25 #3
No continúa explicándome quién habría recibido el castigo de sus acciones drásticas (quizá yo, el mundo o él mismo), pero se me para el corazón de todas formas.
—No quiero volver a separarme de ti nunca más. —Me acaricia la mejilla con el pulgar—. Vuelve a casa conmigo.
Me apoyo en su roce y me dejo llevar por la calidez momentánea que me invade. Me sigue acariciando la mejilla con el pulgar y sé que podría quedarme así para siempre, pero…
—No.
Adrian se detiene.
Clavo la mirada en la suya.
—No voy a ir a ningún lado contigo.
Su expresión no cambia, pero puedo notar cómo me aprieta levemente los dedos sobre la mandíbula.
—No tienes a dónde ir. Tu compañera de piso y su novio creen que eres una asesina.
Sonrío débilmente.
—Tampoco es que tenga que ir a ninguna parte.
Adrian estrecha la mirada justo antes de abrir los ojos al darse cuenta de a qué me refiero.
—¿Prefieres quedarte aquí? ¿Pasar la noche en esta celda infectada de bacterias antes que volver a casa conmigo?
Parpadeo en su dirección, imperturbable.
—No es tan mala opción, ¿no? Tengo todo esto para mí, a excepción de las cucarachas, y dicen que las superficies planas son buenas para la espalda.
Puedo ver la irritación cruzarle el rostro.
—No lo dices en serio. Tan solo lo estás diciendo para que me cabree.
—Al contrario —niego e inclino la cabeza hacia un lado—. Soy una asesina, ¿recuerdas? Aquí es donde debo estar. Mañana por la mañana tendré la audiencia de lectura de cargos.
Adrian me pasa el pulgar por la mejilla, la mandíbula y lo coloca justo encima de la vena donde me late el pulso.
—No pienso dejar que te quedes aquí.
Me mantengo firme.
—No puedes obligarme a que me vaya. Me están investigando por asesinato. Estoy arrestada en esta comisaría hasta que se demuestre lo contrario.
—Por ahora —me corrige—. Pero con una sola llamada esos cargos podrían desaparecer y no tendrán nada con lo que retenerte aquí.
Asiento justo antes de sonreír.
—A no ser que confiese.
Me deleito al ver el destello de inseguridad en su mirada.
—No puedes confesar un asesinato que no has cometido.
—¿Por qué no? Tú me has acusado y parece que ha colado —le respondo de vuelta.
Adrian estrecha la mirada.
—Una acusación que podría retirar en cualquier momento. No me creo que estés aquí de pie diciéndome en serio que prefieres pasarte la vida en la cárcel antes que a mi lado.
—¿Lo prefiero? La verdad es que no. —Sacudo la cabeza y la frustración se me cuela en el tono—.
Lo único que has hecho estas últimas semanas es hacerme creer que el motivo por el que te habías mudado a Nueva York era totalmente desinteresado para después terminar jodiéndome la vida cuando a ti te ha dado la gana.
¿Y ahora se supone que debo confiar en ti después de todo lo que has hecho?
¿Pretendes que confíe en tu palabra? —Doy un paso hacia atrás para que no pueda seguir tocándome—. La cárcel al menos es un lugar seguro.
No me apetece lo más mínimo confesar un asesinato que no he cometido, pero Adrian casi me ha jodido la vida por completo, si tengo que ser yo la que dinamite el resto para demostrarle que voy en serio, pienso hacerlo.
Juro que lo haré.
Estoy temblando, pero me preparo mentalmente para la diatriba verbal que seguramente venga a continuación.
Pero Adrian no parece tener ganas de seguir discutiendo.
—Tienes razón —dice en voz baja intentando no mirarme a los ojos—. No deberías confiar en mi palabra.
Me quedo mirándole fijamente, casi segura de que debo de haberle oído mal.
¿Me va a dar la razón? ¿Así de fácil?
El sabor de la victoria es más bien amargo.
¿Ni siquiera va a intentar convencerme?
—De hecho, ese siempre ha sido nuestro problema, ¿no? —Se mete la mano derecha en el bolsillo del pantalón—. La seguridad o, más bien, la falta de esta. Siempre has estado esperando a que ocurra algo malo. Que un día me levantara y decidiera que ya no te quería a mi lado.
Me remuevo un tanto inquieta e incómoda de que siempre me cale tan rápido.
—Y siempre has estado convencida de que eso es justo lo que iba a suceder —continúa—. No quisiste quedarte para comprobarlo por ti misma. Simplemente huiste.
—No quise hacerlo —me defiendo a mí misma—. Pero…
—Te estabas protegiendo —me corta y se gira para enfrentarse a mí.
Los ojos le brillan con algo que no consigo entender del todo—.
E, irónicamente, es de las cosas que más me gustan de ti.
La habilidad que tienes para cuidar de ti misma sin importar quién o qué se interponga en tu camino.
—Da un paso de nuevo hacia mí—. Y lo entiendo.
Siempre has tenido que cuidar de ti misma porque nunca nadie lo ha hecho por ti.
Ya conoces a mi madre, pienso.
—Incluso ahora —continúa—. Con la vida que llevas en esta ciudad. Siempre has tenido problemas con el dinero. Siempre has intentado aferrarte a la estabilidad. Siempre has luchado por cualquier migaja que pudieras conseguir. Debe de ser…
—Bien —digo mientras me cruzo de brazos sobre el pecho—. Mi vida está bien. Tan solo…
—No es exactamente lo que querías —me vuelve a cortar con una mirada penetrante—. Nunca lo ha sido. Quieres seguridad. Comodidad. Quieres todas las cosas que nunca has podido permitirte.
Odio no poder negárselo en voz alta, así que simplemente sacudo la cabeza.
—Incluso aunque así fuera —le digo—. No podrías ofrecerme nada de eso. Comodidad, sí. Pero ¿seguridad? ¿Seguridad emocional? —Trago saliva—. Incluso cuando estábamos saliendo de verdad no pudiste decirme que me querías.
Espero que se enfade o que salte a la defensiva, pero Adrian simplemente aparta la mirada.
—Es cierto, no pude —admite—. Nunca había sabido lo que era el amor. —Hace una pausa antes de añadir—: Antes de ti.
Todo el aire me desaparece de los pulmones.
¿Acaso está…?
—Pero ahora lo entiendo. —Se vuelve a girar de nuevo hacia mí y me quedo de piedra.
No veo ninguna fachada, ninguna máscara, no parece estar calculando nada cuando me mira.
Tan solo le veo a él.
Al desnudo y totalmente vulnerable.
—No es que no sea capaz de sentir amor —me explica—.
Es que mi forma de expresarlo es muy diferente a la del resto.
Mi versión del amor es un tipo de obsesión.
Es un amor que consume. Que controla. Es una fijación al extremo.
E incluso aunque fuera capaz de escoger el objeto de mi afecto, la mayor parte de la gente nunca querría esto, ni mucho menos sería capaz de sobrevivir a ello, pero tú…
a pesar de lo mucho que te proteges, sé que tú sí puedes hacerlo.
Hago una pausa.
—Y te quiero.
Me quedo completamente anonadada.
Su mirada me deja clavada en el sitio y se dirige hacia mí con toda la confianza del mundo.
—Antes me has preguntado dónde terminaba el juego. —Adrian se detiene justo delante de mí.
Baja los ojos hacia sus manos y cuando sigo el curso de su mirada…
Hostia puta.
—Cásate conmigo —me dice de pronto—. Y te aseguro que dispondrás de toda la seguridad del mundo.