Refugio San Bartolomé para inadaptados sobrenaturales CAPÍTULO 2 BIENVENIDA AL REFUGIO #2
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CAPÍTULO 2 BIENVENIDA AL REFUGIO #2

Cuando pensaba en demonios, esperaba algo más… lúgubre, con un toque demoníaco, algo similar a una fortaleza infernal en medio de ríos de lava o algo así, pero esto… ¡Esto parecía una puñetera escena sacada de la campiña inglesa!

—¿Sigues conmigo, señorita Willa?

El canturreo de Maren llegó hasta ella con una pizca de jocosidad que la irritó inmediatamente. No se había molestado en detenerse, seguía caminando con las manos en los bolsillos, como si, más que un maestro demonio, fuese un puñetero lord volviendo a casa después de una fiesta en la alta sociedad.

¡Qué infiernos!

Apretó los puños a ambos lados y apuró el paso, mas no por ello dejó de admirar los distintos macizos y plantas que parecían crecer sanas y frondosas a ambos lados del camino. Quienquiera que se ocupase de los jardines hacía una labor extraordinaria.

No tardó mucho en dar alcance a su nuevo patrón, quien apenas le dedicó un fugaz vistazo, quizá para asegurarse de que no había desertado todavía. Acompasó sus pasos a los de él, poniéndose a su altura, pues se negaba a caminar detrás. Con todo, no hacía más que perder el ritmo cada vez que algo le llamaba la atención: un columpio colgando de un árbol, una fuentecita de piedra con un cupido de la que borboteaba un agua… morada e incluso creyó ver una casita para pájaros en un pedestal al borde del área ajardinada antes de detenerse frente a la fachada.

Si de lejos le había parecido impresionante, de cerca la casa ganaba aún más presencia y lo hacía de una manera bastante particular.

¿Dónde estaban las gárgolas, la piedra negra, los promontorios de roca?

Nada de aquello tenía el menor sentido, empezando por la elegante placa, que destacaba sobre la columna de piedra, en la que podía leerse:

REFUGIO NOCTURNO SAN BARTOLOMÉ

Eres libre de atravesar nuestras puertas.

Zona de exclusión de exorcistas.

Leyó tres veces el cartel y acabó sacudiendo la cabeza en continua negación.

—No.

—¿No qué?

—Esto.

—¿Qué le pasa?

—No puede ser.

—¿Por qué no?

—Eres un demonio —señaló lo obvio.

—Sí. ¿Y?

Willa volvió a señalar la casa, abriendo los brazos.

—Que esto no grita: «Aquí vive uno de los maestros demonios más grandes de todos los tiempos. Entrad bajo vuestra propia responsabilidad». —Agitó los brazos, intentando abarcarlo todo—. ¡Esto no pega con alguien capaz de lanzar un maleficio que lleva matando a las brujas de mi linaje desde hace más de quinientos años!

—¿Qué esperabas? ¿Que llevase una camiseta con el eslogan «Soy Mareskini, un Maestro Demonio de la Hostia. ¡Temedme o morid!»? —La miró de la cabeza a los pies y chasqueó la lengua—. Qué poco respeto por la clase trabajadora, en serio. Qué poco respeto.

Willa abrió la boca y volvió a cerrarla, pues era incapaz de encontrar algo coherente que decir ante semejante respuesta.

—Pago mis impuestos religiosamente, eso sí que debería resultar aterrador —continuó parloteando mientras se dirigía a la escalera que llevaba a un porche cubierto—. Ya lo creo que sí.

Alzó la mirada una vez más hacia la fachada de la casa y sacudió la cabeza.

—No entiendo nada… —musitó. Y era verdad. Nada de aquello tenía sentido. Pero ni el más mínimo.

Acabó reanudando su avance solo para detenerse en el primer escalón al escuchar un chapoteo procedente de alguna parte de su izquierda y una especie dramático alarido.

—¡No me comprendéis!

—Ya estamos otra vez… —Maren dejó escapar un resoplido y volvió sobre sus pasos, saltó los últimos escalones con gracilidad y pasó por delante de ella como una exhalación, avanzando a zancadas hacia el lugar del que provenía el sonido.

No se lo pensó. Lo siguió de inmediato, teniendo que acelerar el paso para no perderle mientras bordeaba la casa.

—Nadie me entiende en esta casa. —La voz que ahora escuchaba con bastante claridad era joven, masculina y con ese ímpetu típico de la adolescencia—. No tenéis la menor idea de lo difícil que es ser yo. Si estoy en la bañera, porque estoy en la bañera, si quiero quedarme en la charca a ver las estrellas, porque estoy en la charca y eso os estorba. ¡No es justo! ¡Yo no veo a nadie quejándose de Vera cuando le entran los nervios y se pone a masticar las margaritas de Boris!

—¿Qué Vera ha estado masticando mis margaritas? —escuchó otra voz ronca y muy indignada.

—¡Yo no he roto ni me he comido ninguna planta!

—¡Te has zampado los nenúfares y los peces de la charca!

—¡Es que estoy creciendo! —lloriqueó el chico al tiempo que un largo tentáculo de color morado con ventosas rosas se alzaba en el aire y volvía a caer, provocando ese sonido de chapoteo.

—¿Pero qué coño…? —Se detuvo en seco, abriendo los ojos como platos mientras veía a Maren plantarse ante aquel estanque de piedra.

—Nix, ¿qué demonios haces en la charca? —preguntó este, con un tono que evidenciaba que no era la primera vez que hacía semejante pregunta—. ¿No habíamos quedado en que este territorio estaba vedado para ti?

