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Este está siendo el desayuno más extraño de toda mi vida.

No solo porque estoy sentada frente a una mujer bastante agradable a la que siempre había considerado un monstruo, sino porque no tengo ni idea de cómo Mary Ellis ha conseguido entrar en esta casa.

¿Acaso tiene llave?

¿Acaso vive siquiera en Nueva York?

Adrian no me comentó nada sobre su madre, bueno, sobre sus dos padres, pero tampoco es que sean su tema de conversación favorito.

—¿Sabes? —Mary Ellis se inclina hacia delante con una sonrisa cálida mientras le da sorbos al café—. Adrian me ha hablado mucho de ti, Poppy.

Frunzo el ceño.

—Ah, ¿sí?

Porque tenía la impresión de que prefería hablar antes con el mismísimo demonio que contigo.

Mary asiente y me cuesta mucho ignorar lo impresionante que se ve, sobre todo cuando puedo ver algunos rasgos de Adrian en ella: pómulos altos, pelo oscuro y la misma sonrisa encantadora que te hace querer sonreírle de vuelta todo el rato.

Cada movimiento que hace parece haberlo practicado previamente: la forma en la que sostiene la taza de café con tan solo dos dedos largos y finos, la postura perfecta sentada en la mesa de la cocina de Adrian e incluso la forma en la que se aparta una pelusa invisible de la blusa.

Sin embargo, sus ojos son de un color azul grisáceo.

—Me podía imaginar que había alguien —asiente—. Siempre ha sido muy precavido en ese tema, pero nosotros, los Ellis… somos incapaces de hacer algo a medias. O no sentimos nada o lo sentimos todo. La furia es odio. El amor es obsesión. —Suspira—. Adrian no es muy diferente a su padre y a mí.

Le doy un sorbo al café y siento más curiosidad de la que me gustaría admitir.

—¿Qué hay del padre de Adrian? ¿Estaba obsesionado contigo?

Mary suelta una risita ligera.

—No. Era al revés. Adrian lo ha sacado de mí. —No espero que continúe desarrollando su respuesta, pero, para mi sorpresa, sí lo hace—. Pero has de tener cuidado. Estas emociones… por muy fuertes que sean, también pueden ser muy volátiles.

Parpadeo, a pesar de que estaba preparada para cualquier pullita que pudiera llegar a soltar, lo que no sé muy bien es cómo responderle.

Hace no mucho un comentario de ese tipo me habría hecho volverme loca de dudas, pero ahora…

Dispongo de toda la seguridad del mundo.

Así que le doy sorbos a mi café en silencio.

Mary Ellis me examina antes de inclinarse hacia delante para echarme hacia atrás un mechón de pelo.

—No lo entiendo. —Hace un chasquido con la lengua—. ¿Por qué quiere esconderte con lo guapa que eres?

Sonrío con nerviosismo porque, aparte de lo que sé sobre ella, puedo notar que hay algo raro en ese comentario. Escucho una sirena interna que no para de sonar.

—Así que… —Junta las manos—. ¡Quiero saberlo todo sobre ti!

En el momento en el que se gira para darle otro sorbo al café, agarro el móvil con discreción y le envío un mensaje a Adrian.

Adrian vuelve a casa en menos de diez minutos y la sonrisa de su rostro (la misma que tiene su madre) se ve opacada por la intensidad que albergan sus ojos oscuros.

—¡Adrian! —exclama su madre, muy contenta, como si no lo hubiera visto en años y lo atrae a un fuerte abrazo.

—Madre. —Se agacha para darle un beso en la mejilla, al igual que ella, pero la oscuridad en su mirada no ha desaparecido—. ¿Cómo has entrado? ¿Qué haces aquí? —Posa la mirada en mí y yo sacudo la cabeza con entusiasmo.

Jamás habría permitido que nadie subiera aquí y mucho menos a una suegra malvada.

