Refugio San Bartolomé para inadaptados sobrenaturales CAPÍTULO 2 BIENVENIDA AL REFUGIO #3
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CAPÍTULO 2 BIENVENIDA AL REFUGIO #3

—Sí, brujita. Un kraken, ¿te explico lo que es o ya te haces una idea? —le dijo, rodeándole la cintura con el brazo para hacerla girar y conducirla de vuelta a la entrada de la casa—. Y el otro tipo, el gruñón, es un licántropo. Ya sabes, esos tipos a los que les sale pelo y se ponen a aullarle a la luna llena.

—¡Te he oído! —Se escuchó la voz malhumorada de Boris a sus espaldas.

Maren se limitó a sonreír satisfecho y la empujó, de modo que esta vez era ella la que caminaba delante de él.

—Pero no te preocupes, son inofensivos —añadió como si nada—. Mientras no atentes contra el jardín o las plantas de Boris y te mantengas lejos de los tentáculos del kraken hormonal, no tendrás problemas.

—¿Es una broma?

—Repites mucho esa frase últimamente, ¿no crees? —le soltó él, con una amplia sonrisa, señalándole ahora las escaleras que llevaban a la puerta principal—. Ven. Te enseñaré dónde vas a vivir los próximos tres meses.

A Willa se le encogió el estómago.

Empezaba a arrepentirse de haber cerrado un trato con ese demonio.

***

La palabra refugio tenía una connotación muy distinta en su mente, una que poco o nada tenía que ver con lo que se encontró nada más entrar en el hall del edificio victoriano. Los techos altos con molduras ornamentadas, el papel pintado con motivos damasquinos que decoraban las paredes de aquella parte del inmueble y los suelos de madera oscura que parecían extenderse más allá del hall, eran todo lo opuesto a lo que debería ser cualquier lugar regentado por un demonio capaz de lanzar una maldición como la que la aquejaba.

Tendría que haberse encontrado con una decoración fría, lúgubre y no con la calidez y el colorido de la recepción. Incluso la mujer que estaba detrás del mostrador parecía alguien demasiado luminoso para estar en este lugar, por no hablar de su voz, la cual era como un murmullo suave, casi tímido.

—Oh, menos mal que has vuelto, Maren —murmuró la chica. Sus ojos de cervatillo se abrieron de par en par y empezó a agitar las manos con rapidez—. Oliver está…

Un brusco estruendo interrumpió a la muchacha. La lámpara del techo empezó a balancearse, agitada por el temblor que sacudió la casa.

—¿Qué ha sido eso? —jadeó, recorriendo el techo sobre su cabeza con la mirada, como si esperase que fuese a caerse de un momento a otro.

—Oliver —respondieron ambos a la vez.

Willa bajó la cabeza para mirar a Maren.

—¿Quién es Oliver?

—Alguien que suele poner a prueba mi paciencia —resopló, sacudió la cabeza y se dirigió a la recepcionista—. ¿A quién ha invitado ahora?

La chica se mordió el labio, remetiéndose un mechón de pelo rosa detrás de la oreja.

—Creo que es el alma de un antiguo alquimista. —Lo dijo tan bajito que le costó entender lo que decía.

—¡Joder! —Su estallido la sobresaltó e hizo que la chica de detrás de la barra diese también un respingo antes de desaparecer por completo en una nube de… ¿Humo?—. ¡Dejé bien claro que no quiero ninguno de esos charlatanes en el refugio!

Y, donde hacía tan solo un momento había una chica de pelo rosa, ahora había un… caballo. Con las crines rosas y el pelaje blanco.

—¿Qué coño…? —Abrió los ojos como platos, observando lo más bizarro que había presenciado jamás.

—¡Joder, Vera! —Maren descargó el puño sobre la superficie del mostrador y el caballo desapareció de nuevo en esa nube de humo para acabar apareciendo a continuación una cabra.

—Lo siiiiiientoooo —baló la cabra… O habló. Sí, la cabra habló.

—Dos horas. —La señaló con el dedo—. Desaparezco dos horas y todo está patas arriba.

