29
—Poppy Davis. —Edward me mira con los ojos vacíos desde el otro lado del escritorio de madera que hay en el despacho—.
Nacida en Mobile, Alabama. Estudiaste en Lionswood gracias a una beca y ahí es donde conociste a mi hijo, supongo.
Veintiocho años. Eres una artista a la que le ha costado mucho triunfar en el mundillo hasta que has conseguido tu primera exposición en el Ars Astrum.
Y ahora… —Su expresión se ensombrece—. También eres mi nuera, al parecer.
Me encuentro replegada en un sillón verde mientras aprieto la copa con fuerza sobre el regazo.
—Sí, esa soy yo.
Y me encantaría salir pitando de aquí cuanto antes.
—Debe de haber supuesto un gran cambio para ti —me dice—. Dado que vivías casi en el umbral de la pobreza hasta hace… dos días.
Me encojo de hombros y trato de no demostrarle lo incómoda que me está poniendo.
—Creo que me las estoy apañando bastante bien.
Hay un segundo de silencio en el que intento no encogerme bajo su mirada intensa.
—Al principio no entendía qué veía en ti.
Trago saliva.
—Nunca ha mostrado interés por nadie —me dice—.
Por la gente, en general. —Hace una pausa—.
Pero cuando empecé a indagar un poco más en tu pasado, todo empezó a tener más sentido.
—Curva los labios—. Para ser una chica de Alabama que creció en una caravana, parece que has hecho cosas muy…
arriesgadas para tratar de progresar en la vida, Poppy.
Supongo que esa oscuridad fue lo que le interesó a mi hijo.
No digo nada.
—Lo entiendo perfectamente —continúa—. Una vida inestable en casa, problemas financieros… Estoy segura de que crees que te ha tocado la lotería al haberte casado con un Ellis.
—Adrian no es un medio para conseguir lo que quiero —le digo en voz baja—. Lo quiero de verdad.
Edward Ellis suelta una risita como si acabara de contarle un chiste y se reclina en su asiento.
—¿En serio?
—Por su…
—Es un monstruo —me corta Edward con brusquedad y casi siento como si me hubiera rajado las costillas—. Seamos sinceros. Sé perfectamente lo que es mi hijo y tú también lo sabes.
—Posee una parte oscura al igual que yo —le digo—. Y parece que tú has jugado un papel muy importante en el desarrollo de dicha oscuridad.
Edward se tensa y estrecha la mirada.
—¿En serio?
Alzo la barbilla.
—Sí.
Se queda en silencio un segundo.
—No hay nada que le haya hecho a Adrian que no me hayan hecho a mí antes. O a mi padre. O a su madre. O a cualquier otra persona en el árbol genealógico de los Ellis —me explica—. No es mi culpa que él no supiera gestionarlo.
Siento una furia protectora por todo el cuerpo y me inclino hacia delante todavía aferrada a la copa de whisky.
—Tan solo era un niño —siseo—. No tenía que aprender a gestionar nada y mucho menos acabar encadenado en el sótano como un animal salvaje.
No parece haber remordimiento en sus ojos.
—Y aun así consiguió sobrevivir, ¿no? Y ahora tiene el privilegio de vivir una vida de lujo con acceso ilimitado a todo lo que se le ocurra.
Hay un precio a pagar para moldear la perfección.
Aparte… —Deja el whisky sobre la mesa—. Deberías de preocuparte por ti misma, más que por mi hijo.
Quizá fui yo el que creó a un monstruo, pero ahora mismo él es tu problema.
Abre el cajón superior izquierdo del escritorio y saca una carpeta.
Ay, Dios.
Otra maldita carpeta.
Ojalá no tuviera que volver a ver una de estas nunca más en la vida.
Edward no tarda ni un segundo en abrirla.
—Hace menos de una semana pasaste varias horas bajo custodia en la comisaría de la policía número 114 en Queens —empieza a leer—.
Estuviste arrestada por sospecha del asesinato de un hombre, corrígeme si me equivoco, al que solo conocías de hacía unas semanas y que no tenías ningún motivo para matar.
No le respondo.
—Tras eso, ni siquiera un día después —continúa—, te casas con mi hijo y todos los cargos desaparecen. El caso queda cerrado, enterrado y se dictamina que fue un suicido. Incluso los detectives que estaban trabajando la investigación terminan despedidos por lo mucho que se inmiscuyeron en el caso.
Abro la boca, pero él me silencia con un movimiento de la mano.
—No me importa lo que estés a punto de decirme, ambos sabemos que Adrian mató a Thomas Palmer y después te inculpó a ti del asesinato para chantajearte y que accedieras a casarte con él. —Se le endurece la mirada—. Aunque a mí me parece que estabas más que dispuesta a hacerlo.
Empiezo a sentir miedo.
—Y quizá creas que soy un padre horrible, pero llevo años cubriendo sus deslices —continúa—.
He mantenido en silencio a periodistas muy entrometidos.
He mantenido los rumores lejos de la prensa.
He cerrado investigaciones. He controlado la reputación de esta familia, incluyendo la de Adrian, desde que tengo uso de razón y él no ha sido más que un desagradecido.
