25
El silencio que se instala una vez me quedo a solas, atrapada tras los barrotes de hierro del calabozo de la comisaría y con las huellas dactilares manchadas de tinta, se siente muy extraño.
Lo siento como una recompensa tras las treinta horas de pánico constante que acaba de sufrir mi cuerpo, pero también sé que es la calma justo antes de la tormenta. Un momento de tranquilidad antes de que Adrian vuelva a mover ficha.
Me tiene justo donde quiere que esté: aislada, sin opciones y totalmente a su merced. Tan solo es cuestión de tiempo antes de que aparezca para finalizar este juego que él mismo ha empezado.
Pero no estoy preocupada.
Apoyo la cabeza contra la pared de cemento fría y me siento más lúcida de lo que me he sentido en varios días.
Incluso en años.
Porque ahora sé cuáles son las reglas del juego.
No pasan más de un par de horas en ese calabozo vacío antes de que un oficial vestido con uniforme y con el rostro rechoncho aparezca para decirme que tengo visita.
—Pensaba que no se me permitía tener visitas —digo, pero lo único que me sorprende es la hora. Estaba segura de que iba a esperar hasta la audiencia de lectura de cargos a la mañana siguiente.
El oficial me mira con inseguridad antes de abrir la celda, la puerta de barrotes de metal se abre y él se aparta del bloque de celdas vacío.
No me muevo.
He tardado un par de horas en encontrar una posición sentada que me resulte mínimamente cómoda, con la espalda apoyada contra la pared de cemento irregular, las piernas extendidas sobre el banco de acero y los brazos cruzados para tratar de retener tanto calor como sea posible.
Escucho el sonido amortiguado de los zapatos de Adrian contra el suelo de cemento antes de verlos: lleva unos mocasines de piel marrón que brillan bajo las luces fluorescentes.
Estos se detienen justo en la entrada de la celda.
Puedo sentir el pulso en los oídos.
Incluso en este momento, después de todo lo que ha pasado, no puedo ignorar la presencia de Adrian al igual que tampoco podría ignorar si se desatara una tormenta eléctrica en la bahía de Mobile. Su presencia me impacta, es densa, sofocante y está cargada con la electricidad que ambos compartimos.
No le des nada.
Lentamente y con más esfuerzo del que me gustaría admitir, poso la mirada sobre él con la misma expresión aburrida y desinteresada que le he ofrecido a la cucaracha que ha aparecido antes por el grifo roto de la celda.
Adrian es la viva imagen de la elocuencia masculina. Lleva unos pantalones plisados gris marengo, un jersey azul marino que parece muy cómodo y un chaquetón de lana oscura doblado sobre los brazos.
También parece que su atuendo es más adecuado para hacer una visita guiada privada a los viñedos de los lagos Finger que para una visita a la cárcel.
Sin embargo, yo…
Parezco la imagen que usarías en un «antes y después» al comprobar la eficacia de unas toallitas desmaquillantes y un champú.
Ahora mismo soy el antes. Noto una capa de grasa en el cuero cabelludo, los restos del lápiz de ojos y la máscara de pestañas que me puse para la exposición de arte todavía esparcidos por todo el rostro y el pijama sudado de la exnovia de un hombre muerto pegado a la piel.
—Parece que has tenido una mañana muy complicada, cariño —dice Adrian y me tenso al escuchar el sonido de su voz rebotando por las paredes—. Aunque ya se ha hecho de noche.
Clavamos la mirada en el otro y a mí se me corta la respiración cuando veo triunfo en sus ojos. Ni siquiera me he rendido todavía, pero parece que ha venido hasta aquí para reclamar la victoria.
Eso o quizá sea que esta visión de mí, mugrienta, privada de sueño y oficialmente registrada en la base de datos de la policía, ya le sirva como victoria.
Me enderezo.
Exacto.
Frunzo los labios.
—Yo no diría que ha sido complicada.
Adrian alza ligeramente una ceja.
—¿No?
—No. —Sacudo la cabeza—. De hecho, ha sido todo lo contrario.
No he tenido acceso a ningún tipo de tecnología ni forma de escapar…
Ha sido como un retiro de desintoxicación digital por el que la gente suele pagar miles de dólares, aunque yo lo he conseguido totalmente gratis.
Y, además, sin ninguna distracción, como vistas a la playa o al Gran Cañón.
—Miro hacia la pared, donde alguien ha dibujado la anatomía de un pene con mucho detalle y un rotulador descolorido—. Esto sí que son unas buenas vistas.
Hay unos segundos de silencio que se extienden entre nosotros y noto cómo me pica la piel al sentir el peso de sus ojos oscuros sobre mí justo antes de oír su respuesta en voz baja.
—Entonces, me alegro.
Eso es. ¿Creías que ibas a encontrarme angustiada y lloriqueando como una niña, dispuesta a rendirme a la primera de cambio y enfrentarme a sea cual sea el destino que tengas preparado para mí?
—¿Quieres saber cuál ha sido la mejor parte?
Siento todo el peso de su mirada sobre mí.
—¿Cuál?
—Que he tenido muchísimo tiempo para pensar. —Le miro y mi expresión se vuelve más dura—. Estoy casi segura de que he conseguido poner en orden las piezas más pequeñas. Tan solo me falta entender el cuadro en general.
