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El adosado está repleto de invitados que ríen, de luz cálida y de unos cuantos músicos de la orquesta filarmónica de Nueva York o al menos eso es lo que dice la pareja que se encuentra al final de las escaleras.

—Yo siempre he preferido la orquesta sinfónica de Boston —le cuchichea una mujer de pelo oscuro a su marido—.

Pero Mary Ellis siempre consigue lo que quiere.

—Ambos dejan de susurrar cuando Adrian y yo subimos las escaleras y la mujer plasma una sonrisa enorme y sin dientes sobre el rostro—.

¡Adrian! Me alegro mucho de verte. Tu madre me ha dicho que ahora eres cirujano…

¡No me lo puedo creer! Casi parece que fue ayer cuando venías a casa a pasar las vacaciones de verano y siempre te ibas a la biblioteca a leer o a alejarte del caos.

—Lo escanea de arriba abajo y no puedo evitar apretarle el codo que tiene unido al mío.

—Me alegro de verla, señora Wilmer. Y a usted también, señor Wilmer.

No sé por qué siento que ese comentario ha sido bastante incómodo hasta que, cuando ambos nos alejamos de ellos, Adrian se acerca más a mí para susurrarme:

—Los Wilmer son muy pretenciosos a pesar de que su riqueza solo data de una o dos generaciones. Además, ambos tienen gustos… más bien jóvenes.

Pillo al instante a lo que se refiere y curvo los labios.

—¿Cómo de jóvenes?

—Cada vez que volvía a casa de Lionswood en verano intentaba lanzarse. Lo hizo desde los trece hasta los diecisiete —me explica en voz baja y yo abro mucho los ojos—. Dejó de hacerlo cuando cumplí los dieciocho.

Vuelvo a echarle un vistazo a la pareja que todavía sigue quejándose de la música del evento y noto un cierto regustillo amargo por dentro.

—Eso es…

—Lo menos depravado que vas a ver esta noche —me asegura—.

Eso es lo malo de vivir en mi mundo. Estas personas pueden parecer civilizadas, pero son muy retorcidas.

De una forma u otra. —Le hace un gesto sutil a un hombre alto con el pelo gris que tiene el brazo alrededor de una rubia mucho más joven que él en un sofá del salón.

La rubia asiente con entusiasmo a lo que sea que él le esté diciendo.

—Oscar, por ejemplo, es un socio de toda la vida de mi padre.

Tiene mujer y dos hijos, a quienes creo que he visto solamente una vez.

Siempre viene acompañado a los eventos sociales con la modelo de turno con la que le esté poniendo los cuernos a su mujer ese mes —dice Adrian—.

Y suele cambiar de amante como quien juega a las cartas.

Siempre necesita tener a alguien a su alrededor que se quede impresionado por su riqueza.

Me quedo maravillada con la arquitectura clásica mientras nos paseamos por el enorme adosado.

Hay muchísimo contraste con el ático estéril y moderno de Adrian.

Aquí las paredes están revestidas con roble oscuro, del techo cuelga una lámpara de araña de cristal que ilumina todo el vestíbulo y los suelos son de mármol.

—Es demasiado, ¿no crees? —No sé en qué momento ha aparecido Mary Ellis a mi lado con sus elegantes dedos cernidos alrededor de una copa de vino—.

Esta casa era de mis abuelos. Nos la regalaron a Edward y a mí cuando nos casamos.

Ambos creemos que está demasiado decorada, pero hemos pasado muchos veranos aquí cuando Adrian era pequeño, así que tiene mucho valor sentimental para nosotros.

—Mary Ellis mira más allá de mí—. ¿No es cierto, Adrian?

Adrian se tensa bajo mi roce, pero no deja de sonreír.

—Por supuesto.

—Aparte, es enorme —añade—. Ya no existen adosados tan grandes como este. También tenemos una gran bodega en el sótano, luego te hago una visita.

Esta vez soy yo la que se pone rígida y no puedo evitar que la sonrisa me desaparezca un poco.

—Eh… claro.

Otro invitado reclama la atención de Mary y yo me inclino hacia Adrian en cuanto me aseguro de que ambos nos hemos quedado a solas.

—¿Acaso es ese…?

Él asiente.

—No me lo habías dicho —le digo en voz baja—. No hacía falta que…

—No pasa nada —me dice—. Ya no me afecta.

Mentiroso.

Pero no sigo presionándole, sé que no es el momento, y ambos acabamos distraídos por la fiesta.

Pronto me doy cuenta de que Adrian iba muy en serio con lo de que la mayoría de los invitados son personas muy depravadas. Intentan ocultarlo bajo ropa de diseño y buenos modales, pero puedo ver que sigue ahí, rozando la superficie.

—Oliver Whitmore —me murmura Adrian al oído haciendo referencia a un hombre mayor con gafas—. Su negocio familiar consiste en construir supermercados en desiertos alimentarios para después inflar los precios.

Trago saliva.

—Qué encantador.

—Los Wesley. —Asiente en dirección a una pareja de pelo castaño que casi podrían pasar por hermanos y que se encuentran en un sillón—. No le han hecho daño a nadie, pero tengo entendido que existen muchos rumores sobre ellos.

—¿Como cuáles?

—Parece ser que son una familia que se quiere mucho.

Se me revuelve el estómago.

—Oh.

La vibración del teléfono en el bolsillo me interrumpe la línea de pensamiento y le echo una ojeada al aparato.

