26
Dieciocho horas más tarde celebramos una ceremonia por lo civil. Adrian se pone un traje negro de Armani que le combina con el color de sus ojos y yo me pongo un vestido de satén de manga larga que lleva un corsé y una falda que cae hasta el suelo como si fuera una cascada.
Es la obra de algún diseñador italiano que accedió a pasarse la noche en vela para crearme un vestido a medida cuando le informaron de quién era mi futuro marido.
Quizá nos hayamos arreglado demasiado, teniendo en cuenta que estamos los dos solos en una habitación sin ventanas con un funcionario monótono y un fotógrafo privado, pero la ceremonia es perfecta.
Sin grandes despliegues. Sin espectáculos.
Sin ningún miembro de la familia queriendo fastidiarte el día siendo el centro de atención.
Tan solo él, yo y el anillo de compromiso de diamantes de corte ovalado y color rosa que cuesta cinco millones de dólares y que ahora ocupa la mayor parte de mi dedo anular izquierdo.
Todavía no me he acostumbrado a lo mucho que pesa o la forma en la que proyecta prismas sobre cualquier superficie, incluidas las de la cocina del ático de Adrian.
Me siento como si llevara el botín del atraco a un museo sobre el dedo.
Lo examino tan de cerca que no me doy cuenta de los pasos largos y silenciosos de Adrian cuando regresa a la cocina hasta que noto su pecho pegado a mi espalda, atrapándome contra la encimera.
—Mi esposa —me saluda mientras me deja un beso tan ligero como una pluma sobre la oreja. Parece resplandeciente y muy ligero desde que hemos salido del ayuntamiento, tras haber sellado nuestra unión con tinta negra.
—No paras de llamarme así —le digo, apretando los dedos contra el borde de la encimera cuando me muerde el lóbulo de la oreja.
—Porque es cierto —murmura—. Ahora eres mi esposa.
—Me deja un beso sobre la mandíbula—. Compartimos hogar.
—Después sobre la arteria carótida, donde me late el pulso—.
Mi apellido. —Otro en el cuello—. Me perteneces de todas las formas.
—Adrian aparta una mano de la encimera y la pasea por el costado del vestido conduciéndola justo hacia los botones que lo mantienen en su sitio—. Excepto por una.
Noto cómo se me contrae el vientre bajo por los diez años que llevo anticipando esto, pero él deja la mano justo ahí, juguetea con el cierre del vestido y me deja besos suaves y con los labios entreabiertos por todo el cuello.
Llevamos demasiado ropa.
Me remuevo con impaciencia.
—¿Vas a…?
Suelto un grito ahogado cuando vuelve a morderme, esta vez con más fuerza, en el punto en el que me late el pulso en el cuello.
—No —me responde—. Aquí no.
Y entonces, con un movimiento suave y sin esfuerzo alguno, me alza en brazos.
—Te quiero en mi cama. —Vuelve a mirar hacia la encimera—. La primera vez.
No recuerdo la última vez que me sentí tan nerviosa por acostarme con alguien mientras Adrian me conduce hacia el dormitorio principal y yo poso la mirada sobre la increíble cama de tamaño extragrande.
Estoy a punto de acostarme con mi marido.
De pronto, me invade un deseo voraz.
Parece ser que Adrian no es el único que siente cierta satisfacción posesiva al saber que alguien es legalmente suyo.
Ahora mismo uno de los hombres más poderosos del mundo me está llevando en brazos a la cama, pienso.
Y es mío.
Yo sacudo la cabeza cuando me coloca de nuevo sobre el suelo y coloca las manos sobre los botones del vestido.
Adrian alza una ceja a modo de interrogante.
—No —le digo mientras el corazón me da un vuelco—. Quiero…
¿En serio voy a hacer esto?
—Quiero una disculpa —termino de decir.
No parece del todo ofendido por el hecho de que le esté obligando a que se disculpe conmigo, tan solo parece confundido.
—¿Una disculpa?
Me lo pienso unos instantes.
Es ahora o nunca, Poppy.
Me enderezo para tratar de colocarme a su nivel y le ofrezco una mirada severa e implacable.
—Has intentado sabotear mi vida —le digo—. Y también has intentado acusarme de asesinato.
Son dos cosas que jamás pensé que le diría al hombre con el que acabaría casada.
—Y eso te ha llevado hasta aquí —reitera él—. A mi hogar, entre mis brazos y con mi apellido. No puedo disculparme por algo de lo que no me arrepiento, cariño.
—¿Y qué hay de lo mucho que he sufrido emocionalmente? —le pregunto—. ¿Qué hay de todo el tiempo que pasé luchando contra mis instintos mientras me ignorabas durante semanas? ¿Qué hay de todas las horas que he pasado, con frío y temblando, en esa celda? ¿No te arrepientes de eso tampoco?
Su expresión se vuelve indescriptible.
—Por supuesto. No se suponía que…
—Entonces —le corto—, quiero una disculpa.
Hace una pausa para digerir mis palabras antes de que sus ojos resplandezcan de interés.
—Dime qué tipo de disculpa te gustaría recibir.
Me quedo sin respiración.
—Quiero que te pongas de rodillas.
Adrian abre mucho los ojos de sorpresa y me preocupa que se vaya a marchar indignado cuando le veo dar un paso hacia atrás, pero entonces hace justo lo que le he pedido.
