26 #2
Me desconcierta la rapidez con la que Adrian le gana la batalla al resto de amantes que he tenido durante estos años con tan solo un par de movimientos con la lengua. Noto el placer por todo el cuerpo, inclino la cabeza hacia atrás y trato de mantener el equilibrio enredándole los dedos en el pelo.
¿Acaso se sintió así de bien la última vez?
Porque no me puedo creer que decidiera por voluntad propia subirme a un avión y dejarle después de haber probado…
Me pasa la lengua con cuidado por los pliegues mientras yo le estiro de los rizos. Ha empezado con suavidad, como si estuviera decantándose sobre qué plato escoger del menú.
Pero de pronto noto cómo me introduce más la lengua.
Me tiemblan las piernas y casi no puedo mantenerme de pie bajo tales oleadas de placer. Adrian, sin retirar la lengua de su sitio, me agarra por detrás de los muslos y me eleva en el aire.
Yo suelto un grito ahogado, de sorpresa y de placer a la vez, mientras él me engancha las piernas alrededor del cuello y entierra el rostro completamente en mi coño.
Empiezo a notar más calor en el vientre bajo y me inclino hacia él moviendo más las caderas hacia su boca.
¿Estoy a punto de…?
Adrian vuelve a lamerme de nuevo el clítoris justo antes de succionar con fuerza.
Yo me tambaleo hacia el borde del éxtasis, con las piernas alrededor de su cuello mientras él se da un festín con mi coño.
Joder.
Gimo con mucha fuerza mientras surfeo la ola de placer e incluso cuando todo termina noto cómo me sigue dando algunos lametazos vagos.
Mierda.
¿Cuándo fue la última vez que me corrí tan rápido?
Adrian separa los labios de mí casi a regañadientes mientras a mí me siguen temblando las piernas alrededor de su cuello.
—¿Sabes? —suspira y en sus ojos puedo ver el deseo—. Creo que deberías obligarme a que me disculpe más a menudo.
Ahogo una risita mientras él me ajusta de nuevo en otra posición, como si fuera la muñeca de la que antes estaba hablando, y me lleva hacia la cama.
Soy un simple conjunto de huesos cuando me ayuda a tumbarme bocabajo sobre las sábanas de seda. Adrian no tarda mucho en desabotonarme el vestido por la espada y bajarme la tela sobre la piel recubierta de sudor.
—Eres hermosa —murmura con admiración mientras me pasa un dedo por el arco desnudo que forma mi espalda—. Y mía. —Noto un deje posesivo en la forma en la que pronuncia eso último y después noto cómo se levanta de la cama.
Me giro para mirarle.
—¿Qué estás…?
Me coloca una mano enorme sobre la cara para volver a empujarme contra la almohada, impidiéndome ver nada.
—¿Confías en mí?
Casi me quedo sin respiración.
—Pues c…
Vuelve a empujarme el rostro sobre la almohada, ahogando así el resto de la respuesta.
—Lo siento —me dice y casi puedo notar la diversión en su tono—. Era una pregunta trampa. Ahora estamos casados. —Noto cómo su peso se mueve por la cama—. Tienes que confiar en mí hasta que la muerte nos separe.
Me da la vuelta de repente y tardo dos segundos en darme cuenta de que lleva un trozo de seda en la mano antes de que me lo ate sobre las muñecas.
No siento miedo alguno al darme cuenta de lo que está haciendo, tan solo siento muchas ganas y más calor que antes en el vientre bajo.
Sus ojos oscuros se clavan en los míos.
—¿Sabes? —dice en voz baja con la comisura del labio todavía alzada—. Una década es un periodo de tiempo muy largo con el que fantasear sobre todas las cosas que te gustaría hacerle a alguien. —Adrian aprieta más el nudo y yo abro mucho los ojos.
—¿Una década? ¿Has estado fantaseando conmigo… toda esta década? —Ya me ha confesado que sí lleva siguiéndome la pista todo este tiempo, pero otra cosa es…
—Por supuesto —murmura y tras eso me pasa una mano sobre la mandíbula—. Todos los días se me ocurrían tres formas distintas de cómo iba a follarte cuando volviéramos a estar juntos. —Se da cuenta de que he vuelto a dejar de respirar y me sonríe—. Así que hoy vamos a empezar con esta.
Un pensamiento me cruza por la cabeza, mientras Adrian se inclina hacia atrás para quitarse el cinturón. Probablemente sea el peor momento de todos para preguntárselo, pero…
—Has estado con otras mujeres —le digo—. A pesar de que fantasearas conmigo, has estado con otras.
Adrian hace una pausa mientras inclina la cabeza hacia un lado.
—No.
Lo dice como si nada, como si esa palabra no tuviera impacto alguno en mí, pero a mí se me cae la mandíbula al suelo.
—¿Qué quieres decir con «no»?
—Lo que te acabo de decir. —Se termina de desvestir por completo—. No.
—¿Con nadie?
Se vuelve a inclinar hacia mí y sus ojos oscuros resplandecen con calor.
—No.
Abro muchísimo la boca.
—¿Nunca has sentido la necesidad de…?
—No —me corta—. Nunca tuve interés en nadie que no fueras tú.