—Ha sido gracias a tu portero. Me ha reconocido y me ha dejado subir —dice—. Tu padre y yo queríamos un cambio de aires. Nos estamos quedando en el adosado.

La expresión de Adrian se oscurece.

—Ya veo.

—No te enfades —intenta animarle—. Ahora mismo te pareces a tu padre cuando se enfada. —Adrian se tensa, pero su madre enseguida pasa al siguiente tema.

A mí.

—¿Por qué nos has ocultado a nuestra nueva nuera? —le pregunta haciendo un gesto en mi dirección—. Sobre todo a una tan encantadora. —Mary le echa un vistazo al ático—. Y en un lugar como este. No hay calidez alguna. Podrías haberla traído a nuestro adosado.

Noto cómo Adrian tensa todavía más los hombros, aunque no estoy muy segura del porqué.

—No voy a llevarla a vuestro hogar —le responde con un tono afilado.

—¿Por qué no? Podría organizarte la fiesta de compromiso que parece ser que no has celebrado —le comenta.

—No.

—¿Poppy? —Mary Ellis se gira hacia mí frunciendo los labios casi como si estuviera haciendo un puchero—.

Estoy segura de que a ti te gustaría celebrar una fiesta de compromiso, ¿verdad?

Ni siquiera has podido tener una boda como Dios manda.

—Le echa a Adrian una mala mirada—. Muy a tu estilo, supongo.

Le has metido prisa para casaros cuanto antes para que no pueda cambiar de opinión y sin decírselo a nadie, ni siquiera a tus padres.

—Celebraremos la boda en otro momento —responde Adrian—. Y no finjas que lo haces por ella.

La mirada de Mary Ellis se convierte en hielo y yo me estremezco.

Ahora ya sé de quién ha sacado esa mirada.

Desaparece en cuestión de segundos, cuando se aclara la garganta.

—Creía que querías presentarle tu esposa al mundo, Adrian. Mostrarla en público. —Frunce el ceño—. ¿O es que acaso…? —Su mirada recae de nuevo en mí—. ¿No te interesa que eso suceda?

—Deja de intentar plantar dudas en la mente de mi esposa —le espeta Adrian—. Lo anunciaremos en público cuando nosotros queramos, no cuando quieras tú. Tus tácticas de manipulación ya no sirven para nada, madre. No quiero que organicemos ninguna fiesta de compromiso.

Mary Ellis alza mucho la barbilla.

—De acuerdo. Nada de fiestas de compromiso, pero sí quiero que vengas a casa. No tienes que contarle a nadie qué clase de relación tenéis. Tan solo será una pequeña reunión con amigos.

—No. —La respuesta de Adrian es muy directa.

Mary estrecha la mirada y hace una pausa antes de soltar la siguiente propuesta.

—¿Y si convenciera a tu padre para que se reuniera con los abogados? ¿Eso te ayudaría a tomar otra decisión?

Veo cómo el interés florece en los ojos de Adrian, pero después veo cómo sacude la cabeza.

—No te creo. Mi padre lo aplazaría indefinidamente si pudiera hacerlo.

—Está muy cansado de la situación —comenta ella—.

Del constante tira y afloja… Está dispuesto a dar su brazo a torcer si tú también accedes a ello.

—Le coloca una mano huesuda sobre el brazo—.

Una sola fiesta y te aseguro que llamará a los abogados el lunes para organizar una reunión.

—Hace una pausa—. Estoy segura de que estará más que dispuesto a hacerlo ahora que tenemos a un nuevo miembro en la familia.

Adrian se queda mirándola como si estuviera tratando de discernir si la oferta va en serio o no.

Y entonces asiente.

—De acuerdo. Una sola fiesta. Y nada de mencionar ningún compromiso ni ninguna boda.

—En el adosado —añade ella—. Es el mejor recinto que se puede alquilar en esta ciudad.

Adrian curva los labios.

—De acuerdo.

—Genial. —Sonríe, triunfante—. Te enviaré la información del evento.

—Informal —le dice Adrian—. Muy informal.