—Tamborilea los dedos sobre la mesa—. Pero ya me he cansado de protegerle.
Contengo la respiración.
—¿Te has cansado?
—Si pudiera contarle a la prensa sus fechorías sin implicar al resto de la familia, lo haría.
Pero no puedo. Así que necesito una nueva historia, algo que pueda acabar solo con él.
—Le resplandecen los ojos—. Y ahí es donde entras tú.
Vas a acudir a la prensa y vas a confesarles la clase de monstruo que es tu marido.
Me quedo totalmente rígida.
—No creo que haya mejor candidata que tú. Os acabáis de casar. Has crecido fuera del mundo de la riqueza y la influencia, así que estoy seguro de que el mundo estará dispuesto a escuchar a otra aparente víctima de sus chantajes.
Me da un vuelco el corazón.
—¿Y por qué crees que haría algo así?
—Porque es tu mejor opción —me explica—. Y por lo que he podido entender, parece que eres una persona que sabe cuidar bien de sí misma.
—Ahora mismo dispongo de mucha seguridad —reitero.
—Ahora mismo —repite él—. Pero ¿quién sabe?
Quizá las cosas cambien en un año. O en dos.
O en cinco. Una década de tira y afloja y un par de días de casados no significan nada.
Si mi hijo un día despertara y decidiera que ya no te quiere en su vida, no te quedaría nada.
De hecho, menos que nada, en cuanto los abogados de la familia se ocuparan de ti.
—Sigue dándole sorbos al whisky —. Todos tus recursos dependen de él y lo que esté dispuesto a ofrecerte.
»Pero yo podría ofrecerte mucha más seguridad —continúa—.
Si confiesas lo que acabo de decirte a la prensa, te haré desaparecer.
Mi hijo jamás podrá encontrarte. Podrás vivir el resto de tu vida en paz.
Y… —Hace una pausa—. Te haré una transferencia de cinco millones de dólares todos los meses durante el resto de tu vida.
En una cuenta extranjera. Así podrás conseguir toda la seguridad del mundo.
»También puedes negarte, por supuesto —añade Edward—.
No tienes por qué ser tú. Tan solo necesito que otra persona lo haga.
Le das más credibilidad a la historia porque acabáis de casaros, pero estoy seguro de que cualquier persona que tenga algún tipo de conexión con mi hijo estará dispuesta a hacerlo.
Un compañero de trabajo. Un antiguo compañero de clase.
Por cinco millones de dólares al mes cualquiera estaría dispuesto a exponer el monstruo que es.
O que no es. Depende de qué tipo de historia se invente.
—Le da otro s orbo al whisky —. Pero te advierto que esta oferta expira en veinticuatro horas.
—Entiendo. —Se me encoge la garganta. Sigo aferrada a la copa, que sigue llena—. ¿Y si te dijera que te vayas a la mierda y le contara a Adrian tus planes?
Sé que probablemente haya sido una pregunta muy estúpida, pero sus ojos muertos me miran con curiosidad.
—No creo que consigas llegar tan lejos. Mi hijo ahora se encuentra… fuera de juego.
El mundo entero se queda en silencio.
—¿Cómo?
—O está a punto. —Le echa una ojeada al reloj antiguo que cuelga en la esquina—. Si su madre ha hecho lo que tenía que hacer.
Todo el color me desaparece del rostro.
—¿Qué…?
—No tienes nada de lo que preocuparte aparte de las veinticuatro horas tras las que expirará esta oferta —me dice—. El tiempo empieza ahora mismo.
Me late el corazón con fuerza.
Mierda.
¿Fuera de juego?
¿A qué se refiere con…?
Noto el pánico en la garganta y casi no puedo soportar mirar a Edward a los ojos.
—No necesito veinticuatro horas.
¿Y si estuviera muerto?
¿Y si…?
Él alza una ceja.
—¿No?
—No —le respondo y trato de ocultar lo mucho que me tiembla la voz mientras me aclaro la garganta—.
La respuesta es bastante obvia. —Respiro con profundidad—.
Tengo que mirar por mis intereses. Si el barco ya se está hundiendo, ¿por qué tratar de mantenerme a flote?
Sé cuidar de mí misma, ¿no? —Aprieto los dedos alrededor de la copa—.
Lo haré. Diré lo que sea que quieras que diga.
Edward Ellis asiente, con la mirada vacía.
—Una elección muy inteligente, teniendo en cuenta tu situación.
Se predispone a levantarse de la silla.
—Y quiero un millón por adelantado.
Hace una pausa.
—¿Un millón?
—En caso de que las cosas no salgan como esperamos —le digo—. Necesito algo a lo que aferrarme.
—De acuerdo.
—Ahora —añado, respirando con dificultad—. Quiero el dinero ahora. Antes de salir por esa puerta.
Siento la irritación en su mirada, pero finalmente parece acceder.
—De acuerdo. Te haré un cheque.
Aparta la mirada de mí el tiempo suficiente como para agacharse y abrir un cajón.
Y eso es todo lo que tardo en reaccionar.
Me lanzo hacia él.
Rompo la copa de cristal contra la mesa y se la clavo en la garganta.