25 #2
—Y estoy segura de que me metiste las pastillas y el recetario en el bolso mientras yo estaba ocupada fisgoneando en tu despacho.
Adrian asiente.
—Verdadero.
Eso creía, pero su confirmación hace que me dé más vueltas la cabeza.
—¿Y las pastillas? Tendrías que haber cometido allanamiento de morada mientras estábamos durmiendo para…
—Falso. —Adrian sacude la cabeza y parece un tanto ofendido por mi sugerencia—. Eso habría sido ridículo. No cometí allanamiento de morada. —Veo cómo esboza una sonrisa divertida—. Bueno, no realmente.
Casi me da miedo preguntárselo.
—¿Entonces…?
Adrian mira al suelo y suelta una risita.
—Tom no cerraba la puerta con llave.
Le miro con escepticismo.
—¿Qué?
Adrian asiente.
—Durante el día. Cuando estaba trabajando.
Suelto un bufido.
—Es imposible que…
—Yo tampoco podía llegar a creérmelo —me dice—. Nadie que viva en una gran ciudad sería capaz de confiar tanto en la gente. Es el tipo de actitud y filosofía que ganas al vivir en… ¿De dónde era? Del medio oeste, ¿no? ¿Indiana? ¿Illinois? Creo que empezaba con I…
—Iowa —suspiro.
Vuelve a reírse.
—Cierto. Iowa. Estoy seguro de que habría conseguido entrar de cualquier otra forma, pero… —Adrian chasquea la lengua—. Esa confianza tan tonta y crédula jugó a mi favor.
—No era tonto. Tan solo confiaba mucho en la gente…
—Eso es exactamente lo mismo. —Adrian pone los ojos en blanco—. Y mira dónde ha acabado.
No estoy segura de qué es lo que más me molesta. Que Adrian hable del hombre al que acaba de asesinar con la sangre tan fría como si tan solo se tratara de una mosca en su comida a la que acaba de matar o esa última parte.
Mira dónde ha acabado.
Exacto. Mira dónde ha acabado por mi culpa.
Fui yo la que decidió acudir a su casa esa noche a sabiendas de que Adrian se acababa de convertir en una variable muy peligrosa e impredecible.
Escogí poner su vida en riesgo por mi propio beneficio y eso ha acabado con su vida.
Murió estando yo presente.
Mientras yo dormía tranquilamente en el sofá, él se estaba muriendo a solas, asustado, pidiendo ayuda…
La culpa me atenaza las costillas y me inclino hacia delante en el banco con la cabeza entre las manos.
¿Qué habría pasado si me hubiera despertado veinte minutos antes? ¿O diez? ¿O incluso…?
Escucho los pasos de Adrian acercarse más y me tenso antes de alzar la cabeza lo suficiente como para sacudirla.
Los pasos se detienen.
No quiero que me consuele. Precisamente sobre esto no.
El silencio se abre paso por la celda. Adrian encoge y extiende sus dedos largos y elegantes varias veces antes de preguntarme:
—¿Qué emoción estás sintiendo? —Y no me lo pregunta de la forma en la que la mayoría de la gente haría esa pregunta, como una señal de calidez y compasión que esperaría recibir una respuesta más bien emocional y vulnerable.
Adrian me lo pregunta con el ceño fruncido y evidentemente confundido porque no lo sabe. Él tan solo sabe fingir sentirse culpable, pero nunca se ha sentido así realmente.
Ni por haber matado a Tom.
Ni por acusarme de asesinato.
No se siente culpable por nada.
Vuelvo a sacudir la cabeza.
—Estoy bien.
Me pongo de pie.
—Verdadero o falso. —Me giro y me coloco de frente a él con el rostro convertido en piedra—. Tom seguiría vivo si no hubiera decidido ir a su apartamento anoche.
Tan solo necesita un solo parpadeo para deliberar su respuesta.
—Falso.
Abro mucho los ojos.
—¿Falso?
—Creo que lo habría matado de todas formas —admite en voz alta—.
Incluso aunque hubieras decidido ir a cualquier otra parte.
Incluso aunque nunca te hubieras vuelto a poner en contacto con él de nuevo.
Incluso aunque su muerte no me hubiera servido de nada.
Incluso aunque solo hubiera sido para demostrar algo.
El horror y la confusión me atenazan a la par y le suelto:
—Pero ¿por qué? Él no ha hecho nunca nada malo.
—No de forma intencionada. —No hay ni una sola mota de calidez en su mirada, pero lo que sí puedo sentir es el calor.
Parece estar escondiendo algo salvaje y oscuro bajo la superficie—.
Pero sé que seguía pensando que podía obtener algo que no era suyo.
Se convirtió en hombre muerto en el momento en el que posó los ojos sobre ti.
—Hace una pausa—. Al igual que el resto.
—¿El resto? —El resto del cuerpo también se me convierte en piedra—. ¿Te refieres al resto de nombres de la lista? Los hombres con los que… ¿Los has matado a todos?
—Tan solo a unos cuantos —me responde.
Parpadeo.
Tan solo a unos cuantos.
—Tan solo a unos cuantos —repito.
Lo suelta como si le hubiera preguntado cuántas patatas fritas se ha comido de la bolsa, como si no estuviéramos hablando de las vidas de varios seres humanos.
Su mirada se vuelve tan afilada como un cuchillo.
—¿Se supone que debía dejarlos con vida? ¿Sabiendo que te han visto? Peor aún, ¿que te han tocado?
