Refugio San Bartolomé para inadaptados sobrenaturales CAPÍTULO 3 EL DEMONIO QUE FUE DESPEDIDO DEL INFIERNO #5
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CAPÍTULO 3 EL DEMONIO QUE FUE DESPEDIDO DEL INFIERNO #5

La morte è oblio

Las palabras fueron como una caricia en su mente, una sentencia que conocía a la perfección.

—Y una mierda que lo es —masculló, giró sobre sus talones y miró la puerta ante ella—. Es aquí.

Oliver la miró un poco incrédulo.

—¿Cómo lo sabes?

Se encogió de hombros y dijo lo primero que se le pasó por la cabeza.

—Puede que hacer círculos de invocación no sea lo mío, pero... sigo siendo una bruja —declaró, extendió la mano y la puerta se abrió sin esfuerzo bajo su orden—. Y se me da muy bien abrir cerraduras.

La habitación estaba algo polvorienta y olía a cerrado. Parecía que nadie la hubiese limpiado o aireado en el último siglo, por lo menos.

—Bueno. Ya tengo una habitación que añadir a la lista de la limpieza —sonrió ante tamaña ironía.

El fantasma, por su parte, no se molestó en usar la puerta que acababa de abrir, se limitó a atravesar la pared y quedarse quieto en mitad de la habitación, mirando al suelo.

—¿Qué tal se te da levantar tablas del suelo? —le preguntó al recolector.

—Permíteme —respondió este.

No les llevó mucho tiempo. Las tablas del suelo resultaron estar cortadas en esa zona y, en un hueco, envuelto en pieles, encontraron lo que estaban buscando.

—Non dimenticarmi —murmuró el fantasma, extendiendo sus fantasmales manos hacia el atado.

Oliver retiró el envoltorio, descubriendo un viejo cuaderno lleno de anotaciones a mano, dibujos y también cartas, infinidad de cartas dirigidas a un único destinatario: Andrea Ognibene. Empezó a pasar las páginas despacio, mostrando una caligrafía apretada, elegante, muy del siglo XV, pero lo que llamó la atención de Willa fue algo muy concreto.

—Espera… —Posó la mano sobre la página, impidiéndole pasar a la siguiente—. Yo he visto esto antes… —Deslizó los dedos sobre el símbolo, la manera en la que estaban escritas las letras y empezó a traducir mentalmente del italiano las primeras líneas—. ¡Hostia puta!

Levantó la cabeza como un resorte, clavando los ojos en la figura fantasmal que tenía delante.

—Nunca fue olvidado, maestro di Parigi —aseguró, sonriendo casi sin darse cuenta—. Sus conocimientos, sus escritos, esto… —Señaló de nuevo el cuaderno—, sigue formando parte del mundo y de su legado.

—¿De qué estás ha-hablando, Willa? —Se interesó Oliver.

Miró al demonio y su sonrisa se hizo aún más amplia.

—De que has salvado el alma de uno de los grandes alquimistas del Renacimiento, Oliver, uno que siempre ha formado parte de la historia. —Volvió a señalar la hoja y tradujo el título, dotándolo de identidad propia—. Este material forma parte de uno de los compendios de alquimia más famosos de todos los tiempos. No conozco todos los detalles, admito que no es mi campo, pero mi padre tiene una de las primeras copias en su biblioteca privada y esta hoja, este símbolo, estas letras… Están escritas en él.

El maestro nunca había sido olvidado y, a partir de ahora, tampoco lo sería su nombre.

***

—Te di-dije que era un re-refugiado político.

Maren miró a Oliver de soslayo y acabó poniendo los ojos en blanco, mas no dijo nada. Se limitó a mirar a Vyktor, quien ojeaba el cuaderno y las cartas que habían encontrado con notorio interés. El fantasma estaba a su lado, como un silencioso guardián de aquel objeto. Su aspecto era cada vez más desdibujado, sus bordes más grises, el tiempo corría en su contra a pesar de haber encontrado lo que se había negado a dejar este plano de existencia.

¿Acaso era ya demasiado tarde? ¿Estaba tan al borde del fin que no había solución posible?

El pensamiento la hizo estremecer, se llevó la mano de forma inconsciente al pecho y se frotó la zona del corazón, como si pudiese sentir la ponzoña abriéndose paso hacia él.

—El cuaderno está lleno de anotaciones, hay pasajes muy conocidos, pero otros… —El médico levantó la cabeza—. Hay material inédito aquí dentro. Cartas que nunca han visto la luz. Es un legado impresionante, maestro di Parigi.

La cada vez más inconsistente figura del fantasma pareció ondularse, sus ojos blancos se alzaron hacia el médico y, acto seguido, acabaron sobre Oliver.

Él era el que había hecho posible que Cristoforo pudiese encontrar su legado y, a través de ello, supiese que nunca había sido realmente olvidado.

Una segunda figura fantasmal, aunque esta poseía una forma mucho más física y conservaba cierto color dentro del espectro monocromático de grises, posó la mano sobre el brazo del recolector.

—Es la hora —susurró con voz de ultratumba, casi como si fuese un eco lejano.

Matilda había llegado unos minutos antes en compañía de Maren. La bruja fantasma era otro de los integrantes del refugio, Willa la había reconocido de las fichas que había en la carpeta que le entregó Lucrecia esa misma mañana.

Ante sus palabras, el médico asintió, cerró el cuaderno y miró al maestro demonio, quien dio su permiso para seguir adelante. El espectro se desplazó hasta colocarse ante Oliver y, aun cuando no salía ya ninguna palabra de esos desdibujados labios, Willa las escuchó en su interior.

«Grazie, mio ​​caro amico».

—Hasta que vol-volvamos a encontrarnos, maestro.

El fantasma asintió y, solo entonces, la miró a ella. Le dedicó una ligera inclinación de cabeza y volvió con el médico. Sus transparentes manos se envolvieron en torno al cuaderno como si pudiese cogerlo y, de algún modo, puede que así fuese. La esencia de sus recuerdos regresó a sus manos, en una copia tan intangible como él mismo.

—El tiempo corre… —apremió la bruja. De algún modo sintió que esas palabras podían también estar dirigidas a ella, aun cuando jamás la miró.

Un par de velas se encendieron sin que nadie las hubiese tocado, las piedras, estratégicamente colocadas en el suelo, formando un triángulo, empezaron a brillar.