La sonrisa lenta y satisfecha que esboza me recuerda a un gato lamiéndose las garras después de haber devorado a un ratón. Es como si hubiera estado esperando este momento durante mucho tiempo.
—Te contaré todo lo que quieras saber, cariño.
Estrecho la mirada.
Claro que lo harás.
Después de que todo haya salido tal y como lo habías planeado, estoy segura de que estarás más que dispuesto a ponerme al día de todas las formas en las que me has arruinado la vida.
A mi lado más rencoroso le gustaría no preguntarle nada y arruinarle el momento culmen que lleva meses, o quizá años, construyendo.
Pero mi curiosidad termina ganando la batalla.
—De acuerdo. —Asiento y me enderezo un poco más—. En ese caso, empecemos de una vez. Compraste el edificio en el que vivo. ¿Verdadero o falso?
Ni siquiera parpadea.
—Verdadero.
—Y llevas siguiéndome la pista mucho más tiempo de los tres meses que llevas viviendo en Nueva York.
—Verdadero.
—¿Desde que me fui de Lionswood? —le pregunto y Adrian me ofrece una inclinación de cabeza un tanto curiosa.
—¿Por qué me haces preguntas de las que ya conoces las respuestas, cariño? Sé que has leído el archivo que guardo en el despacho. Sabes exactamente cuánto tiempo llevo siguiéndote la pista —me responde.
Yo también inclino la cabeza hacia un lado, al igual que él.
—Porque quiero oír cómo lo admites —le digo con suavidad—. Todo. Y quiero que me digas la verdad esta vez. Solo la verdad.
Y no pienso dejar que las dudas, mis emociones o cualquier otra cosa se interpongan esta vez en mi camino.
Verdadero o falso, eso es todo lo que necesito por su parte.
A él se le suaviza la mirada un ápice.
—No tengo ningún motivo para mentirte, cariño. Seré sincero, sea lo que sea que quieras oír. Sobre cualquier cosa.
Me alegraría oír esas palabras si no estuviera implícito lo más obvio: Ya no tengo ningún motivo para mentirte porque ya he llevado a cabo mi plan.
Porque estoy aquí delante de ti, en la misma comisaría en la que te he acusado de asesinato, sin miedo a ninguna repercusión por parte de nadie.
Aprieto la mandíbula.
—Colocaste esa carpeta en tu oficina para que yo lo encontrara. ¿Verdadero o falso?
—Verdadero. —Alza la comisura del labio sin vergüenza alguna—. Sabía que no podrías resistir el impulso de husmear entre mis cosas si te dejaba a solas.
Estrecho aún más la mirada.
—Era imposible que supieras que iba a hacerlo.
Él alza una ceja a modo de desafío.
—Puede que no, pero sé que tienes un historial muy largo de no poder evitar meterte en tus propios asuntos. Sobre todo con mis cosas. Tenía mucho sentido que asumiera que podría ocurrir algo así.
Me sonrojo.
—Me ofende un poco que pensaras que soy tan idiota como para dejar información tan confidencial en un cajón abierto de mi escritorio —añade y puedo ver la diversión en su mirada—. Como si no hubiera aprendido la lección las dos primeras veces que lo hiciste.
Y yo no me puedo creer que he sido tan idiota como para no llegar a pensar que todo era una trampa.
Pero si lo dejó allí para que yo lo encontrara y también sabía que le estaba mintiendo para salir corriendo de allí, entonces…
Me da un vuelco el estómago.
—No añadiste el nombre de Tom a la lista intencionadamente —le digo—. Sabías que iba a entrar en pánico y que acudiría corriendo a la única persona de la que creía que todavía no disponías ninguna información.
Es la primera vez que veo un poco de irritación resplandecerle en la mirada.
—No lo sabía —me dice con un tono un poco más duro esta vez—. Pero sí, me imaginé que esa era la posibilidad más probable de todas.
Trago saliva.
—Y el recetario de LuAnne… Lo robaste cuando te dejé subir a mi apartamento aquel día.
—Robar me parece una palabra muy fuerte —responde e ignora deliberadamente el bufido que suelto—. Para ser sinceros, fue ella la que se lo llevó a casa por error y no lo guardó bajo llave. Yo simplemente aproveché la oportunidad que se me presentó por delante.
De hecho, le has hecho creer a todo el mundo que fui yo la que se aprovechó de esa oportunidad y que le he robado el recetario a mi mejor amiga para cometer un asesinato.
Siento un nudo en el estómago al pensar en LuAnne y Joe. Estoy segura de que ya debe de saberlo a estas alturas y, aunque Joe no se lo haya contado todavía, seguramente ya lo sepa porque el detective Dalton la habrá llamado para preguntarle por el recetario.
Seis años de amistad tirados a la basura. Seguramente crea que soy una estafadora y una asesina que la ha usado solo para su propio beneficio y no voy a poder proporcionarle una explicación creíble que demuestre lo contrario.
La tristeza me invade como si fuera la nube de una tormenta, pero intento apartar ese sentimiento ahora mismo.
Estoy segura de que voy a tener mucho tiempo para autocompadecerme cuando esté en la cárcel.
Me aclaro la garganta.