Sentado en el centro de este, con medio palmo de agua a su alrededor y algunas hojas de los mentados nenúfares, había un chico de unos veinte años, con el pelo de un azul oscuro, revuelto seguramente por la acción de sus manos, y una sudadera con capucha, con la conocida imagen de una villana Disney y el eslogan «Team Úrsula» en letras grandes.

—¡Es que no me dejáis ir a ningún lado! Nix, no hagas esto, Nix, no te metas en esa acequia, Nix, no se te ocurra tocar la charca… —rezongó el chico y acompañó sus quejas de un nuevo chapoteo de… eso.

Tentáculos. Eso eran dos jodidos tentáculos morados, con ventosas rosas, saliendo del agua y chapoteando en torno al chico. No sabría decir si era aterrador o adorable, sobre todo con ese colorido tan chic.

—¡Me asfixiáis! —gimoteó, golpeando ahora el agua con los puños, haciendo que esta se elevase en torno a él como dos géiseres—. ¡Yo también tengo derecho a disfrutar de la vida! ¡Y de la puta charca si quiero!

—Esa boca, jovencito —lo reprendió Maren, lo cual, quizás, fuese lo más absurdo de todo.

—Te dije que teníamos que traerle un tanque, la bañera ya no es suficiente —rezongó el hombre que había escuchado y que ahora veía finalmente con una pala al hombro y cara de pocos amigos. Se trataba de alguien mayor, con el pelo cano, además de una complexión y lozanía que desmentía la edad que parecía tener; unos setenta años.

—¡Nadie toca mi bañera! —chapoteó una vez más el muchacho, agitando ahora uno de esos tentáculos en el aire.

—¿Qué coño… es eso? —Las palabras salieron de su boca antes incluso de que pudiese ponerles freno. De inmediato, tres pares de ojos cayeron sobre ella con distintos grados de irritación, curiosidad o sorpresa.

—Eso es Nix.

—¿Quién es esta? —preguntó el chico.

—Esta es Willa.

—¿Te la estás tirando? —inquirió el hombre de la pala.

—Acabo de conocerla.

—¿Y eso cuando ha sido un problema para ti? —bufó.

—Es una de las brujas afectadas por la maldición.

—Coño, ¿pero es que todavía viven?

—Esta sí.

—Hola, Willa. —El chico de la charca levantó la mano y la agitó en un avergonzado saludo.

—Hola —respondió al saludo por inercia, porque su cerebro seguía pendiente de esos tentáculos que empezaban a hundirse bajo el agua como si también estuviesen avergonzados.

—Nix es un kraken, por si te lo estás preguntando, que salta a la vista por la cara de pánfila que se te ha quedado que sí. —La voz de Maren empezaba a convertirse en un molesto zumbido para ella, por lo que tardó en identificar sus palabras y fulminarlo con la mirada en respuesta.

—Un kraken… —repitió, pues estaba claro que su cerebro había colapsado en algún momento de los últimos instantes.

—Uno en su fase adolescente —resopló el hombre mayor, entonces se volvió hacia Maren y la señaló a ella—. Así que es una bruja. Y una de las malas, por lo que huelo…

—No es, lo que se dice, un portento —admitió el demonio, para su creciente irritación—. Me convocó y acabó reclamando a Lucrecia.

—¡No me jodas! —El hombre estalló en carcajadas, lo que incrementó el sonrojo que empezaba a cubrirle las mejillas—. Estás jodida, bruja. Sentenciada.

—No la acojones, Boris, que acabo de contratarla —chasqueó el portador de esos ojos carmesíes que volvieron a clavarse en ella—. Y tiene que durarme los próximos tres meses… ¿verdad?

—¿Se va a quedar aquí? —El chico se levantó y el agua empezó a chorrear de unos flojos pantalones vaqueros. Si no hubiese visto antes esos tentáculos, hubiese pensado que se trataba tan solo de un chaval común y corriente.

Pero aquí nada era común y corriente, ¿verdad?

Volvió a mirar al hombre de pelo cano y se encontró con unos ojos amarillos que eran de todo menos humanos.

—Sí. Y tienes prohibido ahogarla como le hiciste a la última.

—Oye, que eso fue un accidente. —El chico se envolvió con sus propios brazos y bajó la cabeza, visiblemente avergonzado, mientras arrastraba los pies y abandonaba por fin la charca, dejando un reguero de agua púrpura detrás de él—. Ni que vosotros nunca hubieseis cometido errores en vuestra juventud, claro, eso sí os acordáis de cuando todavía erais jóvenes.

—¿Puedo pegarle con la pala? —preguntó el hombre, bajando dicha herramienta y empuñándola con ambas manos.

—No. —El demonio fue tajante en su respuesta.

—Pues entonces esto no hay quien lo arregle —bufó, les dio la espalda a ambos y se quedó mirando la charca—. Ya estás buscándome nuevos peces, Maren. Y mantén a ese mocoso lejos de mi jardín o te juro que le conseguiré a la cocinera uno de esos tentáculos para la sopa.

—Sí, sí, tomo nota —resopló el aludido, dándole la espalda al tiempo que se frotaba la cabeza. Daba la sensación de que no era la primera vez que se enfrentaba a algo semejante y eso era… desconcertante.

—Un kraken… —volvió a pronunciar nada más lo tuvo delante. Era como si su cerebro se hubiese quedado con esa palabra y fuese incapaz de ir más allá.