—Por supuesto. —Asiente.

No se queda con nosotros mucho más tiempo y, cuando se acerca a Adrian para darle un abrazo de despedida, puedo ver cómo le susurra algo al oído, por la forma en la que él estrecha la mirada.

En cuanto las puertas del ascensor se cierran, me giro hacia él.

—¿Qué demonios ha sido eso?

Su expresión se ha desinflado mucho más de lo que nunca le había visto mientras continúa observando las puertas del ascensor unos minutos después de que se haya marchado.

—Esa era mi madre —dice con un tono duro y frío—.

Y ha decidido aparecer mucho antes de lo que pensaba.

—Se pasa la manos por los rizos que tiene un poco enredados del viento y suspira—.

Debería de habérmelo esperado. Tiene un sexto sentido para estas cosas.

Seguramente le pidió a alguno de nuestros detectives privados que buscara nuestro certificado de matrimonio.

—Y… —Me aclaro la garganta, todavía tratando de superar lo que acaba de ocurrir—. ¿A qué se refería con lo que ha mencionado de los abogados?

¿Por eso te has mantenido alejado de mí durante tanto tiempo?

¿Tiene algo que ver con ellos?

Adrian aprieta la mandíbula y veo cómo tensa los hombros antes de colocarme sobre su regazo.

—Se trata de mi herencia —me dice—. Se supone que debería tener acceso a la herencia de mi familia desde hace un año, cuando cumplí los veintiocho.

Estrecho la mirada.

¿Por qué esto…?

Recuerdo al instante la entrevista que hizo con Suzie Edmond, la que vi hace varios meses.

Claro.

Los problemas legales.

—Pero mis padres llevan atrasando el momento de cederme lo que me corresponde por ley durante todo este tiempo —me explica—. Sobre todo mi padre. Sabe que en cuanto tenga acceso a la herencia no tendré que seguir jugando limpio.

Siento un escalofrío por toda la espalda y me da miedo descubrir qué pueda significar no tener que seguir jugando limpio en la familia Ellis.

—Y con eso ha conseguido convencerte para que vayamos a la fiesta.

Adrian asiente.

—¿Y crees que iba en serio?

—Seguramente no.

—Entonces… ¿por qué has aceptado?

Adrian me mira y sus ojos oscuros se van suavizando cuando me pasa el pulgar por la mejilla.

—Porque mi madre se saldrá con la suya de una forma u otra —me dice—. Y ya va siendo hora de que me ocupe de esto. Es el último obstáculo que queda por resolver.

Esta vez me quedo totalmente rígida entre sus brazos.

—¿A qué te refieres?

—Pensaba que estarías a salvo conmigo cuando tuviera acceso total a la herencia —me explica—.

Es la única razón por la que me he mantenido alejado de ti todos estos años.

No podía permitir que supieran que tenía una sola debilidad y sobre todo una tan…

—Hace una pausa antes de sacudir la cabeza—.

Estoy seguro de que ambos están extasiados de saber que existes y también estoy seguro de que van a intentar utilizarte en mi contra.

¿Utilizarme para qué?

Se me cae el alma a los pies, pero él aprieta más la mano que tiene sobre mi cintura.

—Tengo que hacerme cargo de esto de una vez por todas. —Me deja un beso suave sobre la frente, pero yo sigo dándole vueltas a esa frase.

—¿Hacerte cargo de qué? —Se me encoge la garganta—. No te referirás a… Quiero decir… Siguen siendo tu familia.

—Son mis padres —me dice Adrian y sus ojos oscuros solo se suavizan cuando me mira—. No son mi familia. Tú eres mi familia. Tan solo quiero protegerte.

No estoy segura de si quiero saberlo o no, pero finalmente le pregunto:

—¿Qué te susurró al oído antes de marcharse?

Adrian estrecha la mirada, visiblemente irritado, aunque no conmigo.

—Me ha dicho que no debería de traer a casa animales callejeros.