Refugio San Bartolomé para inadaptados sobrenaturales CAPÍTULO 2 BIENVENIDA AL REFUGIO #4
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CAPÍTULO 2 BIENVENIDA AL REFUGIO #4

La pequeña capuchina estaba sentada sobre sus patas traseras, sus manitas se movían con una rapidez inusitada sobre un teclado adaptado a su tamaño y parecía concentrada en su tarea.

—Lucrecia.

La mona volvió a ignorar la voz cada vez más irritada de su amo.

¿No le había dicho que esa criatura era su familiar?

—¡Lucrecia! —A este punto Maren acabó alzando la voz con visible irritación.

El simio levantó la cabeza, apartándola de la pantalla. Miró al hombre, luego a ella y volvió a clavar esa cara de mala leche en él para finalmente señalar un montón de formularios. Dos segundos después volvía a teclear a una velocidad endemoniada.

—Gracias —resopló este, cogió los documentos que necesitaba y salió de la oficina.

No dudó en seguirle, deteniéndose tan solo un segundo al ver la placa en la puerta que ponía «Administración» y justo debajo «Doña Lucrecia».

Miró la placa, luego a la monita que seguía trabajando.

—No. No puede ser verdad —decidió. Era demasiado bizarro incluso pensar en ello.

Maren la esperaba en el pasillo, ojeando los papeles.

—¿Por qué hay un mono en la oficina de administración tecleando como si no hubiese un mañana?

—Tiene trabajo pendiente.

—Es un mono —señaló lo que para ella era evidente.

—Sí.

—Y te ha ignorado.

—Sí.

Parpadeó un par de veces seguidas ante las monosilábicas respuestas que parecían ser todo lo que iba a sacar de él.

—¿Y no piensas hacer nada?

Sus labios se estiraron de esa forma entre irritable y sexy.

—Cuando lleves algún tiempo por aquí entenderás que es mejor no molestar a Lucrecia cuando está ocupando esa oficina —le soltó y, sin más, le tendió los papeles—. Rellena eso. Después te enseñaré tu habitación.

Miró los formularios y luego a él.

—¿Va en serio? ¿Lo de trabajar para ti?

—Tenemos un trato, brujita, por supuesto que va en serio —le aseguró y, esta vez, la condujo a la biblioteca que se encontraba en el pasillo contiguo a la recepción—. Tómate tu tiempo. Después te enseñaré tu habitación.

—¡Maren! ¡Maren, ven rápido! —Escuchó una voz aguda, chirriante, procedente de alguna parte de aquella planta—. ¡A Nix se le ha atascado un tentáculo en el desagüe de la bañera!

—Por todos los infiernos, ¿es que no voy a tener un solo instante de tranquilidad? —lo escuchó farfullar antes de salir por la puerta y empezar a dar voces—. ¡Que alguien suba el desatascador del sótano!

—¡Voy!

Willa se quedó allí sentada, mirando la puerta por la que acababa de salir el demonio sin entender muy bien a dónde coño había ido a parar en realidad.

—No. Esto no puede ser real —murmuró para sí, sacudió la cabeza y le echó un vistazo a los formularios que tenía delante—. Joder.

Esto casi parecía un mal chiste.

Hacía tan solo unas horas estaba en el salón de su casa, lista para enfrentarse a lo que fuese con tal de conseguir deshacerse de su maldición. Y ahora, aquí estaba, con un puñado de folios con varias casillas a rellenar porque el demonio al que invocó se había reído en su cara.

Al menos esta vez había convocado al tipo correcto. Él era el único responsable del mal que la aquejaba y también el único con el poder de erradicarlo de raíz.

Bajó la mirada sobre la marca del acuerdo que tenía sobre la mano, tiró hacia arriba de la manga del suéter e hizo una mueca al ver una de esas manchas negras cubriéndole la piel. Se había extendido en los últimos días, era la más grande, la más visible, pero no la única. Su cuerpo parecía el de un jodido dálmata o el de alguien al que hubiesen pegado una paliza, solo que lo suyo no eran moratones, sino la muerte paulatina de su ser.

Tiró de nuevo de la manga hasta casi los dedos para evitar ver lo que llevaba atormentándola todos estos meses. Ahora tenía una salida, aunque esta pasase por permanecer en este lugar los próximos tres meses.

—No puedo creerme que esté haciendo esto… —Masculló, cogió el bolígrafo y empezó a rellenar las líneas, comenzando por añadir su propio nombre.

Apenas había cubierto un cuarto de la primera página cuando escuchó algo parecido a una explosión. Las paredes temblaron, alguno de los libros cayó de las estanterías y la lámpara sobre su cabeza empezó a parpadear. Miró hacia arriba con gesto consternado solo para escuchar a continuación lo que parecían voces airadas del piso superior.

«¡Os voy a matar a todos!».

«¡Mi tentaculito!».

«¿Qué coño era eso?».

«El líquido desatascador, Maren».

«¡Mi tentáculo! ¡Mi tentaculito!».

«Deja de lloriquear, idiota. Mañana ya se te habrá regenerado».

Las voces se confundían unas con otras, pero a Willa le daba igual. En realidad, ni siquiera quería saber qué estaba pasando.

—La ignorancia es la mayor de las bendiciones —se repitió como un mantra y siguió escribiendo, aunque no por ello dejó de hacerse la única pregunta que importaba de verdad—. ¿Cómo coño voy a sobrevivir noventa días aquí?

«Nix, joder, o te estás quieto o juro por el más allá que te cortaré yo mismo cada uno de esos apéndices».

Alguien se echó a llorar y finalmente llegó el silencio.

—Nop. No pienses, no preguntes, solo escribe, Willa… —Se dijo una vez más.

Había cosas de las que era mejor no conocer nunca la respuesta.