Refugio San Bartolomé para inadaptados sobrenaturales EPÍLOGO
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EPÍLOGO

—Sigues aquí.

Maren levantó la cabeza y se encontró con los sagaces ojos de Lucrecia clavados en él.

Esa criatura era capaz de leerle la cartilla sin abrir la boca, su expresión lo decía todo y, en esos momentos, dejaba claro que esperaba que estuviese lejos de allí y no sentado tras su escritorio, intentando ensamblar de nuevo la radio de las cocineras.

—¿Dónde esperabas que estuviese? ¿En el sótano? —Dejó escapar un pequeño resoplido—. Me habéis jodido incluso mi lugar de retiro.

La monita entró caminando sobre sus dos patas traseras, se subió a la mesa de un salto y se llevó sus manitas a las caderas mientras agitaba la cola como un látigo.

—Deja eso ahora mismo y vete.

—¿Ahora también vas a apropiarte de la conserjería?

Su familiar siseó, enseñándole esos dientecitos afilados.

—La bruja era bastante tonta, pero tú le ganas, Maren —aseguró con esa voz fina y aguada—. Ve a buscarla. Este lugar es un desastre. Tú eres un desastre. ¡Y a mí se me está acabando la paciencia!

Dejó las herramientas a un lado y al otro las piezas del aparato.

—Willa ha vuelto a casa —le recordó con paciencia—. Su presencia aquí iba a ser temporal. Lo sabías cuando nos convocó.

—Lo único que sé es que no es tan inepta como parecía al hacer aquella convocatoria —declaró Lucrecia—. Ve a buscarla. Si vuelvo a ver a ese comacodrejo en mi oficina intentando comerse la grapadora… ¡El bicho terminará en la cazuela! Se hizo responsable de esa cosa, así que ahora no puede largarse y abandonarla así como así.

Vio cómo se subía las diminutas gafas y levantaba ligeramente la cabeza, adquiriendo una pose de jefa final total.

—El refugio San Bartolomé necesita a su bruja… y tú también —sentenció—. Mueve el culo y sal ahí fuera. Llevas quinientos años aquí encerrado, ya es hora de que te dé el aire de verdad. Y no se te ocurra volver si no es con ella.

Con esa última advertencia, movió sus deditos entre sus ojos y los de él, para luego saltar al suelo e irse caminando sobre sus patitas traseras.

—Dominado por una mona. ¡A dónde vamos a llegar! —Sin embargo, sonrió, miró a su alrededor y se levantó, sabiendo que había pospuesto el tiempo suficiente el dar ese paso.

No quería admitirlo, pero había estado retrasando este momento a propósito. Había buscado excusas y se había aferrado a ellas para impedirse a sí mismo dar aquel paso. Porque una vez que saliese de este lugar, todo cambiaría.

Había pasado los últimos cinco siglos atado a este lugar, construyendo San Bartolomé piedra a piedra, y ahora tenía miedo de abandonarlo. No por lo que podría pasarle a la mansión, ni siquiera a sus habitantes, todos ellos eran capaces de guardar el frente durante un tiempo, era por sí mismo, por temor a lo que pudiese encontrarse fuera de este capullo de seguridad.

La humanidad que él había conocido ya no existía, el tiempo había avanzado mientras él permanecía aquí anclado. Sí, había visto cada uno de los cambios del mundo, asimilándolos, adaptándose a ellos, pero sin formar parte de ellos.

Y ahora que sus cadenas ya no estaban, que podía cruzar el umbral más allá del jardín, temía hacerlo.

«El refugio San Bartolomé necesita a su bruja… y tú también».

¿Realmente la necesitaba?

La había necesitado para romper la maldición y liberarle de este encierro. Ese fue el motivo de que le permitiese arrastrar a Lucrecia a su círculo, por el que acudió a su llamada. Quería utilizarla y, de algún modo, acabar con este infierno. No pensó en que la última descendiente de Lyria fuese como Willa, una bruja capaz de enfrentarse a él en un momento y ayudarle a mantener el equilibrio en el refugio al siguiente. Ella no era como su antepasada, no se parecían en nada y ese había sido el motivo de que despertase su interés.

Se lamió los labios y tragó al recordar su sabor, uno que llevaba grabado a fuego en su mente y en su alma. No se lo podía quitar de la cabeza, era como si ella lo hubiese embrujado de alguna manera y le fuese cada vez más difícil pensar en un futuro en el que la brujita no estuviese a su lado.

Dejó escapar un profundo suspiro.

—Necesito verla… —admitió para sí. Aunque fuese a distancia, aunque no pudiese intercambiar más pullas con ella o hablarle, necesitaba verla aunque fuese una última vez.

Se vistió con un solo pensamiento, dejando atrás el atuendo con el que solía vestirse en el refugio y adoptando una apariencia más humana. Hacía demasiado tiempo que no visitaba el mundo de los humanos y no quería desentonar. Un parpadeo después apareció ante el umbral que marcaba los límites del refugio, uno que jamás había podido cruzar… hasta entonces.

No dudó. No pensó. Dio un paso adelante y atravesó esa neblina morada que lo envolvía todo en aquella dimensión. Cuando salió al otro lado, una suave y aromática brisa lo envolvió. Sus oídos captaron de inmediato el sonido de voces, risas infantiles, el ladrido de un perro, el lejano rugido de los coches… Estaba fuera de su prisión.

Se quedó totalmente inmóvil, absorbiéndolo todo, intentando no retroceder a causa de la impresión. Era como ser bombardeado por demasiados estímulos. El cielo era demasiado azul, el mundo muy brillante y ruidoso, incluso el aire tenía otro aroma y acostumbrarse a ello le iba a llevar algo de tiempo.

