CAPÍTULO 3 EL DEMONIO QUE FUE DESPEDIDO DEL INFIERNO #4
—Bien —concluyó el propietario del refugio. Un par de zancadas después estaba justo delante del mostrador, girando el libro hacia sí y, pasando el dedo sobre la línea que habían empezado a rellenar, la eliminó por completo; como si nunca hubiese sido escrita—. Para futuras referencias. No aceptamos: Exorcistas, plantas carnívoras y fantasmas que no vengan acreditados.
—¿Plantas carnívoras?
—Boris tiene un pequeño problema con ellas —mencionó Vyktor, echando un vistazo al reloj que llevaba en la muñeca—. Tengo que volver a la enfermería. Avisadme cuando hayáis encontrado lo que sea que ha extraviado el fantasma desahuciado y lo prepararé para su viaje al más allá.
Con eso, dio media vuelta y se marchó por donde había venido.
—Perdón… —murmuró entonces Oliver, dirigiéndose a ella—. No… que-quería causarte problemas en tu pri-primer día.
Se lo quedó mirando y sacudió la cabeza.
—Tú no me has causado problemas. Él, por otro lado… —Se volvió hacia Maren, quien cerraba el libro y lo empujaba hacia ella—. ¿Por qué tengo que llevar uniforme cuando nadie parece llevarlo?
—Porque tú trabajas oficialmente para mí, brujita. Los demás… Ellos me dan problemas —le dio un toque en la punta de la nariz que la descolocó durante un segundo—. Mañana ponte la falda. Tienes unas piernas estupendas.
Se giró antes de que pudiese decirle algo y recogió la caja de herramientas que había dejado en el suelo.
—Estaré en el sótano —le informó antes de marcharse de nuevo—. Oliver, mueve el culo y encuentra lo que sea que haya perdido ese fantasma o seré yo quien os desvanezca a los dos.
El aludido asintió con la cabeza y, podría decirse que incluso suspiró de puro alivio. El espectro, por su parte, parecía haber vuelto a sumirse en ese estado deslucido, como si no hubiese algo de fuerza.
—Te ayudaremos —escuchó que le decía el demonio, posando de nuevo la mano sobre el hombro fantasmal—. Encontraremos lo que has perdido y al fin podrás reunirte con los tuyos en el más allá.
La figura etérea levantó la cabeza. No estaba segura de si estaba viendo al recolector que tenía delante o simplemente se había sentido atraída por su voz.
—Se está apagando —murmuró, más para sí misma que para él.
—Lo sé —respondió el demonio, mirándola de soslayo—. Pero tengo… que intentarlo.
La decisión mantuvo estable su voz y le dio un brillo particular a sus ojos.
—Bueno, en ese caso, ¿por dónde empezamos? —le preguntó.
Acababa de decidir que iba a ayudar a ese recolector de almas a encontrar lo que quiera que hubiese perdido su fantasma.
***
—No es la pri-primera vez que tratas con es-espectros, ¿verdad?
La pregunta llegó de forma tan natural que Willa no encontró razones para negarse a responderla. Oliver se había mostrado atento y educado en el tiempo que llevaban recorriendo la mansión. Probablemente, este fuese el mejor tour que hubiese podido conseguir para familiarizarse con una propiedad que era mucho más grande de lo que había pensado en un principio.
San Bartolomé no era solo el edificio. Eran los jardines, las fuentes, el columpio suspendido entre un par de árboles en la parte de atrás, los senderos que parecían breves y por los que, sin darte cuenta, caminabas más de la cuenta. Y todo ello envuelto en esa particular neblina que, ahora sabía, era una frontera y también una línea de defensa para cualquiera que intentase entrar en este lugar sin permiso.
No era un lugar normal, lo cual debió de quedarle claro en el mismo instante en el que llegó, aunque solo ahora entendía qué tan anormal era aquel sitio.
Sacudió la cabeza en una negativa y contestó a la pregunta del demonio.
—Mi padre es un brujo espiritual. Llevo toda la vida viéndole interactuar con las almas en cada uno de sus estados… —Señaló al fantasma que les precedía, deambulando por aquí y por allá—. Suele acompañar a los olvidados en sus últimos momentos, pues dice que es lo único que puede hacer por ellos.
Oliver siguió su mirada, posándola en el espectro.
—Parece un bu-buen hombre.
—Lo es —confirmó, pero no dijo nada más. No quería hablar de su familia en esos momentos. No podía pensar en ellos, en cómo habían sido estos últimos meses y las discusiones que habían tenido. Los próximos tres meses eran una meta y necesitaba toda su energía para llegar a ella y conseguir lo que ninguna otra bruja de su sangre había logrado hasta ahora.
—Lo que di-dijo Viktor… —Sus ojos azules se volvieron hacia ella—. Te mueres. ¿Es verdad?
Se sostuvo la mirada unos segundos y asintió con la cabeza mientras se tocaba el brazo por encima de la chaqueta.
—Estoy maldita —confirmó con total entereza—. Cortesía del gótico de ojos carmesíes. Maldijo a mi tatarabuela y a su linaje a consumirse antes de cumplir los veintisiete. Se supone que mi cuerpo se necrosará hasta convertirme en algo así como una estatua. Cuando la ponzoña alcance mi corazón… Todo se acabará.
Dejó escapar un largo y bajo silbido en respuesta.
—Tu tatarabuela debió de cabrear a base de bien a Maren para que desatase una maldición semejante sobre toda la línea de sangre de una bruja.
