CAPÍTULO 2 BIENVENIDA AL REFUGIO
La regla número uno del manual de Wilhelmina Hawthorne, no hacer jamás tratos con demonios, acababa de saltar por los aires.
Su mano, engullida por la más grande y callosa del tal Maren, sellaba un trato del que ya se estaba arrepintiendo. ¿Pero qué otra opción le quedaba? Si no hacía algo, aunque fuese estúpido, moriría en tres meses y no era algo que le apeteciese especialmente.
Su padre iba a montarle un buen pollo cuando se enterase de lo que acababa de hacer. Él había tenido suerte, aunque pertenecía al linaje maldito, había nacido varón, lo que significaba que la putada se lo saltaba y recaía en sus descendientes femeninos.
Ya era mala suerte que tuviese tres hijos varones y ella hubiese nacido mujer.
Puede que el hecho de que fuese hija de su primer matrimonio y los trillizos del segundo, tuviese algo que ver. Sí. Puta suerte la suya.
Su madrastra estaría más que encantada de verla desaparecer. Nunca se habían llevado bien. El que Willa se pareciese tanto a la difunta primera esposa de su marido la traía por la calle de la amargura. Era una mujer insegura y más zorra que bruja, aunque ambas acepciones le iban como anillo al dedo.
—¿Hay trato? —Las palabras del demonio la anclaron de nuevo a ese momento, a sus manos unidas y a la fuerza y el calor que emanaba de ese traicionero ser.
—¿Tres meses? —preguntó, queriendo cerciorarse de cada una de las partes de ese acuerdo, sin dejar nada al azar.
—Tres meses —confirmó él.
—¿Y al nonagésimo día eliminarás mi maldición?
—Correcto.
—La eliminarás de mi sangre y de la de todos los hombres y mujeres vivos del linaje de la primera bruja a la que maldijiste. —No pensaba dejar nada al azar.
—Si eres tan puntillosa con el resto de las cosas, serás una empleada perfecta para el refugio —aseguró con visible satisfacción.
—Responde —entrecerró los ojos sobre él.
—Sí, pequeña Willa, la eliminaré de tu sangre y de la de todos los descendientes, sin importar el sexo, de la madre de tu aquelarre —canturreó al tiempo que le ceñía un poco más la mano—. Reconozco que la condena es una putada mayúscula, pero la hija de puta se la ganó a pulso. Algunas brujas no saben aceptar un no y…
—No quiero escuchar los detalles —resopló y, antes de dar por válido el trato, añadió una última cosa más—. Lo que sí quiero es una garantía de que sobreviviré a esos tres meses. De nada me sirve hacer un trato con un demonio si voy a diñarla antes.
—Así que también eres melodramática… —Sonrió divertido—. Qué bonito.
—Responde, demonio.
—¿Planteando de nuevo exigencias, brujita? —chasqueó la lengua y señaló el círculo de invocación y al mono que todavía ocupaba el centro con una expresión cada vez más cabreada—. No eres precisamente la mejor en tu campo, cariño.
—A la mierda contigo. No voy a dejar que juegues conmigo como lo has hecho con otras brujas, yo no…
—Mientras cumplas con tu parte del trato, nada ni nadie pondrá fin a tu vida antes de que se cumpla el plazo impuesto por la maldición —la interrumpió, sus ojos carmesíes se clavaron en ella con una intensidad que la estremeció—. Trabaja para mí durante los próximos noventa días y te juro que levantaré el legado maldito que pesa sobre ti y tu sangre antes de la puesta de sol del último día de nuestro acuerdo.
Un juramento. Ese demonio no iba de farol. Ninguno de su tipo haría algo semejante si no estuviese plenamente dispuesto a cumplir con su parte.
—¿De qué clase de trabajo estaríamos hablando? —Necesitaba que cada parte de ese acuerdo estuviese claro, no pensaba dar un solo paso en falso—. No pienso envenenar ni matar a nadie por ti, ya te aviso…
—Nah. Para eso no necesito asistente. De ti requiero otro tipo de servicio. —La manera en la que la miró y se lamió los labios la hizo dar un respingo.
—¡Ni de coña! ¡No estoy dentro de ese tipo de trabajos! —Por muy bueno que estuviese el maldito demonio, no iba a convertirse en su juguete sexual.
Maren se echó a reír y le ciñó aún más la mano cuando ella intentó arrancarla de su férreo agarre.
—Trabajarás para mí durante tres meses como empleada del refugio —dijo por fin, captando entonces su atención.
—¿Un refugio? —No podía haber oído bien.
Él asintió.
—Ando escaso de personal —replicó con un ligero encogimiento de hombros—. Y algo me dice que tú eres bastante competente en cualquier cosa que no sea… dibujar círculos de invocación.
Willa entrecerró los ojos. Quería mandarlo a la mierda, pero él era la única forma que tenía de escapar del mal que la aquejaba.
—Noventa días en mi refugio. Si lo abandonas antes, nuestro trato se rompe y tú… pasarás a ser de mi propiedad.
