Refugio San Bartolomé para inadaptados sobrenaturales
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CAPÍTULO 1 LA PEOR INVOCACIÓN DEL SIGLO
La invocación había salido mal, pero que muy mal.
Miró el libro, luego el pentagrama que había dibujado y… Sí. Bien. No era precisamente la mejor obra de ingeniería. De hecho, tenía pinta de un dibujo hecho por un niño del jardín de infancia, ¡aunque en esencia era igualito al del libro!
Si tan solo hubiese aparecido lo que esa estúpida página prometía que aparecía. Esa cosa que la miraba con ojillos saltones y cara de malas pulgas era cualquier cosa excepto un maestro demonio; era un capuchino.
Y no. No era un tipo de café. Eso al menos le habría tenido su gracia, en cierto modo. Incluso habría podido bebérselo o, aún mejor, tirárselo por encima. No, lo que había en medio de su cuestionable intento de hechicería era un jodido mono. Un primate. Una de esas diminutas bestezuelas que parecían adorables y que, sin embargo, tenían muy mala leche.
Ladeó la cabeza, observó al animalito con detenimiento y acabó preguntando la cosa más absurda.
—Eres un poco pequeñajo para ser un demonio, ¿no te parece?
—Ella no es un demonio, pero yo sí.
Una voz le acarició el oído desde atrás. Willa dio tal bote que acabó levantando ambos pies del suelo. Se giró y sus ojos se posaron en la encarnación de un gótico deprimido, de corto pelo negro, que la miraba con unos particulares ojos rojos. Era como si la observasen dos pedazos de rubíes tallados en esos iris.
—¿Qué es lo que tenemos aquí? —Su voz era igual de impresionante que su apariencia, aunque mucho más vivaz y, sobre todo, profunda. No la proyectaba, pero tampoco creía que le hiciese falta, no cuando era capaz de ponerle la carne de gallina con tan solo escucharle—. Um… Humana, sin duda. —Dio un paso adelante cuando ella retrocedió y casi podría afirmar que olfateó el aire—. Ah, sangre de bruja, además. Aunque no demasiado experimentada, a juzgar por… Eso.
Estaba apuntando con el índice hacia el círculo de invocación y, a pesar de que llevaba las uñas negras y algo largas, su manicura era impecable.
—La geometría no es lo tuyo, ¿eh? —Sus labios se estiraron ligeramente, mostrando una particular sonrisa, aunque no llegaron a despegarse por completo—. Y pareces tener el mismo pulso que alguien que va hasta arriba de cafeína. Es probable que Lucrecia dibuje incluso mejor que tú.
La aludida emitió un chillido, haciéndola saltar una vez más. El nombre, así como el género del primate, quedaron esclarecidos en un solo instante.
—Tranquila, está atrapada en el círculo de invocación. —Su aliento volvió a acariciarle el oído, sobresaltándola. ¡Ni siquiera lo había visto moverse! Se apartó, mirándole de nuevo, manteniendo los labios apretados para no darle una sola réplica. Oh, no era una novata, no se dejaría embaucar—. Ya sabes cómo funciona esto. Ella es mi ancla. Yo, en realidad, ni siquiera estoy aquí.
Esos enigmáticos ojos volvieron a encontrarse con los suyos. Su intensidad era abrumadora, de una forma que no le gustaba ni un pelo. Poseía un atractivo demasiado perfecto, todo en él exudaba sensualidad y peligro, hacía que quisieras estirar la mano y tocarle, comprobar si todos esos músculos que se apreciaban bajo la ajustada ropa negra eran de verdad… El truco perfecto para embaucar a los humanos y quedarse con sus almas.
—Te ordeno que te muestres ante mí con tu verdadera esencia —declaró, señalándolo con el dedo.
El tipo enarcó una ceja y su sonrisa, esta vez sí, se desplegó en toda su amplitud.
—Ah, conoces las viejas normas —mencionó. Había una particular satisfacción en su voz, en vez del esperado fastidio—. Bien, bien. Eso está muy bien. —Dio un paso más hacia ella, aunque no la tocó, no podía, esas eran las normas—. Sin embargo, deberías leerte de nuevo el manual. Lo primero que se le pregunta a un demonio es su nombre. Después, si tienes suerte, podrás exigirle que muestre su verdadera esencia. Es cuestión de protocolo, ya sabes.
Abrió la boca para replicar que estaba equivocado, pero contuvo la lengua a tiempo.