Maren se permitió disfrutar por primera vez en cinco siglos de su libertad. Visitó ciudades, pueblos, caminó por la orilla del mar y volvió a recordar a qué sabía en realidad la comida de los humanos. Escuchó música callejera, sonrió al ver jugar a unos niños, incluso se rio cuando un perro entusiasmado se puso a ladrar en torno a él, mientras sus dueños se deshacían en disculpas.

Durante unas horas absorbió la luz del sol, se llenó los pulmones de aire y dejó que aquella ansiada libertad corriese de nuevo por sus venas, recordándose a sí mismo que también estaba vivo.

El sol empezaba a caer sobre el horizonte cuando llegó al pequeño pueblo en el que residía Willa. No necesitaba una dirección, solo tenía que seguir su sangre para llegar a ella y eso fue lo que hizo.

—…no sé de dónde sacas tanta energía, hace menos de medio año prácticamente te agotaba ir de una punta a otra de la casa… —escuchó una voz femenina, algo rasgada, a través de las ventanas abiertas de una casa de planta baja, con un pequeño jardín frontal y un cierre de madera con una portezuela.

—Hace medio año me estaba muriendo, Elena. —Maren sonrió para sí al reconocer el tono sarcástico y el pellizco irritado en aquella segunda voz femenina—. Disculpa si lo último que me apetecía era correr una maratón.

—No hablemos del pasado. Lo importante es el aquí y el ahora, el que tú, hija mía, estés sana y viva. —Una tercera voz, esta algo gruesa y muy masculina, se unió a la conversación—. Ese es un milagro que hay que celebrar.

—Bastante celebración les dio ya a los del consejo de brujos, querido —chasqueó la mujer—. Me imagino que todavía estarán escupiendo sapos y culebras después de todo lo que nuestra Willa les contó.

—No dije nada más que la verdad.

—Una verdad que te contó un demonio.

—Una verdad que vive en mi sangre, que se muestra en mi piel y ha roto una maldición que ha hecho presa de las brujas de mi linaje desde hace cinco siglos. —Alguien estaba bastante cabreada en aquellos momentos. Sonrió para sí ante la fiera defensa de su brujita y empezó a rodear la cerca para dirigirse a la portezuela—. Mi tatarabuela fue la causante de ese cruel maleficio y aquel al que siempre hemos culpado, el único que me ha devuelto la vida y acabado con semejante tortura. Me da lo mismo que lo creas o no, Elena, solo piensa que si en el futuro tú o los trillizos tenéis descendencia femenina, no tendréis que preocuparos por que se mueran antes de cumplir los veintisiete.

Un portazo reverberó en el interior de la casa.

—Willa, ¿a dónde vas?

—A casa. —Su voz se proyectó todavía más cuando la puerta principal se abrió y su pequeña bruja apareció llenando el umbral—. Vuelvo… a casa.

Las últimas palabras se vieron espaciadas por la sorpresa que se reflejó en su rostro en el momento en que lo vio.

—Maren… —Sus ojos se abrieron cada vez más. Lo recorrió con la mirada, como si no pudiese creerse que estuviese allí, ante ella—. ¿Qué…? ¿Qué estás haciendo aquí?

Las bisagras gruñeron cuando abrió la portezuela y entró al camino principal que llevaba hacia ella.

—Pasaba por el pueblo y se me ocurrió comprobar una cosa —respondió caminando hacia ella.

—¿El qué? —Willa dejó atrás el umbral y avanzó también hacia él. Ambos se encontraron a la mitad del camino.

—Si el mundo seguía siendo un desastre fuera de San Bartolomé —confesó, recorriéndola lentamente con la mirada. Se la veía distinta. No solo ya no había manchas en su piel, sino que esta se veía más lozana, más viva… igual que ella.

—¿Y lo es?

—Sigue siendo igual de ruidoso y agobiante, pero también tiene su encanto —declaró—. Además, posee algo que no tiene San Bartolomé.

Ella frunció el ceño.

—¿El qué?

—A ti, brujita. —Llevó la mano al rostro femenino y se lo acarició, disfrutando de nuevo de su tacto, de su aroma, de tenerla cerca—. Te tiene a ti.

La sonrisa que empezó a curvarle los labios lo llevó a sonreír también.

—¿Has ensayado lo que ibas a decirme cuando me encontrases o te ha salido así de natural?

Él bufó, aunque no por ello perdió la sonrisa.

—¿Quieres la verdad?

—Siempre, Maren.

—San Bartolomé te necesita —le soltó a bocajarro—. Todo está patas arriba desde que te fuiste. Oliver se ha deprimido, ese ángel estúpido nos sigue sacando de quicio, Nix corre el riesgo de quedarse sin tentáculos, Agnes está más negativa que nunca, incluso Boris se ha enfadado con sus plantas…

—¿Y tú? —La interrumpió ella.

—Yo te echo de menos, Willa. Me he acostumbrado a tenerte a mi alrededor, a que me des la lata y resuelvas aquello que yo no puedo resolver. —Dejó escapar un profundo suspiro—. Sé que no tengo derecho a pedírtelo, aun así… ¿Podrías considerar el volver al refugio conmigo?

—Tienes suerte, demonio, porque estaba a punto de volver a casa… —afirmó, cogiéndole la cara entre las manos para acercarla más a ella—. Sí, Maren, creo que volveré al refugio contigo, pero con una condición.

—¿Cuál? —Se lamió los labios. Esa dulce boca nunca le pareció tan tentadora como en ese momento.

—Quema ese maldito uniforme.

Él se rio y, cuando le respondió, lo hizo muy cerca de su boca.

—Trato hecho, brujita. Trato hecho.

Y sin más, la besó como llevaba deseando hacerlo desde el día en que la conoció.