—¿Disculpa? —jadeó ella, abriendo los ojos como platos—. Eso no es de lo que estamos hablando…
—Me estás pidiendo que levante una poderosa maldición, querida, que menos que obtener algo a cambio, ¿no? —Sonrió de una manera que le provocaron escalofríos—. Además, ¿qué son tres meses trabajando para mí a cambio de ponerle punto final y liberarte de la muerte? Tendrás una vida larga y plena y todo lo que debes hacer a cambio es trabajar para mí y permanecer dentro de la propiedad durante esos noventa días…
—Maldito demonio… —Siseó. No le sorprendía lo más mínimo que le saliese ahora con esas. Era un embaucador, ¿qué otra cosa sino?
—Decídete, Wilhelmina, se me está cansando la mano y tengo un montón de cosas que hacer —declaró, dándole un pequeño apretón—. ¿Aceptas o nos olvidamos del tema?
Apretó los dientes. Deseaba escupirle, hundir los dedos en ese perfecto y sedoso pelo negro y tirar de él hasta arrancárselo a mechones, pero sabía que nada de eso la iba a liberar de su problema, así que no le quedó otro remedio que claudicar.
—Trabajaré tres meses para ti. Ni un día más, ni un día menos —resumió ella—. Y el día noventa, en cuanto se ponga el sol, me liberarás de ella. Sin trucos.
—Trato hecho.
En cuanto esas palabras fueron pronunciadas, Willa notó cómo los huesos de su mano se hacían pedazos. El dolor fue de tal magnitud que la dejó sin respiración, con el grito atascado en la garganta. Fue algo fugaz, tan pronto como vino, el malestar se fue y, al retirar la mano, la vio completamente intacta. La única diferencia radicaba en la estrella de cinco puntas envuelta por un círculo que ahora marcaba la parte superior de su mano; acababa de sellar un pacto con un demonio.
—Bueno, ¿nos vamos?
Levantó la cabeza y se encontró con una expresión de pura satisfacción en el rostro masculino.
—Que vaya a trabajar para ti los próximos tres meses, no significa que vaya a gustarme hacerlo —siseó ella, dejando clara su postura desde el primer momento.
—Te sorprendería la cantidad de gente que me dice eso —respondió con un ligero encogimiento de hombros. Solo entonces se volvió hacia el círculo, chasqueó los dedos y Willa notó al instante la ruptura de su magia—. Lucrecia, vuelve a casa. Ya me ocupo yo de nuestra nueva empleada.
No sabría decir qué la impactó más, si la mirada fulminante que la mona le lanzó al demonio o que se volviese hacia ella y, con esa pequeña manita, estirase dos deditos y se señalase sus ojos antes de volverlos hacia los suyos en el clásico gesto de «te estaré vigilando».
Un segundo después, la criatura desapareció en una voluta de humo.
—Ignórala. A veces se pone un poco intensa —chasqueó él, acercándose ahora por la espalda y envolviéndole la cintura con los brazos—. ¿Lista para conocer el que será tu hogar durante los próximos tres meses?
Se estremeció al notar el aliento en su oído. No tuvo tiempo siquiera de protestar o empujarle. El suelo pareció moverse bajo sus pies, la habitación a su alrededor pareció plegarse sobre sí misma y tuvo que cerrar los ojos para combatir el momentáneo mareo. Fue tan solo un instante, pero suficiente para que todo su mundo cambiase de golpe.
***
Una inesperada brisa le acarició el rostro, el intenso perfume de las rosas la envolvió y, al abrir los ojos, comprobó que ya no estaba en el salón de su casa.
De hecho, dudaba siquiera que siguiese en el mismo plano de existencia.
El camino adoquinado que se extendía ante ella desaparecía entre jardines cuidados con esmero. Más allá, una neblina suave rodeaba la propiedad como si la aislase del resto del mundo. Sobre su cabeza se extendía un cielo de un intenso color magenta, pero nada de eso fue lo que captó realmente su atención.
La construcción eduardiana de ladrillo rojo parecía alzarse ante ella como si hubiese sido arrancada de otra época y colocada allí.
Willa se tambaleó cuando las manos que la ceñían se retiraron. La sensación de mareo persistía, haciéndola sentir como si el suelo se moviese bajo sus pies. Se dobló por la cintura, apoyando las manos sobre las rodillas en un intento por aliviar el malestar que amenazaba con hacerla vomitar allí mismo.
No habría estado mal hacerlo en las lustrosas botas de ese demonio.
El aroma de las flores era, con toda probabilidad, lo más «normal» en aquella particular dimensión. Apostaría lo que fuese a que ya no estaban en ningún lugar del mundo humano, lo cual no era extraño teniendo en cuenta quién estaba al frente de semejante viaje.
Respiró hondo y se incorporó, mirando hacia delante para verlo a él allí de pie, de espaldas a ella, contemplando la propiedad como un terrateniente orgulloso de sus dominios. Como si supiese que la estaba mirando, ladeó la cabeza lo justo para mirarla de soslayo y dedicarle un sonriente:
—Bienvenida a San Bartolomé.
Lo miró unos instantes y luego a la casa.
—¿Me tomas el pelo? —Estaba intentando que no se le cayese la mandíbula al suelo, aunque era difícil permanecer impertérrita ante semejante visión.
—No creo que te tomases demasiado bien que lo hiciese, sobre todo cuando acabamos de conocernos —replicó él con una petulante sonrisa, entonces le hizo un gesto para que la siguiese. Así, sin más.
Dejó de prestarle atención durante un instante para volver a mirar la casa ante ella.
—Tiene que ser una broma… —Musitó para sí.