—Te ordeno que te muestres ante mí con tu verdadera esencia, demonio —insistió, echando un vistazo tras ella, para asegurarse de que no pisaba el círculo por descuido. Si lo hacía, todo se iría a la mierda—. ¡Ahora!
Él chasqueó la lengua, se enderezó y se cruzó de brazos.
—Tú primero, bruja —le soltó él, volviendo a recorrerla con la mirada de la cabeza a los pies—. ¿Cómo debo llamar a mi desastrosa invocadora?
Apretó los labios aún más, mientras lo llamaba de todo para sus adentros.
—Dame tu nombre y yo te daré el mío —contestó ella tras unos segundos, buscando la forma correcta de conseguir la información que deseaba.
—Marenkinis. —El nombre salió de sus labios con tanta facilidad que le llevó unos instantes entender que acababa de responderle—. Aunque puedes llamarme Maren. Es más corto.
Parpadeó un par de veces, mirándole, esperando que se echase a reír o algo, pero él se limitó a mirarla.
—Ahora es cuando se supone que tú debes decirme el tuyo, brujita —le recordó con esa palpable satisfacción—. Ya sabes, normas de cortesía y todo eso…
—Wilhelmina —pronunció con cuidado, sabiendo que el poder de una bruja estaba en su nombre, en su significado y en cómo este era pronunciado—. Tú puedes llamarme…
—¿Willa? —la interrumpió él.
—Ama —puntualizó ella, ignorando esa sexy sonrisa—. Y ahora, muéstrate ante mí con tu verdadero rostro, Marenkinis.
Lo escuchó chasquear la lengua, se encogió de hombros y, acto seguido, dejó caer su aspecto humano y adoptó su verdadera esencia, una que provocaría pesadillas al más poderoso de los brujos y que a ella, personalmente, la dejó sin palabras.
—No… Me… Jodas… —Consiguió articular, observando entre fascinada y aterrorizada la encarnación que había cobrado vida ante sus ojos. Fue algo fugaz, tan solo un instante, aunque suficiente para saber qué clase de demonio había convocado en realidad—. Hostia puta…
—Sí, esa sería una buena definición —admitió él, alisándose la ropa una vez recuperada su encarnación humana—. Bueno, ahora que ya nos hemos presentado, dime, pequeña Willa, ¿qué ha llevado a una bruja como tú a convocar un demonio como yo? No es que me queje, que conste, hacía tiempo que uno de los tuyos no me llamaba a este plano… Ya sabes. La última vez las cosas no fueron demasiado bien… para tu linaje.
¡Lo sabía! ¡Él sabía muy quién era ella!
Apretó los labios una vez más y enderezó la espalda, levantando la barbilla para mostrarse como una bruja poderosa, algo muy lejos de la realidad. No iba a intimidarla con esa referencia al pasado y lo que había supuesto para los suyos.
No sabía si lo que acababa de pasar era un golpe de suerte o el mayor desastre de toda su vida. Acababa de encontrar al demonio que llevaba tiempo buscando y del que otros se habían negado a hablarle. En los últimos años había realizado distintos hechizos, creado círculos de invocación, pero o no funcionaban o los demonios y elementales que acudían a su llamado acababan riéndose en su cara cuando les hacía una sola pregunta: cómo romper su maldición.
Esta era su última oportunidad, ya no le quedaba más tiempo y había estado más que dispuesta a retorcerle el cuello al demonio que apareciese si con ello conseguía una respuesta.
Y mira por dónde, esta se encontraba ahora delante de sus propias narices.
—Eres tú. —Ya no se lo estaba cuestionando, era una certeza que llevaba grabada en los huesos, literalmente, además—. Tú fuiste quien lanzó ese maleficio sobre la sangre de mi linaje.
—Diría que soy culpable, mas… —Canturreó, levantando la mano.
—¡Te exijo que la borres! ¡La elimines! ¡La erradiques! ¡Lo que sea!
—Cuánta intensidad… —Sonrió y ahora parecía incluso más complacido consigo mismo. Volvió a recorrerla con la mirada, como si estuviese valorando sus posibilidades—. Um. Entiendo. La muerte ya está viniendo a por ti.
Se tensó y tiró de las mangas de la camiseta, como si las manchas que habían empezado a ennegrecerle la piel pudiesen asomar más allá de sus muñecas.