En los ojos le brilla una mirada posesiva, cruda y sin filtros, y yo trato de ignorar el destello de calor que siento en el vientre bajo.
No, esto… Esto no puede ponerme cachonda.
Esto está muy mal.
Es una locura.
Es…
Doy un paso hacia atrás. Me paso los dedos por el pelo. Respiro con profundidad un par de veces hasta que estoy segura de haber recuperado la compostura lo suficiente antes de hacer la siguiente pregunta.
—¿Verdadero o falso? Durante estas últimas semanas, y seguramente muchas más, todas nuestras interacciones han sido una mentira.
Todas las excusas que has puesto sobre que te has mudado a Nueva York por trabajo, todas las veces que ha dado la casualidad de que estabas en los mismo lugares en los que estaba yo, todo ha sido una estrategia diseñada para que bajara la guardia.
Verdadero, pienso.
—Falso —dice él—. Sí, te he mentido, pero no ha sido solo para que bajaras la guardia. —Se le suaviza la expresión de sinceridad—. Esos momentos de conexión y de vulnerabilidad que hemos compartido… Eso no ha sido ninguna mentira.
Vuelvo a quedarme en blanco.
—Vaya, eso hace que me sienta mucho mejor —le suelto con sarcasmo—.
Estoy segura de que voy a apreciar mucho esos «momentos de conexión» que tuvieron lugar justo antes de que idearas un plan perfecto para acusarme por un asesinato que yo no he cometido.
Pensaré mucho en eso cuando esté pudriéndome en la cárcel.
Adrian pone los ojos en blanco.
—Y ahora te has puesto muy dramática.
Me quedo boquiabierta.
—¿Que me he puesto…?
—Totalmente —me corta—. Está claro que no pienso dejar que vayas a la cárcel.
Siento confusión antes que alivio y termino alzando mucho las cejas.
—¿A qué te refieres con que «está claro»?
—Doy otro paso atrás con los brazos cruzados—.
¿Acaso no termina el juego aquí? —Hago un gesto con la barbilla hacia los barrotes de hierro—.
¿Acaso no es esto un castigo por haberte dejado hace años?
¿Acaso no has esperado toda una década para hacerme creer que has pasado página y luego aparecer en mi mejor momento para arrebatármelo todo?
—Me pongo a caminar alrededor de la celda.
—No. —Adrian no se mueve de sitio, pero me sigue con la mirada—. Para nada. No te he acusado de asesinato para castigarte por haberme dejado. —Hace una pausa—. Fue lo mejor que pudiste hacer. Por eso te dejé marchar.
Eso me deja totalmente descolocada.
—¿Cómo?
—No me malinterpretes —continúa—. Me rompiste el corazón cuando me dejaste aquel día. Nunca había… —Hace una pausa y frunce el rostro como si acabara de probar algo amargo—. No sabía que podía llegar a sentirme así.
—¿Sentirte cómo?
Sus ojos se clavan en los míos.
—Abandonado.
Siento algo en el pecho y cambio el peso de los pies al sentirme incómoda con esa sensación.
—No es que estuviera escondida. Llevo viviendo en el mismo sitio todo este tiempo.
—Hazme caso. —Adrian sonríe, pero puedo ver un atisbo cínico en esa sonrisa—. No fue la falta de deseo lo que me mantuvo alejado de ti.
No puedo evitarlo, mi corazón traicionero me da un vuelco.
Si no fue falta de deseo, ¿entonces…?
Por desgracia, su respuesta es muy vaga.
—Han sucedido otros… factores. Por ejemplo, mi familia, quienes seguramente te habrían usado en mi contra al descubrir que eras mi debilidad —me dice—.
Cabos sueltos de los que pensaba que podría deshacerme antes de volver a por ti, pero parece que las cosas no han salido como esperaba.
—Noto un destello de frustración en sus ojos que de pronto se convierte en algo más ligero.
Más amable—. Pero estoy cansada de seguir esperando. Vuelve a casa conmigo.
Mi cerebro se queda atascado en esa palabra: casa.
Le miro con cautela.
—¿Y dónde se supone que está esa casa?
—Conmigo, por supuesto —me responde como si fuera la conclusión más obvia.
—Contigo… ¿En tu apartamento en el Upper East Side?
—Por ahora —asiente—. Pero podríamos vivir donde prefieras. Podríamos tener un adosado en Brooklyn. O en la Cuarta Avenida. O en Chelsea, sé que allí estarías más cerca de todas las galerías de arte. O en cualquier otra parte fuera de la ciudad. Tú decides, mi amor.
Le miro con escepticismo.
—No puedes estar diciéndolo en serio.
—Lo digo muy en serio. —Da un paso hacia mí, con las manos entrelazadas por delante y su expresión es extrañamente cálida bajo la luz.
Suelto un bufido.
—¿Sí? ¿Así de fácil? ¿Pretendes que salga de aquí a tu lado y que… unamos nuestras vidas como si nada de esto hubiera pasado?
—Así es como debería de ser —murmura mientras extiende una mano para acunarme el rostro—.
¿Sabes lo difícil que ha sido para mí esta última década?
¿Saber que estabas justo ahí, existiendo, pero no a mi lado?
¿Saber que no tenía el control? ¿Saber lo que se cocía en el exterior y sobre el papel, y nada más?
—Me mira con una expresión marcada por la ansiedad—.
Por eso me centré tanto en la universidad y en mi carrera profesional.
Temía hacer algo drástico si pasaba demasiado tiempo dándole vueltas a la cabeza.