Refugio San Bartolomé para inadaptados sobrenaturales CAPÍTULO 3 EL DEMONIO QUE FUE DESPEDIDO DEL INFIERNO #2
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CAPÍTULO 3 EL DEMONIO QUE FUE DESPEDIDO DEL INFIERNO #2

—¿Y qué se supone que tengo que hacer? —replicó. Ese maldito no le había explicado nada en absoluto.

—Métete detrás del mostrador y sonríe —le soltó—. Eso es lo que suele hacer Vera y le funciona.

—¿Me tomas el pelo?

—Quizá algún día —le soltó—. Ahora mismo estoy demasiado ocupado. Si no sabes algo, pregúntale al primero que pase. Cierra la puerta, Nix.

Antes de que pudiese volver a preguntar, un enorme tentáculo púrpura con ventosas rosas apareció y empujó la puerta, cerrándola de golpe en sus narices.

—¿Pero qué coño…?

Miró la puerta cerrada ante ella, el agua en torno a sus pies y sacudió la cabeza, llegando a una única conclusión.

—No voy a preguntar más.

Dio media vuelta, siguió el ejemplo de Boris y se largó.

***

Jamás en la vida se había sentido juzgada por una mona… Hasta ahora.

Willa miró la carpeta que tenía delante e hizo una mueca. La manera en que esa pequeña simia la había mirado, como si la estuviese juzgando, le había parecido tan absurda como inquietante.

Todavía no superaba el hecho de verla sentada sobre la mesa, tecleando a la velocidad de la luz. Incluso la vio subirse las gafas con una de sus manitas, como si las necesitase para trabajar. Lucrecia le recordaba a esos funcionarios asiáticos que parecían vivir solo para el trabajo, que se pasaban prácticamente toda la vida en la oficina y salían lo justo.

La capuchina había toqueteado una carpeta y le había hecho un gesto con la mano, diciéndole sin palabras que se la llevase antes de ignorarla de nuevo por completo.

Dejó escapar un resoplido y la abrió. Lo primero que se encontró fue un planning semanal. Allí figuraban las tareas, los horarios, incluso los descansos que le habían sido asignados. En las sucesivas páginas había un desglose completo de cada una de las tareas que debía realizar, desde funciones administrativas en la recepción, inventarios en las despensas, comprobación de habitaciones a cosas como días de colada, de limpieza y… lo que quiera que fuese «alimentar a los inútiles».

—Querías saber cuáles iban a ser tus funciones, ¿no? —farfulló para sí—. Pues ahí lo tienes.

Miró a su alrededor. El área de recepción era diminuta, el mostrador y el mueble bajo pegado a la pared eran toda la utilería que había a su disposición. Eso y los miles de post-its, bolígrafos, subrayadores y clips de todos los colores que había justo debajo del mostrador. Tenía una zona habilitada para escribir, una pantalla a su derecha e incluso un pequeño cactus cuya maceta estaba envuelta por un lazo rosa.

«Que tengas un grandioso primer día».

Le costó un poco entender la apretada caligrafía, aunque la firma de cuatro únicas letras dejaba claro de quién había sido el detalle; Vera. La chica de pelo rosa que había estado ocupando ayer este mismo lugar.

Y una, ahora se daba cuenta, que no había llevado uniforme.

—Maldito demonio… —rezongó. Deseaba estrangularlo, rodearle el cuello con las manos y apretar hasta que se pusiese azul, morado o del color que fuese.

Extrajo un nuevo papel de la carpeta que le había entregado Lucrecia y se encontró con una hilera de fotos a cuyo lado había un nombre, apellidos y una pequeña biografía o explicación de cada una de las personas que parecían ocupar ahora mismo el refugio.

—Joder, si le ha dado tiempo de meterme a mí… —murmuró al ver su foto. ¿De dónde demonios la había sacado?—. Wilhelmina Hawthorne. Bruja inútil, mala invocadora y tonta de narices. ¡Pero qué coño!

Se levantó de un salto, acercándose la página a la nariz, como si de esa manera la descripción en cursiva fuese a desaparecer por arte de magia.

—Víctima de una maldición de sangre. Refuerzo para el refugio. Trabajadora temporal a cargo de Maren —continuó leyendo cada vez más indignada—. ¿A ver lo que le dura? La madre que parió a la mona…

Un ligero carraspeo hizo que levantase la cabeza.

—Bue-buenos días. Que-querría regi… registrar a un nuevo inquilino.

Se lo quedó mirando. Era difícil no hacerlo, sobre todo cuando al hombre lo acompañaba una figura fantasmal; literalmente.

—Es un re-refugiado po-político —añadió el hombre, quien parecía tener una ligera tartamudez.

Su sonrisa era amable, aunque un poco nerviosa. Tenía unos ojos azules tan claros que casi parecían grises y un pelo rubio oscuro peinado a la perfección. No debía de tener más de treinta y tantos, puede que cuarenta, y vestía como uno de esos empresarios rusos, con un abrigo de cachemira encima de un traje de chaqueta y corbata impoluto.

Si bien no era un hombre bajo, pues la obligaba a levantar la barbilla para poder mirarle a la cara, no resultaba amenazador, más bien todo lo contrario.

—Eh, sí… claro. —Se espabiló lo suficiente para rebuscar entre los papeles el libro de registros que había visto antes. Lo sacó, no sin esfuerzo, y lo dejó caer sobre el mostrador—. A ver… Esto debería ir aquí… creo. —Hizo una mueca y lo miró de nuevo, con una sonrisa de disculpa—. Es mi primer día aquí…

—Oh, sí. Mati-Matilda dijo que Maren había jo-jodido a alguien de fu-fuera —contestó con algo de dificultad. De pronto, tenía un pañuelo en las manos y se secaba el sudor de la frente con evidente nerviosismo—. Eres… la nueva.