Esa era su condena, una cuenta regresiva que terminaría con su propia muerte antes de cumplir los veintisiete. Y el demonio frente a ella era el culpable de ello, el único responsable de la maldición que recaía sobre las mujeres de su linaje. Ninguna llegaría jamás a cumplir los veintisiete años, pues esa inesperada e incurable enfermedad se las llevaría antes.
Y a Willa se le estaba acabando el tiempo. El ciclo había empezado pocos días después de cumplir los veintiséis, y ya solo le quedaban unos meses para su vigésimo séptimo cumpleaños, uno que no llegaría a celebrar a menos que consiguiese que ese maldito revirtiera lo que había hecho.
—Te he convocado. Eres mi esclavo y te exijo…
—Wow. Echa el freno, brujita. —Dejó escapar una divertida carcajada y señaló el mono que permanecía en el centro del círculo de invocación con cara de mala hostia—. Me has convocado, sí, aunque no he sido yo el que ha venido, sino Lucrecia. Como ya te dije antes, yo no estoy realmente aquí. Lamento decirte que no tienes el poder necesario para convocar a un demonio de mi rango. Pero te concedo algo, el que consiguieses arrastrar con esta dudosa creación artística a mi familiar tiene mucho mérito. Despertaste mi curiosidad. Ese es el motivo por el que te he concedido el honor de contar con mi presencia.
—Eso no es un honor, es una desgracia —rezongó, sin sacarle la mirada de encima. Este ser era el que llevaba buscando desde hacía casi un año y ahora que lo había localizado, no pensaba dejarlo irse de rositas—. Y sea como sea, has venido y estás aquí. Ese círculo te mantiene prisionero de mi voluntad hasta que decida liberarte.
—¿Tú crees? —En un abrir y cerrar de ojos estuvo de nuevo delante de ella, invadiendo su espacio personal, tan cerca que podía notar su aroma, algo oscuro, picante, con una pizca de incienso—. ¿Piensas que tienes el poder suficiente para mantenerme atado a esta chapucera obra de arte? ¿Qué puedes ordenarme como si fuese tuyo? —Una de las manos masculinas acabó hundiéndose en su pelo, sus dedos le aferraron la nuca, echándole la cabeza hacia atrás y exponiendo su cuello—. ¿No te has planteado que puede ser al revés, pequeña Willa? ¿Que la que esté atrapada seas tú? —Se inclinó sobre ella, tan cerca que sus ojos parecían ahora dos pedacitos de rubí y el calor de su aliento le acariciaba los labios—. Una invocación mal ejecutada a menudo trae consecuencias, ¿no te enseñaron eso en tu aquelarre?
—Libérame ahora mismo de mi maldición —siseó, negándose a ceder ante él. No le tenía miedo. ¿Cómo iba a tenérselo cuando en pocos meses moriría? Ya no tenía nada que perder—. Te lo exige tu convocadora.
Chasqueó la lengua ante sus labios, sonrió y, para su completo estupor, acabó por besarla.
No sabría decir qué la sorprendió más, si el hecho de que él la besase o el calor que se extendió por todo su cuerpo cuando lo hizo. Fue un beso breve, aunque carnal, lo suficiente como para notar todavía el tacto de su lengua incluso después de que se hubiese retirado.
—Qué interesante —murmuró clavando esos ojos rojos sobre ella. Su expresión había cambiado. La satisfacción y ese aura de autocomplacencia habían dado paso a una oscura meditación, como si hubiese encontrado algo que no esperaba—. No eres tan inútil como pensé. De hecho, podrías incluso resultarme útil…
—Por encima de mi cadáver.
—Bueno, no falta mucho para eso, ¿verdad? —Esa sonrisita apareció de nuevo curvándole los labios y avivando su mirada—. Se te está agotando la vida. El maleficio ya está en proceso y es cuestión de… ¿Cuánto? —Entrecerró los ojos sobre ella e inspiró profundamente, como si la respirase a ella—. Oh… Tres meses. Estás justo en el borde, ¿eh?
—Maldito…
—Te sorprendería lo acertada que es esa palabra —ronroneó y, antes de que pudiese mandarlo al cuerno, volvió a inclinarse sobre ella—. Te propongo algo, brujita. Trabaja para mí esos tres meses y te liberaré de tu condena.
—No hago tratos con demonios.
—¿Estás segura, Wilhelmina?
La manera en que pronunció esas tres palabras fue una sentencia en sí misma.