LuAnne.

Ya es la segunda vez que me llama esta noche.

Llevo evitándola por razones obvias desde el encontronazo que he tenido con la policía esta semana.

No sé cómo podría llegar a explicárselo todo, en el caso de que quiera recibir una explicación.

Pero ahora que veo el nombre en la pantalla sí que me apetece hablar con ella. Al menos tratar de estimar el daño que ha recibido nuestra amistad y comprobar si puedo llegar a salvarla o no.

—Eh… —Miro en dirección a Adrian, quien me mira con curiosidad—. Voy a alejarme un momento para coger esta llamada. Vuelvo enseguida.

Noto cómo me aprieta más la cintura antes de soltarme.

—Ten cuidado. Hay un estudio al final del vestíbulo, es la segunda puerta —me dice—. Normalmente suele estar vacía, ya que mi madre mantiene siempre la puerta cerrada.

Asiento y me dirijo en la dirección que me ha indicado.

Segunda puerta, segunda puerta…

Lo encuentro con facilidad. El estudio está vacío y en silencio, justo como Adrian me había indicado.

Encuentro algo de consuelo entre las enormes estanterías y las ventanas ornamentadas antes de coger el teléfono, casi aguantando la respiración.

—¿Diga?

—Poppy. —El tono de voz de LuAnne parece cargado de alivio, no de enfado—. ¿Estás bien? Llevo intentando ponerme en contacto contigo durante varios días y no, un mensaje diciéndome que estás bien y que «te estás quedando con un amigo» no cuenta como una comunicación aceptable.

—Estoy bien. Lo siento mucho. Han sido… —Siento un nudo en la garganta—. ¿Has hablado con Joe?

—Por supuesto —me dice—. Cuando me contó que estabas metida en líos legales, entré en pánico y le amenacé hasta que me lo contó todo.

Me tenso.

—¿Te lo ha contado?

—Me dijo que se trataba de una multa antigua que te olvidaste de pagar.

¿Eso es lo que le ha dicho?

Siento mucho alivio.

—¿Eso es todo lo que te ha dicho?

—Sí, eso ha sido todo. ¿Por qué? ¿Acaso ha pasado algo más?

—No. —Sacudo la cabeza—. Tan solo se trataba de una multa antigua de la que me he tenido que ocupar en comisaría.

—Y Joe te ha ayudado a solucionar el asunto, ¿no?

—Totalmente.

Hay unos segundos de silencio entre ambas.

—¿Dónde estás? ¿Quién es ese amigo con el que te estás quedando estos días?

Es imposible que pueda explicarle a LuAnne la verdad de lo que está ocurriendo, así que intento ser lo menos específica posible.

—¿Recuerdas al chico del que te hablé la última vez?

Hace una pausa.

—¿El novio que tuviste en el instituto y que todavía no habías superado?

—Sí. Me estoy quedando con él.

Digamos que han pasado algunas cosas más, pero eso ya se lo contaré en otro momento.

—Pero no tengo mucho tiempo para explicártelo. Te llamo mañana. O quizá me pase por el apartamento. Creo que voy a quedarme con él bastante tiempo, así que debería pasarme a recoger un par de cosas.

—¿A qué te refieres? —me pregunta—. Esta tarde han venido unos transportistas a por tus cosas.

Hago una pausa.

—Cierto. Lo olvidaba, los he contratado yo.

—Por eso también había entrado en pánico —añade y puedo notar el dolor en su tono—. Me preocupaba mucho que simplemente te fueras a mudar sin despedirte de mí.

Se me contrae el pecho.

—No… Te prometo que hablaremos mañana y te lo explicaré todo.

Así tendré tiempo para pensar en alguna mentira creíble.

Nos despedimos antes de colgar y yo termino masajeándome la sien.

Genial.

Ahora tengo que pensar en cómo voy a decirle a LuAnne que me he casado.

Y Adrian también me ha insinuado que quiere matar a sus padres.

Al final parece que el hecho de que me hayan acusado de asesinato no ha sido lo peor que me ha pasado esta semana.

Oigo cómo se cierra la puerta del estudio y yo me giro.

—Adrian…

Pero enseguida me doy cuenta de que no se trata de Adrian.

El hombre que acaba de entrar puede parecerse a él a cierta distancia, teniendo en cuenta que ambos son igual de altos, tienen la misma complexión ancha y los mismos rizos oscuros y rizados, pero son los pequeños detalles los que los diferencian: sus rizos se han vuelto más grises y su rostro posee el vacío que solo te proporciona la edad.

Edward Ellis.

—Tú debes de ser Poppy —me dice e incluso sus voces tienen cierto parecido—. Te he visto entrar aquí y llevo un buen rato queriendo hablar contigo. —Se dirige directamente al decantador de whisky —. ¿Te apetece una copa?

Se me pone el corazón en la garganta.

¿Qué me ocurre con los hombres Ellis que siempre acabo atrapada con ellos en sus despachos?

Mi sonrisa es demasiado tensa como para parecer amable.

—No hace falta. Ya me dirigía de nuevo a la fiesta, creo que Adrian me está buscando.

Hago el amago de retirarme, pero Edward Ellis me extiende un vaso de whisky .

—Tan solo será una copa —me dice y enseguida me doy cuenta de que posee la misma mirada muerta que su hijo—. Seré muy breve.