No se lo piensa.
Deja caer una rodilla al suelo.
Y después la otra.
Ay, madre.
Incluso en esta posición es más que evidente que Adrian Ellis no es una persona sumisa.
Tiene la barbilla alzada y los hombros cuadrados, lo que indica que es alguien que nunca ha tenido que pedir las cosas por favor.
Clava la mirada en la mía como si fuera un depredador esperando al momento indicado para lanzarse a por su presa.
—¿Así? —ronronea.
Asiento.
—Sí. Eh… ¿Qué estás haciendo?
—Supongo que quieres recibir una disculpa humilde, ¿no? —me pregunta curvando los labios en una sonrisa feroz mientras se desabotona la camisa. Voy admirando la musculatura que va dejando expuesta poco a poco hasta que se la quita por completo.
Me lo bebo con los ojos y termino clavando la mirada en la amapola que lleva tatuada justo encima del corazón.
Inclino la cabeza con curiosidad.
—Este diseño me resulta… —Doy un paso hacia él, invado su espacio personal y le paso un dedo por la piel tatuada que ya tiene curada.
—¿Familiar? —finaliza por mí mientras me atrapa la mano justo encima del corazón. Puedo sentir cómo le late el pulso justo debajo de la pared de músculos, huesos y sangre—. ¿Como si fuera tuyo?
—¿Cómo? —Me quedo mirando el tatuaje antes de caer en la cuenta. Se me corta la respiración.
Espera.
—Es mío. El diseño. Lo hice… —Alzo de nuevo la mirada hacia él—. ¿Cómo?
Me comparte una sonrisa cómplice.
—Hace ocho años un cliente te encargó que hicieras un puñado de diseños florales minimalistas…
—Para colgarlos en la oficina de su ONG —termino por él, abriendo mucho los ojos—. ¿Fuiste tú el que me mandó aquel correo electrónico? —Ha pasado tanto tiempo que casi no recuerdo todos los detalles, tan solo que me pagó casi un año entero de alquiler.
—Técnicamente no —me dice—. Le pedí a Maggie, una de las empleadas de la fundación Ellis, que lo enviara. El resto de los diseños sí fueron expuestos en nuestra oficina de Baltimore, de hecho, lo siguen estando, pero me quedé este diseño solo para mí.
Parpadeo sin poder llegar a creérmelo.
—Estoy…
—Me lo imaginaba —me dice—. Si iba a tatuarme algo de forma permanente sobre la piel, qué mínimo que fuera uno de tus diseños.
Siento cómo el calor me invade.
Ya era bastante erótico saber que se ha tatuado mi nombre sobre la piel (aunque de forma figurada), pero saber que encima ha sido uno de mis diseños…
—¿Algo más? —Consigo tragarme el bulto emocional que tengo en la garganta—. El tatuaje, la carpeta… Entiendo que eso ha sido todo. No has hecho nada más durante esta última década, ¿no?
Adrian me ofrece una mirada tímida.
—Supongo que hay una última cosa que todavía no sabes.
Se me cae el alma a los pies.
Ay, Dios.
—Adelante —suspiro, tratando de prepararme para lo que sea que vaya a soltar a continuación.
—Sé que suena muy irracional y posesivo admitirlo —confiesa—. Pero nunca he podido soportar que nadie más posea tu arte. Que alguien pueda comprarlo y exhibirlo en su hogar. —Hace una pausa—. Así que lo compré yo.
Empieza a darme vueltas la cabeza.
—¿La exposición del Ars Astrum?
Adrian asiente.
Ocean dijo que se trataba de una mujer, una compradora británica.
—Déjame adivinar —suspiro—. ¿Otra de tus empleadas?
Adrian sonríe de lado.
—¿Te has enfadado?
¿Me he enfadado?
Quizá hace unos cuantos días sí habría…
Pero las cosas han cambiado muchísimo en estos días.
Le beso con ferocidad.
Adrian responde al instante, me coloca una mano en la parte trasera de la cabeza y entrelaza su lengua con la mía.
Nos encontramos en un ángulo un tanto extraño, ya que él se encuentra de rodillas, así que me dispongo a agacharme, pero él me coloca las manos sobre los hombros para detenerme y sacude la cabeza.
—Se supone que soy yo el que tiene que estar de rodillas, ¿recuerdas? Para disculparme.
Asiento a pesar de que tengo la mente nublada por el deseo.
—Súbete el vestido —me ordena de repente—. Sobre la cintura. —Hago justo lo que me pide y veo cómo clava la mirada en las braguitas blancas con lazos que han quedado completamente expuestas. Adrian me sonríe a través de sus pestañas oscuras—. ¿Te las has puesto para mí?
Suelto un bufido.
—Has sido tú el que me las ha comprado para que me las pusiera. Esta misma mañana.
—Lo sé. —Su mirada es juguetona y por eso me pilla de improvisto cuando me conduce las caderas hacia su rostro—.
Pareces mi muñequita. —Me deja un beso en la parte interna del muslo—.
Voy a poder vestirte cada vez que quiera.
—Me deja otro beso, un poco más arriba del muslo esta vez y yo exhalo con dificultad—.
Y también podré desnudarte cuando yo quiera.
—Me estira de las bragas (con los dientes) y me coloca de sopetón la lengua totalmente plana sobre el clítoris.
Joder.