeramente ennegrecido—. Aunque esta no tiene su aura, solo su sangre… Deberías hacer algo al respecto, Maren. Le quedan dos telediarios.
—¿Has acabado? —Los ojos carmesíes del demonio parecieron ganar intensidad, como si brillasen.
—En realidad solo estaba empezando —aseguró la mujer, dejando claro que le importaba más bien poco lo que dijese o no ese hombre—. ¿El uniforme también ha sido idea tuya? Me sorprende que no le dieses una faldita con la que casi se le viese el culo. Es más tu estilo.
—Matilde Hécate Alisius, estás a una palabra de darte una vueltecita por el infierno —respondió él con tanta suavidad que le produjo un escalofrío.
La mujer chasqueó la lengua y optó por dirigirse a ella.
—Lo hizo, ¿verdad?
—No era tan corta, pero sí —admitió, encogiéndose de hombros con facilidad.
Los ojos de la mujer se abrieron un poco más, casi como si le sorprendiese que le hubiese respondido. Sus labios negros empezaron a estirarse en una espeluznante sonrisa.
—Ya me caes bien —aseguró con una rotundidad sorprendente, entonces volvió a mirar al demonio—. Es más espabilada que la media, deberíamos quedárnosla.
—Ya me he encargado de eso —replicó él—. Trabajará para mí los próximos tres meses a cambio de liberarla de su maldición.
La mujer soltó una carcajada que le puso los pelos de punta.
—Ay, Maren. Tú no cambias, ¿eh? —mencionó la mujer entre risas—. Bien, bien. Que sea así entonces. —Fue entonces cuando se dirigió de nuevo a ella—. Ándate con ojito con este, querida. Es un seductor de primera.
—¡Mira qué casualidad! Yo también soy la primera en algo: En ignorarle completamente.
Su respuesta trajo consigo otra carcajada, hasta el punto de que la fantasma acabó desvaneciéndose en medio de carcajadas.
Willa se sobresaltó, dio un paso atrás y empezó a mirar de un lado a otro, buscando a la fantasma.
—¿Decidme que no acaba de morirse de un ataque de risa?
Maren respondió con un resoplido, mientras que Oliver sonreía de una forma que no lo había visto hacer hasta ahora. Y, diablos, eso lo hacía bastante atractivo.
—No tendremos esa suerte —chasqueó el propietario del refugio—. En fin, me vuelvo al sótano. Ese condenado dragón está empeñado en cargarse las tuberías.
—¿Un dragón? —Esperaba haber escuchado mal.
—La caldera —explicó Oliver, viendo cómo su compañero de gremio se marchaba sin otra palabra.
—¿Va a ocuparse de la caldera? —murmuró, mirando de soslayo a su acompañante.
Este asintió.
—Él es quien se… se encarga de las re-reparaciones del refugio —confirmó e hizo un gesto con la mano, abarcando el espacio—, y de… todo lo demás.
—Parece más un conserje que un Maestro Demonio —murmuró para sí.
—No… No te fíes de las apa-apariencias, Willa. —El tono en la voz de Oliver le llamó la atención—. Maren tiene… muchas caras y no todas son a-amables.
Asintió con la cabeza. Empezaba a entender eso por sí misma.
—Creo que…
Willa no llegó a terminar la frase, pues la casa eligió ese preciso instante para sacudirse. Un segundo después, empezó a aullar una sirena en alguna parte de la mansión.
—¿Qué coño…?
Oliver posó la mano sobre su hombro y le sonrió.
—Vete… acostumbrando —le dijo el demonio—. En este lugar siempre pasan… cosas.
Y, con ese último comentario, ambos se dirigieron a la parte principal de la casa para averiguar qué nuevo desastre acababa de dar comienzo.
Sin duda, estaba siendo un primer día de trabajo memorable.