CAPÍTULO 3 EL DEMONIO QUE FUE DESPEDIDO DEL INFIERNO
—Supongo que así no tendré que pensar en qué ponerme cada día.
Willa se miró en el antiguo espejo de cuerpo entero que tenía en la habitación. Su dormitorio estaba en el primer piso y desde la ventana podía ver el jardín lateral de la casa, así como algunos árboles antes de que esa neblina lo engullera todo. No tenía idea de qué había más allá de la línea de árboles, si es que había algo. Y la verdad, tampoco sentía curiosidad por averiguarlo.
—Refugio San Bartolomé —leyó las letras bordadas a la altura del corazón en la ajustada camiseta que llevaba. La ropa la había estado esperando sobre una butaca, con una nota encima. Ni siquiera recordaba que estuviese allí la noche anterior, pero tampoco podía asegurar que no fuese así. Había estado demasiado cansada para fijarse en algo más que el tamaño de la habitación, que contaba con baño privado y una cama.
El uniforme constaba de camiseta, falda, chaqueta y unas cómodas zapatillas. Al menos no le habían entregado unos tacones. Eso habría sido un verdadero problema, pues se habría matado con ellos.
—Parezco una azafata de congresos —chasqueó la lengua y tironeó de la falda, intentando bajarla. No era excesivamente corta, de lo contrario, habría volado por la ventana, aunque tampoco era algo que ella soliese vestir en su día a día.
Pero es que este ya no es tu día a día, ¿verdad? Has hecho un trato con ese demonio y de él depende que te libres de esta maldición.
Se miró los brazos y las piernas. Las manchas estaban presentes como lagunas de alquitrán sobre su piel. Rozó una de ellas con las yemas de los dedos, notando su dureza de esas zonas oscuras y nada más. Podía pincharse, cortarse incluso, que no sentiría absolutamente nada. Era como si esos puntos de su cuerpo estuviesen ya muertos.
Cogió la chaqueta y se la puso de inmediato. Ni le gustaba ver las marcas, ni quería que otros las vieran. Era difícil de explicar su procedencia y no estaba por la labor de dar explicaciones.
—No pienso llevar esa falda sin medias —resopló. Desabrochó el botón, bajó la cremallera y se la quitó, lanzándola sobre la silla de donde la había cogido.
Cinco minutos después ya se había puesto un pantalón, peinado y cepillado los dientes.
Anoche todo había ocurrido con demasiada rapidez, ni siquiera pensó en coger algo de ropa, aunque Maren había puesto remedio a eso. Su maleta apareció también esa mañana al lado del armario, llena con algunas de sus cosas.
La sola idea de que ese demonio hubiese hurgado en su habitación y toqueteado su ropa interior, la ponía de los nervios.
—Respira, Willa. Respira —se recordó a sí misma—. Solo serán tres meses y entonces tendrá que cumplir su parte del trato. Puedes hacerlo. No puede ser tan difícil estar detrás de la recepción de este lugar…
Un estrepitoso golpe al otro lado de su puerta la sobresaltó. No pasaron más que unos pocos segundos antes de que escuchase pasos a la carrera y gritos entre los que destacaba el nombre de Nix.
«¡Cierra el puto grifo de esa bañera o te juro que te cortaré el agua y dejaré que te seques como un jodido pulpo!».
«¡Es mi habitación! ¡Es mi territorio! ¡Aquí mando yo!».
«¡Estás inundando el puto pasillo!».
«¡Yo siempre tengo la culpa de todo! ¡De todo! ¡Estoy harto!».
«Se va a inundar toda la casa, la humedad hinchará la madera, se pudrirá y la integridad estructural del refugio se vendrá abajo… ¡Y ya no tendremos donde vivir! Ay, qué desgracia. ¡Qué desgracia!».
«¡Cierra el pico, Agnes!».
«¿Cómo se lo digo a Maren? Se deprimirá, querrá suicidarse. Ay, qué desgracia».
En contra de su buen juicio, abrió la puerta y echó un vistazo al pasillo. Las voces venían del otro lado de la planta, del pasillo que conectaba con las escaleras que llevaban abajo. No tuvo que ir muy lejos. Nada más girar, se encontró con un considerable charco de agua que parecía ir ganando terreno y varias personas chapoteando en él.
—Buenos… días —saludó en voz baja.
Tres pares de ojos se posaron sobre ella. Reconoció a Boris y a Nix, aunque no a la pelirroja con pecas y enormes ojos verdes que parecía estar al borde del llanto.
—Bonito uniforme. —Boris la recorrió de la cabeza a los pies, sus labios estirándose en una mueca.
—Mola la camiseta. —Nix ladeó la cabeza y entrecerró los ojos—. ¿Crees que la tendrán de mi talla?
—No lo sé —admitió, sin saber muy bien por qué había dicho aquello.
—No sabía que tuviésemos uniformes… —murmuró la chica. No podía ser mucho mayor que ella. Puede que incluso fuese algunos años más joven, pero era difícil adivinarlo cuando vestía con esas ropas anchas y la enorme sudadera que parecía tragársela. Tenía una voz ligeramente aguda, casi chirriante, que la hizo encogerse de manera automática.
—No los tenemos —chasqueó Boris, mirándola a los ojos—. Maren te la ha jugado, ¿eh?
Le llevó un par de segundos procesar sus palabras y lo que aquello significaba.
—Maldito demonio… —siseó.