—Lo siiiientooooo, Maaaaaren —volvió a balar la cabra. Y, por Dios, era tan absurdo que no podía dejar de mirarla. La puta cabra también tenía el pelo rosa.

El demonio siseó, pronunciando algo en un idioma que no había oído jamás, entonces se volvió hacia el pasillo que se abría a la derecha de la recepción y señaló con un gesto en aquella dirección.

—¿Ha vuelto a la oficina?

La cabra empezó a agitar la cabeza de arriba abajo, para finalmente, tras otro de esos humeantes cambios, apareció de nuevo la chica.

—Sí —respondió en voz aún más bajita. Tenía el rostro enrojecido y parecía a punto de llorar—. Y no parecía nada contenta.

—No me digas… —resopló. Ladeó la cabeza y clavó esos ojos carmesíes ahora sobre ella—. Es una cambiante. Una casi tan mala en lo suyo como tú en lo tuyo. —Y ahí estaba de nuevo la versión Encantador de ese irritante demonio—. Vera, ella es Willa. Trabajará en el refugio durante los próximos tres meses.

—¿Has contratado una nueva recepcionista? —No sabría decir si era una pregunta o una súplica.

—Sí, ¿por qué no? —replicó, sus labios extendiéndose poco a poco—. Será una buena forma de que se familiarice pronto con el refugio y sus… —El techo volvió a temblar y con él toda la casa—. Voy a enviar a ese inútil de nuevo al infierno…

Vio cómo la chica se mordía el labio inferior, como si dudase entre decir alguna cosa o permanecer callada. Al final se volvió hacia ella y le dedicó una pequeña sonrisa que, sorprendentemente, hizo que su rostro se volviese precioso.

—Bienvenida a San Bartolomé, señorita Willa —susurró, saludándola con la mano, como ya había hecho antes Nix.

—Sí, sí. Ya tendréis tiempo de charlar después —rezongó Maren y, sin mediar palabra, arrancó a caminar de nuevo en dirección a aquel pasillo—. Muévete, Willa.

Apretó los dientes y miró a su alrededor, buscando algo, lo que fuese que pudiese tirarle a la cabeza, pero todo lo que veía era demasiado grande o pesado para poder lanzárselo con precisión.

—Ese imbécil es el único que puede acabar con tu maldición. Todavía no puedes matarlo —murmuró para sí misma, necesitando un motivo para no sucumbir a sus recién descubiertos instintos homicidas—. Maldita mi suerte.

Echó un último vistazo a la chica, quien bajó inmediatamente la cabeza al darse cuenta de que la había pillado mirándola, y siguió al demonio.

No llegaron a alejarse demasiado de la recepción. Maren se detuvo en la primera puerta a su derecha. Estaba abierta y se escuchaba el inequívoco sonido de alguien al teclado.

—Necesito registrar una nueva incorporación —escuchó que decía él, nada más cruzar el umbral.

El tecleo no se detuvo un solo segundo, era como si la persona de allí dentro estuviese demasiado ocupada con sus propios asuntos como para atender los del recién llegado.

—¿Me estás escuchando? —La voz masculina sonaba algo irritada—. Lucrecia.

¿Lucrecia?

El nombre hizo que se acercase a la puerta y entrase en lo que a todas luces era un enorme despacho. Al contrario que la luminosa entrada, esta habitación era algo más masculina. Estaba revestida en madera, con muebles robustos oscuros e incluso el papel de las paredes era de tonos verdes y marrones. Con todo, la estancia estaba lo bastante bien iluminada como para que pudiese advertir las estanterías repletas de libros, algunos cuadros en las paredes, el par de sillas frente al enorme escritorio de caoba y, lo más bizarro de todo, a Lucrecia, sentada sobre la mesa, con una pila de documentos más alta que ella, unas diminutas gafas redondas haciendo equilibrismos sobre su cara mientras tecleaba a toda velocidad sobre el teclado del ordenador.

Willa tuvo que parpadear varias veces para entender qué narices estaba viendo.

—Lucrecia.