Eres la única persona con la que me pienso acostar.
—Me abre las piernas—. Es obvio que no se puede decir lo mismo de ti, pero lo entiendo, no eras consciente de que íbamos a acabar juntos de nuevo.
—Noto un tono suave en su voz que me pone los pelos de punta—.
Al menos me consuela saber que he matado a todos los hombres que se han atrevido a tocarte de esta forma.
Casi no me da tiempo a observar su polla (mucho más grande, gruesa e igual de bonita que como la recordaba) antes de que introduzca toda su longitud dentro de mí.
Ahogo un grito.
Demasiado grande, demasiado grande, demasiado…
—Joder —gruñe Adrian mientras inclina la cabeza hacia atrás al notar cómo mis paredes le aprietan por completo. Casi no puedo distinguir el calor de los músculos al estirarse del placer que siento al estar completamente llena, pero ni siquiera sé si quiero hacerlo.
—La espera ha merecido totalmente la pena —susurra mientras me mira totalmente absorto en mí—. Me quedaré enterrado en ti para siempre, cariño. Tan solo para intentar compensar todo el tiempo perdido.
Ni siquiera sé para qué abro la boca, pero, sea como sea, se me olvida lo que iba a decir cuando Adrian empieza a moverse con un ritmo lento y agonizante, y unas embestidas largas que me hacen temblar y que no me dejan pensar en nada que no sea la sensación de estar completamente llena de él.
Adrian me coloca una mano sobre la cadera para mantenerme quieta (como si fuera capaz de moverme) mientras que utiliza la otra para apoderarse de cada centímetro de mi cuerpo.
Parece muy entusiasmado con mis pechos, ya que rebotan con más ritmo al tener ambas muñecas atadas frente a mí.
—Estás hecha para mí —me susurra y ese comentario viene acompañado con una embestida particularmente fuerte que me obliga a arquear la espalda y el cuello mientras el placer se abre paso por mí como una hoguera—. No pienso dejar que te marches nunca más.
Adrian empieza a acelerar el ritmo mientras yo suelto un gemido desvergonzado sin poder hacer otra cosa que quedarme ahí tumbada y tomar todo lo que él esté dispuesto a darme.
Y no creo que quiera hacer nunca nada más.
Adrian se gira para colocarse justo encima de mí y con una mano me coloca las muñecas que tengo atadas sobre la cabeza.
—¿Confías en mí? —susurra con los ojos oscuros brillándole de deseo.
—Yo…
Me coloca la otra mano sobre la garganta como si fuera una enredadera y yo suelto un grito ahogado mientras el mundo se apaga hasta que solo noto dos sensaciones: toda su longitud entrando y saliendo de mí y mi pulso martilleando bajo su mano.
No estoy segura de cuánto tiempo nos pasamos así, pero sé que tan solo me suelta cuando yo empiezo a perder el conocimiento y cuando a él le empiezan a temblar las caderas.
Ambos acabamos jadeantes y respirando con dificultad. Adrian se inclina para capturar mis labios en un beso largo y apasionado mientras me susurra «te quiero» en voz baja.
Cuando me despierto totalmente magullada, aunque saciada a la mañana siguiente, me encuentro la cama vacía.
Ya debe de haberse ido al trabajo, es lo primero que pienso, todavía medio adormilada y el mensaje de texto que tengo en el móvil detallando cómo se usa la cafetera espresso de última generación de la cocina me confirma esa sospecha.
Me froto los ojos y suelto un bostezo.
No creo que se haya marchado hace mucho.
Todavía huele a café.
Entonces oigo el zumbido del molinillo de café.
¿Cómo?
Noto de pronto el corazón en la boca, así que salgo de puntillas de la cama y la mente empieza a darme vueltas, sopesando todas las posibilidades.
No puede ser Adrian, ya que estoy segura de que él me habría traído el café a la cama.
¿Quizá sea uno de sus trabajadores? Recuerdo que mencionó que tenía un chef privado que le preparaba la comida un par de veces a la semana.
O quizá sea un intruso.
Trago saliva.
Es algo que probablemente solo me pasaría a mí, ¿no?
No encuentro nada que pueda utilizar como arma en la habitación, pero cuando oigo cómo alguien abre la nevera me animo a salir con las manos vacías.
Recojo la prenda de ropa más cercana (la camisa que llevaba ayer Adrian) y camino en silencio hacia la cocina.
El aroma del café recién hecho se entrelaza con el de su camisa conforme me acerco más. Oigo un revoltijo en la cocina.
Alguien abriendo un cajón.
Y a alguien tarareando.
A una mujer tarareando.
Giro la esquina preparada para enfrentarme a cualquier cosa: a una intrusa, una chef privada e incluso a una amante secreta que se haya colado en su casa para hacerse un café.
Pero no estoy para nada preparada para encontrarme con mi suegra tomándose un espresso mientras ojea una revista en la mesa de la cocina.
Me quedo congelada, pero ya es demasiado tarde. Mary Ellis alza la vista de la revista y me ofrece una sonrisa amplia y cálida que no se parece en nada a la que me ofrecería el monstruo despiadado que siempre me había imaginado que era.