CAPÍTULO 3 EL DEMONIO QUE FUE DESPEDIDO DEL INFIERNO #3
—Te dieron la baja por incompetente —repitió de carrerilla, sin saber si echarse a reír por lo ridículo que sonaba eso o sacar la caja de pañuelos de debajo del mostrador y ofrecérsela, porque el tipo parecía a punto de echarse a llorar.
Oliver volvió a asentir y miró al fantasma a su lado.
—Él ti-tiene asu-asuntos pendientes —añadió con voz queda—. No se qui-quiere ir… todavía.
Willa volvió a mirar al fantasma, su indumentaria, e hizo una mueca.
—Yo diría que lleva siglos sin querer irse —mencionó encontrándose de nuevo con la mirada blanquecina del fantasma—. Tiene un aspecto horrible para un alma…
—Lo sé —admitió e hizo una mueca—. Yo intenté ayu-ayudarle, pe-pero no… no salió bien.
La fugaz mirada que dedicó hacia el techo la llevó a sospechar de inmediato.
—¿Ayudarle cómo exactamente?
—In… invocando sus re-recuerdos de cu-cuando estaba vivo. —Y, a juzgar por la mueca que le curvó los labios, aquello no había funcionado—. No… No salió bien.
—No. Ya veo que no —admitió mirando de nuevo al fantasma.
—Por favor, solo… regístralo, ¿vale? Yo… Yo me ocuparé de… él.
—Bueno… —Miró a su alrededor—. No he encontrado ningún cartel que diga que no se pueden registrar fantasmas… Aquí hay uno, aunque pone «EXORCISTAS», así que…
—No me jodas…
Ambos se volvieron al escuchar cómo Maren alargaba aquellas tres palabras mientras paseaba la mirada sobre el espectro.
—¿Otro? ¿Otro, Oliver?
El aludido se movió con rapidez, poniendo al fantasma detrás de él, entre el mostrador y él mismo, lo cual fue tan absurdo como tierno. Hasta que el espectro atravesó la superficie de madera y acabó a su lado, mirándola fijamente.
—Sei maledetta, signora.
—Sí —afirmó y señaló con un gesto de la mano al recién llegado—. La culpa es suya.
El fantasma miró más allá de su inesperado aliado, sacudió la cabeza y no dijo nada más.
—Es… es un re-refugiado po-po… político, Maren —declaró con una seguridad que no había mostrado hasta ese momento—. El re-refugio ti-tiene que aco-acogerle…
—Qué refugiado político ni qué ocho cuartos —resopló, dejó en el suelo la caja de herramientas que traía consigo y avanzó a zancadas hacia la recepción—. ¿A quién se lo birlaste esta vez?
—A nadie.
—Oliver.
—Lo… juro.
Esos ojos carmesíes pasearon entre el demonio y el espectro, para luego caer sobre ella.
—Entonces, ¿lo registro o no lo registro? —preguntó con total inocencia.
—Sí.
—No.
—¿Otro espectro? —La desconocida voz la hizo girar la cabeza hacia el pasillo de su derecha—. ¿Cuántos van ya esta semana?
—Este sería el segundo —siseó Maren, fulminando a Oliver con la mirada—, al menos del que yo tenga constancia.
—Pues que siga siendo así —replicó el recién llegado. Vestía una bata blanca, llevaba un fonendoscopio colgando del cuello y las manos en los bolsillos. Dr. Vyktor Graves. Eso era lo que llevaba bordado en la pechera de la bata—. A ti te conozco, a ti no, pero ya sé a dónde vas a irte. En cuanto a ti… Tú eres nueva y… te mueres.
Sutil como una apisonadora.
—¿Por qué hay una bruja moribunda ocupando la recepción, Maren?
—Porque he hecho un trato con ella y trabajará para mí los próximos tres meses —resumió con un ligero encogimiento de hombros—. Si resiste hasta entonces, me desharé de la maldición que pesa sobre su sangre.
—Espera, ¿esa maldición?
Él asintió.
—No creí que siguiese vigente.
—Pues ya ves.
—Ya veo que no exagerabas al decir que habías metido la pata.
—Willa, este viejo carcamal es Vyktor.
¿Viejo carcamal? Ese hombre debía de estar en sus treinta y no había una sola cana en su espeso pelo oscuro. Debajo de la bata blanca iba impecable, por no hablar de que poseía una dicción perfecta y su voz sonaba de lo más agradable.
—Es el médico del refugio —concluyó Maren—. Si alguien se hace daño o se muere, se lo mandas a él.
—¿Morirse? —No lo decía en serio, ¿verdad?
Ninguno de los dos hombres dijo nada, se limitaron a depositar toda su atención en Oliver y el fantasma que lo acompañaba.
—No tiene el mejor de los aspectos, todo sea dicho… —mencionó el médico—. Se está desmoronando, dentro de poco no será otra cosa que un olvidado.
El término le provocó un escalofrío. Se lo había escuchado mencionar en alguna ocasión a su padre, refiriéndose a aquellas almas que acababan consumidas por completo. Todo lo que quedaba de ellas era una figura oscura a la que ya nadie reconocía, a la que eran incapaces de ponerle cara, despojada de recuerdos, de todo lo que había sido en vida e incluso en la muerte.
Era una existencia sin existencia, si es que eso tenía algo de sentido.
—¿Cómo ha acabado en el refugio? —Maren estaba mucho más serio que antes. Posiblemente, era la primera vez que le veía esa expresión, una que carecía de la habitual petulancia y esa irritante sonrisa. Este era el maestro demonio, el ser lo bastante poderoso como para maldecir a todo un aquelarre y perpetuar esa maldición en el tiempo—. ¿Lo invocaste?