—Pues a mí la camiseta me mola —insistió Nix, abandonando el umbral de la que debía ser su habitación para acercarse a ella. El chico resultó ser unos cuantos centímetros más alto que ella, tenía los vaqueros mojados hasta las rodillas, pero, por lo demás, parecía completamente normal.
Excepto que ayer había tenido tentáculos. Y ese era un detalle muy a tener en cuenta.
—¿De verdad eres un kraken? —La pregunta se le escapó de entre los labios.
—Es de muy mala educación hacer preguntas tan personales… —murmuró la pelirroja en voz baja, hundiéndose en su propia ropa—. Podrías herir sus sentimientos y entonces se deprimirá, y llorará, y la casa se inundará y…
—Joder, Agnes, ve a proclamar desgracias al piso de abajo, anda, guapa —la echó Boris con un resoplido.
—¿Nunca habías visto un kraken? —Más que ofendido, Nix parecía casi complacido de ello, como si aquello le diese la oportunidad de alardear.
Willa negó con la cabeza.
—Dudo que la humana haya visto algo más raro que una pizza con piña del lugar del que viene —rumió Boris, llevándose las manos a las caderas—. Ya estás cogiendo un cubo y una fregona para achicar esto, tentaculitos.
—No ha sido culpa mía —resopló el chico, volviéndose hacia el hombre—. Mi bañera no pierde agua. Es la tubería la que se ha roto…
—¿Y no podías haber empezado por ahí?
—¡Nunca me dejáis explicarme! ¡Me acusáis y ya! ¡Yo siempre tengo la culpa de todo! ¡Es que nadie me escucha!
—¡Nix! ¡Cierra el puto grifo ahora mismo!
La voz tronó desde el otro lado de la planta, acompañada de pesadas pisadas que se aproximaban.
—¡Que no hay ningún grifo abierto, joder! —exclamó el aludido, dando un pisotón en el agua que la salpicó.
Pasaron tan solo unos segundos hasta que lo vio aparecer doblando la esquina. La apariencia de gótico deprimido de anoche había desaparecido. A pesar de que seguía vistiendo de negro, su aspecto hoy era más mundano, aunque eso no evitaba que el aura que lo envolvía le produjese un escalofrío. Los ojos carmesíes se posaron sobre ella y sus labios empezaron a estirarse en una sonrisa, la recorrió de la cabeza a los pies y se detuvo sobre sus pantalones.
—¿No acerté con la talla de la falda? —chasqueó él.
—Prefiero los pantalones.
Maren levantó la cabeza, sus ojos se encontraron de nuevo.
—Ya veo. —Su voz fue como una caricia, una que no le gustó un pelo—. Te conseguiremos unas medias. Tienes un par de piernas estupendas, sería una pena que las ocultases.
Abrió la boca, pero volvió a cerrarla al ver lo que ese demonio llevaba en una de las manos.
—¿Eso es una caja de herramientas?
—Sí.
—¿Qué haces con una caja de herramientas?
—Arreglo cosas —respondió y, como si hubiese recordado en ese instante el motivo de su llegada, miró a Nix y luego entró en la única puerta abierta en todo el pasillo; el lugar del que procedía el agua—. Mierda. La tubería se ha roto otra vez.
—¡Ves! —El chico se cruzó de brazos con un resoplido—. Ya os dije que no había sido cosa mía. Pero, ¿me escucháis? Claro que no.
Willa no pudo evitarlo y se acercó a la puerta. Nada más echar un vistazo al interior, se quedó inmóvil. La habitación estaba completamente vacía, a excepción de la enorme bañera con patas que había en medio de un suelo de damero y algunos pósters en las paredes. No había nada más. Ni un solo mueble a la vista.
—Soy muy fan de BTS —declaró el chico, al que ni siquiera se había dado cuenta de que tenía ya a la espalda—. ¿Los conoces? ¿Te gustan? Su último disco es brutal…
Ladeó la cabeza para encontrarse con el rostro juvenil y sacudió la cabeza.
—Sé quiénes son, sin embargo…
—Nix, no entretengas a Willa —escuchó a Maren desde el interior de aquella absurda habitación—. Deberías bajar al comedor y desayunar, brujita. No querrás comenzar tu primer día a mi servicio con el estómago vacío, ¿verdad?
—¿De verdad vas a trabajar aquí? —Nix parecía emocionado por ello.
—Pobre muchacha —resopló Boris y la miró de soslayo—. Solo a ti se te ocurre invocar a este…
—¿Espera? ¿Invocaste a Maren?
—En realidad, invocó a Lucrecia.
El silencio cayó sobre el pasillo como una manta. Todo el mundo, incluso la mansión, pareció contener la respiración durante unos segundos.
—Es un milagro que siga viva.
—El milagro es que lo siga Maren —afirmó el licántropo, poniendo los ojos en blanco—. Bah. Tengo que trasplantar los rosales. Estaré en el jardín toda la mañana. No me molestéis a menos que alguien se esté muriendo y sea necesario cavar su tumba.
Sin más, giró sobre sus talones y se marchó como si nada.
—Nix, trae tus tentáculos aquí —añadió el demonio, ignorando los comentarios referidos a él—. Willa, a menos que tengas conocimientos de fontanería, te sugiero que bajes y desayunes. Lucrecia te estará esperando en su oficina a las diez. No llegues tarde. Se lo tomará como algo personal.
Lucrecia. La mona. ¿La esperaba en su oficina?
—Tiene que ser una broma.
—No dirías eso si conocieses realmente a Lucrecia —le dijo Nix, posando la mano sobre su hombro antes de entrar en la habitación.
—La recepción es tuya toda la mañana —añadió el demonio.