—Soy Willa —corrigió con delicadeza. El tipo casi resultaba entrañable con su nerviosismo. Casi. Miró de soslayo y se estremeció al ver esos ojos blancos fantasmales clavados sobre ella.

Sí, fantasmas. No era la primera vez que se topaba con uno, aunque este tenía un aspecto mucho más lúgubre que el de los espíritus con los que alguna vez se había cruzado. Y era antiguo, lo bastante como para que sus ropas estuviesen en un museo de la moda, etiquetadas como «estilo renacimiento italiano, siglo XV».

—Oliver —respondió el hombre, llevándose una mano al pecho, señalándose a sí mismo—. Es-es un placer co-conocerte, Willa. Bien-bienvenida a San Bar-Bartolomé.

Sonrió, ahora de manera automática. El hombre era agradable y, a primera vista, parecía mucho más normal que todos aquellos con los que se había cruzado hasta el momento.

—Gracias —asintió y giró el libro hacia él—. Bien. Rellena nombre y apellidos, lugar de origen, ¿signo zodiacal? ¿Pero qué coño…? —Volvió a mirar el libro y comprobó que las siguientes casillas eran igual de curiosas—. Categoría sobrenatural, nocturno o diurno, ¿preferencias alimenticias?

—Yo… yo lo re-rellenaré por él —murmuró, cogiendo el libro con sumo cuidado, para luego volverse hacia el fantasma—. Es-está un poco de-deprimido.

Más que un poco, a juzgar por las formas grises que rodeaban al espectro.

No estaba especializada en espíritus y esas cosas, aquel era el campo de su padre, mas juraría que ese color no era síntoma de un alma saludable, más bien todo lo contrario.

—Cristoforo da Parigi —leyó el nombre que Oliver acababa de escribir con una letra de lo más elegante—. Alquimista… —Levantó la cabeza y miró al espíritu—. ¿Era alquimista?

—Y far-famacéutico —corroboró el hombre—. U-uno de los mejores del re-renaci… renaci-cimiento italiano.

—¿Y qué coño hace aquí? —preguntó, volviéndose de inmediato hacia el fantasma—. Non si offenda, signore.

El fantasma levantó la cabeza al escuchar aquella frase en italiano.

—¿Ha-hablas italiano?

Hizo una mueca y sacudió la cabeza.

—No tan bien como para mantener una conversación —admitió y señaló con un gesto al espectro—. Pero, hasta dónde sé, las almas entienden todos los idiomas…

—No… siempre —contestó Oliver, posando una mano con suavidad sobre el hombro del espíritu. Y el hecho de que esa mano no lo atravesara, encendió al momento todas sus alarmas.

El hombre que estaba ante ella no era humano, a menos que fuese un mago, un nigromante, aunque no tenía ese tufillo a cadáver que solía rodear a los brujos negros.

—Al-algunos olvidan… incluso como hablar. —Había tal tristeza en su voz que no pudo evitar volver a posar los ojos sobre él. Viéndolo ahora de perfil notó cierta melancolía en su rostro, así como también algo en lo que no había reparado antes, unos pequeños símbolos que discurrían junto a la sien y que habían estado ocultos por su pelo—. Su alma es de-demasiado valiosa para… que se la queden ahí abajo. Ellos no los entienden. Solo ven nú-números.

—¿Ahí abajo? —Empezaba a pensar que no era buena idea hacer semejante pregunta, pues con cada nueva frase que salía de su boca sus alarmas iban en aumento.

El hombre se sonrojó. La cara empezó a enrojecérsele y su mirada se volvió algo esquiva.

—So-solo se que-quedará u-unos días. —El tartamudeo se hizo más presente—. No da-dará, pro-problemas. Lo prometo. Por favor. So-solo será hasta que pu-pueda cru-cruzar…

Miró al fantasma y al tipo que tenía delante. Y, esta vez, lo recorrió de la cabeza a los pies, no fijándose en su apariencia, sino intentando ver qué había debajo. Desde que la maldición empezó a afectarla, contaminando su cuerpo, sus habilidades como bruja habían mermado considerablemente. Le costaba el doble de esfuerzo hacer cosas que antes realizaba con los ojos cerrados y, percibir la esencia de alguien era una de ellas.

Lo vio. El aura que lo envolvía en un color rojo fuego, el que solía envolver a los seres vinculados con las artes oscuras y una naturaleza igual de cuestionable. El tipo que tenía delante de ella era un demonio. Y no uno cualquiera. Miró al fantasma una vez más y tragó.

—Eres… un recolector de almas. —Se estremeció en cuanto las palabras salieron de su boca.

—Ex re-recolector —pronunció él en voz baja, cada vez más avergonzado—. Ya… ya no tra-trabajo pa-para… —Señaló con el dedo índice el suelo, ahorrándose palabras—. Me… des-despidieron.

Parpadeó un par de veces tras escuchar sus palabras.

—Perdona, ¿te despidieron?

Él asintió con la cabeza y se pasó una mano por el pelo, desordenándolo.

—Me di-dieron… la ba-baja por in- in… —Se frustró al no ser capaz de dejar salir la palabra—. In-co-co… Incompetente.

Escupió la última palabra como si le quemase en la lengua.