—En realidad, solo afecta a la línea femenina —rezongó—. Los hombres no la experimentan.
—Y eso es aún mu-mucho más extraño —murmuró y casi parecía hablar más para sí mismo que para ella.
—No cuando eres un demonio hijo de puta y te importa una mierda lo que le pase a varias generaciones de brujas inocentes —masculló sin poder evitarlo—. Pero no me rendiré. Hemos hecho un trato y tendrá que cumplir su parte en el momento en que llegue el nonagésimo día de mi estancia aquí.
Oliver la miró de soslayo y no dijo nada.
Continuaron caminando en silencio, comprobando habitaciones, recovecos e incluso palpando paredes en busca de algún hueco oculto o algo que pudiese llamarle la atención a su fantasmal acompañante. A decir verdad, no tenían la menor idea de lo que estaban buscando, tan solo que tenía que tratarse de algo muy importante para que Cristoforo se hubiese negado a marcharse sin ello.
Cuando escuchó sus palabras, la acusación en aquella agotada y lejana voz, tuvo la sensación de que fuese lo que fuese, era antiguo y querido para él. Posiblemente, personal.
—¿Qué le habrá robado ese tal Ognibene? —preguntó en voz alta—. ¿Alguna joya? ¿Alguna fórmula secreta? ¿Su trabajo de toda una vida? —Hizo una mueca—. La verdad es que ni siquiera me suena su nombre…
—Cristoforo de Parigi era un ma-maestro alquimista, uno de los buenos —mencionó Oliver—. De los que realmente conocieron los usos de la magia y no solo se limitaron a fin-fingir que podían convertir plomo en oro. Es posible que este Ognibene fuese alguien de su mismo círculo, un alumno, incluso…
—¿Tú crees? —Aquello la hizo pensar—. ¿Un alumno robándole algo a su mentor?
—O un mentor de-dejando su legado a su alumno. Un legado que quizá nunca llegó a con-convertirse en lo que Cristoforo quería que fuese —sugirió Oliver, mirando de nuevo al desdibujado espectro—. Sus recuerdos ya no están. Intenté traerlos de vuelta, pero… so-solo conseguí arrastrar un… calcetín.
—Bueno, yo arrastré a Lucrecia, así que… —murmuró, encogiéndose de hombros.
—El calcetín… explotó —señaló él.
—Maren se rio de mi círculo de invocación y de que intentase «ordenarle» como a un siervo.
—Auch.
—Sí. Eso mismo.
Se sonrieron y volvieron a concentrarse en el fantasma, siguiendo sus pasos como si este pudiese llevarlos a lo que estaban buscando.
Revisaron la biblioteca de arriba abajo, deambularon por el segundo piso y subieron al tercero, donde el recolector le informó que había un desván y un par de habitaciones más que ya nadie usaba.
—Hubo un tiempo en el que estas ha-habitaciones estaban ocupadas, pero ya nadie quiere quedarse en este lugar —le informó Oliver y Willa no pudo evitar darse cuenta de que el demonio llevaba ya un buen rato tartamudeando mucho menos. Todavía se enganchaba en alguna palabra, mas ni de lejos como al principio.
—¿Sabemos quién fue su último ocupante?
«Storie di un vecchio».
La voz de Cristoforo fue apenas un susurro, como un eco lejano.
—Ha dicho…
—Historias de un viejo —confirmó él mirando la puerta ante ellos—. El último in-inquilino fue un antiguo chamán. Un auténtico ermitaño. No se… relacionaba con nadie. Ya estaba aquí cuando yo llegué. Se marchó sin más… Creo que tu-tuvo problemas con… Maren.
—¿Existe alguien en este mundo que no haya tenido problemas con Maren?
Hizo una pequeña mueca, algo que casi le pasa desapercibida.
—Maren no es… como otros demonios.
—No. Es peor.
Oliver negó con la cabeza.
—No… no dirías eso si hubieses conocido el infierno. —El tartamudeo volvió y, apostaría que tenía que ver con la fuerza con la que dijo aquello—. Ellos no per-permiten fallos. O eres… útil o eres prescin… pres… prescindible.
—¿Por eso te despidieron? —preguntó con tacto.
—Despedido. Expulsado —asintió y añadió, mirándola ahora a la cara—. Estaría muerto si Ma… Si Maren no me hubiese… acogido.
Y de todas las cosas que esperaba escuchar de boca de ese hombre, esa no era una de ellas.
—¿Qué quieres decir?
—Un recolector de almas que no re-recolecta almas, no es apto —resumió con cierta amargura en la voz—. Los espíritus como Cristoforo son… erradicados. Las almas puras… corrompidas. Cuantas más almas recaudas, mayor es tu estatus. Yo dejé de recolectarlas porque empecé a es-escuchar lo que tenían que decir.
Los ojos azules de Oliver se posaron entonces sobre Cristoforo.
—Él no quiere ser olvidado… —musitó, como si le confesase un secreto—. Lo encontré fu-fuera de la barrera… Non dimenticarmi. Eso era lo que… decía entonces.
No me olvidéis.
Willa miró también al espectro y supo que lo que estaban buscando no era tanto algo que echase en falta el fantasma, como probablemente aquello que evitaría que el mundo lo olvidase.
—A un erudito o a un científico siempre se les recuerda por sus logros… —murmuró para sí—. ¿Por qué no iba a recordarse de igual manera a un alquimista veneciano del siglo XV?
Como si supiese que estaba hablando de él, el espectro levantó la cabeza y clavó de nuevo esos ojos blanquecinos en los de ella.