Oliver negó con la cabeza.
—Estaba… fuera. Ne-necesitaba ayuda.
—¿Fuera de la barrera? —inquirió Vyktor, mirando ahora el fantasma que seguía detrás del mostrador—. Interesante. Algo ha debido atraerlo hasta aquí.
—No podía de-dejarlo allí, Maren —aseguró el recolector con una firmeza inesperada—. Fue… Importante en vi-vida. Su mu-muerte también lo es.
—Alquimista, originario de Venecia, alrededor del 1400… —Empezó a enumerar el médico, ladeando un poco la cabeza antes de añadir—. Uno de los grandes maestros, ya veo.
El espectro, quien no parecía tener demasiado interés por nada y por nadie, se volvió de pronto hacia ella. Sus ojos blanquecinos le provocaron un nuevo escalofrío, pero fueron sus labios al moverse y la voz, que no emergió de su boca, aunque igualmente escuchó, lo que la hizo muy consciente de que aquel ser estaba tan cerca de la muerte como ella misma.
Una muerte muy distinta a la que la aquejaba, y que, sin embargo, prometía el mismo fin; la completa destrucción de lo que un día había sido.
—Andrea Ognibene —dio voz a las palabras que habían resonado en su mente—. Alguien llamado Andrea Ognibene tiene algo que le pertenece.
—¿Ognibene? —Maren clavó esos inquietantes ojos carmesíes sobre ella.
Willa señaló de inmediato al fantasma.
—Es lo que ha dicho —se defendió al instante—. Ese tal Andrea se quedó con algo que le pertenecía y ese algo parece estar ahora… aquí.
El espectro inclinó la cabeza y, acto seguido, se volvió y atravesó una vez más el mostrador para detenerse al lado de Oliver y quedarse allí, flotando, como si algo lo uniese al recolector.
—¿Y qué narices es ese algo y por qué cojones iba a estar en mi refugio? —No había ni terminado la frase y ya se estaba volviendo de nuevo hacia Oliver, quien dio un respingo—. Dime que no lo has vuelto a hacer.
—Ma-Maren… —Empezó levantando las manos, como si pretendiese calmar al demonio.
—Oliver, por tus amígdalas, dime que no has vuelto a invocar algo en mi puto refugio. —Esos ojos rojos empezaron a refulgir, la verdadera esencia del demonio se manifestó en torno a él, desdibujando su figura humana y endureciendo su voz.
—Maren, cálmate, o tendré que recurrir a los sedantes y ya sabes lo mal que te sientan —le recordó Vyktor, quien no parecía en absoluto preocupado por la mirada asesina del maestro demonio—. Todos notamos anoche las sacudidas, ¿para qué le preguntas algo que todos sabemos?
—Todos no. —Willa levantó la mano, señalándose a sí misma. Puede que no fuese la mejor idea, pero no le apetecía tener que limpiar sangre o vísceras en su primer día de trabajo y el demonio parecía estar de humor para hacer una fiesta de la matanza en esos momentos—. ¿Alguien me lo explica?
—Oliver no es precisamente ducho con los círculos de invocación —resumió el médico.
—Igual que cierta bruja presente —siseó Maren, posando su mirada ahora en ella.
Eso había sido un golpe bajo.
—Mi invocación habría salido mucho mejor si tu legado maldito no me estuviese matando —replicó ella.
—Para eso tendrías que aprender primero a dibujar bien los círculos.
Apretó los labios, luchando consigo misma para no decirle cuatro cosas a ese demonio.
—Tienes suerte de que hoy sea mi primer día y no el último —masculló, entrecerrando los ojos sobre él.
—¿Ya os habéis acostado? —preguntó el médico, alternando la mirada entre uno y otro.
—¿Por qué todo el mundo pregunta eso? —resopló ella, volviéndose hacia Vyktor—. ¿Tengo aspecto de querer tener algo con un demonio corruptor de sangre?
La sonrisa que le curvó los labios la estremeció.
—¿No es tu-tu… tuya? —La pregunta de Oliver hizo que el aludido pusiese los ojos en blanco.
—Sí. Es mía. Pero no de la manera en que estáis pensando… al menos de momento.
—¿Cómo que «al menos de momento»? —replicó ella, posando ambas manos sobre la superficie del mostrador—. Ni de momento ni nunca. Soy tu empleada durante tres meses y nada más.
—Sí, sí. Lo que tú digas, Willa. —Desestimó su respuesta con un gesto de la mano y se volvió a concentrar en Oliver—. Tú. Invocaciones. Anoche. ¿Qué salió del círculo?
—Un… un calcetín.
De repente se hizo tal silencio que Willa empezó a escuchar el tic tac de un reloj en alguna parte de aquella planta.
—Y ex-explotó.
—El calcetín.
Oliver asintió.
—Eso tuvo que ser el temblor que sacudió la casa —concluyó Vyktor—. ¿A quién pertenecía el calcetín, por curiosidad?
El fantasma levantó el brazo.
—Ya.
—Genial.
—No lo entiendo —musitó ella. Y, para ser honestos, hacía ya un rato que había perdido completamente el hilo de aquella conversación.
—Oliver + invocación = caos —resumió Maren de forma sencilla y rápida—. Por eso tiene prohibido hacer invocaciones dentro del refugio.
—¿Entonces fuera…?
—¿Quieres verme realmente cabreado, Oliverias? Porque si eso es lo que quieres, vas por el buen camino.
La palidez que recorrió el rostro masculino al escuchar lo que debía ser su nombre de demonio, fue inmediata.
—No, señor. —Bueno. Esta vez no titubeó ni un segundo, lo que solo podía sugerir que no era algo que desease ver en esta vida.